Extraños en el metro

Creo que tú me viste primero, porque llegué tarde a la parada. Creo que siempre eres tú quien se fija primero, no lo sé: no me di cuenta hasta el año pasado, cuando te miré como miraría a un desconocido y me devolviste esa mirada, y lo supe. Lo que pasó esta vez es que estaba disfrutando de estos preciosos últimos días de verano, porque septiembre no tiene muchos de esos. Los árboles y los setos aún están verdes y recuerdan a la primavera; los campos, con las últimas lluvias de agosto, parece que han rejuvenecido. Y en fin, no parece otoño; de hecho, si no fuera por un calendario marcado en septiembre, creería que es primavera de nuevo: el sol que no quema, el frío que no hiela, los pájaros, la brisa templada, los cielos celestes, el olor fantasma de flores en el aire. 

Cercanos, y alejados al mismo tiempo, en el metro hemos jugado a ese juego de miradas perdidas al que siempre jugamos: tú me miras, yo te miro y me dejas de mirar; te dejo de mirar y me miras. Como si fuéramos dos niños en una inmensidad intentando decir algo sin realmente decirlo; sin atrevernos a saltar al vacío y descubrir, por fin, qué significa de verdad que nos miremos

Nos montamos en el bus como ajenos la mayoría de los días, pero vívidamente conscientes del otro, en todo momento sabiendo qué espacio ocupas, y ocupo. Nos tocamos así, en la distancia, tentando cada momento, esperando, siempre al borde de algo sin que pase nada.

Muchas veces creo que vuelvo solo en un autobús lleno de extraños, y eso me consuela esta inquietud, o este miedo. Y aunque tú también lo eres, un extraño, nos conocemos desde hace años: de coincidir en los mismos caminos, en los mismos rincones, en los mismos trayectos; de mirarnos tanto sin decir absolutamente nada.

Cruce de miradas | Malizia Kiss

A lo mejor todo esto está en mi cabeza, que las miradas son sólo miradas, que no hay ningún destino ni ninguna emoción. Que, sencilla y plenamente, somos dos extraños en el metro y eso es el fin de la historia. Pero ¿y si no somos dos simples extraños? ¿Y si podemos ser algo más? 

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La rutina

La corriente de la vida vuelve y es de asfalto,
y horarios impresos, y metros hinchados de gente apresurada.
La corriente ahora se dicta por el deber
y se monta en autobuses encajados en sus trayectos;
vuelve septiembre, vuelve la rutina.

Vuelve algo gris, algo pálido, algo mecánico y consumista.
No es hijo directo del tiempo, ni del espacio;
es algo distinto que los doblega.
Vuelven las mañanas sin amanecer
y las tardes ya de noche.
Vuelve el frío en los huesos
y las miradas vacías
que buscan sólo volver.

Volveremos a encontrarnos en los pasillos llenos,
y también en los vacíos.
Doblaremos las esquinas como el viento,
rápidos e invisibles.
Y recorreremos los caminos como un destello de relámpago,
algo efímero que se pierde en un parpadeo.

Vuelven los fantasmas, nosotros y los demás.
Nos convertiremos en espectros,
en murmullos en la brisa,
en algo que sólo es materia de cuentos
y leyendas, y fantasía.

Septiembre es de rutina;
la rutina, de septiembre.
Curiosamente ahora empieza otro año, o termina.
O ambos al mismo tiempo.
Sólo sé que el respiro se acaba
y lentamente nos echan ese conjuro de frío y nieve.
Los árboles mudarán sus hojas bajo el cielo de lluvia
y el camino ya no será de polvo.
La sierpe de hierba y arena
dejará el sol por volver al sueño bajo tierra.

La rutina todo lo esconde, todo lo oculta,
hasta que vuelva el sol de otra primavera
cuando el campo descubra sus flores
de amarillo y violeta.

El verano (se acabó)

Amanecía otra mañana de agosto, y fue distinta: aquella noche llovió durante horas y me despertó en la madrugada, el torrente de gotas que empapaban las ventanas abiertas.

Ahora amanece más tarde y atardece más temprano; los días se hacen cortos de golpe, el frío crepita al alba. Y el viento, ya no llega del sur, sino del norte.

Se acaba el verano, ahora que es septiembre. Aún permanecen vestigios de esta época: el polvo del camino, la hierba seca, la roca caliente a mediodía. Incluso los pájaros que cantan sus melodías de calor, son de verano. Y tal vez volverán los días, últimos días —el veranillo de San Juan—, de cerveza fresca en terrazas abiertas, mientras el sol brille su última justicia, calentando las espaldas para el otoño.

Pero ya tiene sus días contados ahora: se lo llevará la lluvia, la primera lluvia fría que empapará el polvo y hará barro; que revivirá el musgo seco; que enfriará la roca. Los pájaros migrarán y los árboles volverán a estar quietos.

La Sierra al noroeste, una última mañana de agosto.

A pesar de todo eso, sigue siendo verano en las horas y las sensaciones. Aún queda un poco de este último agosto y no puedo evitar pensar en, o recordar todas aquellas cosas que hacían de mi verano, el verano.

Recuerdo el aliño de las ensaladas del tío, la sandía inaugurada con una raja completamente redonda, la huerta del abuelo ya colorando sus tomates y engordando las patatas; la sombra ancha de los nogales y los almendros, y sus frutos verdes preparados para el último sol antes del otoño. Recuerdo la piscina y sus rituales: recoger las hojas, limpiar el fondo; una pastilla de cloro aquí, una depuración allá; meterse a la ducha antes de tirarse en ella, que si no estaba helada. Siempre ha estado helada. Recuerdo poder salir a pasear hasta estar bien contentos y cansados, con los perros; y el pantano tranquilo, siempre tranquilo.

Sigue estándolo hoy, pero lejos. Los caminos han cambiado; los tiempos han cambiado. La piel se ha vuelto más vieja y la mente se ha llenado de otros sueños, de otras memorias. Las casas tienen quizá otras familias y los árboles visten otras hojas. Ahora que el chalé está vacío, me pregunto que habrá sido del jardín y de la piscina: un salón vacío lleno de polvo y rayos de sol; una piscina medio vacía llena de agua sucia, de lluvia y hojas del otoño pasado; un jardín mustio y seco, con toda la hierba sin recoger de la pasada primavera, y los árboles decaídos por la falta de tacto y cuidado.

Me lo imagino ahora, los nogales y los almendros ya dan frutos vacíos que no serán recogidos como un día fueron recogidos, con tradición. El melocotonero viejo, ahora está vencido y murió, y lo que queda es el esqueleto de lo que fue, una memoria del pasado. Las arizónicas, ésas con las que peleábamos en silencio por el espacio, ahora se han asalvajado y lo reclaman con ramas anchas.

La casa está en silencio: ya no hay risas y charlas en la terraza, ya no huele la cocina a comida de los abuelos; el salón ya no es algo vivo, siempre en movimiento. Ahora todo está vacío, incluso en la memoria, aunque los recuerdos siguen henchidos.

Mi verano estaba muy ligado a esa casa, la casa de mi familia, donde se pasaron tantos veranos, incontables. Ahora se ha convertido en una reliquia del tiempo, como si fuese un testamento a nuestra historia y a nuestra existencia; que aún nos une, aunque ya no estemos juntos.

Ahora los veranos son distintos: son de a dos, en la ciudad; buscando, escribiendo, corriendo, viajando, visitando, llamando. No hay salones llenos, no hay terrazas, no hay piscinas, y sobre todo, no hay huerto. El huerto era importante en verano: cobraba vida. Ahora yace estéril y yermo, falto del tacto de mi abuelo que nunca volverá a tocarlo… Ya no volveremos a probar los tomates que plantaba, o las patatas o los guisantes.

El verano ya se ha ido, de tantas maneras… Ahora toca empezar de nuevo: esperar a que vuelva el verano al año siguiente y seguir averiguando todas esas cosas que me desvincularán del pasado y de la memoria; averiguar cómo hacerme otro verano.

Ahora que es septiembre, paradójicamente toca descansar, aunque regrese la rutina.

Los últimos grillos del otoño.

Esta tierra antes era todo verano. Ahora las mañanas son frías, muy frías. El sol se hace más pálido en el cielo y los árboles le lloran. Ha llegado el otoño. 

Septiembre es de otoño; otoño es de septiembre. 

Volvía a casa casi a medianoche. Soplaba un poco de brisa desde el norte. No hacía mucho frío, pero mi camisa sola no me bastaba. 

Las estrellas —las de verano se van, las de invierno llegan— brillaban claras en la noche. Puntito tras puntito, moteaban y titilaban el cielo. Echaré de menos aquellas noches de verano tumbado en alguna roca en medio del campo, lejos del neón, contemplando la grandeza de mi pequeñez. 

Caminaba por la carretera. No me di cuenta hasta que se instaló el silencio de medianoche; todo el mundo dormía. Y pude escucharlos. Me sentí sonreír. “Todavía hay grillos”, me dije. “Los últimos grillos”, pensé. Su coro, su melodía, su canción de libertad… sonaba en el fondo de la noche. Algo del verano aún sobrevivía con eso en aquellos últimos momentos.

Y en una sucesión de momentos insignificantes muy profundos, bajo la luz tenue de una farola sucia, caía a mis pies mi primera hoja de otoño. Era de un olmo que ya estaba cansado.

Los caminos de arena ahora están llenos de charcos y mis pasos no levantarán más nubes de polvo seco. La piedra se volverá fría de invierno y oscura de musgo, porque ésa es la nueva cara de este campo. 

Las zarzas dejarán atrás sus moras dulces y negras; las bellotas caerán marrones cubriendo las sombras de encinas milenarias; las uvas serán las que cerrarán otro verano pasado; y la parra virgen ahora se vuelve roja, muy roja, tan roja como rojo es el otoño, tapizando las verjas y muros de casas que no escucharán más el jaleo de piscina y sol. Eso ya se acabó.

La parra virgen roja de otoño (fotografía de Eva G. Reinoso)

Pero a pesar de que todo lo demás parece terminarse de golpe, los grillos, esos guardianes del verano, siguen cantando en la noche, bajo el cielo de estrellas cambiantes. 

Expresión de septiembre.

Mis dedos crujen con palabras, oxidados por el silencio. Rígidos por todas las historias calladas, este dolor busca remedio en el papel y la tinta. Como medicina, estas palabras corren como venas por mi alma, lineando estos sentimientos de literatura, liberándome del exilio, devolviéndome mi voz y mi libertad.

Estos días de último verano, mientras caen las hojas de los árboles, se levantan las hojas de las historias: pronto un año lleno de recuerdos llegará a su fin sin aviso, imparable, y otro año lleno de promesas y sueños dará su comienzo, esperado.

En este reino de encinas, las nubes regresan desde el norte con amaneceres fríos. La lluvia llorará los árboles; se desnudarán como espíritus de la tierra, regresando a él, convirtiéndose en estatuas del invierno, guardando los caminos con el sueño de primavera.

Pronto las montañas se coronarán de nieve y se vestirán de pinos apretados; el invierno nos detendrá, a nosotros y nuestros días, y hará sus noches. Pronto.

“Hola, septiembre; bienvenido otoño”, dice el viento. Hoy es el adiós a esos meses del sol. Hoy, que ya es pasado.

Y tanto como junio tuvo sus promesas, septiembre tiene las suyas. No sé por qué es, pero hay cierta promesa de amor en el aire. Junto a la lluvia, la tierra mojada, los campos reverdecidos… huele a historias.

Esperadme.

Que este septiembre está vivo, aunque los árboles empiezan a dormir y el mundo se prepara para hibernar. Este septiembre nos devuelve a la vida, después de un sueño de verano, a esa vida que forma parte de algo más; que forma parte del mundo, quizá. Con ello, me veo rápidamente soñando tiempo, a falta de tenerlo. Pero estas palabras no paran: me empujan, me despiertan, me levantan; me llaman y me recuerdan. Me recuerdan que aquí está mi tiempo, entre estas líneas.

Esperadme; vosotros sabéis quiénes sois, historias mías, los que me dais palabras, tiempo, vida… Esperadme.