Regreso

¿Cómo regresar cuando todo se ha ido? 
¿Cómo recuperar un camino que se dejó de andar? 
¿Cómo volver a tener todo lo que se ha perdido? Y se ha perdido tanto… 

No he vuelto a escribir sanamente. Un día me pudo el silencio y me quedé mudo por dentro. Perdí la habilidad para escribir, para contar cosas; para contarme cosas. 

Quizá nunca supe escribir sanamente, voy a ser franco. Nunca supe escribir desde algo que no fuese el dolor o el resentimiento, o la rabia y la ira, la nostalgia, o la soledad. Todos sentimientos válidos, humanos, poderosos; pero no sanos. 

Quizá nunca supe escribir, siendo muy francos. Quizá lo que salió de mí fueron esas sombras que tenía atrapadas. Todo lo que conjuré entre estas líneas, fueron fantasmas de un pasado torturado y fantasmas de un futuro imposible. Todos los sueños varados por el camino, las lágrimas que nadie vio, la monstruosa soledad, los gritos ahogados, la rabia arrinconada… Todo eso me dio una voz. ¿Era mi voz? ¿Era yo, todos esos espectros? 

Al menos me dieron ¿fuerza? ¿Fundación? ¿Soporte? ¿Inercia? Me dieron algo, no se puede negar. Me dieron ganas de lanzarme de un puente, de tomar un cuchillo y acabar con la estrechez de la carne. Me dieron puñaladas en el corazón, sollozos en la oscuridad. Me dieron desesperanza, amargura, durísima soledad. Me dieron algo existencial que, no sé cómo, me empujaba. Tal vez me empujaba en la dirección equivoca, pero ahí estaba, arrastrando pies en el lodo, perdurando, aguantando. 

Suena trágico, pero no lo es, creedme. 

Luego todo eso se fue. Un día, todo esa “fuerza” paró, se instauró un silencio y sentí pura desesperación. Sentí extrañeza, debilidad, desamparo, otro tipo de soledad. 

Me vine abajo; algo dentro de mí se derrumbó bien, y dejó dos grandes vacíos: el hueco que ninguna otra emoción podía llenar y un silencio que no se podía escribir. 

Pasaron los meses así… En una habitación en la que estaba solo, sin nada ni nadie. Donde el espejo en el que me miraba no tenía reflejo; donde no sabía quién era o qué quería, o adónde iba. 

¡Meses!

Cuando amainó —por decirlo de alguna forma—, cuando dejé de resistirme conmigo mismo; cuando dejé de gritar a ver si el eco volvía, o la ira, o la nostalgia, o la tristeza, o el dolor; cuando dejé de dar vueltas, intentando llenar el silencio con pensamiento aleatorios; cuando me di por vencido… 

Entonces nada. 

No hubo nada más. 

Desde entonces, me he visto como en una odisea imposible por volver a ese punto: a ese momento en el que escribir era como respirar. Cuando parecía fácil y salía solo. Cuando todo lo que pensaba se convertía en algo que podía plasmas, no solo un tropiezo de pensamientos caóticos sin pies ni cabeza; un monstruo deforme de literatura incongruente.

Todo lo que he hecho hasta ahora, ha sido intentar volver atrás y hacer como si todo lo que ha pasado hasta ahora no hubiera pasado. Pero ha pasado algo y no sé cómo volver ahora

No sé qué hacer.

Quiero volver a mis metáforas del tiempo, de las estaciones, el paisaje, el camino. La lluvia. 

Ahora que los días son un poquito más largos, recuperan sus horas; pronto también recuperarán las hojas los árboles. El camino dejará de estar encharcado y el paso será franqueable. 

Dejaré de tener miedo, y es que he tenido mucho miedo en estos meses. Meses en los que uno no sabe qué de qué. El tiempo pasa sin relojes ni calendarios. El sueño viene y va cuando quiere: los días se hacen de noche y las noches se hacen eternas, nunca acaban. Y se pierde cierta noción de vivir. 

Ha regresado la lluvia y —quiero creer— el caudal de sus ríos.
Que pronto regresará también el diente de león al borde del camino;
la flor blanca sobre los almendros,
la hierba a las colinas,
y saldrán de sus madrigueras los conejos.
Sonarán los tiros de caza por la mañana;
volverán tímidas las golondrinas
y el sol justiciero al pueblo.
Se recogerán las últimas mandarinas
y se sembrará la tierra de trigo.
Dejará de haber nieve en las montañas,
pero el campo se llenará de amapolas y abejas, 
y el aire olerá a lilos.
Florecerán también los olivos 
y echarán nuevas hojas las encinas. 
Y quedará en el ayer el más extraño de los inviernos. 

¿Y yo? Yo quizá siga en esta odisea,
buscando palabras,
excavando el silencio,
regresando cuando todo se ha ido, 
reencontrando lo que he perdido. 
¿Y si no sale bien? 
No me arrepiento: 
al menos puedo decir que lo intento. 
Que no me doy por vencido, 
ni tampoco aún por muerto.

 

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La rutina

Me tomo otro vaso de güisqui. Esta vez sin hielo. ¿Ya qué más da? El calor es sofocante y todo el mundo sabe que el alcohol caliente sube más rápido. Quizá así pase desapercibido, con entumecido.

La luna está cuarto creciente. Su brillo se cuello a través de la ventana abierta y se mezcla con el destello de una farola vieja. La brisa, ausente. Los vecinos vuelven a gritar tras las paredes de papel. Un bebé llora en la lejanía. Una moto pasa rápida en la calle oscura y súbitamente desaparece. 

Vuelvo a pensar en todo lo que ha pasado, lo que no, lo que podría haber pasado en su lugar, lo que debería haber pasado; lo que quise que pasara. Nada tiene sentido. La oscuridad quema; la cama ya no se puede desnudar más. Yo no me puedo desnudar más: quizá, quedarme en los huesos, despojarme de ese peso que me ocupa en verano. 

Pienso que quiero que vuelva el invierno. Otro invierno más. Volver a esa falsa rutina. Al tedio de la rutina. Al gris de la rutina. A la pesadumbre. ¿Y por qué me reconforta ese pensamiento? 

No me reconforta el paso del tiempo; quedan ya solo cuatro meses para que acabe otro año. Otro año más en la vida. ¿Cómo hemos llegado a este estado? Qué raro todo. Cuánto ha pasado, cuánto ha cambiado. Parece todo ficción en vez de la realidad que nos prometieron, ¿o no fue así? 

Pero de vuelta en esta habitación, al martilleo de la hora, el rotor del ventilador, un avión que atraviesa el cielo de noche. ¿Brillarán hoy las estrellas igual que lo hicieron el año pasado?, me pregunto. Me levanto con pereza y me asomo a través de la cortina, oteo el cielo; demasiada contaminación lumínica para ver estrellas. ¿Habrá quien las vea? Qué afortunada esa persona. Ahora mismo la envidio. Vuelvo a la cama. Escucho a alguien ronca desde otra ventana. 

Sin darme cuenta, ya empezó agosto y pronto terminará. Y el verano se habrá ido de aquella manera. Y Viejo Septiembre nos volverá a dar la bienvenida, sus hojas amarillas asomando en los parques. Quiere ser caluroso, pero a todos nos volverá la rutina y su deber. Y nos costará un poco. Tal vez mucho. Quién sabe ahora. 

Ahora sé que toca dormir, vencer el insomnio y soñar algo. Aunque no sueñe nada. Hace demasiado calor para eso. No obstante, descansar los huesos y los músculos cansados de tanta pereza. 

Y seguir con esta rutina. La rutina de siempre, pero distinta. La rutina cotidiana. La rutina de verano; y luego la de invierno. Esta rutina del calor; luego la rutina del frío. Pero la rutina, al fin y al cabo. La que le da algún sentido a la vida, aunque algunos dicen que no. Que les den. Ellos también tienen sus rutinas. 

Siente hombre

Se levantaba pesado y arrastraba el cuerpo agotado hacia el baño, donde un fosforescente polvoriento y pálido le deslumbraba. Parpadeaba rápido, somnoliento. Se paraba y se fijaba en el espejo: su reflejo iba tan cansado como él.

Aquella rutina de años lo había anestesiado y ya no sentía nada. Ni a esa hora, ni en general. Quizá no fuese el tedio y la abulia lo que le hicieron así, aunque nunca lo evitaron. Pero fue su padre, aquel hombre cruel que se alimentaba con alcohol y se ejercitaba con violencia.

Aquel hombre, tan ignorante y tan pasional, le enseñó que sentir no valía nada. Que el esfuerzo de conectar con alguien no valía toda la pretensión con la que la gente se vestía por la mañana. Que lo dejase de intentar, le dijo, un día que llegó a casa otra vez dolido por una paliza en el colegio. Aquel niño, ahora un treintañero devolviéndose la mirada en el espejo, sólo quería caerle bien a sus compañeros.

Pero lo dejó de querer.

Dejó de sentir. Lo aprendió quizá a la fuerza, de su vida y de un hombre que tampoco sentía. Pero tampoco el mundo —su parte del mundo— le ayudó a sentir.

Y sin más abrió el agua fría, puso sus dos palmas unidas bajo el chorro y hundió su cara en el líquido. Y sintió sólo una reacción: un corte momentáneo de la respiración. Algo que le despertó del estupor.

 

Después de la ducha y el desayuno, se ajustó una corbata desgastada y una camisa que empezaba a amarillear, se acicaló un pelo raído ocultando la calvicie emancipada y, al final, fingió una sonrisa.

Era una sonrisa tuerta que enseñaba un canino torcido y unos dientes desgastados. Pero era una sonrisa practicaba: cuidada, arreglada en forma, maniobrada. Y con ese pequeño gesto, salía a la calle preparado para parecer que estaba bien. Aunque en el fondo no lo estaba, pero era mejor guardar la apariencia.

Tal vez un día le fallaría el peinado o la corbata, o la camisa. Pero nunca la sonrisa. Nunca permitiría que le vieran sin ella. Nunca permitiría que le vieran tal y como estaba en realidad.

Porque en el fondo, tenía miedo a sentir.

Y por eso se vestía con la emoción reprimida, el silencioso grito, la mirada vacía, el nudo solitario, sosteniendo una fachada manchada por el pasado, pero vencida y pesada, y frágil, y que empezaba a derribarse.

 

¿Quién sabe? Quizá no sentía porque no quería, o porque no sabía. Quizá lloraba por las noches y reiniciaba el proceso. Quizá el miedo lo vencía todas las veces que se dejaba sentir y se resignó a perder… 

 

Borrar los borradores

Ha llegado ese día. Ese día de mierda cuando hay que borrar cada borrador que nunca publiqué y no seguir esperando a publicarlo algún día. Llegó ese día cuando tengo que dejar de estar amarrado por lo que se quedó escrito pero nunca se dijo. Porque ya no importa. Llegó el día de olvidar y no tener remordimientos. Hacer borrón y cuenta nueva. Porque ya no importa. Porque no se puede seguir viviendo las mismas líneas. Porque no hay que estar tan aferrado a cosas que no existen, o que nunca existieron. Darles un valor más allá de lo personal (y es que es muy personal). Confieso que es como despedirse de alguien; dejarle ir y que duela. Quizá existe una rabia oculta, profunda, desconocida. No es fácil, pero llega el día que es necesario. Y cerca del final, sigo con las mismas dudas: cómo hacerlo, con qué me voy y qué dejo; de qué me deshago, con qué me quedo. Todavía hay muchas emociones de pertenencia, de apego. Pero ha llegado ese día en el que… ya no me sirve de nada decir hoy lo que pude decir ayer. Y que lo dejé pasar. Pero hay que seguir. Seguir viviendo, seguir soñando; seguir escribiendo.

Querido diario,

Después de aquel invierno de quietud, llegó el verano de silencio. Y como el sol sobre la roca, el silencio ya bullía en mi interior. Y bulló durante mucho tiempo. Más de un año fue, para ser exactos. 

Y entonces pasó aquel verano y vino este invierno, tan sucesivamente que no me dio tiempo a inventarme una historia para ello. Y el silencio continuó bullendo. 

No puedo decir que las lluvias de este otoño borrasen el barro de mis zapatos, porque apenas hubo lluvias. Y las que hubo fueron lejanas y torrenciales, pero ni una gota tocó este sendero. Y ni una borró la memoria ni se llevó el silencio en algún arroyo de olvido. 

Así que ahora colecciono de este año de silencio, como un fotograma, los momentos que, por suerte, ya pasaron, pero no sin que me dejasen un sabor amargo en la boca. Y al escribir esto, me viene a la mente aquello que me dijeron una vez: “uno no debe deleitarse más de lo debido con estos pequeños detalles escabrosos”. Pero, para ironía de vidas tortuosas, estamos construidos para recordar mejor el dolor y el miedo. 

Y el año pasó, las oportunidad que pude atrapar, salieron volando. Y el año se aceleró y creo que de ahí este silencio que ha ido creciendo como una avalancha. Me pilló de camino, quizá en el fondo del valle, y me arrolló. Como una tormenta, me sobrevino y me vi atrapado en él. Y no tuve más que esperar a que pasase la tempestad y se hiciera el claro. 

Y me vi en barbecho durante el otoño. Dejar que la tierra se recuperase y dedicarme, quizá, a otras empresas. Recuperar, quizá, algo de viento bajo mis alas y volar. O dejarme volar. Retomar el control de mis pasos atropellados y perdidos, y recuperar el camino, cualquiera de sea. Y cuando sea el momento, y creo que poco a poco vuelve dicho momento, contaron alguna historia. La que sea. 

De momento, esto es lo único que os puedo decir. Desead ánimos; no os olvido, querido diario. No os puedo olvidar. Pero ahora mismo soy el personaje en la historia de un cruel escritor y no sé qué me espera. No me deja esperar. Y mientras él cuente, yo callo. No me siento del todo mal; no hay miedo, sólo esperanza. Al final, como dice aquel dicho y aquel poema: todo pasa

Una instantánea

—¿Todavía miras esa foto? 
—De vez en cuando, pero no siempre. 
—¿Por qué? 
—No me gusta recordar el pasado constantemente. 
—¿Y por eso no la tienes a mano? 
—Bueno, sí… Por eso la escondo: con el tiempo me olvido de ella y cuando voy buscando cosas que sí necesito, la encuentro por sorpresa. 
—¿Y eso es mejor? 
—No es que sea mejor, es que sienta mejor.
—¿Acaso esa foto no te sienta bien? 
—Hay mucha gente en esa foto que ya no está en mi vida. Por unas razones o por otras, se fueron. O quizá fui yo quien se fue, no lo sé. Da igual. El caso es que no, algunas veces esa foto no me sienta bien. 
—¿Te arrepientes de algo, quizá? 
—Me frustro, mejor dicho. Las fotos son como magia, al menos las de antes. Ahora hacemos fotos como si hiciéramos borradores: si no nos gusta una, la borramos y repetimos. Y la repetimos tantas veces como haga falta, hasta que salga perfecta. La tragedia de nuestra época es que ya no hay álbumes en las casas, de papel fotográfico. Ahora podemos compartir una foto en la distancia. 
—Yo creo que es un avance. 
—Pues yo creo que no. Yo me ilusionaba yendo a revelar fotografías. En realidad, nunca sabes qué ha salido o cómo. Llevas el carrete y esperas unos días, una semana quizá. Había cierta ilusión en casa, todo el mundo preguntando: ¿Has ido a por las fotos? Luego llegas a casa con un sobre sellado y revelas la incógnita. Pasas foto a foto entre los dedos y saltan los comentarios y las risas. Había que estar allí en el momento, todos los interesados juntos, quienes fueran: amigos, familia… Ahora envías una foto a distancia, le das me gusta, escribes un comentario y pasas a lo siguiente. 
—Ya… 
—Ésta foto me incomoda porque está impresa. No hay copias de ella, es la única. La borraría si pudiera, créeme; pero está impresa y es la única, y es un recuerdo que una vez destruido nunca más volverá. Esto es más definitivo. 
—¿Por qué en éste más definitivo que borrar una foto digital? 
—Porque siempre habrá alguna copia de la dichosa foto: en la red, en la memoria del teléfono, una copia que tiene el amigo, y el amigo del amigo. ¿Quién sabe? 
—Pero… 
—A ver, es sentido común. Hacemos fotos para compartir momentos. Sí, queremos capturar momentos, ¿pero de qué nos sirve si luego no las compartimos? Queremos salir en fotos y poder decir: ése soy yo y estuve ahí, vi eso, hice eso; queremos compartirlo, inevitablemente. Queremos dejar constancia de nuestra existencia momentánea. Y si lo hacemos con gente, hasta mejor. Y cuando hay gente, lo compartimos con esa gente y creamos todos una memoria colectiva que recordaremos felizmente —quizá, o amargamente— en el futuro. 

Se detuvo y volvió a mirar la fotografía en sus manos. 

—Lo que quiero decir es —prosiguió—, la foto digital que no se comparte, poco a poco pierde su significado y se olvida. Se hace irrelevante y  cuando ocupa espacio, se borra. Fin. Pero una foto que está impresa como ésta, ¡a saber dónde habrán quedado ahora los negativos! ¡Ni siquiera sé en qué año se sacó! Pero ahí estoy, con esta gente que ya no está, y recuerdo cosas y siento nostalgia. Es una nostalgia real. Y el mismo tacto de la fotografía me recuerda el paso del tiempo. Es como si pudiera alargar la mano dentro de la foto y tocar el momento: está ahí, casi al alcance. Es un momento tangible y es mucho más real. 
—Entiendo ahora.
—Una fotografía impresa es… es un tesoro, aunque me gustaría quemarla y olvidarla para siempre, hay algo que me para. No sé qué es, pero es la sensación de que nunca volverá a existir lo que me para; de que será definitivo, de que no habrá nada que lo salve del olvido. 
—Tampoco creo que sea para tanto. A mí también me dolería perder las fotos que tengo en la memoria del móvil. Eso también es para siempre. 
—Sólo que cuando pasa algo realmente feo y terrible, nunca podrás quemarlas. Tampoco tendrás la oportunidad de ver a esa persona que te ha roto el corazón pero a la que todavía amas por última vez, cuando le entregues ese taco de fotografías que ya no quieres volver a ver; ni podrás enmarcar de forma permanente esa foto que tanto admiras o que tanto significa para ti. Y seguro que habrá mil inventos, pero no es lo mismo. 
—Tampoco digo que lo sea. 
—Mira —dice mientras extiende la foto para que lo coja—. Cógelo, siéntelo. Eso es por lo que nunca será lo mismo: tiene peso. Hay algo en este gesto, darte una simple fotografía, que significa algo. No me preguntes qué ahora mismo, pero te estoy pasando algo que yo dejo de tener. Porque obviamente no tengo otra copia de esa foto en el bolsillo. Esa foto es realmente única, ¿lo notas? 
—Sí… 
—Y podrías romperla ahora mismo. En mi cara. 
—Podría. 
—Y no habrá otra como ésa, a menos que me enseñes dónde está el negativo. Habrás acabado con la única foto de ese momento. 
—Y me matarías. 
—Y me cabrearía. Mucho. 
—Pues mejor toma —dice devolviéndole la fotografía. 

Sin darle más vueltas, guardó la instantánea en su bolsillo. 

De vuelta en casa, lo tiró en el mismo cajón en el que lo había encontrado y en el que estuvo olvidado durante más de una década, pero en el que permaneció y en el que permanecerá hasta que la muerte o el fuego lo consuma. 

El verano del silencio

Se acabó otra semana y pronto terminó septiembre. Tan pronto como comenzó, llegó a su fin. No hubo momento de despedida ni de saludo; vino y se fue. Como un dulce sueño que se olvida rápidamente por la mañana. Parece que nunca pasó. 

Pero el otoño acaba de empezar, al menos en las horas tempranas cuando la noche se alarga y el frío aprieta la sábana. Mi garganta resentida ahogando un grito, mis labios resquebrajados pensando si un beso podría curarlos y el cuerpo encogido bajo el edredón buscando el calor entre tanta soledad, lejos del escalofrío. 

Vuelve a amanecer otro octubre y su luz fría apuñala la oscuridad de mi habitación. Es fría, pero aún brilla con la memoria de un último verano que se hace de rogar.. A mediodía el sol sigue picando la nuca y el camino de polvo sigue implorando un trago de lluvia. Pero ya es otoño, ya es octubre. 

Lo sé porque el quejigo ya ha perdido algunas hojas. Al igual que el castaño en la ciudad; el parque lentamente se desnuda. El campo brilla dorado, pero pronto lucirá el musgo esmeralda bajo la niebla fría, y el granito se oscurecerá bajo la tormenta. ¡Ay, cuánto echo de menos la lluvia! Incluso el olivo está cansado de este largo verano. Pero los vientos están cambiando, lo noto; seguimos esperando. 

Mientras ocurre todo esto afuera, el silencio arrecia en mi interior. Con este lento cambio, parece que acalla un poco y vuelven algunas palabras; pero sigo callado. Sigo sin historia y sin cuento. Sigo bloqueado en el blanco apretando los ojos para distinguir las siluetas negras de la fantasía, pero no distingo nada. Todo es tan difuso. Sólo acumulo borradores y frases sueltas. Y mientras hable el silencio, yo callo…