Lo que podríamos haber sido

De no haberme conectado aquella noche, ahora no te soñaría. 
De no habernos seguido, ahora no te perseguiría. 
De no haber esperado, ahora no te conocería. 
Y de no haber insistido, ahora solo estaría. 

¿Y si me hubiera ido aquel día de verano,
estaría deseando ahora un día de otoño que parece primavera?

¿Nos hubiéramos visto por segunda vez
si no hubieras enviado aquel mensaje? 

Y si no te conociera, ¿hubiera tenido razones
para conocer aquel rincón bajo este cielo? 

¿Andaríamos ahora en silencio
si te hubiera besado aquel día,
y si no me hubiera fallado este coraje?

¿Y todo lo que podríamos haber sido
si por cobarde yo no fuera? 

¿Acaso hemos perdido algo de esta historia
por no decir todo lo que nuestro corazón ha omitido? 

¿O sólo soy yo el que tiene esta esperanza traicionera?

Y si no te conociera, ¿estaría versando
ahora este poema en tu nombre? 

¿Estaría yo esperando al momento
para confesarte mi emoción verdadera?

Y todo lo que podríamos haber sido, 
¿aún podemos serlo si nos damos otro instante?

Si no te conociera, 
¿estaría preguntándome esto ahora mismo?

El último café

¿Alguna vez os habéis tomado vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis a lo que sabe? (qué pregunta más curiosa). Pues yo os diría que sabe a nostalgia, más aún si te lo tomas con tranquilidad y paciencia delante de una de las calles más ajetreadas de la ciudad, y veis la muchedumbre pasar sin fin, siempre cambiando. Pero también puede saber a promesa, como quien celebra algo nuevo a punto de empezar. Otros me han dicho que sabe a gloria, aunque no entiendo muy bien cómo: ¿gloria exactamente por qué: por que te vas, o por que te has quedado tanto tiempo en la misma ciudad y has logrado crecer raíces; por que empiezas algo nuevo, o por que has dejado algo bonito del que te sientes bien? Gloria… un café que sabe a gloria.

Aquí se dice mucho eso, sobre todo cuando el invierno madrileño te crepita y te oprime, y tienes prima por abrir la puerta de algún bar, y en ese momento sientes un alivio indescriptible, como liberado de un mal conjuro; como si fuera la mejor bienvenida del mundo. Y entonces le pides al camarero una buena taza caliente de café, y entonces “sabe a gloria”. Pero de verdad.

Yo acabé así un día. No era invierno, pero tampoco hacía falta frío; era el momento. Y con prisas —y sin prisas—, acabé, como siempre, en algún café íntimo y personal, de los que me gustan a mí. Quizá sólo he sabido disfrutar de esta ciudad así, de café en café, viendo la vida pasar al ritmo de los vapores de alguna taza caliente. Y más ahora que me iba para siempre, tenía que ir a un café y tomarme mi última taza, como si la ciudad me reclamara con fuerza y apego, y no me quisiera dejar ir.

Echaré de menos la Gran Vía, siempre fluida, siempre abarrotada; siempre con prisas y lenta, y la misma y diferente. Como un monumento permanente a la ciudad, pero siempre mutando, cambiando de pasos y gentes, y luces y escenarios; con su voz alta por encima del rugir del tráfico, que no nos dejaba escucharnos, pero en la que siempre queríamos hablar.

Se me agotó la ciudad; al final tenía razón aquel hombre que me lo increpó un día, y que tanto me indignó. «¡¿Cómo puede agotarse esta ciudad?!» le reclamé, molesto. La sangre madrileña es así, al parecer: de bruscos devenires. Me pasé un tiempo después pensando, y repensando, en esas palabras… tan dolorosas: se me agotó la ciudad.

Luego lo olvidé durante una temporada, pero me volvía como una visión, o un fantasma. Me veía repitiendo por lo bajo, como si le estuviera hablando al cuello de la camisa, solo: “se me agotó la ciudad”. Y creo que de tanto repetirlo, me lo creí; como que lo hice verdad.

Algo en mí se rompió, o cambió; viene a ser lo mismo. Y eché alas, que no a volar. Para eso me quedaría mucho. Me quedaría armarme de valor, de coraje, de un sentimiento brutal de escape que por propia inercia me lanzaría muy lejos. Y fue así: un día me desperté con este sentimiento, esta certeza, que me tenía que ir. Y me tenía que ir, y me tenía que ir.

Creía que me había vuelto loco, la verdad. Se lo dije a mis amigos, que me miraron extrañados: «¿Irte a dónde?» me decían. Ni yo lo sabía; ni lo sé. Pero ahí quedaba la pregunta suspendida en el aire, como un humo pesado que te ahoga lentamente.

Maleta hecha, ahora ando tomando el último café, pensando que se me ha agotado la ciudad, que no hay nad

—Perdona —me interrumpe un extraño.

—¿Sí?

—Esto va a sonar raro, pero… ¿puedo sentarme contigo?

“Justo ahora que me voy, ¿vienes? Ya te vale, Madrid: qué estrategia más rácana para mantenerme aquí” pienso.

—Claro, claro —digo. Aparto mis cosas, hago sitio; lo miro con curiosidad; espero.

Me mira también. Sonríe.

“No, no sonrías. No hagas eso. No me…”

Me arranca una sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta.

“Estoy aquí para irme”, quiero decirle.

—Estoy esperando —le digo, en vez de eso. Ay, la verdad cómo se escurre…

Me mira con decisión, por encima del borde de la taza que se ha llevado a la boca: toma un sorbo, y me dice:

—¿Esperando? ¿Esperando a qué?

Buena pregunta

 

¿Os habéis tomado alguna vez vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis exactamente a lo que sabe? ¿Sabéis, también, que quizá no sea vuestro último café… aunque todo estaba planeado para que así fuera?

El último café, tal vez no tan último | Dried Lavander

En busca del tiempo perdido.

Esta historia la he escrito tantas veces, que ya no me acuerdo. Ya no me acuerdo cuándo empecé, quién era, qué significaba. Ahora no sé por qué vuelvo a empezarlo, quién soy, qué significa. Pero sigue en el fondo de mi caótica mente y tengo que escribirla.

Era primavera. Era un 2 de abril de 2010. Hacía calor. Salía de casa con prisas —como siempre— y recuerdo que dejé la gata fuera en la calle. Nunca más. Al volver la vi atropellada en un lado de la acera y algo en mí también murió. Nadie conoce esa parte de la historia porque hasta ahora nunca me he atrevido a contarla. Pero ya han pasado los años y me estoy haciendo viejo de repente. Lo único que sé es que algo en mí cambio para siempre.

Ese tipo de cambio la gente no lo ve, porque no es una cana que te sale o una mancha en la piel; no es nada físico. Es algo dentro, muy dentro, en las opiniones y las ideas, y las neuronas, que te mantiene de pie y despierto día tras día, y le da sentido a esta existencia. Es, como dirían, un cambio profundo y radical, que no conoces hasta que pasa, como un huracán: primero te escondes, luego sales a ver qué ha quedado tras el desastre. 

Acostumbro a pensar en cómo funcionamos a cómo funciona un ordenador, con sus partes físicas, su código de programación y la interfaz. Nosotros somos iguales: somos unas partes físicas, un código de programación y la interfaz. La única diferencia es que nosotros estamos conscientes: que si nos quitan una parte física, nos duele; que si nos cambian el código, enloquecemos; y que si nos tocan la interfaz, o nos excita o nos cabrea. En otras palabras, nosotros reaccionamos y los ordenadores no.

Yo pienso que algo en mi código cambió aquel día. Concretamente, el programa mental que maneja la palabra «luego», mi mente lo enruta a otro comando, otro pensamiento; se reformula y mis sentimientos cambian. Cada vez que escucho o pienso en la palabra «luego», para mí no tiene sentido; no significa nada. Además, me dan retortijones. Reacciono fuertemente a la palabra, me quedo paralizado.

Cuando dejé a la gata fuera, pensé «luego te veo». Pero fue mentira. Fue tal el sentimiento de remordimiento y de culpa que sentí después que algo en mí se resquebrajó, y «nunca más». Aquel día no lloré, pero lloré después; ratifiqué mi error después; aprendí que «luego» no significa nada después. Cambié después.

Algunos pensaréis que qué tontería, qué nimiedad. Puede ser… Pero yo no controlo qué me cambia.

Ese mismo año entré en la universidad, me cambié de nombre, me hice un tatuaje, dejé de ser tímido y empecé a ser más atrevido, con las ideas claras; empecé a rebelarme. Y dejé de creer en la palabra «luego».

Tal vez desde entonces empecé a estar fijado con buscar el tiempo perdido, que es el tiempo que hay entre el luego y el ahora, ese tiempo que inevitablemente pasa y no computa. 

Más tarde, coincidencias de la vida quizá, aprendí que compartía el título con la obra insigne de Marcel Proust. Aunque nunca lo he leído, no sé si le estoy plagiando —lo siento—, pero quiero creer que el sentimiento es el mismo: que nos hallamos en pesquisas y preguntas sobre un tiempo…

que nunca es nuestro,
que no se tiene
pero que siempre se da,

que viene
y se va,
que se pierde
o se gana,
pero sin el cual, todo el rato, no podemos avanzar.

He escrito esta historia tantas veces ya,
pero parece que nunca termino,
que siempre estoy por empezar.
Que el tiempo está perdido, 
y perdido quedará. 

 

Quién

Tengo esta manía de volver sobre lo escrito, leerlo y releerlo, y releerlo, hasta que algo en mí se seca, mustio y cansado; hasta que no quede jugo de inspiración ni chispa de creatividad, quizá. Y eso es porque hay algo que el tiempo no me ha enseñado, y es a escribirlo todo. El tiempo me ha enseñado que es imposible, o casi: que por mucho que lo intente, siempre me quedará algo por decir, algo que expresar, algo que aclarar, algo que corregir. Siempre habrá una línea, o varias, que cambiar y reescribir; una palabra, o varias, que cambiar por sinónimos. Siempre hay algo que se puede escribir mejor, cambiar verbos y el orden de los vocablos… ¿O no? ¿Es lo primero que sale lo mejor que nunca saldrá?

Escribir es toda una exploración, una aventura hacia las entrañas de lo desconocido, del mundo, de todo. Escribir es un no parar. Es lo bonito. Como cualquier arte, uno nunca puede detenerse en un punto, cerrar el capítulo, terminar un libro. Tiene que seguir después de la coma, más allá de la página, siempre comenzando otro libro. ¿Pero qué puedo decir yo de escribir, si estoy sólo empezando?

Venía pensando hoy en quién soy. Y la única metáfora que conozco es la de escribir.

Desde que tengo memoria siempre me he estado haciendo la pregunta: ¿quién soy?, y pensar ahora que nunca lo sabré… me da miedo. No es miedo de terror, porque hay algo muy bonito en estar siempre a la aventura, cada día aprendiendo algo nuevo —¿cuándo no aprendes algo nuevo?— de ti mismo. Es más bien un miedo de que siempre volverá esa pregunta, ¿quién soy?, sin que nunca esté completamente respondida. Y es eso, estar siempre colgado de la interrogación, lo que me da miedo.

¿Soy el que escribe? ¿Define eso quién soy? ¿O soy lo que escribo? ¿O ambas? ¿Soy el futuro que he decidido perseguir, la carrera que he decidido estudiar, las cosas que hago para ello? ¿Soy eso? ¿O soy la esperanza, el cambio, el sueño, el deseo…? ¿Soy la intención de… de lo que sea? ¿O soy simplemente mi físico: un hombre, mestizo y moreno, de pelo rapado, ojos marrones? ¿O soy algo más, una mente y un espíritu unidos en armonía? 

¿Quién soy?, me pregunto mientras salgo a correr bajo un sol que me pica en la nuca: ¿soy este hombre, el que sale a correr, el que quiere escapar, el que busca ser un poco mejor? ¿Son mis pasos lo que me definen, o soy yo quien define mis pasos? ¿Soy el que elige o hay algo de quien soy que es puro accidente? ¿Soy una causa o un efecto de la vida? ¿O acaso soy el producto de ella, un cúmulo de experiencia y conocimiento? ¿O soy algo más? ¿Algo menos?

¿Quién soy? ¿Soy mi alma? ¿Tengo una? ¿Tengo dos? ¿Soy cuántas vidas, o cuántas vidas puedo ser? ¿Soy quien he sido, quien seré, quien quiero ser? ¿O soy lo que puedo ser, sin más? ¿Soy el mismo para todos mis amigos, o soy distinto para cada uno de ellos? Si cambio con el tiempo, ¿quién soy? ¿Puedo ser uno, o varios? ¿Cómo puedo estar seguro, jamás, de quién soy?

Son demasiadas preguntas, lo sé. Pero es lo que tiene ser: que da para mucho juego.

Siempre que me preguntan: ¿quién eres?, me veo repitiendo la pregunta en mi cabeza “¿y quién eres?”, y siempre que me veo respondiendo, siempre es una respuesta a medias, como si estuviera contando una media-verdad, lo que no deja de ser una mentira. ¿Acaso soy una mentira, una ilusión, una máscara de quien soy en realidad? ¿Y si realmente soy solamente eso, una mentira del tiempo?

¿Soy mi nombre, el lugar del que vengo, mi nacionalidad, mi etnia? ¿Soy un estado emocional, un momento, un estado físico? ¿Quién soy?

O… ¿lo soy todo y no soy nada?

Desde que tengo memoria me he hecho esta pregunta. Años han pasado desde que —aparentemente— dejé de hacérmela, pero hace unos días volvió como un pulso que siempre está ahí y dormita, y durante todo este tiempo he creído que la edad da las respuestas que buscábamos en el pasado. Más curioso es, no obstante, descubrir que la edad me ha traído más preguntas si cabe. No supe entonces quién era, y aunque soy más viejo y sé un poquito más, aún no sé quién soy. De hecho, puedo decir que sé menos sobre quién soy ahora que antes. ¿Qué ha cambiado? Que antes esperaba saberlo algún día y ahora sé que no tengo por qué saberlo. Que para vivir, para efectivamente ser quien soy, no necesito saber quién soy. Eso es lo bonito del ser al fin y al cabo. 

Que como escribir, lo bonito de ser quienes somos es que nos vamos descubriendo constantemente a lo largo del camino. Porque somos, en fin, una historia siempre inacabada que ni debe, ni puede, ni tiene que estar acabada. Es una odisea por la vida, ésa es la verdadera respuesta a quién soy.

El cambio

Por un momento, necesito parar, detenerme y mirarme los pies. Y las manos. Y la cara. Necesito mirarme y admitirme, de una vez por todas, que esto, lo que he obtenido hasta ahora, no es lo que he querido. Pero que la vida es un accidente y me he visto empujado aquí casi a la fuerza. Y de esas cosas, la verdad, uno no puede escapar cuando tiene una vida abocada un poco a la miseria —y al capricho del destino—.

Y me miro y veo un fantasma que me devuelve una mirada oscura a través de un espejo resquebrajado. Y ¿quién eres?, resuena su eco de voz. Y me sigue mirando a través del cristal roto, intentando averiguar mil cosas que, voy a admitirlo ya, nunca he conseguido resolver. El espejo está roto por una razón, y es que nunca me atreví a arreglarlo. Es así de simple. Y durante todo este tiempo a través de las grietas se han estado colando y escapando las preguntas colgadas, los fantasmas que me persiguen y que tanto temo, el pasado irresoluto e irresoluble… Toda esa materia que está atrapada tras las apariencias, la máscara, las rupturas y el silencio, gran silencio.

Parece que no hay nada, sólo un reflejo tras otro, una ilusión que da paso a otra sin que ninguna de las dos sea sueño o realidad. En realidad, lo que hay ahora es algo borroso, algo extraño, algo indefinido que dice que todo, y nada, puede pasar. Y no sé qué temo más, si el todo o la nada. Bueno, a ésta estoy acostumbrado, pero uno puede seguir temiendo a la rutina, ¿no? 

Las palabras pueden consolarle tanto a un corazón que ha dejado de soñar. Joder, me han consolado tanto a lo largo de los años, pero esta vez… Esta vez no dejo de dar vueltas a frases inacabadas intentando buscarle otro sentido a esta historia que me ha tocado vivir. Y es que necesito pararme ahora o si no temo que será demasiado tarde cuando decida hacerlo mañana, cuando ya lleve demasiadas huellas que borrar. Necesito parar y mirarme los pies, y las manos y la cara; todo eso que todavía es mío y que aún puedo controlar. Y necesito ver si esta historia, este otro verano que corona otro junio, tiene más versiones que ésta; si puedo reescribirme y seguir. 

El verano, ese tiempo de cambio, de promesas, de sueños; de cosas que pueden pasar, que están a la vuelta de la esquina, o a un salto, un beso, una mirada de distancia. El verano, esa época de cambiarse de ropa, de salir a la calle e ir a un parque, de liberarse de todo el frío y todo un año encerrado en obligaciones. Yo también necesito un respiro dentro de poco, ahora que es verano, y ver si tendré esa oportunidad para escribir bien todo lo que tengo, debo, pienso, quiero… necesito escribir. Y parar y cambiar. 

En tierra de nadie

No sé si lo sabes, pero me has embrujado desde lejos.

Durante mucho tiempo he estado andando otros desiertos y otras ruinas en mi corazón. He andado largos caminos haciendo preguntas imposibles contra el silencio sin obtener nada, y he estado vagando solo en tierra de nadie, hacia tierra de nadie. Pero has llegado tú y parece que este hechizo se está rompiendo poco a poco, y me hallo en una nueva tierra; tengo miedo. Tengo ahora otras preguntas imposibles sobre este territorio desconocido en el que me encuentro, caminando ahora con cuidado contra el ruido que está arreciando en mi cabeza, sobre ti, sobre lo que pueda pasar…

Sólo te pido: dame paz. Eso es lo único que te pido.

Imaginar, amor

No tengo mucho tiempo estos días para otras cosas, pero tengo tiempo suficiente para imaginar y pensar, y creer. Y atrapado como estoy, me pregunto: ¿hasta dónde debería llegar nuestra imaginación con el amor, hasta dónde tenemos que dejarnos llevar hasta que el corazón se ha estirado demasiado? 

El miedo tiene todas las respuestas, pero ésas no me valen. Ya no. No sé qué respuestas me valen ahora mismo, la verdad; sólo tengo preguntas.

Y sobre todo, ¿es aconsejable imaginar con el amor cuando uno tiene un corazón tan propenso a la locura? Lo digo porque no me parece ni seguro ni sano, pero el amor tiene algo de peligro, sobre todo —según me dicen— el que merece de verdad la pena. Este tipo de amor siempre requiere algún tipo de sacrificio.