Pienso en ti, verso a verso

No puedo dormir; 
pienso en ti
y pienso que te quiero decir
todo lo que siento. 

Pero no sé sino escribir 
verso a verso, 
siempre así,
contra el silencio
que reside muy adentro.

Contarte todo mi sentir, 
tal vez algún pensamiento
que contigo quiero vivir, 
aunque sea tan incierto. 

No quiero dejar esto así, 
a medio terminar, 
otro borrador polvoriento
apartado a medio escribir, 
dejándome el aliento. 

Esta vez no quedará
como otro cuento;
juro que no será

otro de esos que tanto invento. 

De verdad no quiero dejar esto
como otro borrador, esta vez no.

Esta vez quiero empezar
a escribir y terminar escribiendo,
sin que se quede la historia a medias
o roto el sentimiento.

No quiero desaprovechar
este pequeño momento
y dejar que poco a poco
se diluya en el tiempo. 

O en el olvido,
como las palabras dichas al viento
que se las lleva,
que se hacen fino;
y entre las líneas, desapareciendo 

haciéndose nada,
un poema medio escrito.

No sin que te pueda contar, al fin, 
todo lo que por ti siento: 
cómo no puedo dormir, 
cómo en ti pienso
y cómo decido escribir 
para ti, verso a verso,
soñando en la noche
con tu cálido beso.

 

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Ella

Lluvias de acero
y corazones de arena;
tiempo entero
y amor eterna.

Así te imagino
de fantasía llena,
de luz y alegría,
y magia y poema.

Así eres tú,
un momento, 
un instante; 
un respiro en mi pena. 
Algo sutil, 
efímero y brillante. 

El desconocido

La noche me despierta, su silencio es de cristal frágil. Ni siquiera cantan los grillos, ni siquiera sopla el viento; nada. Un impulso me sobrecoge, parece una fuerza mayor que yo, y no sé por qué lo hago, pero empiezo a vestirme. Abro la puerta y no cruje. “¿Qué le pasa al ruido hoy?”, pienso mientras recorro el pasillo oscuro y tanteo la pared con las manos hasta que llego a la entrada. Cojo las llaves, abro y me bajo las escaleras. En menos de 30 segundos estoy abajo, dando la cara a la calle por un momento indeciso.

Una farola lejana, sucia y vieja, ilumina tenuemente mi barrio. No hay nadie, ni siquiera los fantasmas rondan las calles a estas horas. Horas; pronto amanecerá, lo siento en el aire. Empiezo a andar el asfalto y siento que mis primeros pasos son ensayos, como si justo estuviera aprendiendo a andar. Doy cada zancada con miedo y reserva, como si estuviera a punto de caerme en el alquitrán. Así que ando despacio, contra la gravedad, sin metas.

(In Dead End Horror)

Al salir de mi barrio, otra farola sucia y vieja ilumina otra porción del pueblo y me doy cuenta de que las farolas sucias y viejas se yerguen a cada pocos metros, como centinelas. Es que el mundo es viejo y sucio. Doblo la esquina y me encaro a una calle completamente a oscuras. Y con cautela me adentro en las entrañas de esa oscuridad, siempre alerta por los monstruos de la noche. Es verano y parece que hay más monstruos ahora.

Las ventanas respiran: desde mil interiores escucho clandestinamente el sueño de desconocidos; el ronquido tronador de algunos, la paz de otros. Y de repente me siento extraño porque no estoy durmiendo, sino que estoy paseando la madrugada. Mis pasos empiezan a sonar más y más, como una bola de nieve de sonido que, en la oscuridad más negra, crece y crece, vociferando un eco infernal que a falta de ventanas cerradas, invade las habitaciones dormitas sin permiso. Ya basta”, susurro, esperando a que el eco se dé la vuelta y me obedezca.

Me doy cuenta de que es un sonido ahuecado, indescriptiblemente vacío. Por si acaso me paro en seco e incluso aguanto la respiración. Pero el silencio es imperturbable, aunque en mis oídos sólo escucho el tambor del corazón cada vez más alto y rápido. Pu-pum, pu-pum, pu-pum, pu-pum. Siento que voy a explotar; tengo los oídos taponados, como si estuviera a miles de metros de altura. Abro la boca y trago una gran bocanada de aire que me alivia de mi quietud. ¡Ah!

Estoy quieto en medio de la calle y tengo los ojos bien abiertos para ver en la oscuridad por si aparece alguna sombra de imprevisto, que al menos pueda pretender que no me he asustado. Pero no aparece nada, ni nadie; estoy solo. Solamente escucho el silencio en las lejanas montañas y el zumbido de las ventanas abiertas. Decido que es momento de seguir andando, que lo que tengo que buscar no está en medio de la calle, está más lejos. Doy el primer paso y me paro: quiero comprobar si se ha acabado el efecto eco de mis pasos. Bum. Doy otro paso. Bum. Pues no, ahí sigue el eco hueco, fiel acompañante en la noche. Además, retumba con fuerza contra el silencio y las fachadas, y vuelve a mí amplificado que incluso me sobresalta. “¿Debería dejar de andar?”, pero yo quiero seguir.

El eco parece tener una relación inversa con la velocidad: cuando más lento, más alto; así que empiezo a andar más deprisa, más deprisa, hasta que andar se vuelve correr y la respiración se vuelve jadeo. Tac, tac, tac, tac, tac. Y cuando menos lo espero, mis zapatos dejan el asfalto atrás y empiezan a pisar arena. No es cualquier arena: es arena lavada por la lluvia. Es una arena libre, más suelta y suena limpia, como si hubiera viajado mucho camino hasta llegar a donde está. Tampoco lo puedo confirmar, la oscuridad no me deja. De hecho, hay tanta oscuridad que ni veo las estrellas ni la luna; nada. “¿Dónde está el cielo?”; intuitivamente miro hacia arriba. Con tanta oscuridad no puedo estar seguro si sigue por encima de mí o si se ha movido, y porque escucho la arena crujir bajo mis suelas, estaría pensando que el cielo está bajo mis pies.

El camino ahora no está encajado por asfalto y ladrillo, no hay fachadas ni ventanas; ahora hay sólo arena y roca, y árboles altos y viejos. Y libertad. La escucho como un vacío que se abre ante mí y se extiende para siempre, como un gran abismo horizontal en el que uno no se cae, se encamina. Y esa sensación me da vértigo. Hay algo en la libertad de verdad que da vértigo. Pero decido seguir. Mis pasos ahora están amortiguados y suenan a lija: crr, crr, crr. Intento pasar desapercibido, pero me es imposible. Parece ser que el sonido de los pasos está ligado al camino, es parte íntegra de éste. Casi podría decir que uno no podría existir sin el otro, que si el camino fuera silencio, ¿quién nos podría asegurar que estamos caminando?

Sigo la arena que fluye bajo mí y la oscuridad se me enreda como un velo; no me deja ver nada. La siento como una telaraña que pillas entrando en una habitación que ha estado encerrada durante años. Y no sé por qué, pero empiezo a agitar las manos intentando quitarme la noche de la cara. Al principio no pasa nada, pero poco a poco, como una neblina, se despeja una visión y empiezo a ver un brillo: es la luna que me guía. Y veo el camino, y los árboles y las lejas montañas fantasmagóricas que se erigen como titanes sobre el horizonte. Vuelvo a mirar hacia arriba intuitivamente y me dan la bienvenida millones de gotas de luz que titilan casi con felicidad. Vuelve a nosotras”, parece que me susurra el cielo.

Instintivamente cierro los ojos para disfrutar del momento, aunque sea de noche y haya silencio. Pero poco a poco también se despeja éste, como una bruma, y desde lejos emanan, uno a uno, las voces de la noche: los perros lejanos, los coches sonámbulos, la floja brisa que escalofría la piel y que silba a ras de suelo y en las aristas de las rocas talladas. Veo el follaje de los árboles temblar suavemente al contraluz de la luna y me doy cuenta de que he emergido de otro mundo, algo que he dejado atrás cuando pisaba nueva tierra. Así que me doy la vuelta para comprobarlo y veo el monstruo de negro y asfalto, un ente hecho de silencio e ilusión.

(Kevin Cooley, “Controlled burns”)

Es un muro de humo opaco e impenetrable que termina donde empieza la arena. Se mece casi imperceptiblemente con el pulso de la noche y desprende pequeños lazos humeantes que rápidamente se desintegran y desvanecen. ¿Es eso lo que hemos creado? Los perros no dejan de ladrar; el ruido de la noche ahora es abrumador porque viene de todas partes. Me acerco poco a poco a esa atmósfera distinta y cuando llego al borde, extiendo la mano ondeándola en esa materia, pero es inerte y no se inmuta: mi mano la atraviesa como si fuera un fantasma. De hecho, eso es lo que es, un fantasma de los hombres y el tiempo, un espejismo del progreso. Me acerco aún más e intento olerlo, y huele a humo y metal usado. Ésta es la noche que nos hemos construido. Me doy la vuelta y la dejo abandonada; debo seguir. Me estaba empezando a sentir receloso. Lo mejor ahora es mirar en el sentido opuesto, hacia las montañas, donde parece que puedo respirar mejor. Y respiro mejor.

El camino desciende poco a poco hacia un pequeño valle encajado. Los árboles se hacen más frondosos y ahí donde comencé con un claro sobre mi cabeza, ahora empieza a instalarse una cubierta de hojas. Las estrellas lentamente desaparecen tras el follaje, pero la luna, casi llena, ilumina aún con fuerza a través de las ramas. El suelo bajo mis pies, de arena fina y grava rodada, está moteado con lunares de luz; parece que hay otro cielo bajo mis pies después de todo. Aún no tengo la sensación de andar con seguridad, de que todavía estoy aprendiendo a andar y cada paso es un paso en falso, como si estuviera pisando huevos. Por el sonido, cualquier pensaría que así es.

(Río Grande, Sierra County, Nuevo México, EE. UU.)

A medida que me voy acercando al fondo del valle, el canto de los grillos y el silbido de la brisa son reemplazados por el chapurreo apacible de lo que parece ser un pequeño río. Más bien es un riachuelo. Me gustaría decir que se escucha el canto de ranas y hay luciérnagas, pero lo cierto es que sólo hay maleza y hierba alta, y los grillos en la lejanía. El aroma de la tierra mojada se mezcla con el perfume del verano, de arena seca y roca caliente, y siento la frescura del agua y del verdor en mi cara y a mi alrededor. Es un respiro de paz a orillas de este gran desierto de incertidumbre y calor.

Con cuidado me acerco a la orilla y siento la corriente empujar el agua desde las lejanas montañas —que siento cerca de repente— hasta eventualmente el mar. Me he mojado un poco los pies. Me doy cuenta de que llevo sandalias y no zapatos. Decido que lo mejor que puedo hacer es seguir el riachuelo hasta donde me lleve, a lo mejor ésa es mi forma de volver a casa o encontrar lo que tanto estoy buscando. Pero debo seguir. Con maña me abro entre las cañas y las ramas de arbustos bajos. Siento cosquillas en los gemelos y en los pies, y siento cómo el agua y la arena se cuelan en mis sandalias. Decido descalzarme, desprenderme de eso también, y reposar mi piel desnuda contra el suelo frío. Me hundo un poco y puedo sentir cómo el barro se escurre entre mis dedos. La tierra también se desnuda. Y de repente me siento libre, siento que esa cruda sensación de barro en la planta de mis pies me hace más libre, y me roba una sonrisa.

Vuelvo a mirar el cielo. Algunas nubes se despejan y me dejan ver la luna casi llena con todo su esplendor: se halla también desnuda allí arriba, esa magia de luz y sueño, el otromundo que es a la vez parte del nuestro, inseparable. Me pregunto, ¿y qué sería de la noche sin una luna?” Y no puedo imaginarlo. Aun cuando la luna está oscura, nueva, ahí está. Un día, poco a poco, volverá y siempre iluminará, una vez al mes, esta oscuridad que llega a ser impenetrable. Es un símbolo de esperanza, nos recuerda que no todo dura para siempre.

No sé cuánto he andado. No sé qué he recorrido, no sé si aún estoy en mi pueblo o me encuentro en otro. De hecho, no puedo estar seguro ni siquiera si estoy en el mismo mundo del que vengo. La noche algunas veces es más que otro tiempo: es otro espacio. Después de todo, he emergido de esa negrura y algo nuevo se ha revelado. Miro hacia atrás y con el claro de luna distingo la silueta del valle erigirse hacia arriba, recubierto de árboles. Y puedo distinguir el riachuelo que he seguido y que serpentea entre los matorrales. “Ahora no”, pienso: ahora no puedo volver. Así que sigo.

A pesar de todo lo que nos puedan decir, el tiempo no pasa por la noche. El tiempo es un elemento estático en el cielo, en la oscuridad y el silencio. Después de todo, el tiempo se mide por el baile del sol, y por la noche no hay soles. El tiempo nocturno se mide por el tiempo que uno espera hasta que rompe el alba. Por esos los dioses hicieron a los hombres dormir. Y cuando otro día amanece, el reloj vuelve a reanudar su marcha. Si no tienes cuidado y te quedas despierto toda la noche, se puede hacer eterna y te puedes quedar atrapado en ella. Y el único hechizo para salir… es soñar.

El riachuelo termina de golpe. Ha besado un cuerpo de agua más grande que él y los dos se han unido en un solo cuerpo de azul. Ha dejado de serpentear para abrazar la tierra y hacerse parte de ella: se ha hecho lago. La luna desaparece y reaparece tras las nubes al ritmo del viento y en una de esas veces que se deja ver, puedo descubrir la gran silueta de mil árboles reunidos a orillas de ese gran elemento. Lo guardan, me parece entender. Son como aquellos centinelas de la ciudad, pero en vez de iluminar, sólo lo soportan, al lago. La brisa sigue acariciando el aire y en todos esos árboles se hace un susurro de hojas; un escalofrío me recorre la espalda.

(Claude. Reflejo de luna en Deininger Weiher, Munich)

La superficie del lago también se riza con esta brisa y hace con la imagen de la luna un borrón. Pero pronto llega la calma y el agua se queda quieta, y una gemela de la luna aparece clara en la tierra. En ese mismo momento, uno se ve tan tentado a saltar en ese espejo, y si así fuera, caer en el cielo y abrazar las estrellas.

Me acerco poco a poco a la orilla para ver mejor ese reflejo de luz. Estoy ensimismado durante un rato. Un paso en falso, como era de esperar, y una pequeña piedra me pinza el pie. Rápidamente miro hacia abajo sólo para encontrarme con el reflejo de un desconocido. 

 

¿Continuará?

Amor imposible

Tú y yo somos una materia de amores imposibles. No sé qué será, si mi cuerpo o el tuyo, o ambos; tu pasado roto o el mío sin resolver. No sé si es la distancia que nos separa, que nuestras habitaciones estén en dos pueblos diferentes, o que nuestras cabezas están en dos realidades separadas. No sé si es puramente físico, o es también espiritual, como algo venido del destino, como si no sólo fuésemos dos simples almas mortales, sino que también somos dos entes desconocidos y extraños viniendo desde tierras extrañas: dos salvajes que hablan lenguas distintas, hacen rituales distintos, ven mundos distintos. El amor imposible tiene una materia que no se puede resolver o se puede superar: es parte de quiénes somos, de lo que buscamos, lo que queremos; siempre hay algo que nunca podrá resolverse.

Quiero salvaguardar un paso, sin embargo, un estrecho de tierra por el que podamos vernos sin que el mundo se derrumbe cuando crucemos y nos juntemos. Quiero salvaguardarte el paso seguro a través del desierto que es mi corazón. Quiero que sepas eso, que este viaje trata de héroes: al final eres tú quien me tiene que salvar y soy yo el que anda encerrado en la torre; una historia al revés, pero una historia tan real como cualquier otra, aunque sea imposible. Las cosas imposibles, por suerte, todavía pueden soñarse.

Rebusco dentro de mí

Rebusco dentro de mí, el verdadero significado de mis sentimientos, de este amasijo de cosas que bullen incesantemente, constantemente mutando a nuevas cosas. Las líneas nunca terminan, son como montañas que coronan y conquistan el cielo, o incluso como abismos que taladran la oscuridad más profunda de mi alma. Las palabras giran y giran, como asteroides que poco a poco también aceleran hacia el centro de mi ser, explotando en mil pedazos cargados de emoción cuando tocan fondo. El viento se amontona en las esquinas de mi vida, arrastrando pasajes del pasado mezclados con citas con el futuro. Un torbellino de sensaciones, de impresiones, de pulsos que parecen arrastrarme como una marea salvaje, como un río salvaje, como una huracán descontrolado que barre a través de toda mi existencia, levantado el polvo de toda la vida pasada, creando las ilusiones que otra vida por venir.

Rebusco dentro de mí en los silencios, las pausas, el espacio; los borradores que no dejan de cambiarse de significados, con todas las cosas que te quiero decir pero no sé cómo. Me siento como un baúl que poco a poco se ha llenado de tesoros sin quererlo, una especie de accidente de la causalidad, de todo lo que pasa. Pero el polvo es persistente y se posa como una manta que me abraza, que me da un punto fijo en todo este caos que intento entender. Surge como una fuerza indomable dentro de mí, algo, y es poderoso y me hace sentir escalofríos. Es una melodía que es propia del espíritu, de lo eterno y divino; es la melodía que cada uno de nosotros se imaginaría que sonaría en el vacío del espacio cósmico, y sonaría con tal fuerza que movería estrellas, planetas, el tiempo mismo. Pulsaría como pulsan los segundos, constantes pero firmes, siempre hacia adelante, sin pararse, para siempre hasta que termine de golpe.

Rebusco dentro de mí y se revela como una luz intensa, una maravilla, una rareza que no tendría ni palabras ni poesía. No tendría ni música ni arte. No tendría cosas que podríamos entender, pero su belleza es tal que nos extasia: es pura existencia. Así es como yo me imagino la pura existencia, una fuerza que va más allá de toda realidad representable o conocible. Es algo que compartía esa belleza sublime de Dios.

“Esta sustancia en mí va más allá de todas las definiciones, sobrepasa el entendimiento, la locura y la lógica…”| Margo Talbot

 

Rebusco en este amasijo de ideas y sentimientos intentando explorar sus confines, hasta dónde llega, qué limites tiene. Pero me puede la inmensidad de ello, la forma de transformarse y cambiar a cada paso: cuando yo doy un paso, lo que busco ya ha dado infinitos en infinitas direcciones, dejando un rastro que sólo me llevará hasta… esto.

Rebusco dentro de mí, y a la vez hay nada y todo: hay silencio y ruido, caos y orden, pasado y futuro, aquís y allís. Hay una colisión en proceso, una gravedad que atrae y repele todo lo que caiga en él. Son dos polos en uno, intrínsecamente unidos para siempre, pero eternamente atrayéndose sin tocarse. Esta sustancia en mí va más allá de todas las definiciones, sobrepasa el entendimiento, la locura y la lógica. Se viste de tantas palabras, infinitas, pero ninguna jamás la podrá definir y explicar. Ninguna expresión que yo utilice la hará justicia y cualquier representación, cualquier imagen que os pueda transmitir es sólo un borrón.

Rebusco dentro de mí y lo que veo es abstracto, pero tan real. Es la caricia de un escalofrío que te recorre la espalda lentamente, y esa sensación de estar al límite de esto, de ver en el abismo, de abrir la puerta… me hace sentir intensamente vivo. Lo puedo sentir con todos mis sentidos, como si cada receptor de mi piel pudiera registrar el tacto de cada molécula de oxígeno, como si notara el planeta girar en el espacio vacío, y la dirección del tiempo, y el pulso de la tierra que ruge y cruje bajo mis piel. Es sentir la fuerza de mis latidos en la punta de los dedos. Es ese grado de sentir la vida. Es tan íntima e intensa que no tiene definición.

Rebusco dentro de mí y dejo que todo lo que hay fluya, y no me paro a mirar hacia atrás, a leer lo que ya he escrito. Así de sincero y genuino es lo que siento instante a instante. Así es cómo cambian mis palabras al ritmo del tiempo, siempre hacia adelante, de punto en punto, nunca parando, siempre hacia un lugar, pero a la vez a ningún sitio. Rebusco en mí para llenar el blanco que siempre habrá delante de mí y que me reta a siempre seguir, siempre mejorar, siempre decir, siempre vivir. Siempre hacia adelante, nunca mirando hacia atrás, nunca parando. Porque si paro, siento que me pierdo, que algo deja de existir, que el telón del silencio es como un muro de hierro que lo detiene todo en su lugar y lentamente se consume, se vuelve cenizas y desaparece.

Rebusco dentro de mí porque, aunque no sé qué busco, sé que podré encontrarlo contra viento y marea; estará ahí y si dejo esta odisea hacia la profundidad de lo que soy, entonces habré perdido la oportunidad de encontrarlo. Por eso rebusco incesante en todas estas líneas y en todos estos espacios, porque me llama, me sabe que lo encontraré. Y quiere que lo encuentre. Por eso rebusco en mí.

¿La conclusión? La conclusión es lo que quieras hacer de ella. No hay conclusión. No hay fin. Esto ha sido todo y ha sido nada, porque esto ha sido una ventana a la profundidad del alma, de lo que habla en el silencio y lo dice todo sin decir nada. Y si te pierdes por un momento en significados y definiciones, nunca podrás entender el verdadero significado de lo que sientes cuando realmente te dejas llevar… Cuando sientes una libertad que es externa a tu cuerpo, a tu mente, a ti, al mundo; es una libertad que va más allá de los propios límites.

Mensaje en una botella

Mi habitación está en silencio y el tiempo pulsa lejano en otros relojes, palpita en mis venas a medida que estas palabras se me escurren y poco a poco dejo que esta historia tome mi vida. Afuera el sol ya se ha arropado bajo la noche y las estrellas salen a brillar; la luna sigue madurando como una extraña fruta que cuelga del cielo, haciéndolo más alcanzable. En la lejanía, siento que las montañas suspiran y el campo duerme. Esta primavera se nos está haciendo mayor así de repente.

Como mi corazón esta noche, esta historia no tiene sus líneas rectas. Hoy no. Hoy todo parece torcerse hacia lo mejor, adonde sea eso. Las sabanas se enrollan como abrazos secretos y las almohadas me hacen de consejeros.

El silencio late en mis oídos que parecen ceder ante la quietud. Todo ha parado de repente; la habitación ahora parece más pequeña. La luz de la lamparilla se hace más tenue, aunque la bombilla brilla igual; siento un cosquilleo que me empuja a pensar en tu nombre. Pero aun así, logro dormirme a primera hora de la mañana.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Me despierta la arena que se ha colado entre mis sábanas. Es arena blanca y fina. Noto una cálida brisa que sopla por debajo de mi puerta, y silba. A través de las paredes escucho un bullicio de mañana. “Es hora de levantarse”, pienso pero con un poco de duda. Me incorporo en la cama. El sol está brillando fuerte a través de las persianas. El frío de las mañanas ya se ha ido. Me levanto, subo la persiana, abro la ventana. Saludo el mundo y me fijo que donde antes había encinares y campos de olivos, ahora hay un mar. En el horizonte, hacia el oeste, ya no hay una sierra que lo corte, sino una vasta superficie azul que se hunde bajo él. Salgo a saludar a mi madre, que al parecer se ha levantado ahora y está preparándose el café. Las ventanas y las puertas están abiertas. Y aunque es domingo, se escucha actividad en la calle.

—¿Qué hora es? —le pregunto. Me mira, se mira el reloj.
—Mediodía. ¿Por qué? —me pregunta.
—Nada, nada.

Miro el reloj del pasillo: se ha parado.

—¿Has oído las campanas?
—¿Las campanas?
—Sí, las tenían que haber tocado ya, ¿no?
—No lo sé.

Me voy al baño y me lavo la cara. Hay arena por todas partes. Es lo que tiene que aparezcan playas de repente a la puerta de tu casa. Afortunadamente hoy es domingo y nos toca limpieza de la casa, así que mejor que aparezca ahora y no a mitad de semana.

Por lo demás, la rutina sigue igual: una vecina, en vez de traer huevos frescos de su granja, carga con una caja llena de cocos que ha recogido en la playa; otro vecino, en vez de traer tomates del huerto, trae una red llena de peces que ha atrapado temprano esta mañana.

—¡Buenos días! —me dice al verme salir.
—Buenos días, Chema, ¿qué tal la pesca?
Me enseña su lote y sonríe.
—Muy productiva, la verdad. Esta mañana ha sido provechosa —me informa.
—Ya veo —le digo. Nos reímos—. ¿Ya vuelve?
—Sí, la mujer está esperando a ver si hacemos la comida.
—Muy bien. ¡Que aproveche! —le digo.
—Gracias, mozo. ¿Y tu madre?
—Ahí está, haciéndose el desayuno —Ríe.
—Mira a ver si quiere uno o dos pescados frescos… —me oferta.
—Seguro que la encantará, ¡muchas gracias! Pero ahora mismo no puedo. Tengo que ir a la playa. Pase luego y se los da, como si fuera una sorpresa.
Se ríe. Me despido y subo la cuesta que da al descampado, y siguiendo un camino que antes me llevaba al campo, bajo hacia la nueva playa.

A pesar de todo, casi no hay nadie, sólo algunos vecinos tempraneros del barrio. El sol se ha puesto en la corona del cielo y pega fuerte, pero no pasa nada. Las encinas han sido sustituidas por altas palmeras que dan una buena sombra. Me siento bajo una y saco un trozo de papel.

De la noche a la mañana se ha puesto amarillento, como si hubieran pasado años más bien. Saco del bolsillo el primer bolígrafo que he pillado antes de salir de casa y me dispongo a escribir. Las olas baten contra la arena con melodía y traen a sus espaldas una brisa que llega desde el sur. Huele a sal y a libertad todo mezclado; qué paz. Todavía no he escrito nada. Me he detenido un momento: cierro los ojos y respiro profundo, muy profundo. El momento me invade: el sol, la brisa, las olas, la memoria de una vida pasada; todo me llena hasta la profundidad del alma y mi cuerpo se deja llevar. Puedo notar cómo me hundo cómodamente un poco en la arena blanda, fina y blanca. “Esto es el paraíso”, pienso. Y sonrío sin darme cuenta. “Ah”, suspiro. 

Cuando toco papel con bolígrafo, mi letra se convierte en pura caligrafía, exactamente como si sangrase mi corazón con poesía y cobrasen forma mis sentimientos sobre la hoja. Me desbordan y mis manos parecen haber cobrado vida propia con tanta palabra. No sé quién quiere decir más, si yo o ellas. Pero no pasa nada. 

A ti, 

No parece que tengamos muchas oportunidades para decirnos todo eso que queremos decir. Tú estás en tu isla aislada del mundo, batida casi por otros mares; suena la melodía de otras aguas y pasan otras cosas que aquí parecen ajenas. Y yo… yo estoy en mi rincón, en esta playa que no deja de ser otro mundo a parte del tuyo, donde las olas traen otros vientos, baten otros sonidos; me recuerdan otras cosas. A pesar de la distancia, quiero dedicarte este pequeño momento que es nuestro: que cuando lo leas, nos acercará a través del tiempo y el espacio, cruzaremos ambos este horizonte de arena y sal, y por un momento, cuando leas esto, sentirás que estoy ahí contigo, a tu lado, casi susurrando estas palabras que llegan con el hálito del mar. Porque es ésta la que nos une, en realidad, el vasto reino de desconocido y fantasía en el que pueden pasar tantas cosas… Es a orillas de este mundo de agua y viento donde se encuentran los paraísos más bellos, los rincones más íntimos, los atardeceres más inolvidables. Estamos ambos perdidos, lo sé, náufragos de esta vida de búsqueda y aventura, pero espero que, con este mensaje, nos encontremos por fin y podamos disfrutar de esos momentos juntos. Te estaré esperando en esta playa, bajo una palmera, sintiendo la cálida brisa acariciar mis labios con la promesa de un beso, esperando a las olas que traigan tu mensaje desde el lejano desconocido… a atracar en mi arena. Estaré aquí. 

Enrollo el trozo de papel y lo aseguro con un pequeño lazo. Me levanto de un salto, limpiándome la arena del pantalón. La playa está llena de botellas de cristal vacías —todas las promesas rotas que han ido a acabar a este reino olvidado— y, aunque siento cierto respeto por la escena, cojo la primera que me gusta. “Lo siento”, murmuro al viento. Y apretujando mi mensaje a través del cuello de la botella, lo sello con un corcho y lo lanzo lo más lejos posible. Con un sonoro salpique, la botella se hunde y vuelve a emerger a lomos de una ola que, acostumbrada por el gesto, parece alejar mi mensaje de la playa. “¡Gracias!”, grito. Me quedo un rato de pie contemplando cómo la botella se aleja más y más, haciéndose cada vez más pequeña, hacia el sur, perdiéndose en el azul desconocido. Me meto en el agua un poco a dejar que las olas me mojen los pies; está fría. Me salgo. Le echo un último vistazo al horizonte con un nudo en el corazón, esperando, esperando… 

La playa está llena de botellas de cristal vacías…

Me doy la vuelta y subo por el camino por el que he venido. Arriba ya, vuelvo a darme la vuelta y veo una panorámica de la playa que se extiende hacia el oeste. “¿Habrá caminado alguien toda esta playa?”, pienso y empiezo a fantasear sobre las tierras que me encontraría al otro lado. Un día… Un día

De vuelta en casa, toca barrer toda esta arena fuera; el reloj del pasillo ha empezado a dar la hora. 

Te he visto antes

Juro que te he visto antes. En un sueño quizá. O en la calle o el metro. Pero tu cara, esa mirada, sé que la he visto antes en alguna parte. Pareces un sueño, un déjà vu. Y esta sensación de escalofrío y emoción me recorre la espalda, me pone la piel de gallina, me acelera el corazón. 

Porque hasta donde yo sé, así es cómo se siente el destino: es un inyección de adrenalina y todo el cuerpo responde. No sólo el cuerpo, también el alma. Como si vibrase respondiendo a una llamada que es ancestral y mística, una llamada que supera la carne y el hueso. Nos transciende, y a la vez nos une.

Quizá no recuerde la primera vez que nos vimos… te vi. No sé si me recuerdas. Seguramente no. Quizá sólo esté todo en mi cabeza y seas otro más en este mar de desconocidos en el que nado continuamente, sin conectar, capturando miradas perdidas que sólo son eso, miradas perdidas.

Pero la certeza; que te he visto, sé que pasó. Sé que te vi mirar, que buscabas algo. Que entre que te miraba y tú sólo mirabas, nos miramos. Sería un momento solamente, pero te vi mirarme y sentí algo. No sé qué fue; no sé qué es. Pero me embrujó. 

Después dejamos de mirarnos y seguías buscando. En algún punto te perdí de vista e historia repetida, pensé que nunca más te volvería a ver. 

Pero nos volvimos a topar. Porque ésa es la palabra: toparse. Como si fuera una cosa de azar y nada más. Nos topamos y al alzarnos las miradas para evitar colisionar, nos volvimos a ver y volví a sentir ese mismo algo que no sé nombrar. Estas cosas no suelen pasar dos veces, y si pasan, son distintas. Pero contigo fue claro: fue el mismo algo

Fue eso, sentirte igual… que juro que te he visto antes. 

Quizá fuese otra vida, ¿quién sabe? Quizá fuera otro camino —y probablemente fue así—, pero sé que te vi. 

¿Cómo puedo probarte este sentimiento, este algo que no sé qué? ¿Puedo verte otra vez, verte para un café y una charla? Verte para el destino, para probar que no sólo fue una mirada ni un momento, sino que fue toda una historia lo que pasó frente a mis ojos… Y ¿sabes qué? Lo noté.

Juro que te he visto antes, pero no sé cuándo ni dónde. Ni siquiera sé cómo fue, cuánto duró, por qué estaba donde estaba. Tengo todas las preguntas posibles y ninguna respuesta. Pero sé que te vi. 

Ahora sólo quiero que me veas… 

“Pareces un sueño, un déjà vu” |  PatMb