La nieve del tiempo

No se ve la luna tras las nubes. Bueno, no se ve mucho en la noche, pero con la tenue luz de una farola, se puede vislumbrar que la cortina de nieve se extiende hasta el infinito, ocultando las montañas de la sierra que mañana amanecerán blancas. Siento que ha vuelto la Navidad, por un momento, porque la nieve debe ser una parte importante de las fiestas. El único problema es que ha llegado tarde, la nieve, aunque no tanto para que no sea invierno.

La quietud de la nieve en la noche

Abro la ventana y dejo que el gélido aire me caiga pesado sobre la piel, casi quemándome, y no puedo evitar las primeras reacciones naturales de mi cuerpo: la piel de gallina, los músculos tensos, la tiritera. Pero eso no me importa. Quiero escuchar la nieve, o el silencio que se establece cuando nieva. ¿Os habéis fijado en eso? El mundo se detiene, todo calla, y si uno se para quieto y respira despacio, puede llegar a escuchar los copos caer y cuajar. Es el silencio de invierno, uno que es frío y tranquilo por necesidad. Por la mañana, a la luz del alba, se escucharán los primeros deshielos del día: las gotas que caen de los tejados, que empapan la nieve, la calle, la roca; todo. La nieve empezará a descolgarse de las ramas de los árboles, liberándolos del peso de sobrevivir otro invierno. Y cuando uno sale y echa la vista al camino, todo aparecerá blanco por igual: no habrá nada distinto en el mundo, todo estará bajo la igualdad de la nevada. No habrá ni campo ni ciudad, ni carretera ni arroyos. Y por un momento, tampoco habrá hombres de distintos colores ni de distintos credos; todos estaremos peleando contra el nevazo, resguardándonos en los caminos que otros antes que nosotros han abierto entre el cuaje, no dejando que el frío se nos cuele hasta el tuétano o que el derretido nos moje. Esos seremos nosotros, todos, tú, yo, él, ante la tormenta blanca. 

Por alguna razón que desconozco, en mi mente siempre se reproducen las imágenes de guerras antiguas, guerras que nunca he vivido más que en libros y películas, bajo la nieve. Guerras que ocurrieron en el norte, o aquí mismo, pero siempre entre hermanos. Guerras que dejaron a los hombres fríos, helados, cansados, hambrientos, doloridos, abatidos, olvidados. La nieve de las guerras que dejó a muchos hombres abandonados en las cunetas de la historia, lejos de sus familias, sin memoria ni esperanza, peleando en otra guerra más de este continente. Recuerdo, como si fuese mi vida pasada la que me lo contara, las guerras que mancharon el blanco de rojo, el orgullo de tristeza, el amor de odio, y todo lo bueno de todo lo malo, sin remedio, grabado para siempre en los anales del tiempo y en las páginas de la historia. Lapidario, congelado, gélido.

Hay algo en la nieve que cae que hace que el tiempo recuerde no precisamente todo lo bueno, sino todo aquello que pasó, y que pasó, pero que no se puede olvidar. Cosas que pasaron y se fueron, como la nieve, que pronto también será un recuerdo de invierno, derretido en ríos que regarán la primavera que nos espera. La nieve, que conjura en mi mente una imagen, la de la última margarita del otoño siendo cubierta por los primeros copos de invierno en algún campo de Polonia, ya antaño, como un caso blanco de los muchos que ya ocurrieron, siempre al margen del mundo, resumiéndolo en un instante. La nieve y sus ideas.

 

Todo lo cubre, pero la tormenta cesará por la mañana

 

En el instante, parece que la nieve caerá para siempre, que es eterna. El silencio en la noche me puede. Ya no veo ni la carretera ni el campo, y tanto árboles como coches están ahora blancos. La farola hace el contraluz de la cortina interminable, proyectando la sombra de todos los copos en la noche, hacia el infinito, en todas direcciones, perdiéndose en la oscuridad. Lo sé, lo siento. 

Está nevado, todo está nevado.

Tú, poesía

Hubo un tú
que me hizo sangrar en verso,
que me hizo el corazón poesía
y la vida un universo
de amor.

Cuánto fue el dolor
de ese, este pasado
que se ha hecho presente;
pero ahora ha terminado,
se ha acabado, adiós;
finalmente.

¿Y qué siente,
ahora que se ha ido,
no responde, está desaparecido,
un cuento del corazón
que es más fantasía que ficción;
en realidad un desconocido?

Y todos los sentimientos vividos,
sentidos, contados,
reídos.
Todos los sentimientos pasados,
recordados, olvidados,
idos…
Para no decirse más.

Hubo un tú
que me hizo sangrar en verso,
que me hizo poesía,
me escribió cuentos,
y me regaló sonrisas,
y sentimientos.
Pero todo eso ya es historia,
y pasado, y vencimientos;
recuerdos en corazones añejos,
palabras llevadas por el viento.
Lo siento.

 

Una familia de sueños raros

Anoche tuve un sueño muy raro. Tan raro que me preocupa. En él aparece alguien a quien, bueno… ni quiero ni odio, ni tengo en cuenta, ni recuerdo (casi podría decir). Pero ahí estaba, en ese sueño más imposible que ficticio, pero tan real. Lo recuerdo al detalle: el mantel de la abuela, la comida caliente en la mesa, un sol de tarde colándose por las ventanas, todos juntos sentados, la mirada penetrante, los sentimientos encontrados —y confusos— de amor familiar, la preocupación aparentemente genuina, y esa sensación de que habíamos vuelto, todos, juntos, otra vez, a esa casa de mi infancia, el chalé, como si nada nunca hubiera ocurrido; como si nos hubiésemos perdonado todos los pecados y el pasado, olé, quedó en el pasado de una vez por todas.

Me sentía en casa de verdad, en ese sueño, y sentía un calor que sólo se siente cuando uno se encuentra en el hogar.

Hogar. Es un palabra grande donde las haya. Es una palabra incomprendida también, porque la gente la utiliza con demasiada libertad que pierde el significado. Es una palabra cercana, de andar por casa, como diría mi abuelo, pero una palabra fuerte, cuanto menos. No es una palabra de uso sencillo, sobre todo cuando se dice de verdad

Pues en ese sueño raro, me hallaba en el hogar. Claro que, no deja de ser un sueño, pero el hogar sigue siendo el mismo: una fantasía del pasado. Casi que es un olvido de la vida, una suerte de cosa que se tenía, pero que se ha perdido. Nadie entiende eso: la morriña, que es más que triste, más que nostalgia, pero ninguna de las dos; es un sentimiento de tempestades, más fuerte que el deseo, por algo que se ha tenido y que no se puede volver a tener.

Fue un sueño que recuerdo más con el sentimiento, porque me despertó tanto sentimiento… Pero no deja de ser un sueño raro, extraño, inesperado, confuso, ajeno, convulso; un sueño… caprichoso. Un sueño.

En fin, como decía aquel escritor teatrista:

Que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son
.

Besos fríos

Me meto en las sábanas y aún puedo oler su aroma. Se ha ido lejos ahora, pero sigue tan cerca. Juro que puedo sentir su piel sobre mi piel cuando me acuesto, y deseo soñar con que aún estamos juntos, pero sólo puedo recordar que estamos en camas aparte.

Ahora es el frío lo que se cuela bajo las mantas sin permiso y me abraza, pero yo no lo quiero; te quiero a ti.

Me paso noches enteras pasándome los dedos por los labios, como tú lo hacías, antes de que me besaras suavemente. Y cómo me besabas… Me paso instantes eternos recordando cada segundo de tus besos, labio a labio, calor a calor, sintiendo emociones que ninguno de los dos entendíamos, pero que, a besos, queríamos desesperadamente conocer. Nos besábamos eternamente. Así pasé yo tantas noches despierto, cayendo dormido de puro amor cuando amanecía. Tú tenías la culpa.

Ahora cuando despierto, estoy besándome la almohada, escarbando en el olor que has dejado, buscando algo que hayas olvidado que todavía pueda besar.

Sé que te olvidaré algún día, cuando ponga la lavadora y se vaya tu recuerdo, y abra las ventanas de esta casa que cada día está más fría a medida que se acerca el invierno y tú no estás ahí para calentarla. Todo este aire que respiro se renovará, llenándome los pulmones de esperanza, quizá.

Lo cierto es que no echo tanto de menos tus besos en la oscuridad; los abrazos largos y altruistas; tu calor sobre mi frío… Echo de menos esos pequeños besos que me dabas en la espalda, cuando me abrazabas por detrás, después de hacer el amor. Eso no tiene recuperación; eso sí que lo echo de menos.

Ahora tengo los labios resquebrajados por el frío. ¿Cómo me dijiste…? “No te preocupes, yo te los curaré a besos”.

Las historietas.

Vamos a contar un cuento, que hoy me apetece perderme en estas palabras que arden con el silencio. Me gustaría confesar el mayor de todos los secretos, ése que no me deja dormir por la noche y me obliga a levantarme en la alta madrugada a por vasos de agua que calmen mis sueños; tus abrazos se vuelven a perder entre las sábanas de mi memoria. Pero por la mañana eres tú quien pierde el nombre y vuelve el olvido.

Nadie lo sabe, sólo que todo el mundo lo sospecha; fue un amor de ocho meses. O diez. Los números nunca importaron, sólo los momentos en los que casi me dejas asmático cuentan. Perdíamos el aliento de la misma forma que perdíamos el corazón, intensamente, apasionadamente. Momentáneamente. Luego todo se fue, se fue por la calle de las perdiciones, a favor de la corriente, hacia el mar.

Nunca estuvimos en el mar. Tampoco estuvimos en las montañas. Sólo recorrimos parques de pinos recordando cómo me viste la primera vez, escondido entre otras caras que sonreían. Nuestras miradas se hicieron nudos entre las carcajadas de gente que, a medida que nos conocíamos, ellos se volvían más ajenos. Años más tarde, ¿quién lo diría?, serían ellos mismos quienes nos recordarían que lo que tuvimos tú y yo fue verdadero amor, de esos de película y libros.

Lo que nunca dicen de verdad es que fue ficción, y yo ya no estoy seguro de mis recuerdos que parecen sueños, o de mis sueños que se saben recuerdos.

Eso sí, nunca me devolviste ese beso robado a traición. Fue años más tarde también que acabé por perdonártelo, pero en estos días largos de verano es cuando vengo a recolectar mis deudas con intereses. Pero tú ya no estás. Y mi crisis crece en números rojos, números que jamás me importaron, ahora hacen tablas sobre mi corazón.

Son en estos días cuando, perdido en un mercado de valores, me hago preguntas, regreso a la íntima esencia que me forma, me busco nuevos significados, pero sobre todo, me busco mejores explicaciones, para poder seguir sin el beso, con las ilusiones desgastadas, con números que creo no me hacen mella, pero que se graban en mi memoria como el fuego se graba en la madera. Vuelvo a la filosofía con miedo y cobardía, alojándome bajo el techo de teorías que me llenan de vacío, buscando. Siempre buscando.

Tiré una nota a la basura que leía «te echo de menos», pero ahora forma un puzle en mi cabeza y toma otro significado: «te echo, de menos». Las comas siempre han cambiado mi vida, sin quererlo, queriéndolo.

Son las historietas del tú me dirás. O no…

Toda esa lluvia.

Recuerdo toda esa lluvia.
Echo de menos la lluvia, me trae recuerdos de la infancia.
Recuerdo aquella infancia…
Primero fue aquel sol que hacía brillar los finos lazos de hierba esmeralda, la humedad que abrazaba la piel, el calor que apretaba. Éramos extranjeros, perdidos en la selva de la profunda Asia. Se notaba en la lejanía el aroma de la sal que venía de la playa agitada por las olas, y de fondo, el silencioso bullicio de la selva, un ruido blanco lleno de notas disonantes. Pájaros, insectos, cigarras. Grillos.
Recuerdo la intensidad de las sensaciones, de las impresiones; momentos que calaban profundamente en mis recuerdos. Hay una intensidad en mis recuerdos de aquellos tiempos, la intensidad del calor, la intensidad de la humedad, de los colores, de los olores, del día a día, de la simpleza, de la felicidad inocente. La intensidad del mar, y de la playa, y de la arena crujir bajo los pies; la intensidad del paso de los cangrejos, y del coco, de las conchas. Aún recuerdo vívidamente la intensidad de los atardeceres, y otro recuerdo, el rayo verde, y un deseo.
Recuerdo ahora la intensidad de la lluvia, sobre todo.
Recuerdo toda esa lluvia, imprevista, tempestuosa, fuerte, segura, indomable, intensa.
Caía duramente sobre el paisaje, justiciera, imparable. Anegaba momentos, prados, carreteras, zapatos, casas, recuerdos. Podía con todo, vencía todo, lo ganaba todo. Y su sonido, penetrante, duradero, eterno e instantáneo al mismo tiempo, profundo. Moteaba los cristales, y la hierba, y los árboles, y la cara de la gente, y sus ojos. Moteaba sus vidas, y la mía. Motearía la tuya si hubieses estado allí.
Y toda esa lluvia. Horas de lluvia, días de lluvia, meses.

Me relajaba durante las noches. Me relaja aún cuando llueve por las noches.
Hay un sonido en la lluvia que hipnotiza, que adormece, que tranquiliza: el martilleo en los tejados, y en los cristales, y en las hojas de los árboles; el martilleo sobre las piedras, y el paisaje, y las montañas. Gotas que caen sobre agua; una gota caer sobre un lago, y las ondas circulares que se expanden abranzando el horizonte. El martilleo sobre el suelo, la arena, el asfalto, la gente corriendo. El martilleo en el aire mismo.
Y la brisa fresca, ésa que acaricia tus labios y tus mejillas suavemente; sientes el calor del momento arreciar en tu alma, a costa de un frío que se instala en tu piel, un pálido frío, pero frío después de todo.
Y mirarla caer, toda esa lluvia. No puedes dejar de mirarla, te cautiva, te apresa, te encadena a su cortina de sensaciones.
Recuerdo toda esa lluvia. Aún recuerdo toda esa lluvia.

Luego fue el paso de las estaciones, del cambio de colores, la nieve, el blanco de paleta que se instalaba en la cumbre de las montañas, y las flores renacer, los árboles despertar, las abejas, y el aroma de la primavera; un verde vivo en cada rincón, un canvas de colores vivos y radiantes, todo eso que da paso al delicado dorado del verano, un dorado que quema, que crea bochorno, que trae a la memoria la sequía y la quietud del tiempo. Y los grillos, y la sequedad del aire y de tus pisadas, y el calor que te roba el aliento.
Otoño. Invierno. Primavera. Verano.
Recuerdo toda esta lluvia que no hace mucho llamaba a nuestro timbre con suelas devoradas por el barro y la fina arenilla.
Sólo ha pasado un verano, y una primavera. Y ahora vuelve.
Espero que vuelva. No, siempre vuelve, siempre sorpresiva, siempre imprevista, y sin embargo, anuncia su paso con colores oscuros; apaga el sol, y se cierne sobre el alma un presentimiento de mal tiempo, inquietud, malestar. Y cuando está irremediablemente sobre ti, seguridad, seguridad de que ocurrirá. Todo se torna lento, y pesado, y sepia: nostálgico.
Todo es muy nostálgico, y ocre, y pardo, y terroso, y zaíno. Y sombrío.

Recuerdo toda esta lluvia, y mirar a través de la ventana el dosel de pequeñas lágrimas que caían del cielo, raudas, pacientes también. Y armoniosas, sin rozarse, sin tropezar, todas a la una de acuerdo en su propia muerte, ésa que no pueden evitar, contra el suelo, la ventana, la arena, el lago, contra el destino. Y volverán, en su dosel, pacientes una vez más, a repetir su muerte.
Siempre vuelve, la lluvia, y sus gotas.

Recuerdo toda esa lluvia, y su frío toque de otoño, o de invierno. Y su brisa, como velo puesto sobre su triste rostro lleno de mil lágrimas. Y su beso, húmedo, sobre el rostro, sobre los ojos, sobre el alma, sobre el recuerdo.
Y recuerdo la ventana, fría al tacto, tan fría, muy fría. Helaba la yema de mis dedos, y reflejaba débilmente mi cara en el traspié de la lluvia. Y mi admiración, chispa en los ojos. Y el vaho que cubría la aterida superficie del cristal.
Motas de lluvia, reflejos de lluvia, sombras de lluvia.

Tanta lluvia en mi vida, en mis recuerdos, en mis sentimientos, en mi alma…
Recuerdo toda esa lluvia, y echo de menos toda esa lluvia, tanta lluvia.
Me trae recuerdos de mi infancia, aquella infancia…

De regreso a la tierra quemada,

El castaño, que esculpe mis memorias, ya languidece y empieza a mostrar síntomas de un otoño prematuro.
Y el tiempo pasa, el frío poco a poco vuelve, y todos volvemos a la tierra quemada, por la rutina.