Donde sangra el amor

Cerraron el parque. Reseñas en el periódico local y un breve informativo en la televisión regional decían que una investigación policial estaba en proceso, que un grave crimen se había cometido en el Paseo de las Rosas, justo al lado del Palacio. Pero no dieron más detalle. Una cascada de tuits de usuarios del parque indignados inundó rápidamente la red en pocas horas, pidiendo explicaciones, pero nadie —ni nada— aclaraba más.

A la mañana siguiente lloviznaba y el frío atenazaba las manos. Los viandantes pasaban rápido por la acera, sin importarles lo que allí había pasado. Me acerqué, como pocos curiosos, a la única entrada permitida al público, ahora firmemente cerrada. Era un gran portón de hierro forjado que, como informaba una placa ya oxidada, databa del siglo XIX. Allí asomé la cara por entre las barras para ver si podía ver algo, pero los árboles siempre han sido densos en este parque y ofrecían la intimidad por la que era conocido.

—Llevan 40 años sin cerrarlo —dijo de repente un anciano que, como yo, se había plantado delante del portón—. Después de la Guerra decían que nunca más lo cerrarían, no como hizo El General… —Se quedó callado.

De fondo el asfalto mojado silbaba bajo las ruedas de los coches y la gente seguía pasando en silencio bajo los paraguas.

—¿Y qué crimen será? ¿Usted sabe algo? —pregunté tímidamente.
—Lo que todo el mundo, ese grave crimen en el Paseo de las Rosas… Espero que no sea nada. Ya sabes cómo somos aquí, siempre unos exageraos. Y a quién no le gusta una buena historia, sobre todo en esta ciudad en la que nunca pasa nada —añadió con una agria risa.
—Sí… —sólo pude añadir.

Y con un ademán, se colocó el abrigo y un sombrero raído, y desapareció por el paseo. Yo seguí plantado delante de ese portón un rato más.

Más tarde aquel día me enteré que habían matado el amor. De un mal flechazo. Mucho se dijo sobre el “Cupido Loco”, como le llamaron los medios de comunicación: que a quién se le ocurría andar por la ciudad con flechas bajo el abrigo; que si la policía no tenía un control de esas armas; que seguramente hubo alguien que vio las flechas, que esas cosas no eran fáciles de ocultar, que si abultaban; que si no había forma de rastrear la compra, que seguramente no había mucha gente comprando flechas. Pero poco se habló sobre la muerte del amor.

Lo que me pareció curioso fue el comentario de los forenses. Dijeron que la sangre salpicó un rosal cercano, la variedad blanca más pura que el Rey Alcalde mandó plantar en ese parque en honor a su esposa. Los expertos temían que las manchas de sangre harían que la próxima primavera floreciesen rojas y que no había nada que se podía hacer. Muchos entonces se lamentaron —y cabrearon— con tal accidente, del descuido y de la pérdida histórica del parque. “Irreemplazable”, se repetía por todos lados.

El Ayuntamiento no tardó en publicar un comunicado en el que informaban de que harían todo lo posible por mantener la “integridad de la belleza” del parque y que tomarían todas las medidas necesarias para preservar su estado original, incluyendo el transplante del rosal afectado por otro sano.

No faltó quien dijo que el rosal afectado, apodado irónicamente como “Sangre de Amor”, debía quedarse como un monumento homenaje, pero pronto llegó el aluvión de quejas que acalló la propuesta. En su lugar, hubo preocupación sobre si la variedad blanca aún existía, si aún había plantas disponibles o viables, o si había cultivadores especializados que pudieran donar un ejemplar al parque.

“Sangre de Amor” | Pinterest

Y en efecto, poco después de que la noticia recorriese toda Europa, un jardinero francés declaró que su familia había estado cultivando esa variedad durante generaciones y que fueron antepasados suyos los que regalaron los primeros especímenes a un rey francés para que los usase en su lustroso jardín. Que fue en la época, llevados por la moda de copiar dichos jardines, que el monarca español adquirió unos ejemplares y los plantó en estos, ahora parque, detrás del Palacio, como era ya conocido. Y que estaba dispuesto a donar un ejemplar para reemplazar al daño, sin costes. Un gesto que el Ayuntamiento notablemente agradeció.

Volví al parque sólo para ver cómo se llevaban aquel rosal rojo, dañado, teñido de sangre, profanado. Para mi sorpresa, el viejo del portón también estaba allí.

—Matan al amor y se llevan la rosa —dijo, tácitamente enfurecido.

Para nuestro consuelo nos enteramos que no lo destruirían, sino que lo plantarían en la gran rosaleda de otro parque cercano, para que los nostálgicos como yo pudiéramos visitarlo cuando quisiéramos. Pero no en este parque.

—¡Un momento! —grité a los jardineros que se estaban llevando el rosal—. ¿Puedo llevarme una rama?

Uno me miró extrañado.

—Claro —Y accedió a mi petición, entregándome una rama generosamente grande.

Volví al anciano y partiendo la rama en dos, le dije:

—Tome. Cuando llegue a casa, métalo en agua tibia con algo de azúcar. Si le queda algo de amor, un poco de dulce calor hará el truco. Cuando vea las primeras raíces, plántelo y cuídelo. Con poco que lo quiera, crecerá rápido. Es un truco que me enseñó mi madre hace mucho.

El anciano no supo qué decir más que un “Gracias”, a lo que me dio la mano emocionadamente y se fue con una sonrisa.

 

Mensajes en el cristal

Habían pasado exactamente 39 días desde que se vieron por última vez. Repetía aquella tarde una y otra vez en su cabeza, como una película. Era obsesivo, lo sabía, pero no podía evitarlo.

Aún podía saborear el café que se tomaron juntos, íntimamente apretujados en una mesa para dos en una de esas cafeterías en peligro de extinción de la ciudad. Y ahora que lo vuelve a recordar, teme que ya haya desaparecido. Nunca más volverían a sentarse en esa mesa para dos. 

Tras el café, puede oler su perfume.  Está a unos centímetros de tocar su piel, de sentirlo, pero se contiene todo el rato, esperando tal vez a que en el último momento, a la despedida, se fundan en el beso anhelado.

Pero no pasó.

39 días después, volvía otra vez a casa en otro autobús, escuchando música hasta su destino. 

Afuera llueve y hace frío. La ventana está empañada y decide escribir los mensajes que hubiera escrito si no fuese tan cobarde. Escribe línea tras línea, en pequeño para que no le vean; aunque en el fondo le da igual. No entiende por qué no le ha escrito, por qué no han vuelto a tomar otro café juntos. No entiende nada. Siente que es otro fracaso y como tal, no le da más importancia.

“Me gustas” | Wirefresh

La ciudad poco a poco da paso al campo abierto: los árboles se hacen más salvajes, aparecen las primeras arboledas, las grandes urbanizaciones se colocan ahora al lado de grandes campos de cultivo. Todo el rato el sol de tarde se convierte en ocaso, y para cuando llega al primer pueblo de la sierra, ya es de noche. Las farolas están encendidas, la lluvia cae un poco más fuerte mojando las ventanas y el oscuro asfalto. El bus cada vez está más vacío a medida que está más lejos de la ciudad. Decide volver a lo que ha escrito en la ventana, casi está borrado por la condensación. Lo lee una y otra vez, la música sigue a través de los auriculares. Tacha una frase y pone otra. Cambia una palabra por otra. Al final se atreve a escribir lo que siempre ha querido escribir: me gustas.

Todo se vuelve oscuro de repente. La música sigue sonando, pero cada vez más lejano. Su cabeza no para de dar vueltas y le duele. Le duele mucho. No puede mover una pierna. Siente frío, mucho frío. También siente cómo la lluvia le está mojando la espalda y le empapa la ropa. Abre los ojos pero todo está a oscuras. Mueve una mano y siente el barro bajo su palma. Intenta levantarse, pero no puede: no puede mover la pierna. Las oscuridad ahora toma sombras, empieza a ver formas cada vez menos borrosas a través de la cortina de lluvia. Mira a su alrededor, no puede distinguir mucho. Ve los faros borrosos de los coches que pasan en ráfagas de luz. Se quita los auriculares y sólo escucha la lluvia. No, no sólo escucha la lluvia. Ahora escucha las voces de gente: los gritos de auxilio, de dolor; el llanto. Sigue sin distinguir nada, sombras en la lejanía, las ráfagas de luz siguen moviéndose rápidamente. La lluvia le ha calado, el frío ahora le entumece. Hace un esfuerzo por moverse, pero el dolor es punzante y le recorre toda la espalda. Siente escalofríos. Vuelve a moverse, tira con fuerza de su pierna inmóvil y el dolor le vuelve a punzar. El mundo vuelve a él de golpe. Algunos coches han parado, los gritos de dolor ahora son más nítidos, la lluvia, más fría. Ahora puede escuchar un claxon que se ha quedado bloqueado y pita ininterrumpidamente. Por todos lados, las sombras de gente que cojea y corre delante de él.

«¡¿Estás bien?!», aparece de repente alguien y le pregunta. Parece preocupada. La mira, esa sombra en la oscuridad, mojado. «Creo que sí, pero no puedo mover la pierna», se escucha responder. «¿Cómo que no puedes mover la pierna? Quédate aquí, voy a llamar a alguien. Hemos llamado a la ambulancia. Están de camino. Quédate aquí, no te muevas», le dice y se va tan rápido como llegó. No le da tiempo a reaccionar. La lluvia sigue sin parar. El dolor tampoco. Se deja caer en el barro y se hunde. Empieza a notar que está temblando, pero le da igual porque el frío le ha anestesiado completamente. Cada vez siente menos y siente cada vez más sueño, ¿o es cansancio? No tiene sentido del tiempo, lo que para él son minutos bien podrían ser horas. Siente que tardan mucho en regresar, esa sombra que le ofrecía ayuda. Empieza a preguntarse si le ayudarán o le dejarán ahí olvidado. Sigue temblando. Está mojado y congelado. Ya no siente la pierna, ni el dolor. Ya no sabe dónde termina su espalda y dónde empieza el frío barro en el que se está hundiendo. Quiere dormir. Sólo quiere dormir. Así que cierra los ojos, hasta que vengan a por mí, se dice. Busca los auriculares, pero sólo encuentra uno: la música sigue sonando. Se lo coloca en su oreja mojada y fría, y puede escuchar la música; vuelve a escuchar la música. Se relaja y se deja llevar. No quiere pensar más. No quiere que siga el dolor. No quiere seguir sintiendo el frío. No quiere pensar por qué no han vuelto a tener café. No quiere pensar en el mensaje que ha escrito en la ventana. No quiere preocuparse de eso ahora, porque pronto vendrán a ayudarle. 

| Colin O’Brien

El último café

¿Alguna vez os habéis tomado vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis a lo que sabe? (qué pregunta más curiosa). Pues yo os diría que sabe a nostalgia, más aún si te lo tomas con tranquilidad y paciencia delante de una de las calles más ajetreadas de la ciudad, y veis la muchedumbre pasar sin fin, siempre cambiando. Pero también puede saber a promesa, como quien celebra algo nuevo a punto de empezar. Otros me han dicho que sabe a gloria, aunque no entiendo muy bien cómo: ¿gloria exactamente por qué: por que te vas, o por que te has quedado tanto tiempo en la misma ciudad y has logrado crecer raíces; por que empiezas algo nuevo, o por que has dejado algo bonito del que te sientes bien? Gloria… un café que sabe a gloria.

Aquí se dice mucho eso, sobre todo cuando el invierno madrileño te crepita y te oprime, y tienes prima por abrir la puerta de algún bar, y en ese momento sientes un alivio indescriptible, como liberado de un mal conjuro; como si fuera la mejor bienvenida del mundo. Y entonces le pides al camarero una buena taza caliente de café, y entonces “sabe a gloria”. Pero de verdad.

Yo acabé así un día. No era invierno, pero tampoco hacía falta frío; era el momento. Y con prisas —y sin prisas—, acabé, como siempre, en algún café íntimo y personal, de los que me gustan a mí. Quizá sólo he sabido disfrutar de esta ciudad así, de café en café, viendo la vida pasar al ritmo de los vapores de alguna taza caliente. Y más ahora que me iba para siempre, tenía que ir a un café y tomarme mi última taza, como si la ciudad me reclamara con fuerza y apego, y no me quisiera dejar ir.

Echaré de menos la Gran Vía, siempre fluida, siempre abarrotada; siempre con prisas y lenta, y la misma y diferente. Como un monumento permanente a la ciudad, pero siempre mutando, cambiando de pasos y gentes, y luces y escenarios; con su voz alta por encima del rugir del tráfico, que no nos dejaba escucharnos, pero en la que siempre queríamos hablar.

Se me agotó la ciudad; al final tenía razón aquel hombre que me lo increpó un día, y que tanto me indignó. «¡¿Cómo puede agotarse esta ciudad?!» le reclamé, molesto. La sangre madrileña es así, al parecer: de bruscos devenires. Me pasé un tiempo después pensando, y repensando, en esas palabras… tan dolorosas: se me agotó la ciudad.

Luego lo olvidé durante una temporada, pero me volvía como una visión, o un fantasma. Me veía repitiendo por lo bajo, como si le estuviera hablando al cuello de la camisa, solo: “se me agotó la ciudad”. Y creo que de tanto repetirlo, me lo creí; como que lo hice verdad.

Algo en mí se rompió, o cambió; viene a ser lo mismo. Y eché alas, que no a volar. Para eso me quedaría mucho. Me quedaría armarme de valor, de coraje, de un sentimiento brutal de escape que por propia inercia me lanzaría muy lejos. Y fue así: un día me desperté con este sentimiento, esta certeza, que me tenía que ir. Y me tenía que ir, y me tenía que ir.

Creía que me había vuelto loco, la verdad. Se lo dije a mis amigos, que me miraron extrañados: «¿Irte a dónde?» me decían. Ni yo lo sabía; ni lo sé. Pero ahí quedaba la pregunta suspendida en el aire, como un humo pesado que te ahoga lentamente.

Maleta hecha, ahora ando tomando el último café, pensando que se me ha agotado la ciudad, que no hay nad

—Perdona —me interrumpe un extraño.

—¿Sí?

—Esto va a sonar raro, pero… ¿puedo sentarme contigo?

“Justo ahora que me voy, ¿vienes? Ya te vale, Madrid: qué estrategia más rácana para mantenerme aquí” pienso.

—Claro, claro —digo. Aparto mis cosas, hago sitio; lo miro con curiosidad; espero.

Me mira también. Sonríe.

“No, no sonrías. No hagas eso. No me…”

Me arranca una sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta.

“Estoy aquí para irme”, quiero decirle.

—Estoy esperando —le digo, en vez de eso. Ay, la verdad cómo se escurre…

Me mira con decisión, por encima del borde de la taza que se ha llevado a la boca: toma un sorbo, y me dice:

—¿Esperando? ¿Esperando a qué?

Buena pregunta

 

¿Os habéis tomado alguna vez vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis exactamente a lo que sabe? ¿Sabéis, también, que quizá no sea vuestro último café… aunque todo estaba planeado para que así fuera?

El último café, tal vez no tan último | Dried Lavander

Magia, vida y felicidad

En otro tiempo tal vez, nos hicimos grandes. Grandes y ricos. Quizá no ricos poseyendo castillos o tierras, o caballos sobre los que cabalgar las millas y los montes, pero no dejábamos de soñar con la tierra del mañana. En secreto nos reuníamos en un campo de lavanda y nos tirábamos sobre aquel perfume angelical, mirando en el cielo de la noche las miles de estrellas de otro verano.

Nos habíamos enamorado sin remedio veranos atrás, pero el otoño siempre apremiaba tu partida y regresabas a aquella ciudad de la costa con tanto verde, como me contaste suavemente al oído, una especie de país lejano lleno de magia, vida y felicidad.

¿Lo recuerdas? Te paraste a la orilla del río Kahmu un día de sol justiciero y pies cansados. Venías de lejos, días de viaje sobre caminos de polvo y hierba a través de parajes infinitos de bosques, praderas, campos de cultivo. Yo te vi entre los arbustos saliendo a cazar. Justo cuando iba a lanzar la flecha, chapoteaste el agua refrescándote la cara; el pájaro recuperó otro día de vida más allá de la copa de los milenarios árboles. Me acerqué en silencio a la orilla opuesta, escondido entre los densos arbustos y acallé mi respiración en el canto de los grillos y la música del bosque. Pero lo supe: supe que me había enamorado. E hice todo lo posible por conocerte. 

Y nos conocimos.

” (…) En secreto nos reuníamos en un campo de lavanda y nos tirábamos sobre aquel perfume angelical, mirando en el cielo de la noche las miles de estrellas de otro verano.” | Matt Glastonbury

Ahora estábamos contemplando aquellas estrellas otra vez, ¿son las mismas todos los años? Mis deseos sí lo son; nunca cambian. Mutaremos la edad, mutaremos la moda o incluso las veces en las que nos reencontraremos tras el invierno, pero mi deseo por ti seguirá intacto y constante.

Quiero arriesgar un beso en el vacío, pero que me lo devuelvas cálido y apretadamente, con dulzura y cariño mientras otra noche de verano abraza nuestros cuerpos y nos encendemos entre las lavandas. Quiero arriesgar este momento que tanto hemos alargado para poder sentirte cerca, dos cuerpos abrazados contra la tierra y la vida. Quiero que lo sepas, que este amor está candente, pero es tierno como los brotes en la primavera.

Pronto, espero, dejarás que florezca y creceremos vigorosos contra el tiempo, que seguramente no pase mientras estemos juntos. Nos aseguraremos de que los veranos residan ahora en nuestros corazones; te compraré un delicado perfume de lavanda que te recuerde a mi beso, a esta primera noche que siempre será eterna.

Y tal vez, sólo tal vez, a la vuelta de otro otoño, entonces partiremos juntos hacia la soñada costa, rumbo a aquella ciudad de verde, llena de magia, vida y felicidad. No sólo porque me lo contaste así, sino porque ahora podré verla contigo a mi lado. Para mí eso ya es magia, vida y felicidad.

Pasos en la arena

Me aparté de golpe, la puerta se abrió y salió moviendo la cabeza como si dijera gracias. Se quedó parado brevemente delante de la puerta abierta, alzó la mirada y clavó sus dos ojos en los míos. Nos miramos durante un instante, no fueron más de dos segundos, y me sonrió. Después con un suspiro profundo (cansado), como si despejara los pulmones, agachó la mirada y siguió andando hacia su camioneta.

—¿Quién era? —me preguntó Lili.

—Ni idea. —Lo observé atentamente a medida que se acercaba a su vehículo, paso a paso. Iba encorvado y andaba con dificultad, como si tuviera una herida permanente en el pie derecho que le forzaba a cojear. Abrió la puerta roñosa de su camioneta y se montó en ella. No hizo ni un ruido. El viento arreciaba poco a poco, cargado con el fino polvo del desierto.

—¿Te ha dicho algo?

—No. Nada —respondí.

—¿Entonces qué ha sido eso?

Me giré para mirarla y vi su ceño fruncido y sus pequeños labios apretados.

—¿El qué? —pregunté, confuso.

—Esa sonrisa.

—No lo sé. —Encogí de hombros. No pareció convencida.

Me giré; la camioneta ya no estaba allí. Me quedé contemplando el rastro que había dejando al salir de la gasolinera. Hacia la izquierda, la carretera se perdía en una densa nube de arena que avanzaba vertiginosamente hacia el local. El viento empezaba a silbar en los cristales.

| Landscapes

—Venga, Jen, métete —me dijo apartándome para cerrar la puerta.

—Espera, un momento… quiero… 

—¡No tenemos un momento! ¡La tormenta ya está aquí! ¡Métete en la gasolinera, maldita sea!

Lili me tiró de la camiseta y me metió de un golpe en el local. Tras ella cerró la puerta con cuidado, asegurándose. Las ventanas también estaba cerradas, al igual que las contra-ventanas de metal. Todo estaba herméticamente cerrado.

En la penumbra, lo único que rugía era el golpeteo incesante de cada grano de arena contra los paneles de protección de metal. Así era la vida cuando azotaba la tormenta de arena. Así era la vida en el desierto. 

Mientras esperábamos a que pasara, no pude dejar de pensar en aquel hombre cojo y encorvado, de mirada vítrea y ojos azules, y su sonrisa, y cómo todo me recordó a alguien, aunque no supe quién…

La tormenta duraría varias horas, eso ya lo sabíamos todos. Pronto cayó la noche y lo último que pensé antes de caer dormido es si volvería a ver a ese extraño; ¿significará algo?