En clave del tiempo

Pretender alegría
y falsas apariencias
para encontrar
corazones rotos
y malas experiencias

Promesas rotas
que un día fueron sueños
y esperanzas,
hoy ya sólo son decepciones,
cenizas y ascuas.

La vejez es lo que tiene, 
la juventud lo que quita. 
Somos mil cuestiones
preguntas y pesquisas.
Todas elucubraciones
sin respuestas
ni soluciones.

Es tiempo de vivir, 
de sentir
y dejarse llevar; 
tiempo de decir, 
de oír, 
de pensar la verdad.

Y recuperar el tiempo perdido
que tanto queremos recuperar, 
sin perdernos así
un poco de la eventualidad, 
que es dejarse llevar
por el ahora y el aquí; 
este momento sin igual, 
un destello en la eternidad, 
la esencia de vivir. 

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Golpe a golpe, pulso a pulso

Un buenosdías tras otro, golpe a golpe y pulso a pulso, así se va haciendo tiempo a lo largo del camino. Cómo se pasan las horas, cómo se va allegando el mañana lento, crepitando por los rincones, como fuego en el alma, sombras en las nubes, huellas en las tardes. Sopla un viento, se calma; sopla otro, arrecia, levanta las polvaredas del mundo creando espíritus que se pegan a los cristales; lo cubre todo. Y también se pasa. Golpe a golpe, pulso a pulso.

El tiempo es lo que tiene, golpe a golpe, pulso a pulso: se va haciendo pasado a medida que se consume el sueño del futuro, y mientras tanto el presente se hace un juego de sombras, un aquí-te-pillo-aquí-te-mato, un juego de escondite, un desfile de máscaras. Hablar del tiempo es como hablar de algo que no existe, es perder el tiempo innecesariamente cuando lo único que podemos hacer es… vivir: vivir hasta el último aliento, hasta que nos duela el estómago; vivir hasta la máxima expresión de quiénes somos, e incluso, de quiénes queremos ser. Vivir hasta que no quede nada por vivir, ¿es eso posible? 

El tiempo es vivir, golpe a golpe, pulso a pulso; aunque sea un buenosdías tras otro, una tarde tras otra, una noche estrella tras otra con nubes, siempre mirando hacia el alba, siempre mirando hacia arriba; nunca atrás, nunca abajo. Golpe a golpe, pulso a pulso.

Abulia

Acumulo ahora 15 borradores, llenos de polvo, de palabras añejas, de olvido. Porque el sentimiento detrás de la línea es olvido; es que la inspiración había que aprovecharla en el momento y ahora se fue hasta nosecuándo.

Ahora vuelvo a la vida normal, poco a poco. Porque estas cosas vuelven poco a poco, después de toda una temporada atascado tras horarios y opresión, la vida vuelve a su curso como el río que crece con las lluvias de primavera. La vida, en general, es de ir poco a poco; y de ir paso a paso

El cuaderno con garabatos no me falta; el bolígrafo anda destapado, siempre destapado, para que se reseque la tinta y corran las ideas. Afuera suena más a verano que a primavera, pero ahora que me paro a pensarlo, nunca sonó a primavera, ¿o sí? Los pájaros pían, los coches vienen y van con gentes que hablan alto y de barrio; los niños ahora andan en el colegio y ya vendrán por la tarde con el vocerío que me volverá loco. No sé si quiero escapar ahora a dar un paseo lejos, o si lo quiero hacer luego. Me resulta raro volver a estas mañanas, a mi propio ritmo sin que nada me empuje, calando el momento como quien cala el cigarro y va quemando la ceniza. El reloj palpita en mí, y cuando más escucho los segundos, menos pasa el tiempo. El silencio-no-silencio, ese estado de una casa en la que sólo estás tú, pero a través de las ventanas se cuela toda una vida, se me hace raro. Tal vez porque llevo tanto tiempo con ruido en la cabeza que no he podido parar a escuchar lo demás. Y ahora escucho el mundo, ahora escucho que es casi verano, que se dan otras voces; casi puedo decir, sinestésicamente, que soy capaz de escuchar el sol brillar y el calor arreciar en la brisa que es del sur. 

Y a pesar de eso, tengo las manos y los pies fríos, me pesa la abulia en cada centímetro cuadrado de la piel, y casi, del alma también. Porque hay algo del futuro que ya no me tienta ni me seduce: no me llama, no me tira, no me hace seguir. En mis planes, sólo quiero escapar: escapar por los caminos de arena, en el autobús a la ciudad desconocida, a perderme por lugares donde nadie me conoce ni habla mi historia. En mis sueños del mañana, me veo lejos y me siento en paz. Y eso no tiene nada que ver con la vida que llevo o con la gente que me rodea. No. Tiene que ver con… Conmigo, con algo dentro de mí que ha dado de sí y ¿se ha roto?

“La dejadez, la espera, la abulia.” | Gabriela Villareal

 

Tengo las manos frías porque mi alma es incapaz de sentir nada. Y tan frívolas como suenan estas palabras, así también está loquesea que hay dentro de mí. Algo —siento profundo— se ha quedado congelado para siempre… Para siempre: qué definitivas éstas. Mi madre me repite todos los días que en la vida nunca conocerá cosas que nunca o que siempre“que dejes de decir bobadas, hijo”, que la vida son o algunas veces o muchas veces, “pero que nunca será nunca o nunca será siempre”. Y entonces un día la pillé diciendo el vocablo prohibido y sonrió como quien es culpable, pero siente esta extraña dulzura de haber sido descubierto; es la dulzura de librarse del remordimiento, quizá. Aun así controlo lo que digo con ella, he dejado de atribuirle a la eternidad cosas que pasan en momentos. Lo cierto es que ahora que pienso en siempres y nuncas, escucho la vocecilla de mi madre por detrás como si me regañara y me lanzase una de sus miradas de desaprobación. Sí, la eternidad definitivamente nunca le hizo bien a nadie. 

Sólo que el tiempo pasa y tal vez he llegado a esa edad en la que los planes ya no significan nada: que llevo toda mi vida planeando para que al final no haya dado palo al agua, y todo lo que me queda ahora es… eso, el ahora: los pájaros que pían, la vecina que se queja, los coches que vienen y van, el segundero que da un tiempo retrasado y el pesar del pasar. La dejadez, la espera, la abulia. Me quedo con el presente en el que es casi imposible que pasen demasiadas cosas al mismo tiempo. 

Ya es casi mediodía y el sol recalienta la roca. Sé que ahí afuera está el calor, el del alma —y el de las manos—, donde pasan más cosas que dentro de esta casa y este silencio. Que lo que me queda es ponerme los zapatos y salir, a buscarme… O a esperar, aunque sea caminando, a que algo cruce mi camino y despierte al abúlico dentro de mí. O a que me dé la inspiración de cara en algún rincón inesperado. Porque este bolígrafo sigue destapado sólo para que se reseque la tinta. Tal vez tenga que salir para resolver estas dudas, pensar en ti, imaginarme un verano en el que, bajo la sombra de algún castaño en algún parque de la ciudad, estemos sonriendo como hacíamos en algún tiempo pasado, produciendo memorias para la posteridad, viviendo alguna anécdota que será testimonio de quiénes somos y de qué significa la vida.

No sé, algo. 

 

Mortalidad

Hubo un tiempo en el que escribir me traía solaz, una tranquilidad que transcendía mi mente y me llegaba al alma. Luego me hice viejo, no sólo de cuerpo, sino de palabra: tenía más libros a la espalda, más cosas pensadas, más mundo imaginado. Se podría decir que dejé de ser un “inocente literario” y me convertí en algo (¿escritor?) maduro, con cierta experiencia. Y escribir se hizo más que una aventura, un descubrimiento… se hizo algo serio. No sé cómo llamarlo, pero se hizo difícil. A ver, nunca fue fácil, pero era más fácil; tenía menos inhibiciones, menos cuidados. No había tantas cosas que cuidar (y es que los adultos vivimos en un mundo de muchos cuidados). No obstante, escribir siempre ha sido lo más natural, como respirar o andar. Tiene algo de talento, de don casi, pero gran parte de escribir es trabajo. Y en mi caso, a medida que hago este viaje de descubrimiento (nunca dejó de serlo), cuanto más viejo, más trabajo. En mis ratos libres, me pregunto por qué; y dónde quedó esa inocencia, la naturalidad.

En días como estos, que sólo acumulo borradores sin terminar, escribir se me hace un rompecabezas: palabras y líneas que encajar por todas partes. Es en días como éste cuando escribir no me trae la libertad que tanto encontraba, sino que me trae espacios, preguntas, dudas. Ya no es que deje de ser natural, pero me ha hecho un prisionero inevitable de esta naturaleza (algo que, en realidad, nunca dejé de ser).

Prisión de palabras y de silencios, esclavo de lo necesario, de lo soñado. Mortal después de todo. Mortal. Eso es.

Mangos maduros

El silencio juega a un pulso conmigo, me tapona los oídos, me grita, pero no lo escucho. Jugamos a ver quién gana. De momento, le llevo ventaja. 

El otro día me atreví a salir de casa, despojándome del ermitaño, disfrutando de un día soleado entre otros de lluvia. El tiempo está loco, el mundo está loco; yo estoy loco, pero por eso aparento. El caso es que en el autobús de camino a ese país desconocido donde otra vez me siento extraño, no dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros.

“No dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros” | Thank you to A Little Saffron for this photo

Estaba hipnotizado por ese aroma, que era sólo una memoria o una fantasía, pero se me había pegado, atascado en los pensamientos. Me pasé casi la hora de viaje pensando en el aroma de mangos maduros. Creo que sobreviví al mundo porque estaba demasiado ensimismado con esa idea. 

Hubo un momento cuando, creo que todo escritor lo ha vivido, empecé a divagar en la idea, me dejé llevar, las escenas se sucedieron en historias, y sentía que llegaba a alguna parte. Durante un rato que se me hizo una vida, dejé de estar presente de verdad. 

Me vi otra vez allí, mirando unas ventanas abiertas de par en par intentando aliviar el calor, pero se abrazaba a ti, se pegaba como una manta. El sol hacía brillar el mundo con colores intensos. No hacía brisa, el aire pesaba con humedad: era la selva, en algún Reino del Monzón, allá en el misterioso sur. 

De repente lo olía, como una melodía o una inspiración, el aroma de mangos maduros que se colaba por las ventanas abiertas. Y por un instante, pareció aliviar el calor y la desidia. En esa fantasía, cerraba los ojos para poder disfrutar mejor del momento, y funcionó. Oh, qué delicia, qué perfume. 

El mundo empezó a tomar forma poco a poco: ahora no sólo había ventanas, también había una casa, porque el aroma de mangos se mezclaba con el humo del incienso que quemaba en algún rincón, recorriendo la casa como un espíritu protector, invisible, pero a la vez haciendo lazos en el aire. Y la fuente de piedra negra: su agua hacía cascadas, chapurreaba y rompía mi silencio. Junto a ese sonido, otro: el “canto del calor”, la canción de alguna cícada o algún grillo o algún saltamontes, en la lejanía, cantando su alivio. 

“haciendo lazos en el aire” | Thank you to comadame for this one perfect moment.

Me sentía en casa, a salvo, lejos, inocente, feliz, liberado. Volvía a ese pasado mejor, cuando las cosas eran sencillamente distintas. 

Pero ahí termina mi fantasía, mi sueño diurno, y ahora siempre que pienso en mangos maduros en el frío de este invierno, viajo hasta ese momento donde el agua, los aromas, el calor me envuelven y me reconfortan. 

Cuándo volveré, no lo sé. Ahora que está terminando el invierno y empezará la primavera, parece que será pronto, que me veré un día otra vez en aquel lugar, aunque no sé cuál es. Con un poco de suerte, habrá mangos maduros y seré un poquito más feliz.

Diario de una familia

Ya no queda nada de la familia, de aquello que una vez nos unió a una comunidad, a una historia; era algo más grande que nosotros mismos. Cuando nos juntábamos todos, formábamos algo. Pero ese derecho de pertenencia, de consanguinidad, de complicidad…, todo eso había desaparecido una última tarde de verano; no importa ahora cuál fue, sólo que terminó. Para siempre. El sol caía, la noche se levantaba y las palabras andaban ardientes entre hermanas.

Comenzó la guerra, y la misma tierra que unía la sangre, se quebró para siempre; siempre. Calló un velo de hierro para siempre y que nunca podrá ser perdonado; nunca.

Ahora somos vagabundos de un apellido, de unos recuerdos a los que no pertenecemos; somos extraños de esta tierra que nos vio crecer y reír, ahora exiliados, abandonados, evitados. Ellos también se han convertido en extraños, para qué mentir, en esta memoria de todos, esta tierra de todos ahora dividida.

Mire por donde mire, no hay fotos de aquellas comidas los sábados, las barbacoas, la piscina; las memorias de verano; y las memorias de Navidad. No hay nada del jardín del abuelo, de sus melocotones en almíbar, su huerta, el nogal y los almendros floridos en primavera. No queda nada del humo de cigarro de la tía, de las risas, de aquello que nos hizo felices. Nada. Ahora todo son ruinas en la nostalgia, maldita nostalgia.

Todo se fue poco a poco; todo se dejó de lado poco a poco, a marchas de olvido forzadas. Todo se quedó callado, enterrado o fue cremado por el rencor… Tanto rencor de tantos años; tanto rencor.

Es eso, el rencor, el pecado de esta familia: tantos reproches, tantas ironías… Tantos resentimientos del pasado que siguen haciendo su presente en nuestras mesas. Pero no entendemos que eso es pasado, ya ha pasado, y nunca volverá.

Eso no se entiende, lo pasado del pasado.

Y la muerte: ésa que, cuando llegue, y llegará cuando menos lo esperemos —siempre es cuando menos lo esperamos—, nos pondrá a todos en nuestro lugar, haya rencor o no; haya pasado o no.

Terminaremos, presas de la enfermedad, del accidente; terminaremos. Seremos presas de toda una historia callada que vendrán a recordarnos; correrán los ríos de lágrimas, se dirán los perdones tardíos, y los corazones amargados y arrepentidos. Nada de ello tendrá justificación cuando llegue nuestra hora.

En esta familia, la muerte nos hará llegar tarde, como siempre. Pero creo que eso ya lo saben muy bien.

Nos rendiremos a sus pies, lameremos nuestros pecados como la miel que llenará nuestra negligencia de culpa, tanta culpa. Será una culpa que nos pudrirá por dentro, nos roerá, nos vaciará de alegrías, de memorias, de presente; nos vaciará hasta nuestra propia muerte. ¿Y después?… Después nos esperará el juicio de Dios, y responderemos por una vida de rencor. Y nuestro juicio será acorde a nuestro crimen, callado crimen.

Pero ahora vivimos esta familia de silencio, de bandas; del quién va con quién y quién no; quién cree a quién, quién dice la verdad; de la guerrilla emocional, de pasado, pasado, y más pasado.

Con esta familia nunca habrá un futuro, o siquiera un presente; nunca habrá un perdón, un “lo entendemos”, o incluso un “lo sentimos”. Nunca volverán las comidas de los sábados, las momentos del verano, la piscina, las risas o el jardín del abuelo.

Nunca volverá nada de eso, porque en esta familia se creen en malos y en buenos; ya no se cree en familia, en lo que una vez nos pudo unir.

Y por eso, todo eso se ha perdido. Todo eso ya ha muerto… Todo se ha marchitado en el jardín del abuelo: los almendros, el nogal, los albaricoques; la huerta, adiós ella.

Tanto es el silencio, tanto el rencor, y tanta la amargura. Tantas han sido las sinceras confesiones y tan arrepentidas ahora, y tantas las palabras que se quedaron sin decir; hay tanto de todo eso que mantiene esta familia separada. Tantas emociones que nos separan, tan pocas las que nos unen… Tanto silencio. Pero sobre todo, tantos han sido los errores que fueron y siguen siendo imperdonables.

Pienso: “Hay tanto que decir”… O no. Porque son tan pocas las ganas de escuchar, tan pocas las ganas de comprender, que ya no hay nada que decir.

En fin, todo eso que se calla en el diario de una familia atormentada por el pasado y alimentada por el rencor y el silencio.

Esperas, yo.

Ando esperando a que digas algo, ¿sabes?

Lo que no sabes es que ahora mis silencios me queman; me ahogan por dentro, con palabras que se tropiezan en mi corazón. Son un nudo en la garganta.

Me siento caótico.

Pero espero. Espero a que digas algo, porque eso aliviará mi silencio, lo sé; me liberará de estas palabras, las que te quiero decir.

Y quizá así deje de esperar.

"La Espera" | Silvia Pascual
“La Espera” | Silvia Pascual

Hay una estación en mi corazón. Y en esa estación han pasados muchos trenes. No sé cuántos trenes habrán pasado hasta hoy, pero sé que todos han pasado.

Allá, en algún rincón, hay un banco. Y ahí he esperado.

Así han sido tantos los momentos perdidos, las aventuras desventuradas, las palabras calladas…

Lo he visto todo pasar, desde este banco de mi corazón.

Pero hoy vuelvo, y tú no lo sabes, porque ando esperando.

Llegas con retraso; ¿llegaremos tarde a estar juntos?

Un temor me sobresalta, tal vez porque ya he esperado otras veces; nada pasó. ¿Y si lo mismo pasa contigo, qué?

No sé. Pienso que a lo mejor tú también tienes este temor que me tiene, y el silencio también arde en ti con tantas palabras que decir, y tan poco que saber cómo decirlas. Y la realidad es que somos prisioneros de nuestra propia espera.

¿Quién sabe?

¿Sabes? Me dije: basta; que no volvería a pasar esto. Que dejaría de hablar de estos silencios, de ti, o lo que pienso que eres.

En fin, que dejaría de esperar.

Pero no lo puedo evitar (en realidad, no lo quiero evitar, que es distinto, muy distinto).

Con todo lo que haces, me haces esperar, y espero.

A lo mejor sólo se trató del tiempo: que cuando pase, yo seguiré aquí, esperando, en mi banco, en esta estación. A lo mejor es algo más sutil, algo que entraña aún más cosas que no entiendo todavía —pero que me gustaría entender— y que se llama esperanza.

Quizá sea sólo la necesidad de esperar, en un mundo del tiempo, a consumir el momento. Que pasará, sí, como todo lo que pasa, y volverá la espera —parece que siempre vuelve la espera—. Nada más.

Digo “ando esperando a que digas algo” cuando en realidad sólo estoy diciendo “te espero”. Sin más.

Tendrás que esperar.