De poetas y de sal

¿Quién eres? Dices tanto y tan poco, que me confundes.
Te sigue un ejército de palabras, pero no sé si te hacen justicia
o son la historia tras la que te escondes.

Aun así eres de un silencio que no logro entender
y me pregunto: ¿por qué?
Cuando has tenido tantas historias que contar…
Eres como un soldado que se ha rendido ante la guerra,
ha dejado de pelear
por ese país que tanto nos ha hecho decir,
esa tierra de poetas y de sal.
Ese país que tanto nos ha hecho vivir. 
Ese país que tanto nos ha hecho amar. 

Y es que lejos has tenido que viajar
para poder entender todo este silencio que te colma. 
Todo lo has tenido que escribir
para poderlo contar, 
yo leerlo, 
y tú gritar.

Pero estoy aquí
leyéndote entre líneas rotas, 
sintiendo las vidas cortas 
que te han dejado abandonado y mal. 

Te quiero decir:
no dejes de pelear, 
de escribir, 
de contar, 
de amar, 
de vivir.

Sigue así
y lejos irás. 
Volverás a esa tierra de poetas
y de sal
que tanto te vio escribir, 
que tanto te dio que amar.

No dejes que este silencio
te quite las historias
que tanto tienes que vivir, 

que tanto tienes que contar. 

Y todo este silencio se irá.

No sé quién eres, pero ya no me importa. 
Sólo te quiero decir:
no dejes que esta vida se rompa, 
que esta historia se quede corta, 
se quede sin fin; 
que se quede callada y rota.

No dejes de vivir
esta historia que tanto te soporta, 
que tanto te hace sentir,
que tanto te aporta. 

No dejes de escribir
por ese país de poetas y sal
que tanto te vio decir, 
que tanto te dio que amar. 

Advertisements

Búsqueda

He decidido desaparecer durante una temporada. ¿Por qué? Tengo varias razones que, no por no querer, no voy a confesar. En su propia medida, ni sé qué razones son exactamente ni me veo con suficientes fuerzas —o valor, de hecho— para darlas voz y hacerlas aún más reales de lo que son en mi pequeña y abarrotada cabeza. El mundo se me venía encima; tenía que escapar.

Así que he decidido desaparecer. No es, ni lo recomiendo, la mejor manera de enfrentarse a los problemas. ¿Qué digo “enfrentarse”?; resignarse, abandonarse si se permite. En cierta medida, aguantar los problemas sin tenerlos encima, o en la cara. Verlos de lejos, desde una distancia prudente y segura, aunque no haya nada de seguridad cuando se trata de problemas.

Pero mientras tanto, mientras se desenvuelve el año y llegue el tiempo tranquilo que acompaña, si lo quiere así la atmósfera, el verano, me veo con pocas fuerzas para enfrentarme a solas a los silenciosos golpes que propicia el recordatorio de todo aquello que aún no tengo.

Quizá me voy porque mi propio orgullo ha sido herido por mi propia arrogancia y mi propia envidia ante las nuevas de la vida, y lo confieso, no quiero enfrentarme al dolor que viene de ser consciente de ello. Me duele verme en ese espejo, y prefiero tapar todos los espejos como prescribe la tradición judía ante la muerte; desaparecer y no ver.

De momento esta propia receta contra los vicios de la dignidad da sus frutos: me siento mejor, relajado, aunque no tranquilo. No dejo de sentir que estoy haciendo algo mal, pero no me arrepiento de estar haciendo lo que estoy haciendo. Es egoísta, lo sé: pero yo también tengo derecho a ser egoísta de vez en cuando, como todo el mundo.

Me estoy desintoxicando de lo que supone vivir hoy: las redes, la información, el mundo a un clic, los contactos y amigos, la constante comunicación; de los amigos sobre todo. Y a pesar de parecer imposible, no lo es. Para nada. Sigo viviendo en el mismo sitio, pero la única diferencia es que ahora es un lugar aislado de verdad de este mundo que, ahora, parece mucho más grande y lejano. Lo confieso: la primera vez tuve miedo, ansia, algo así como arrepentimiento y mil preguntas me asaltaron, preguntas como “¿y ahora qué voy a hacer?”, “¿cómo voy a pasar el tiempo?”…

Ahora toca… Escribir. Leer. Conocer mundo de otra forma. Es cierto, no estoy del todo incomunicado porque aún tengo acceso a este dios que es Internet, puedo leer el periódico digital, pero sobre todo, escribir en este blog mío. Pero por todo lo demás, y a efectos prácticos, estoy totalmente incomunicado: no sé nada del mundo de la misma manera que el mundo no sabe nada de mí. Así de incomunicado estoy.

Ahora toca hacer las cosas de verdad y dejarse de tonterías. La vida pasa demasiado deprisa y no hay tiempo para ¿pequeñeces? Para menudencias.

Es un mundo conectado, sí, pero al mismo tiempo es un mundo desconectado: de lo que el mundo es y siempre ha sido, de la gente de verdad, del camino de la rutina, de las cosas que aún no se pueden replicar digitalmente. El mundo está desconectado de esas cosas, y yo las he querido recuperar. Tal vez sea la crisis de mi edad, tal vez mis problemas, tal vez todo ha convergido y pum. Sea lo que fuere, quiero desconectar para re-conectar: salir de las sombras de la caverna de Platón en el que a gusto me metí para volver a ver el mundo del que una vez vine.

Creo que esta es la mejor lección de mi modesto retiro, que al mismo tiempo, creo yo, es un gran consejo, no sólo para algunos, para todo el mundo. Así que ahí lo dejo, en el ciberaire. A la deriva, a la espera.

Estar bien

Echaba de menos estar aquí, de alguna forma. Por un lado ya sabía que iba a terminar aquí, otra vez. Por otro lado, esta vez he tardado aún más en llegar. Cada vez va mejorando, hasta que eventualmente un día dejaré de volver. Pero mientras tanto, aquí estoy.

Los años no lo han cambiado, porque sigue siendo el mismo sentimiento de derrota, pero al mismo tiempo es un sentimiento de derrota distinto cada vez. Y cada vez que salgo de todo ello me juro no volver a caer en el mismo juego de espejos que atrapan mi alma, pero mi problema es que los espejos cambian. Y no hay forma posible de anticipar cómo van a cambiar. Así que no hay más remedio que seguir con el juego, que seguir la corriente, que seguir la vida. Hasta que lleguen las sorpresas, porque siempre llegan. El único anticipo está en saber que llegarán, aunque el miedo sea no poder saber cuándo.

Luego la estrategia es saber cuán decepcionado vas a estar y controlarlo. Controlarlo antes de que se te vaya de las manos y te pierdas, y que el abismo se haga aún más abismal. Porque se te irá de las manos a la más mínima, y entonces se convertirá en un huracán que te arrastrará con él. Lo que quieres es salir a salvo y lo más intacto posible, aunque siempre te llevarás algo de ese agujero en el que la vida te mete cada vez.

Tu objetivo es hacia arriba, hacia el claro, cualquier claro; estar bien.

No lo olvides…

No olvides las razones por las que estás haciendo lo que estás haciendo. No olvides qué te ha traído hasta aquí, o por qué eres quien eres. No olvides tus creencias y convicciones. No olvides tu lugar en este condenado mundo. No olvides tus sueños ni tus aspiraciones en la vida. No olvides tus metas y propósitos.

Pero todo lo demás es prescindible: tus posesiones materiales desaparecerán, la casa donde vives, la tierra que te vio nacer, la familia que tanto te acogió, las memorias que la vida te ha regalado, toda la gente que ha pasado por tu vida; los amigos. Todo es prescindible: las posesiones pueden desaparecer en un incendio, robadas, extraviadas. La casa se hace vieja, la vida se presenta con miles de oportunidades que requieren de sacrificios; la tierra que te vio nacer te verá partir hacia otros horizontes como parte de esos sacrificios. La familia se vuelve la encarnación de la grotesca confianza que acaba por quemar las bases de tu existencia. Las memorias se olvidan si no están aseguradas en las cajas de la rutina presente. Y la gente sólo viene y va; los amigos sólo son amigos hasta que no son amigos, y eso puede pasar en cualquier momento, por cualquier razón, por palabras mal dichas, gestos mal dados, accidentes, viajes.

Todo en esta vida es prescindible, menos aquello que realmente te hace quien eres. Todo lo demás es un juego de humos y sombras: el viento acabará por aclarar el aire y las sombras se empequeñecerán cuando amanezca. Lo único que no es prescindible es el cambio, y el cambio lo afecta todo. El cambio es como una tormenta que barre las arenas de una playa, que agita incluso los árboles más robustos, que hace que las nubes pinten un nuevo cielo. El cambio hace que todo lo demás sea prescindible, y porque siempre ha existido, existe y siempre existirá, todo lo demás es prescindible excepto uno mismo.

Por todo ello, no lo olvides: no olvides las razones de tu existencia, el recuerdo de los caminos de tu vida, las creencias que te fundamentan, tu lugar en este mundo, los sueños que te sustentan y empujan, y tu destino. No olvides ninguno de ellos, porque todo lo demás es prescindible. Al final, lo que siempre estará ahí tras todas las tormentas, lo que se mantiene de pie, lo que ha superado el impulso arrollador de la vida, eso que permanece, serás tú y sólo tú. No lo olvides. Porque tú mismo no eres prescindible.

No olvides que tú mismo eres imprescindible, a pesar de todo el cambio que te afectará, seguirás siendo tú, un distinto tú cada vez, pero un tú que sólo serás tú después de todo. Imprescindible.

… Y yo digo:

La verdad es que ahora necesito determinar quién soy, qué quiero y cómo lo quiero. Las demás preguntas, a partir de ahí, se responderán solas.
También tendré que determinar dónde estoy y a dónde quiero ir. ¿Qué importa dónde he estado?
Estoy aquí, donde quiera que esté eso, como quiera que esté eso.

El tiempo se me echa encima y no puedo jugar a los dados.

Los raíles de la vida.

Se sentía atrapado, como tantas otras veces. Todos los caminos de la vida habían convergido en ese punto sin salida a través de una serie de eventos que, aunque azarosos al principio, parecían responder a un patrón gracioso que había impuesto el propio destino.
No creía en el destino, pero lentamente, negándose a creer en lo fortuito que era todo eso, empezó a creer en razones, y el destino, y en el plan supremo. Empezó a creer que alguien sin vida propia se dedicaba a arruinar la vida de los demás en un intento inútil de sentirse bien, de sentirse parte de algo más grande que de su propia individualidad. De llenarse. Dios debe de estar muy aburrido solo, se dijo.

Estaba seguro de ello. Todas las cartas estaban en la mesa, era la última jugada, había perdido más veces que había ganado, pero nunca perdió la esperanza, y fue la esperanza, y la esperanza solamente, lo que le había empujado hasta el borde del precipicio, a punto de saltar al vacío, y sería la esperanza lo que, durante la caída, le empujaba a pensar que a lo mejor sobreviviría. Y seguiría adelante en la vida, viviendo.

Si hay algo malo en la vida, eso, lo peor de todo, es la esperanza, porque te empuja hasta el último momento, cuando todas las puertas se han abierto y queda sola y únicamente una, una que siempre estará regida por un tal vez, un quizá, un a lo mejor. También está el “y si”, y es toda esa incertidumbre, todo ese azar, todo ese estrés e inseguridad, todo ese miedo, lo que hace de la esperanza algo insaludable, algo que empuja a la gente a los extremos, a la radicalidad, a la locura personal, a la desesperación, a la frustración, a la ansiedad, a la decepción, a la rabia, la ira y el odio.
La esperanza, eso que tanto se ha vestido de bonito y encantador, de rosa y rosas, de azul celeste sobre carpeta roja, bajo luces de espectáculo, sobre pedestales de mármol pulido y blanco puro, engarzado con oro y piedras preciosas, guardada como lo más valioso, como un tesoro, una reliquia incalculable, bajo la grandeza de un palacio indestructible, eso, la esperanza, a lo que todo el mundo recurre como último recurso, como el único recurso después de que todo esté perdido (o no), la esperanza, eso tan sobrevalorado hoy en día y desde siempre, es un veneno, es una trampa, es una ilusión, un espejismo, una caja vacía, una puerta falsa, un agujero, un agujero negro.
¿Y por qué?

Porque la esperanza te empuja hasta el borde del precipicio, todas y cada una de las veces que gobierna tu vida. Y es por eso, por vivir la vida de precipicio en precicipio, que la esperanza es destructiva.
Porque la vida debe ser un camino que se camina paso a paso, como un largo viaje que termina en un campo Eliseo lleno de asfódelos. Y ya.

Eso es lo que él pensaba de la esperanza. Tal vez era la ira hablando, o la desesperación, o la decepción, o la frustración, o todo ello combinado. Quizá estaba también triste, pero lo que fuese, él pensaba que la esperanza era algo que no ayudaba, que no ayuda a vivir con felicidad.
Así lo decía su corta experiencia.

Estaba seguro de ello, y así lo había decidido. Se había levantado aquella mañana como lo había hecho los último 10 años: como un autómata sumido en una vida reinada por el tiempo. Había ido al trabajo, había hecho su deber del día, y al final de su jornada, había regresado a su casa solitaria, solo, como ha estado durante tantos años.
Era más que consciente de su parte de culpa en todo lo que había pasado y pasaba en su vida, ¿quién si no? ¿Acaso creía la gente que no había hecho todo lo que podía por cambiar su rumbo? ¡Pues claro que lo había hecho!
Pero todo en vano.

Pero simple y sencillamente, y aunque la gente se niegue a creerlo, hay personas que tienen más suerte que otras. Porque la vida es cosa de suerte.
Quizá la suerte es una actitud, pero era una actitud que él no era capaz de amaestrar. Y lo había intentado.

Después de todo, la vida es pura suerte por sí misma.

La tarde caía poco a poco sobre el horizonte y había hecho un precioso día de sol y cielos azules despejados. Se había levantado un poco de brisa aquella tarde, pero eso sólo mejoraba el ambiente.
Todo eso no logró pararle en su decisión, y allí estaba, al lado de las vías del tren, esperando al tren de las 19h.

Faltaban sólo diez minutos para que allí, en un momento, la vida dejase de estar en él. Lo quería, lo esperaba.
Ya no tenía nada pendiente en la vida: sus padres habían muerto hace un par de años, cada uno de un mal que no quería recordar y su familia había desaparecido después de eso. No tenía hermanos. Había terminado sus estudios bien y acabó consiguiendo un trabajo estable. Tenía amigos que le apreciaban y había tenido su época de amores. Había viajado todo lo que quería y aprendió todo lo que quería. Para él, su vida ya estaba hecha. Vivió.
Y solamente tenía 43 años.

Pero sentía que le faltaba algo, siempre había sentido que le faltaba algo. Empezó a sentir que le faltaba algo el día que fue consciente por primera vez de todas aquellas cosas que tenía y que no tenía. Y desde aquel primer encuentro con la realidad como mente pensante, sintió todos y cado uno de sus días que le faltaba algo.
Y nunca supo qué era.

siete minutos. Era sólo una ilusión suya, pero por un momento pudo sentir cómo la gravilla bajo los raíles empezaba a vibrar y a saltar, anunciando así la llegada de su destino.
Porque vivir es ir al encuentro del destino.

No sentía miedo, ni ira, ni odio, ni resentimiento, ni desesperación, ni frustración, ni estrés ni ansiedad, ni tristeza. Nada. Allí estaba, cuello contra vía, cuerpo contra suelo. En ese momento, en ese instante donde se encontraban el mundo, su mente, su vida, el suelo, las sensaciones, el pensamiento, el presente, el pasado y el futuro, en ese momento, no sentía nada.
¿Acaso debería sentir algo?, pensó.

Cinco minutos. Oscurecía por minuto. Se dio la vuelta, boca arriba, y miró el cielo. Las estrellas empezaban a salir tímidas tras el velo del día, sobre el azabache del universo. Y en una esquina de la bóveda, pálida, irresoluta y titubeante, la luna empezaba a brillar. Los últimos rayos del sol intimidaban a las figuras de la noche, pero ahí estaban, dando la cara.
Como él sobre los raíles de su destino.

Tres minutos. ¿Acaso debería sentir algo?, siguió pensando. Apenas podía ver nada. El mundo se apagaba ante sus ojos: primero el horizonte, luego las montañas. Después los árboles y la tierra, los pájaros y sus cantos. El mundo se apagaba a cada paso que el sol se hundía en el ocaso. Y al apagarse un mundo, se encendía otro: un mundo de sensaciones, de noche, de estrellas titilantes y luna argentada. Un mundo de imaginación.

Un minuto. Ya estaba. Podía oír en la cercana lejanía el traqueteo de un tren, de su tren. Y lo empezó a sentir, la vibración de la muerte sobre su cuello, sobre la gravilla que bailaba a su llegada, sobre todo su cuerpo que vibraba con ímpetu a la llegada de su destino, un destino que llegaba a unos cuantos kilómetros por hora.
“Chu, chu, chu, chu, chu, chu”. Así sonaba su muerte, así sonaba su destino, a traqueteo de tren sobre raíles de hierro frío.
El momento parecía retrasarse eternamente, y al mismo tiempo, paradójicamente, llegaba muy rápido. Lo sentía sobre él, sobre sus brazos que reposaban sobre la gravilla, y su cuello, el cuello que besaba la vía.

Segundos ya para pagar su destino.

Cinco metros para apagarlo todo.

Tres metros.

Dos metros.

Un metro. Un metro que se alargó en centímetros, y estos en decímetros, y los decímetros en milímetros, y los milímetros en micrómetros. Se hacía eterna la espera.
Y cuando pudo ver la cara de la Muerte, cuando pudo sentir su aliento sobre su alma, y el Destino alargar una mano sobre su cuello… Cuando pudo sentir todo eso…

… dio un paso atrás de ellos y un paso hacia delante en la vida.

Porque fue entonces cuando empezó a vivir.

Elogio al malestar

Cierto, el título coincide con un artículo que he leído hoy (y que ya he leído varias veces).
Tengo que decir que el artículo en sí es bueno, y hoy, al leerlo por enésima vez, me ha surgido una idea, un fugaz pensamiento, una duda casi existencial.
En su encabezado: en la vida hay que vivir altibajos; la vida no es vida sin fracasos.
Y he pensado: cierto.
En la vida hay altibajos, cuestas, colinas, montañas, abismos; en la vida hay fracasos, hay errores y dolores.
En la vida hay que aprender, porque si no fuese así, la vida no sería vida. ¿Qué sería una vida sin aprendizaje? ¿Automatismos?
Porque, si algo que he aprendido personalmente es que de los errores se aprende; ensayos de error.
Porque, sí, la vida es difícil, pero es difícil en el sentido bueno de la palabra: es por nuestro bien, por muy doloroso y rompe-corazones que sea.
Nos ayuda a cultivarnos como personas, como humanos, pero lo más importante (y enlazándolo con una pasada entrada), y es que la vida nos enseña y nos encamina a conocernos a nosotros mismo más y mejor.
Opino que una persona que no conoce el dolor del vivir, no es persona en su pleno sentido; no conoce lo que es la vida, y en ese sentido, dicha persona crece desgraciada. ¿Desgraciada por qué? Preguntarán unos…
Será cierto que la ignorancia es felicidad; cuanto menos conoces del mundo, menos dolor sufren, más feliz eres.
Pero no hay mayor mal que el de ser ignorante, el de desconocer, el de pasar ajeno ante lo que en el mundo sucede.
¿Paradoja? En efecto lo es… Pero…

¿No es la vida misma una paradoja?