Nada que decir, todo que callar

Vuelvo
y no vuelvo. 

Estoy como a medias: 
como que avanzo, 
pero no me muevo; 
como medio-aquí
y medio-allá. 
¿Existe quizá
un lugar así? 

Y vuelvo sin nada que decir, 
y con todo que callar. 
Pero sigo diciendo aquí 
lo que nunca he podido ignorar. 

Esto es agonía, a decir verdad: 
el querer escribir, 
pero no tener nada que contar. 

Así que vuelvo
y no vuelvo; 
porque vengo 
sin regresar;
sólo a rimar
este caos
que aún tengo
que superar. 

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Salir corriendo

Hoy he salido a correr porque tenía que salir corriendo… de mi vida que se derrumba a cachos, de la soledad que me persigue. Tenía que salir corriendo para encontrarme, porque me siento de repente muy perdido.

“Tenía que salir corriendo para encontrarme…” 

En el lago, me he sentado en la arena blanda y me dejaba hundir un poco. Cerraba los ojos y respiraba profundo. Respiraba la brisa cálida que empujaba las olas contra la orilla, y dejaba que su melodía me invadiera. No había nada más. Bueno, los grillos y los pájaros cantaban en los encinares que había detrás de mí. Pero era yo, la tierra, el agua y el cielo. Nada más.

Fui hasta el fin de los pasos, hasta que no me quedase aliento para gritos, hasta que agotaba la última gota de lágrima que había en mí, encerrada y reprimida. Me he cansado con cada zancada que parecía liberarme de todo el peso, que parecía aplastar cada sentimiento hasta que no quedaba más que polvo. Ni las huellas quedarán, porque el viento se lo llevará todo muy lejos.

No quería mirar atrás, pero con cada impulso que tenía de hacerlo, corría más rápido contra el dolor y contra las ganas de parar; no podía parar. Si paraba, todo de lo que pretendía escapar me alcanzaba, y no quería que me alcanzase. Quería estar cada vez más lejos de esos momentos que me han quitado la esperanza y la ilusión, incluso casi las ganas de vivir. Así que cada vez que sentía que quería mirar hacia atrás, he apretado el paso, firme, contra la roca y la arena, dejando claro que lo único que hay ahora es un camino hacia adelante. Lo que se quede atrás, es pasado.

El único testigo que tenía era el sol justiciero y el camino polvoriento. El campo era mío, el mundo era mío. Eso es lo que siento cuando salgo a correr: que no hay ningún objetivo demasiado lejos si me esfuerzo un poco más, un tramo más, unas zancadas más. “Necesito respirar”, me dice el cuerpo, pero algo dentro de mí se hace el sordo y grita: “un poco más, tú puedes un poco más”. No hay tiempo para pararse, porque el ruido vuelve, aunque en el campo sólo se escucha el zumbido de mil abejas recolectando néctar y la brisa en la copa de los árboles. Y la arena crujir bajo mis pasos. No hay tiempo para pararse a recuperar el aliento, porque cuando menos aliento me quede, menos pensamientos tendré. Y no quiero pensar, sólo quiero correr.

Ya cuando todo mi cuerpo se quejaba de cansancio, mi mente ha dado tregua y me he encontrado bajo una roqueda rosácea, casi en los límites del siguiente municipio, a orillas del lago. Me he sentado en una roca y he mirado cómo el agua transparente lavaba la arena y cambiaba casi imperceptiblemente el contorno de la orilla. “Mañana esta orilla no será la misma”. Y es cierto. Mañana será otro día, las cosas habrán cambiado. O eso espero…

Siete y media de reloj. El sol ya baila sobre el horizonte a punto de acostarse sobre él. Es hora de volver. Con cada paso de regreso, junto a las huellas, dejo algo de todo aquello de lo que he querido escapar. “Ha funcionado”, sonrío. Y de repente siento verdadero alivio, y no puedo parar esta sensación de felicidad que me sube por la espalda y me hace sonreír. Francamente me siento idiota, sonriendo en medio del campo, pero ¡qué demonios! Que piense lo que quiera el próximo que me vea; no soy el mismo hombre que cuando comencé. Ya no.

De vuelta ya en casa, sin aliento y jadeando, sentía que había perdido el peso de todo aquello que durante el día me ha atormentado. Aunque en el fondo todo sigue igual —estas cuatro paredes de roca y gotelé lo confirman—, algo en mí ha cambiado un poco. Mañana domingo será otro día, no sé qué pasará, pero nadie me va a impedir que salga corriendo a buscarme otro momento de paz como el que he encontrado hoy.

Dos días…

Debo librarme de todas estas palabras, porque el silencio nunca le hizo un bien al mundo. Y aunque hay una parte de mí que no quiere hablar de la muerte, otra lo necesita.

Qué conflictiva es, ¿no? La muerte es confusa y rara. La ves venir, la tienes interiorizada, la temes o la alabas, pero parece que nunca llega. Parece que, por un momento, todos somos eternos, inmortales, invencibles.

Pero llega y nos da de frente, un golpe seco que nos para quietos, nos inmoviliza, nos congela. Por un largo instante, el tiempo se para y la realidad se parte en dos. De repente, entras en otro mundo que es sólo pasado, te divorcias del presente y sólo te queda recordar.

La muerte es conflictiva no por aquellos que fallecen, sino por todo el peso de los vivos. La muerte pesa no por los que se van, sino por todo lo que se queda sin ellos.

Hay un vacío irreemplazable, un abismo que sólo está lleno de silencio, miedo, dudas, ira, impotencia. Es un agujero lleno de preguntas que jamás tendrán ni consuelo ni respuestas, porque la única persona que podía consolarlas y responderlas se ha ido.

Las noches no me traen descanso y el cuerpo me cruje con cansancio. Es una fatiga que no es de músculos y huesos, es algo que pertenece a la memoria y al alma. Es algo que no puedo curar con sueño o con pastillas; sólo las palabras, escribir y hablar, me podrán aliviar esta debilidad.

Así que aquí estoy, intentando darle sentido a toda la incertidumbre que me colma, intentando darle significados a todo lo dicho y todo lo que se quedó sin decir. Lo cierto es que siento que estoy intentando unir un puzle imposible, juntando piezas en lugares donde no van… buscando culpables donde sólo hay culpa, quizá.

En estas noches revueltas, sólo recuerdo el vaivén de abrazos, de silencios, de caras desconocidas, de familias rotas y pasados presentes. Reproduzco las escenas de errores aclarados, problemas callados, frustraciones, felicidades añejas y una extraña nostalgia por todo aquello que se había perdido.

No sabía dónde ponerme, eso es la verdad. Aun hoy, sigo buscándome un sitio en todo esto. Pasó tan de repente que parece ficticio, una mala jugada de la vida, una ironía maltrecha.

Pero sus cenizas ya descansan en una casa rural, de la familia, de una infancia que nunca fue mía pero de mi madre, en otra provincia, lejos, bajo las montañas. En paz. O eso quiero creer.

Dos días fue el tiempo en los que se sucedieron las escenas en tanatorio, de familia, de silencio, de duelo; de crematorio. Había salas llenas y vacías al mismo tiempo, que aunque había gente allí acompañándome, seguía estando solo ante él. Porque todo lo que nunca pasó en vida, todo lo que se entendió y nunca se habló, todo lo que se sintió… todo eso quedaría para siempre así, una serie de palabras que nunca se dirían. Y aunque habrá legiones de personas que me digan lo contrario, que seguramente esto y tal vez lo otro, yo sé lo que sé: que estoy solo en esto, que nunca estaré acompañado, que esta batalla la he perdido y nadie podrá consolarme toda la culpa, todas las preguntas, toda la impotencia y la ira que me causa… El furor y el dolor juntos rompiéndome el corazón cada segundo que pasa.

Eso es algo que nunca podré consolarme. Que nunca pude decir todo lo que quiero decir, que nunca corregí todo lo que he hecho mal; que nunca te dije “lo siento” cuando de verdad lo siento. Y que te fueras pensando lo que pensabas, me rompe el corazón; siento los crujidos.

Toda mi angustia es silencio. Toda mi culpa es silencio. Todo mi dolor es silencio. Todo por decir… es silencio. ¡Hay tanto silencio…! No me deja dormir todo este silencio con el que tengo que vivir, porque en la noche me pasan todas las palabras que me quedaron por decirte.

“Ya no importa, ya nada importa”, me dijeron. Pero para mí sigue importando… Ya sé que después de la muerte, a los vivos no nos queda nada por hacer, pero… “Pero ¿qué?”, me pregunto.

Lo cierto es que podría gritar mi ira, mi frustración; podría buscar mis culpables y embarcarme en una viaje de venganza por todos los males hechos, por todo aquello que pasó… Pero nunca volverá a la vida, nunca le podré decir a la cara que lo siento, que esto y lo otro; nunca le escucharé responderme y decirme todo lo que quiero escuchar. Nunca pasará, porque ya pasó.

Ahora me toca vivir con los vivos, con el peso que eso conlleva… Compartiremos nuestras memorias, el dolor, las palabras; todo lo que nos hubiera gustado vivir con él… todo lo que imaginábamos iba a ocurrir, pero que no se hizo realidad. Ahora toca compartir buenos recuerdos, risas, lágrimas y todo lo que nos enseñó cuando fuimos pequeños.

Eso es lo que toca, ya no por nosotros, los que sobreviviremos sin él, sino por él, por mantener su memoria viva, por su honor, por el amor que cada uno de nosotros le profesamos a nuestra manera íntima y personal. Ahora nos toca seguir haciendo las cosas que él quiso que hiciéramos, que fuésemos felices; que dejemos de discutir

Esta familia aún tiene muchas cosas que averiguar, muchas cosas que resolver y muchas más cosas que perdonar. Él sabía esto, y mi pena es que nunca vivirá para verlo… o sí, desde donde esté.

No soy creyente como los demás, no creo en los dioses en los que creen los demás. No sigo rituales o símbolos que otros siguen… Yo tengo mi propia creencia, mis propios dioses, mis propios rituales y símbolos. Y esa parte de mí que cree en eso, también cree que me escucha, que de alguna forma me perdona y ahora en la muerte, entiende toda la vida; que todo lo que pasó, ha pasado, y ahora toca vivir como nos enseñó a vivir, con poesía.

A pesar de ello, sigo buscando: buscando respuestas, consuelo, algo de paz en toda esta confusión y este oculto dolor. Sigo sintiendo la culpa, el silencio, la tristeza, la frustración, la impotencia, la ira… Todo eso que forma parte de mi duelo personal. Sigo viendo las salas vacías, la familia rota; sigo recordando todo lo que pasó y cómo pasó. Sigo intentando ponerlo todo en un lugar, encajando las piezas para darle sentido… Pero estas palabras ya no me atormentan, ya no me pesan, ya no me gritan desde el fondo del corazón.

Aún tengo muchas palabras, ¡tantas palabras!, pero éstas palabras son libres… Y en la medida que ellas son libres, yo soy libre. Algo de paz hay en aliviar lo que no se puede decir en alto, pero que sí se puede escribir en largo y tendido.

 

Diario de una familia

Ya no queda nada de la familia, de aquello que una vez nos unió a una comunidad, a una historia; era algo más grande que nosotros mismos. Cuando nos juntábamos todos, formábamos algo. Pero ese derecho de pertenencia, de consanguinidad, de complicidad…, todo eso había desaparecido una última tarde de verano; no importa ahora cuál fue, sólo que terminó. Para siempre. El sol caía, la noche se levantaba y las palabras andaban ardientes entre hermanas.

Comenzó la guerra, y la misma tierra que unía la sangre, se quebró para siempre; siempre. Calló un velo de hierro para siempre y que nunca podrá ser perdonado; nunca.

Ahora somos vagabundos de un apellido, de unos recuerdos a los que no pertenecemos; somos extraños de esta tierra que nos vio crecer y reír, ahora exiliados, abandonados, evitados. Ellos también se han convertido en extraños, para qué mentir, en esta memoria de todos, esta tierra de todos ahora dividida.

Mire por donde mire, no hay fotos de aquellas comidas los sábados, las barbacoas, la piscina; las memorias de verano; y las memorias de Navidad. No hay nada del jardín del abuelo, de sus melocotones en almíbar, su huerta, el nogal y los almendros floridos en primavera. No queda nada del humo de cigarro de la tía, de las risas, de aquello que nos hizo felices. Nada. Ahora todo son ruinas en la nostalgia, maldita nostalgia.

Todo se fue poco a poco; todo se dejó de lado poco a poco, a marchas de olvido forzadas. Todo se quedó callado, enterrado o fue cremado por el rencor… Tanto rencor de tantos años; tanto rencor.

Es eso, el rencor, el pecado de esta familia: tantos reproches, tantas ironías… Tantos resentimientos del pasado que siguen haciendo su presente en nuestras mesas. Pero no entendemos que eso es pasado, ya ha pasado, y nunca volverá.

Eso no se entiende, lo pasado del pasado.

Y la muerte: ésa que, cuando llegue, y llegará cuando menos lo esperemos —siempre es cuando menos lo esperamos—, nos pondrá a todos en nuestro lugar, haya rencor o no; haya pasado o no.

Terminaremos, presas de la enfermedad, del accidente; terminaremos. Seremos presas de toda una historia callada que vendrán a recordarnos; correrán los ríos de lágrimas, se dirán los perdones tardíos, y los corazones amargados y arrepentidos. Nada de ello tendrá justificación cuando llegue nuestra hora.

En esta familia, la muerte nos hará llegar tarde, como siempre. Pero creo que eso ya lo saben muy bien.

Nos rendiremos a sus pies, lameremos nuestros pecados como la miel que llenará nuestra negligencia de culpa, tanta culpa. Será una culpa que nos pudrirá por dentro, nos roerá, nos vaciará de alegrías, de memorias, de presente; nos vaciará hasta nuestra propia muerte. ¿Y después?… Después nos esperará el juicio de Dios, y responderemos por una vida de rencor. Y nuestro juicio será acorde a nuestro crimen, callado crimen.

Pero ahora vivimos esta familia de silencio, de bandas; del quién va con quién y quién no; quién cree a quién, quién dice la verdad; de la guerrilla emocional, de pasado, pasado, y más pasado.

Con esta familia nunca habrá un futuro, o siquiera un presente; nunca habrá un perdón, un “lo entendemos”, o incluso un “lo sentimos”. Nunca volverán las comidas de los sábados, las momentos del verano, la piscina, las risas o el jardín del abuelo.

Nunca volverá nada de eso, porque en esta familia se creen en malos y en buenos; ya no se cree en familia, en lo que una vez nos pudo unir.

Y por eso, todo eso se ha perdido. Todo eso ya ha muerto… Todo se ha marchitado en el jardín del abuelo: los almendros, el nogal, los albaricoques; la huerta, adiós ella.

Tanto es el silencio, tanto el rencor, y tanta la amargura. Tantas han sido las sinceras confesiones y tan arrepentidas ahora, y tantas las palabras que se quedaron sin decir; hay tanto de todo eso que mantiene esta familia separada. Tantas emociones que nos separan, tan pocas las que nos unen… Tanto silencio. Pero sobre todo, tantos han sido los errores que fueron y siguen siendo imperdonables.

Pienso: “Hay tanto que decir”… O no. Porque son tan pocas las ganas de escuchar, tan pocas las ganas de comprender, que ya no hay nada que decir.

En fin, todo eso que se calla en el diario de una familia atormentada por el pasado y alimentada por el rencor y el silencio.

Búsqueda

He decidido desaparecer durante una temporada. ¿Por qué? Tengo varias razones que, no por no querer, no voy a confesar. En su propia medida, ni sé qué razones son exactamente ni me veo con suficientes fuerzas —o valor, de hecho— para darlas voz y hacerlas aún más reales de lo que son en mi pequeña y abarrotada cabeza. El mundo se me venía encima; tenía que escapar.

Así que he decidido desaparecer. No es, ni lo recomiendo, la mejor manera de enfrentarse a los problemas. ¿Qué digo “enfrentarse”?; resignarse, abandonarse si se permite. En cierta medida, aguantar los problemas sin tenerlos encima, o en la cara. Verlos de lejos, desde una distancia prudente y segura, aunque no haya nada de seguridad cuando se trata de problemas.

Pero mientras tanto, mientras se desenvuelve el año y llegue el tiempo tranquilo que acompaña, si lo quiere así la atmósfera, el verano, me veo con pocas fuerzas para enfrentarme a solas a los silenciosos golpes que propicia el recordatorio de todo aquello que aún no tengo.

Quizá me voy porque mi propio orgullo ha sido herido por mi propia arrogancia y mi propia envidia ante las nuevas de la vida, y lo confieso, no quiero enfrentarme al dolor que viene de ser consciente de ello. Me duele verme en ese espejo, y prefiero tapar todos los espejos como prescribe la tradición judía ante la muerte; desaparecer y no ver.

De momento esta propia receta contra los vicios de la dignidad da sus frutos: me siento mejor, relajado, aunque no tranquilo. No dejo de sentir que estoy haciendo algo mal, pero no me arrepiento de estar haciendo lo que estoy haciendo. Es egoísta, lo sé: pero yo también tengo derecho a ser egoísta de vez en cuando, como todo el mundo.

Me estoy desintoxicando de lo que supone vivir hoy: las redes, la información, el mundo a un clic, los contactos y amigos, la constante comunicación; de los amigos sobre todo. Y a pesar de parecer imposible, no lo es. Para nada. Sigo viviendo en el mismo sitio, pero la única diferencia es que ahora es un lugar aislado de verdad de este mundo que, ahora, parece mucho más grande y lejano. Lo confieso: la primera vez tuve miedo, ansia, algo así como arrepentimiento y mil preguntas me asaltaron, preguntas como “¿y ahora qué voy a hacer?”, “¿cómo voy a pasar el tiempo?”…

Ahora toca… Escribir. Leer. Conocer mundo de otra forma. Es cierto, no estoy del todo incomunicado porque aún tengo acceso a este dios que es Internet, puedo leer el periódico digital, pero sobre todo, escribir en este blog mío. Pero por todo lo demás, y a efectos prácticos, estoy totalmente incomunicado: no sé nada del mundo de la misma manera que el mundo no sabe nada de mí. Así de incomunicado estoy.

Ahora toca hacer las cosas de verdad y dejarse de tonterías. La vida pasa demasiado deprisa y no hay tiempo para ¿pequeñeces? Para menudencias.

Es un mundo conectado, sí, pero al mismo tiempo es un mundo desconectado: de lo que el mundo es y siempre ha sido, de la gente de verdad, del camino de la rutina, de las cosas que aún no se pueden replicar digitalmente. El mundo está desconectado de esas cosas, y yo las he querido recuperar. Tal vez sea la crisis de mi edad, tal vez mis problemas, tal vez todo ha convergido y pum. Sea lo que fuere, quiero desconectar para re-conectar: salir de las sombras de la caverna de Platón en el que a gusto me metí para volver a ver el mundo del que una vez vine.

Creo que esta es la mejor lección de mi modesto retiro, que al mismo tiempo, creo yo, es un gran consejo, no sólo para algunos, para todo el mundo. Así que ahí lo dejo, en el ciberaire. A la deriva, a la espera.