Borrar los borradores

Ha llegado ese día. Ese día de mierda cuando hay que borrar cada borrador que nunca publiqué y no seguir esperando a publicarlo algún día. Llegó ese día cuando tengo que dejar de estar amarrado por lo que se quedó escrito pero nunca se dijo. Porque ya no importa. Llegó el día de olvidar y no tener remordimientos. Hacer borrón y cuenta nueva. Porque ya no importa. Porque no se puede seguir viviendo las mismas líneas. Porque no hay que estar tan aferrado a cosas que no existen, o que nunca existieron. Darles un valor más allá de lo personal (y es que es muy personal). Confieso que es como despedirse de alguien; dejarle ir y que duela. Quizá existe una rabia oculta, profunda, desconocida. No es fácil, pero llega el día que es necesario. Y cerca del final, sigo con las mismas dudas: cómo hacerlo, con qué me voy y qué dejo; de qué me deshago, con qué me quedo. Todavía hay muchas emociones de pertenencia, de apego. Pero ha llegado ese día en el que… ya no me sirve de nada decir hoy lo que pude decir ayer. Y que lo dejé pasar. Pero hay que seguir. Seguir viviendo, seguir soñando; seguir escribiendo.

El verano del silencio

Se acabó otra semana y pronto terminó septiembre. Tan pronto como comenzó, llegó a su fin. No hubo momento de despedida ni de saludo; vino y se fue. Como un dulce sueño que se olvida rápidamente por la mañana. Parece que nunca pasó. 

Pero el otoño acaba de empezar, al menos en las horas tempranas cuando la noche se alarga y el frío aprieta la sábana. Mi garganta resentida ahogando un grito, mis labios resquebrajados pensando si un beso podría curarlos y el cuerpo encogido bajo el edredón buscando el calor entre tanta soledad, lejos del escalofrío. 

Vuelve a amanecer otro octubre y su luz fría apuñala la oscuridad de mi habitación. Es fría, pero aún brilla con la memoria de un último verano que se hace de rogar.. A mediodía el sol sigue picando la nuca y el camino de polvo sigue implorando un trago de lluvia. Pero ya es otoño, ya es octubre. 

Lo sé porque el quejigo ya ha perdido algunas hojas. Al igual que el castaño en la ciudad; el parque lentamente se desnuda. El campo brilla dorado, pero pronto lucirá el musgo esmeralda bajo la niebla fría, y el granito se oscurecerá bajo la tormenta. ¡Ay, cuánto echo de menos la lluvia! Incluso el olivo está cansado de este largo verano. Pero los vientos están cambiando, lo noto; seguimos esperando. 

Mientras ocurre todo esto afuera, el silencio arrecia en mi interior. Con este lento cambio, parece que acalla un poco y vuelven algunas palabras; pero sigo callado. Sigo sin historia y sin cuento. Sigo bloqueado en el blanco apretando los ojos para distinguir las siluetas negras de la fantasía, pero no distingo nada. Todo es tan difuso. Sólo acumulo borradores y frases sueltas. Y mientras hable el silencio, yo callo… 

Se me ha ido alguien…

… y me sangra el corazón, no en tinta, sino en silencio. Tanto silencio que ensordece, que grita en mí una historia, pero es toda una historia que no dice nada.

Todo son ahora frases rotas, palabras a medias, sentimientos callados y sollozados contra el vacío.

Y es que la muerte no pesa por los que se van y nos dejan, ni por los vivos que nos quedamos atrás. Ni siquiera pesa por todo el pasado y la memoria que se nos cae encima de golpe. No. La muerte pesa por el vacío que deja: el irreparable, irremediable, irremplazable, insondable, incolmable vacío. Paradójicamente, también es un vacío ingrávido, lleno de memoria, que flota y tira, tira muy fuerte de nosotros hasta que nos deja por los suelos, nos arrastra… y nos absorbe. 

Parece un poco morboso hablar de la muerte así, tan de seguido, obsesionándose con cada detalle sentimental que nos evoca. Pero al igual que nos atormenta —porque es que nos atormenta: nos embruja, nos persigue, nos tortura—, hay algo muy liberador, muy aliviador, en hablar tan profusamente de la muerte: hablar así, al detalle, languideciendo (en) las palabras. Y es que estas palabras, aunque ahogadas en lágrimas, parecen conjurar el alivio; lo invocan. Cierto que estas palabras son ahora espectros y divagan por nuestra mente sin meta, sin camino, sin propósito, sin destino; merodean en nosotros, apesadumbrándonos, afligiéndonos, adoliéndonos; pesarosas palabras. 

Pero son palabras que viajan, que siguen, que por pura inercia tiran de nosotros. Nos sacan de la penumbra, poco a poco, y nos devuelven a la realidad —o la irrealidad— de la muerte. Nos devuelven a la corriente de la vida, aunque estén siguiendo la corriente de todo aquello que ya ha pasado: que se ha ido, que ha fenecido, que ha sucumbido, que nos ha dejado y se hace recuerdo fino, lentamente olvido…

No. Olvido nunca. Pero devotamente se desea que sea así. Aunque sea olvidar que la muerte, eso que tanto evitamos nombrar pero que tan presente tenemos en nosotros, haya ocurrido; que no podemos creer que haya ocurrido; que en estas ocasiones no puede haber ocurrido. 

Se me ha ido alguien y no puedo hacer más que callar: callar en un angustioso silencio que me empequeñece, que me desgarra por dentro y me encoge, me quita el suspiro, me roba el pensamiento, e incluso el sueño… 

Se me ha ido alguien, así que perdonadme el silencio.

Te has ido… | Ian Blázquez

Te echo (de menos)

Algunas veces, cuando te echo de menos… también te echo de más. Porque me sobras. Ya no es que me faltes; es que de tanto vacío me colmas. Es una paradoja del sentimiento, pero ¿qué sentimiento no es una paradoja?

Y es que ahora, cuando digo “te echo de menos”, susurrado en el silencio de la noche —no vaya a ser que me escuches—, en realidad lo hago para expelerte. Como si de un remedio desintoxicante se tratase, o un conjuro. O un exorcismo (del corazón). Porque algunas veces siento que si no digo “te echo de menos”, exploto. Que te me acumulas muy adentro y me ahogas, y necesito aliviarte. Así que lo digo constantemente: “te echo de menos, te echo de menos, te echo de menos”. 

Pero no porque en realidad te eche de menos, sino más bien lo contrario: que simplemente te echo de más… y así, finalmente, te echo

 

Última oportunidad

Qué tontería, ¿no? En mi cabeza me digo lo de la última oportunidad y todas esas memeces, pero en la realidad no te estoy hablando: no te digo hola-qué-tal ni cómo-ha-ido-el-día, ni todas esas cosas tan simplonas que, quiero imaginarme, te hacen sonreír al otro lado de la pantalla. En fin, que me estoy diciendo lo de la última oportunidad, pero ni siquiera estoy aprovechando la primera

Lo que estoy haciendo, sin embargo, es escribir todas estas palabras intentando averiguar. . . nah, viviendo una fantasía. Así de sencillo. Porque últimamente eso es lo que hago con mi realidad, la vivo como en diferido. Más bien alejado del rechazo, del miedo, la duda, cobardemente. Busco un refugio —esa famosa zona de confort— en estas líneas, en verdad barras de la prisión de mi imaginación, sintiéndome seguro y protegido, y conjeturando sobre la realidad que pasa ahí afuera, que es fría, que es ventosa, que es cruda y, sólo algunas veces, también cruel. 

¿Pero qué sabes tú de crueldad? Qué sabe nadie, en realidad, de crueldad. Hablamos de lo cruel, de lo cruento incluso. Que por cierto, cruento es mucho peor que cruel: todo lo cruento es cruel, pero no todo lo cruel tiene que ser cruento. En fin, que no sabes nada. Que lo que estás haciendo —haciéndote, si me permites afinar— sí que es cruel: fantasear sobre la realidad vista desde lejos, acomodado en tu escritorio, entre tus palabras, a golpe de papel y tinta. Nada más. Yo considero eso cruel, porque las historias de verdad, con las que uno se ensangrenta y se encalla las manos, se llena los ojos de lágrimas, se anuda la voz, siente mariposas revoloteando en el estómago y escalofríos en la noche gélida, aprende lecciones… Ésas, están ahí afuera. Como tú mismo dices: en el mundo frío, ventoso, y crudo. Y uno tiene que salir ahí afuera a vivir esas historias; sufrirlas, si me permites. Sentirse al límite, precipicio a precipicio, al borde del abismo. Como si estuvieras a punto de morir. Pero no. Porque en ese mismo momento, alcanzas al cénit de la vida. Todo lo que no sea eso… es cruel. 

No sé si crees en las últimas oportunidades, pero yo algunas veces sí. Algunas veces. Algunas veces, después de la primera y la segunda, no sólo van la tercera y la cuarta… Van las que sean, las que hagan falta. 

Lo irónico es que creo en eso, pero también me da miedo.

Porque —creo que necesariamente— si crees que hay una última oportunidad, es que crees que éstas pueden acabar. Que irremediablemente llegan a su fin, sin vuelta atrás ni manera de volver a empezar de cero: resetear el reloj; que los granos vuelvan a subir por el cuello de cristal, se detengan, respires, y entonces empiecen a caer de nuevo. Y alivio, no es el fin.

En este caos de granos de arena, tiempo, creencias y oportunidades… siento que ésta es la última. Creo que ésta es la última. Sé que soy gilipollas, pero siento que ésta es la última de todas las oportunidades que pueda tener contigo: es la última que tenemos para conocernos, para salir y tomarnos ese café tan soñado y prometido, para descubrir si hay una historia de verdad entre nosotros o, por lo contrario, tenemos que dejarnos, callarnos, olvidarnos y, finalmente, convertirnos en uno más del pasado.

Qué tontería, ¿verdad? Que hable de estas últimas oportunidades cuando en realidad nunca te he hablado de verdad, nunca he comprobado si estos sentimientos de duda tienen fundamento, si todo este castillo de naipes en mi cabeza es real, o sólo eso: otro castillo de naipes donde barajo últimas oportunidades sin nunca aprovecharlas. 

“…otro castillo de naipes donde barajo últimas oportunidades sin nunca aprovecharlas”. | Rafal Olbinski

Brevemente

Ahora soy todo silencios, pero mis palabras son constantemente como los suspiros; breves, pero seguros, como las miradas intercambiadas por un momento en uno de los vagones del tren que pasa por delante; como la sonrisa lejana que se pierde en la multitud al paso del paso; como una hoja que cae en otoño entre mil otras hojas que caen; o el copo de nieve que cuaja en la noche. Mis palabras-silencios son tan seguros, pero tan breves, como la llamarada de una hoguera encendida en la noche estrellada de verano, o el fino humo de un café caliente que se desvanece en una fría mañana de invierno; como el abrazo largo que nos sabe a poco de los amigos, o el beso suave de una madre que despide a su hijo en el aeropuerto, hasta más ver. O incluso, el beso amante que se da en los portales vestidos de despedida. Soy breve como el primer rayo de alba que cruza el horizonte por la mañana, y también el último que se hunde en el horizonte de la tarde. Y breve también, si uno se descuida, como la estrella fugaz que corre, corre, corre atravesando el cielo y se hace deseo. 

Soy un segundo que ya es pasado, otro minuto que se acorta, la hora que pasa, el tiempo que corre, el día que apremia, la noche que sigue; la vida que avanza a pasos grandemente cortos, cortamente grandes. 

Breve, de silencio y de palabra. Pero breve. 

En busca del tiempo perdido.

Esta historia la he escrito tantas veces, que ya no me acuerdo. Ya no me acuerdo cuándo empecé, quién era, qué significaba. Ahora no sé por qué vuelvo a empezarlo, quién soy, qué significa. Pero sigue en el fondo de mi caótica mente y tengo que escribirla.

Era primavera. Era un 2 de abril de 2010. Hacía calor. Salía de casa con prisas —como siempre— y recuerdo que dejé la gata fuera en la calle. Nunca más. Al volver la vi atropellada en un lado de la acera y algo en mí también murió. Nadie conoce esa parte de la historia porque hasta ahora nunca me he atrevido a contarla. Pero ya han pasado los años y me estoy haciendo viejo de repente. Lo único que sé es que algo en mí cambio para siempre.

Ese tipo de cambio la gente no lo ve, porque no es una cana que te sale o una mancha en la piel; no es nada físico. Es algo dentro, muy dentro, en las opiniones y las ideas, y las neuronas, que te mantiene de pie y despierto día tras día, y le da sentido a esta existencia. Es, como dirían, un cambio profundo y radical, que no conoces hasta que pasa, como un huracán: primero te escondes, luego sales a ver qué ha quedado tras el desastre. 

Acostumbro a pensar en cómo funcionamos a cómo funciona un ordenador, con sus partes físicas, su código de programación y la interfaz. Nosotros somos iguales: somos unas partes físicas, un código de programación y la interfaz. La única diferencia es que nosotros estamos conscientes: que si nos quitan una parte física, nos duele; que si nos cambian el código, enloquecemos; y que si nos tocan la interfaz, o nos excita o nos cabrea. En otras palabras, nosotros reaccionamos y los ordenadores no.

Yo pienso que algo en mi código cambió aquel día. Concretamente, el programa mental que maneja la palabra «luego», mi mente lo enruta a otro comando, otro pensamiento; se reformula y mis sentimientos cambian. Cada vez que escucho o pienso en la palabra «luego», para mí no tiene sentido; no significa nada. Además, me dan retortijones. Reacciono fuertemente a la palabra, me quedo paralizado.

Cuando dejé a la gata fuera, pensé «luego te veo». Pero fue mentira. Fue tal el sentimiento de remordimiento y de culpa que sentí después que algo en mí se resquebrajó, y «nunca más». Aquel día no lloré, pero lloré después; ratifiqué mi error después; aprendí que «luego» no significa nada después. Cambié después.

Algunos pensaréis que qué tontería, qué nimiedad. Puede ser… Pero yo no controlo qué me cambia.

Ese mismo año entré en la universidad, me cambié de nombre, me hice un tatuaje, dejé de ser tímido y empecé a ser más atrevido, con las ideas claras; empecé a rebelarme. Y dejé de creer en la palabra «luego».

Tal vez desde entonces empecé a estar fijado con buscar el tiempo perdido, que es el tiempo que hay entre el luego y el ahora, ese tiempo que inevitablemente pasa y no computa. 

Más tarde, coincidencias de la vida quizá, aprendí que compartía el título con la obra insigne de Marcel Proust. Aunque nunca lo he leído, no sé si le estoy plagiando —lo siento—, pero quiero creer que el sentimiento es el mismo: que nos hallamos en pesquisas y preguntas sobre un tiempo…

que nunca es nuestro,
que no se tiene
pero que siempre se da,

que viene
y se va,
que se pierde
o se gana,
pero sin el cual, todo el rato, no podemos avanzar.

He escrito esta historia tantas veces ya,
pero parece que nunca termino,
que siempre estoy por empezar.
Que el tiempo está perdido, 
y perdido quedará.