Otro otoño

| Jacinta Lluch Valero

El musgo tornará verde,
pero los árboles se desnudan de amarillos.

Los cielos estarán azules,
pero empiezan a volver las lluvias.

Aún hará calor,
pero las noches ya son frías.

Seguirán cantando los pájaros,
pero los grillos ya se han callado.

El viento ya no es del sur,
sino que viene del norte.

Será otoño, otro otoño,
pero aún tenemos estas memorias del verano.

| Rocío Moreno

 

Abismos

Apneísta Guillaume Néry buceando en un oscuro abismo en el océano | Casey Chan

Es muy angustioso estar en el fondo de un abismo, sobre todo si es uno con un fondo oscuro y paredes negras y rectas a las que no te puedes agarrar para subir y salir. Los abismos oscuros que se proyectan desde el fondo directamente al cielo sin visión de lo que lo rodea o de lo que pueda caer dentro, también son angustiosos. Te sientes atrapado: total y absolutamente atrapado. Y parece que no hay más solución que mirar hacia arriba, esperando, esperando a que lancen una cuerda o a que aparezca alguien que te eche una mano y te suba, y te salve.

Tocar fondo en un abismo, no obstante, tiene una ventaja: sabes que ése es el límite, que tienes los pies firmes en el nivel más bajo y que no vas a seguir bajando; o al menos esperas a que el suelo no se hunda y te trague para siempre. No: tocar fondo significa que ya te puedes relajar, que no vas a seguir cayendo. Por eso creo que es mejor encontrarse ya dentro de un abismo, en el fondo, que estar cayendo en uno.

Caer en el abismo tiene algo peor: no sabes cuándo pararás, qué te espera en el fondo, dónde están tus límites; no tienes más solución que caer, que dejarte arrastrar por la gravedad más y más en la garganta negra, agarrar aire y sólo aire, tal vez gritando sin emitir sonido, o sólo escuchando ecos; gritar sin que nadie te pueda parar. Además, hay algo en la caída: que es solitaria. Irremediablemente caes solo, y es algo que no puedes evitar. Es algo personal. 

Si pudiera eligir en qué abismo caigo —qué pensamiento tan inocente, ¿verdad?—, prefiero uno que tenga los lados inclinados, aunque estén muy inclinados: si son rectos, no tendré la oportunidad de subirlos, pero si están inclinados, al menos puedo intentarlo; dejarme las uñas, la carne y el hueso para intentar salir de ésta. Pero ¿para qué mentir? Si pudiera elegir, elijo no caer en abismos. No gracias.

Y todo esto porque he salido a correr… He descubierto que me gusta más subir cuestas que bajarlas. Tiene más esfuerzo, sí, pero cuando bajas, cuando caes pendiente abajo, hay parte de tu fuerza que no es tuya: es la gravedad que te tira, y es algo que nunca podrás controlar. Vale, puedes intentar reducir la velocidad, pero aun así: no es común caer cuesta arriba; es inevitable rodar cuesta abajo. Sin embargo, subiendo… toda la fuerza, todo el impulso, todo el esfuerzo es tuyo, lo controlas tú, siempre en contra de la gravedad. Es casi una relación matemática en la que, restando gravedad, el resto sabes a ciencia cierta que es tu decisión. Porque subir es siempre una decisión; bajar, algunas veces, es un accidente. Y caer… Caer es el destino diciéndote que deberías parar, que vas demasiado deprisa, que mires el camino; que pienses.

La vida es un poco así, ¿no? Un poco de abismos, de correr, de gravedad, de caer y subir; y esfuerzo y accidente, y querer mejorar. Siempre querer mejorar. Porque subir —cuestas, montañas; remontar abismos— tiene algo de mejora, tiene algo de destino y objetivo; de querer hacerlo, de querer llegar y de no mirar atrás. Cansa más, muy cierto, pero ¿qué en esta vida no cansa, no cuesta? ¿O acaso vamos activamente tirándonos en los abismos, rodando cuesta abajo, tomando el camino fácil y dejarnos caer?

Amor imposible

Tú y yo somos una materia de amores imposibles. No sé qué será, si mi cuerpo o el tuyo, o ambos; tu pasado roto o el mío sin resolver. No sé si es la distancia que nos separa, que nuestras habitaciones estén en dos pueblos diferentes, o que nuestras cabezas están en dos realidades separadas. No sé si es puramente físico, o es también espiritual, como algo venido del destino, como si no sólo fuésemos dos simples almas mortales, sino que también somos dos entes desconocidos y extraños viniendo desde tierras extrañas: dos salvajes que hablan lenguas distintas, hacen rituales distintos, ven mundos distintos. El amor imposible tiene una materia que no se puede resolver o se puede superar: es parte de quiénes somos, de lo que buscamos, lo que queremos; siempre hay algo que nunca podrá resolverse.

Quiero salvaguardar un paso, sin embargo, un estrecho de tierra por el que podamos vernos sin que el mundo se derrumbe cuando crucemos y nos juntemos. Quiero salvaguardarte el paso seguro a través del desierto que es mi corazón. Quiero que sepas eso, que este viaje trata de héroes: al final eres tú quien me tiene que salvar y soy yo el que anda encerrado en la torre; una historia al revés, pero una historia tan real como cualquier otra, aunque sea imposible. Las cosas imposibles, por suerte, todavía pueden soñarse.

Rebusco dentro de mí

Rebusco dentro de mí, el verdadero significado de mis sentimientos, de este amasijo de cosas que bullen incesantemente, constantemente mutando a nuevas cosas. Las líneas nunca terminan, son como montañas que coronan y conquistan el cielo, o incluso como abismos que taladran la oscuridad más profunda de mi alma. Las palabras giran y giran, como asteroides que poco a poco también aceleran hacia el centro de mi ser, explotando en mil pedazos cargados de emoción cuando tocan fondo. El viento se amontona en las esquinas de mi vida, arrastrando pasajes del pasado mezclados con citas con el futuro. Un torbellino de sensaciones, de impresiones, de pulsos que parecen arrastrarme como una marea salvaje, como un río salvaje, como una huracán descontrolado que barre a través de toda mi existencia, levantado el polvo de toda la vida pasada, creando las ilusiones que otra vida por venir.

Rebusco dentro de mí en los silencios, las pausas, el espacio; los borradores que no dejan de cambiarse de significados, con todas las cosas que te quiero decir pero no sé cómo. Me siento como un baúl que poco a poco se ha llenado de tesoros sin quererlo, una especie de accidente de la causalidad, de todo lo que pasa. Pero el polvo es persistente y se posa como una manta que me abraza, que me da un punto fijo en todo este caos que intento entender. Surge como una fuerza indomable dentro de mí, algo, y es poderoso y me hace sentir escalofríos. Es una melodía que es propia del espíritu, de lo eterno y divino; es la melodía que cada uno de nosotros se imaginaría que sonaría en el vacío del espacio cósmico, y sonaría con tal fuerza que movería estrellas, planetas, el tiempo mismo. Pulsaría como pulsan los segundos, constantes pero firmes, siempre hacia adelante, sin pararse, para siempre hasta que termine de golpe.

Rebusco dentro de mí y se revela como una luz intensa, una maravilla, una rareza que no tendría ni palabras ni poesía. No tendría ni música ni arte. No tendría cosas que podríamos entender, pero su belleza es tal que nos extasia: es pura existencia. Así es como yo me imagino la pura existencia, una fuerza que va más allá de toda realidad representable o conocible. Es algo que compartía esa belleza sublime de Dios.

“Esta sustancia en mí va más allá de todas las definiciones, sobrepasa el entendimiento, la locura y la lógica…”| Margo Talbot

 

Rebusco en este amasijo de ideas y sentimientos intentando explorar sus confines, hasta dónde llega, qué limites tiene. Pero me puede la inmensidad de ello, la forma de transformarse y cambiar a cada paso: cuando yo doy un paso, lo que busco ya ha dado infinitos en infinitas direcciones, dejando un rastro que sólo me llevará hasta… esto.

Rebusco dentro de mí, y a la vez hay nada y todo: hay silencio y ruido, caos y orden, pasado y futuro, aquís y allís. Hay una colisión en proceso, una gravedad que atrae y repele todo lo que caiga en él. Son dos polos en uno, intrínsecamente unidos para siempre, pero eternamente atrayéndose sin tocarse. Esta sustancia en mí va más allá de todas las definiciones, sobrepasa el entendimiento, la locura y la lógica. Se viste de tantas palabras, infinitas, pero ninguna jamás la podrá definir y explicar. Ninguna expresión que yo utilice la hará justicia y cualquier representación, cualquier imagen que os pueda transmitir es sólo un borrón.

Rebusco dentro de mí y lo que veo es abstracto, pero tan real. Es la caricia de un escalofrío que te recorre la espalda lentamente, y esa sensación de estar al límite de esto, de ver en el abismo, de abrir la puerta… me hace sentir intensamente vivo. Lo puedo sentir con todos mis sentidos, como si cada receptor de mi piel pudiera registrar el tacto de cada molécula de oxígeno, como si notara el planeta girar en el espacio vacío, y la dirección del tiempo, y el pulso de la tierra que ruge y cruje bajo mis piel. Es sentir la fuerza de mis latidos en la punta de los dedos. Es ese grado de sentir la vida. Es tan íntima e intensa que no tiene definición.

Rebusco dentro de mí y dejo que todo lo que hay fluya, y no me paro a mirar hacia atrás, a leer lo que ya he escrito. Así de sincero y genuino es lo que siento instante a instante. Así es cómo cambian mis palabras al ritmo del tiempo, siempre hacia adelante, de punto en punto, nunca parando, siempre hacia un lugar, pero a la vez a ningún sitio. Rebusco en mí para llenar el blanco que siempre habrá delante de mí y que me reta a siempre seguir, siempre mejorar, siempre decir, siempre vivir. Siempre hacia adelante, nunca mirando hacia atrás, nunca parando. Porque si paro, siento que me pierdo, que algo deja de existir, que el telón del silencio es como un muro de hierro que lo detiene todo en su lugar y lentamente se consume, se vuelve cenizas y desaparece.

Rebusco dentro de mí porque, aunque no sé qué busco, sé que podré encontrarlo contra viento y marea; estará ahí y si dejo esta odisea hacia la profundidad de lo que soy, entonces habré perdido la oportunidad de encontrarlo. Por eso rebusco incesante en todas estas líneas y en todos estos espacios, porque me llama, me sabe que lo encontraré. Y quiere que lo encuentre. Por eso rebusco en mí.

¿La conclusión? La conclusión es lo que quieras hacer de ella. No hay conclusión. No hay fin. Esto ha sido todo y ha sido nada, porque esto ha sido una ventana a la profundidad del alma, de lo que habla en el silencio y lo dice todo sin decir nada. Y si te pierdes por un momento en significados y definiciones, nunca podrás entender el verdadero significado de lo que sientes cuando realmente te dejas llevar… Cuando sientes una libertad que es externa a tu cuerpo, a tu mente, a ti, al mundo; es una libertad que va más allá de los propios límites.

Mortalidad

Hubo un tiempo en el que escribir me traía solaz, una tranquilidad que transcendía mi mente y me llegaba al alma. Luego me hice viejo, no sólo de cuerpo, sino de palabra: tenía más libros a la espalda, más cosas pensadas, más mundo imaginado. Se podría decir que dejé de ser un “inocente literario” y me convertí en algo (¿escritor?) maduro, con cierta experiencia. Y escribir se hizo más que una aventura, un descubrimiento… se hizo algo serio. No sé cómo llamarlo, pero se hizo difícil. A ver, nunca fue fácil, pero era más fácil; tenía menos inhibiciones, menos cuidados. No había tantas cosas que cuidar (y es que los adultos vivimos en un mundo de muchos cuidados). No obstante, escribir siempre ha sido lo más natural, como respirar o andar. Tiene algo de talento, de don casi, pero gran parte de escribir es trabajo. Y en mi caso, a medida que hago este viaje de descubrimiento (nunca dejó de serlo), cuanto más viejo, más trabajo. En mis ratos libres, me pregunto por qué; y dónde quedó esa inocencia, la naturalidad.

En días como estos, que sólo acumulo borradores sin terminar, escribir se me hace un rompecabezas: palabras y líneas que encajar por todas partes. Es en días como éste cuando escribir no me trae la libertad que tanto encontraba, sino que me trae espacios, preguntas, dudas. Ya no es que deje de ser natural, pero me ha hecho un prisionero inevitable de esta naturaleza (algo que, en realidad, nunca dejé de ser).

Prisión de palabras y de silencios, esclavo de lo necesario, de lo soñado. Mortal después de todo. Mortal. Eso es.

Mangos maduros

El silencio juega a un pulso conmigo, me tapona los oídos, me grita, pero no lo escucho. Jugamos a ver quién gana. De momento, le llevo ventaja. 

El otro día me atreví a salir de casa, despojándome del ermitaño, disfrutando de un día soleado entre otros de lluvia. El tiempo está loco, el mundo está loco; yo estoy loco, pero por eso aparento. El caso es que en el autobús de camino a ese país desconocido donde otra vez me siento extraño, no dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros.

“No dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros” | Thank you to A Little Saffron for this photo

Estaba hipnotizado por ese aroma, que era sólo una memoria o una fantasía, pero se me había pegado, atascado en los pensamientos. Me pasé casi la hora de viaje pensando en el aroma de mangos maduros. Creo que sobreviví al mundo porque estaba demasiado ensimismado con esa idea. 

Hubo un momento cuando, creo que todo escritor lo ha vivido, empecé a divagar en la idea, me dejé llevar, las escenas se sucedieron en historias, y sentía que llegaba a alguna parte. Durante un rato que se me hizo una vida, dejé de estar presente de verdad. 

Me vi otra vez allí, mirando unas ventanas abiertas de par en par intentando aliviar el calor, pero se abrazaba a ti, se pegaba como una manta. El sol hacía brillar el mundo con colores intensos. No hacía brisa, el aire pesaba con humedad: era la selva, en algún Reino del Monzón, allá en el misterioso sur. 

De repente lo olía, como una melodía o una inspiración, el aroma de mangos maduros que se colaba por las ventanas abiertas. Y por un instante, pareció aliviar el calor y la desidia. En esa fantasía, cerraba los ojos para poder disfrutar mejor del momento, y funcionó. Oh, qué delicia, qué perfume. 

El mundo empezó a tomar forma poco a poco: ahora no sólo había ventanas, también había una casa, porque el aroma de mangos se mezclaba con el humo del incienso que quemaba en algún rincón, recorriendo la casa como un espíritu protector, invisible, pero a la vez haciendo lazos en el aire. Y la fuente de piedra negra: su agua hacía cascadas, chapurreaba y rompía mi silencio. Junto a ese sonido, otro: el “canto del calor”, la canción de alguna cícada o algún grillo o algún saltamontes, en la lejanía, cantando su alivio. 

“haciendo lazos en el aire” | Thank you to comadame for this one perfect moment.

Me sentía en casa, a salvo, lejos, inocente, feliz, liberado. Volvía a ese pasado mejor, cuando las cosas eran sencillamente distintas. 

Pero ahí termina mi fantasía, mi sueño diurno, y ahora siempre que pienso en mangos maduros en el frío de este invierno, viajo hasta ese momento donde el agua, los aromas, el calor me envuelven y me reconfortan. 

Cuándo volveré, no lo sé. Ahora que está terminando el invierno y empezará la primavera, parece que será pronto, que me veré un día otra vez en aquel lugar, aunque no sé cuál es. Con un poco de suerte, habrá mangos maduros y seré un poquito más feliz.