Borradores

¿Os ha pasado que tenéis mucho que decir, pero no sabéis cómo: lo único que se os ocurre es escribir un texto tras otro, sin final, guardándolos pensando que “hmm, ya se me ocurrirá algo, sí; ya lo terminaré”, pero el tiempo pasa y el borrador sigue ahí, esperando?

O por el contrario, ¿no os ha pasado que no tenéis mucho (nada) que decir, pero queréis escribir de todas formas y, en un intento de encontrar las palabras, lo único que obtenéis son 1001 borradores incompletos, sin cabeza y sin fin, troceados y descuartizados, caóticos y un poco esparcidos por todos los rincones de la mente?

Una de dos, o dos de dos: estos días estoy como acumulando borradores y no sé qué hacer con mi vida. ¿Y la verdad? Me siento un poco atrapado.

Tal vez sólo sea… que tenga mi vida en borradores.

Simplezas

—¿Quieres quedar?

Algunas veces lo pienso y quiero enviártelo. Te veo y de verdad que lo pienso. Después de todo, sólo hace falta una frase, un segundo, un tecleo, un clic del botón: enviado. Ya está. Así de simple. Pero luego me doy cuenta de que no es tan simple, ¿verdad? Sólo te quiero decir eso; todo lo demás vendrá después, ¿no?

Dime que sí, sólo dime que sí.

Decir

De todo lo que puedo decir, también puedo no decir. Y eso, curiosamente, también dice algo; digo algo, aunque no sé exactamente el qué. Que la cuestión no sea: ¿decir, o no decir?; todos sabemos que, incluso callando, se otorga, ¿sabéis lo que quiero decir?

Una reflexión

¿Qué es una reflexión? ¿Es acaso sentarse en la habitación en penumbra y en silencio mientras el tiempo martillea en el pasillo, y madre parece ajena? ¿Es acaso el producto de la soledad? ¿Es la reflexión una materia de preguntas sobre el mundo, y qué mundo sería ése? ¿Es escuchar el viento batir contra ventanas y árboles allá afuera, donde el cielo ruge y la tierra tiembla? ¿O la reflexión es lo que sale cuando me paro a pensar en tu nombre y los besos que nos daríamos si nuestra historia fuera real? ¿Es la reflexión, tal vez, una cosa del tiempo? ¿O una materia que evoluciona con los sentimientos? ¿Acaso es pararse a pensar mientras el calor arrecia en el cielo de junio y el sol de la tarde brilla fuerte a través del canto de mil pájaros? 

¿Qué es una reflexión?, me pregunto, mientras me hallo sentado en silencio ante el escritorio de mi habitación y el tiempo martillea en el pasillo, y mi madre parece ajena. Me pregunto lo de la reflexión mientras estoy solo y me hago todas las preguntas posibles sobre este mundo que se me ha quedado pequeño; mientras escucho cómo el viento sopla fuerte y viene de lejos, contra ventanas y árboles por igual, bajo un cielo que ruge de tormenta y la tierra tiembla a la espera de la lluvia. Me pregunto qué es una reflexión mientras pienso en tu nombre, en quién eres y los besos que me gustaría darte si la historia que me cuento en mi cabeza fuese real, si todo lo que dijera fuera no un cuento, pero un recuento de algo que pasa; reflexionar es lo que hago ahora, días después de las primeras palabras, cuando ya no hay tormentas ni vientos, sino un calor que arrecia en este cielo despejado de junio a las puertas de otro verano, y me pregunto qué verano sería… 

Me gustaría decir: una reflexión eres tú… Pero lo cierto es que una reflexión es sólo un momento: un pasajero del tiempo, un instante, una mirada perdida, un sentimiento fugaz. Una reflexión es poesía del alma, una melodía silbada en la lejanía, una brisa ligera en la cima de una montaña. Una reflexión es como un grano de arena en el desierto, una gota de agua en el océano, un copo de nieve en el norte. Una reflexión es una sombra, un destello, una estrella fugaz que viene y se va, te desea y se cumple. Una reflexión es un humo que se arremolina a nuestro alrededor, se evapora y desaparece, pero deja un aroma poderoso, de nostalgia quizá, de fugacidad, de algo que es efímero y eterno al mismo tiempo. Una reflexión es… ¿Qué es una reflexión? 

Qué demonios, una reflexión eres tú. Así de simple. 

Ya es enero

Todo lo que quiero decir, no sé decirlo. Todo lo que pude decir, creo que ya lo dije, y ahora, al comienzo de otro capítulo en esta historia que se acaba, acumulo sólo líneas de silencio.

Afuera hace frío: la roca está fría, el camino está frío, la lluvia está fría, el horizonte está frío; hasta el sol está frío. Aunque hace semanas que los cielos están despejados, que las nubes del Atlántico se han olvidado de venir, sigue siendo invierno. Ya es enero.

Los romanos creían que el invierno no tenía meses, que el otoño acababa en la primavera. Muchas veces me parece que a partir del 21 de diciembre el tiempo se para: ni pasan los momentos ni los años; de repente nos veremos en otro 21 de marzo, salidos de algún largo sueño profundo y temporal, cuando el sol volverá a retomar su trono en el cielo lentamente y el calendario volverá a pasar sus hojas, dejando atrás el gélido recuerdo de un invierno que, aunque me cueste creerlo, también dura solamente tres meses. Volverán así los años a la tierra y, nada más comenzar, ya habrá otra cuenta atrás hasta que el tiempo vuelva a parar, en otro diciembre, cuando otro año termine sin terminar, pasando en nuestros corazones añejos. Cada vez más añejos.

Llevo días intentando averiguar qué escribir, intentando ganarle esta silenciosa batalla al silencio, pero el tiempo no se para a que piense, y todo el tiempo que he ganado… sólo se está haciendo destiempo que pierdo.

Lo cierto es que no quiero comenzar este enero con más líneas en blanco, historias de silencio, deseos negligenciados, como si este anhelo no me ardiese con palabras. Pero este silencio tiene confusos sentimientos encontrados que aún no tienen sus renglones en mi corazón, aunque sea enero y parece que todo vuelve a empezar.

Ay, ya es enero… Pronto volverá todo, incluso estas historias que hibernan y sueñan.

Río Jarama, Madrid, en enero | Fotografía de Pilar Pequeño