Mensaje privado

¿Aún me miras? Vaya pregunta. Sé que ya no. Sé que, en el fondo, mis palabras son olvido y tus noches han vuelto a la normalidad. Sé que ya no te hace falta ese mensaje privado que parecía arreglarlo todo por un instante. Después de todo, era un mensaje que nos aproximaba a un sueño.

Creo que yo era ese sueño. Tu sueño. Pero desde el momento en el que dejaste de contestarme, cuando me enviabas silencios por respuestas, sospeché que debía tener miedo. Y en efecto, tuve miedo. Mucho más de lo que me hubiese gustado. Eso lo admito ahora, que han pasado casi dos años. Ahora que estamos metidos de lleno en el olvido, pero sin que seamos aún historia. Es ahora cuando admito que me entró cague al pensar que podría ser tu sueño. Por lo que pudieras esperar de mí. Demasiadas expectativas que cumplir. Y me sentí presionado bajo el peso y quise escapar. ¿Al final que pasó? Que nos rompimos el corazón mutuamente.

Y ahora que lo vuelvo a pensar, creo que no podríamos haber escapado de otra manera: era la única. Como romper un hechizo, tenía que ser de golpe. Como un sacrificio. Aquí caímos los dos. Un destello de luz. Bum. Salimos despedidos en sentidos opuestos, a una velocidad vertiginosa, contando los segundos hasta dar contra el suelo con un golpe seco. Y doloroso. Muy doloroso. A eso nos abocaron las palabras, los mensajes privados; la poesía, quizá. Quién sabe qué nos abocó al fin. 

Pero ahora repaso todo lo que tuve que decir(te), todo lo que quise decir(te), y ya no siento nada. Ya no se me raja el corazón —prueba de que ya te he superado, en parte—. Ya no siento la rabia o la frustración, o incluso la ira. Frustración, porque fui yo quien escribía esos mensajes y tú quien los leía. Ira, porque tú decidiste dejar de contar esta historia y hacerla silencio. No hubo más que ponerle punto y final, y seguir. Cerrar el capítulo, pasar página.

Sin embargo, algunas veces me dan momentos de nostalgia. Vuelven los recuerdos. Las memorias no mejoran y algunas veces un sentimiento —exactamente no sé cuál— me sobreviene. Y me pregunto: ¿por qué sigues reclamándome las palabras?

«Porque tú también me quisiste», imagino que me respondes.

Vuelvo a pensar en los mensajes, en todo lo que pude decirte y que no te voy a decir. Es una empresa inútil, lo sé. Pero me entretengo mientras tanto. Mientras se disipa ahora la nostalgia y se hace el olvido. Me calmo y vuelvo al presente. El pasado se consolida, una vez más, como ese objeto abstracto lejano que se mueve en vaivén, como un péndulo que se marca, curiosamente, al mismo ritmo que el segundero del reloj. Tic tac, tic tac. Éste hubiera sido, tal vez, uno de esos mensajes privados que te hubiera mandado, pero ya no hay motivos para que sea así. 

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A Quien Respecte,

Te he vivido como un sueño. Otro de esos sueños que tengo que un día sueño cumplir. Luego desperté y te escribí una carta que se quedó en borrador, porque tuve miedo y lo dejé pasar. Todavía lo tengo, pero pronto lo borraré. Mientras tanto, aún está ahí, recordándome que aún existes, que aún estás en mi cabeza. Pero ¿ahora qué? Cuanto más tiempo pasa, más nos hacemos olvido; el sueño se diluye, tú te alejas, la ilusión se hace fina. Es cierto: te he vivido como un sueño, hasta que comprendí que los sueños sólo son sueños. Que todo fue una ilusión; ahora es ceniza consumida. Pronto pasará el tiempo suficiente para decirte adiós. Adiós, y que fue bonito mientras duró. Adiós… y gracias. Sí, te he vivido como un sueño, pero se me acabó la ilusión.

Me siento otra vez ante este escritorio. La ventana abierta a mi lado lentamente derrama una brisa fresca y se cuelan los ladridos almohadillados de los perros de otro barrio. El zumbido lejano del ventilador en la habitación de mi madre hace coro con el martilleo del reloj del pasillo. Tic, tac, corre el tiempo, no pasa nada. La casa suena hueca; la calle suena a grillos. Suena a verano. Juro que también suena a estrellas. Pero la realidad es distinta: no suena a nada, a farolas viejas y vecinos dormidos a la una de la madrugada de un lunes ya vencido.

Y yo quiero escribir algo original. Quiero derramarme en palabras. Quiero explotar. Quiero extenderme hasta que no haya papel o líneas. Pero no tengo nada. No hay ninguna onza de mi ser, ni un suspiro, que diga nada. Una moto, mientras tanto, pasa rauda y pronto parece que nunca pasó. El gato ha abandonado la cocina y maúlla en el pasillo donde se magnifica y parece que está gritando.

De entre esta bruma que me perjudica, no dejo de pensar en ti y en lo que llegaste a significar para mí. Nos conocimos de coña una madrugada en ese infame chat. A pesar de que muchas noches no hay nadie, soy un callado adicto a la esperanza: vuelvo a leerlos, a todos los desesperados, esperando encontrar a alguien como tú —aunque parece ser que cada vez hay menos—. La verdad es que no hay vergüenza en esta confesión; hay más bien coraje. Porque creo que hay que ser un poco valiente para volver a cometer la misma locura noche tras noche esperando algo cuando no hay nada.

No dejo de darle vueltas a las razones por las que nunca nos conocimos. Esta historia es así de patética: nunca pasó. No dejo de pensar en tu nombre como si quisiera invocar algo, una especie de señal. No dejo de pensar en esa sonrisa que nunca he conocido pero que me imagino mil veces. No dejo de pensar en tu voz. Es lo único que jamás conoceré. Y ya con eso me embrujas. No dejo de pensar en todos esos gustos que parece compartimos, pero que nunca disfrutaremos juntos. No dejo de pensar en la historia de tu vida, que no conozco y que ya es demasiado tarde para conocer. Ha pasado casi un año desde aquella noche en aquel chat, pero no dejo de pensar en ti.

Esta historia es patética porque ya me di por vencido. Hace un par de semanas sopesé que todas mis oportunidades habían caducado. Así que finalmente borré tu número en un intento de olvidarte; dejar de mirar tu foto y esperar a que pasara algo sin hacer nada. Borré tu número para no recordarme todos los días que estás en mi vida sin estarlo. Borré tu número porque así parece que ya no estás, aunque no deje de pensar en ti.

La culpa, obviamente, es que nunca amasé el coraje suficiente para decirte nada. Así que esto es, otra vez, la patética historia de mi cobardía. Pero no pasa nada. He sobrevivido a cosas peores. Siempre he salido adelante; al final siempre llega el olvido. Pero como con cualquier ruina, debe quedar evidencia: y he aquí la de esta historia. Que lo diga significa que no me estoy volviendo loco, que aún queda algo de cordura en mí. Quizá así evite implosionar y hacerme algo fino, como de humo, insignificante, callado… Porque que calle, no significa que no piense aún en ti. 

No pasa nada

De repente, el mundo se ha vuelto frío y olvido, y silencio. 
Y no pasa nada. 
Vuelvo a estas calles de blanco buscando refugio
porque me bullen las palabras. 
Pero no pasa nada. 

Escribo líneas que casi son súplicas, 
pero no pasa nada. 
Líneas que son casi lágrimas; 
no pasa nada.

Nadie lo ve, nadie lo siente; 
no pasa nada. 
Todo es quietud, gritos en mi mente
porque no pasa nada.

¿Cuándo se irán estos días
de no pasar nada?
¿Cuándo volverá la poesía, 
la risa, la normalidad anhelada?
Pero no pasa nada. 

Me siento solo, pero es una ficción; 
no pasa nada. 
Es el mundo, es la ilusión 
porque no pasa nada. 

Es no dejarse llevar
por el silencio y la vida; 
no pasa nada. 
Es ver y pensar
en demasía
aunque no pase nada.

Pero estas palabras
me consuelan el silencio; 
ahí donde no pasa nada
tengo todo un universo entero.

Y es en cuentos y en metáforas
donde encuentro el sentido y la vida, 
aunque no pasa nada, 
es un momento de felicidad bien recibida. 

“¿Has estado alguna vez solo en una habitación abarrotada?” | Mia Boas

 

 

Besos fríos

Me meto en las sábanas y aún puedo oler su aroma. Se ha ido lejos ahora, pero sigue tan cerca. Juro que puedo sentir su piel sobre mi piel cuando me acuesto, y deseo soñar con que aún estamos juntos, pero sólo puedo recordar que estamos en camas aparte.

Ahora es el frío lo que se cuela bajo las mantas sin permiso y me abraza, pero yo no lo quiero; te quiero a ti.

Me paso noches enteras pasándome los dedos por los labios, como tú lo hacías, antes de que me besaras suavemente. Y cómo me besabas… Me paso instantes eternos recordando cada segundo de tus besos, labio a labio, calor a calor, sintiendo emociones que ninguno de los dos entendíamos, pero que, a besos, queríamos desesperadamente conocer. Nos besábamos eternamente. Así pasé yo tantas noches despierto, cayendo dormido de puro amor cuando amanecía. Tú tenías la culpa.

Ahora cuando despierto, estoy besándome la almohada, escarbando en el olor que has dejado, buscando algo que hayas olvidado que todavía pueda besar.

Sé que te olvidaré algún día, cuando ponga la lavadora y se vaya tu recuerdo, y abra las ventanas de esta casa que cada día está más fría a medida que se acerca el invierno y tú no estás ahí para calentarla. Todo este aire que respiro se renovará, llenándome los pulmones de esperanza, quizá.

Lo cierto es que no echo tanto de menos tus besos en la oscuridad; los abrazos largos y altruistas; tu calor sobre mi frío… Echo de menos esos pequeños besos que me dabas en la espalda, cuando me abrazabas por detrás, después de hacer el amor. Eso no tiene recuperación; eso sí que lo echo de menos.

Ahora tengo los labios resquebrajados por el frío. ¿Cómo me dijiste…? “No te preocupes, yo te los curaré a besos”.

“Cuando menos lo esperas”

“Borrón y cuenta nueva”, me repito en la noche. No parece más convincente, pero es más solemne. Lo había escrito todo, en otro tiempo. Pero el verdadero arte es reescribir; las palabras adquieren otros significados, los sentimientos cambian. Así que lo borré. Lo borré, porque no quiero hacerte más homenajes. No quiero que te salgas con la tuya; que ganes este desamor.

Éste es mi turno y me rebelo contra ti, contra tu chantaje-silencio. He decidido que quiero recuperar mi libertad, mi corazón, todo aquello que dije y que ya no te pertenece; quiero recuperar mi felicidad.

“Cuando menos lo esperas”, pusiste.

En efecto, en pasado. En efecto: cuando menos lo esperas, se devuelven los golpes. Ésta es mi victoria. Punto.

Lo cierto es que… Con esta perspectiva, cuando se dejan las palabras reposar, lo medito por segunda vez, y pienso que no puedes hacerme esto. No ahora. Lo cierto es que te resiento por ello.

Has llegado tarde. Sé que lo sabes. Un mensaje, el único, da fe de ello. Pero lo que más me molesta es que no podrá cambiar nada. Y te resiento por ello.

Y en alguna parte de mí, en el fondo supongo —donde intento enterrarlo bajo polvo y olvido—, “cuando menos lo esperes” es la frase de una mentira: que sí, que lo esperaba. Pero no quiero que lo sepas.

Estas palabras parecen convertirse en un refugio, lejos de ti: es un refugio donde puedo estar a salvo de la emoción.

Una parte de mí sabe que nunca lo leerás, que hay demasiados adioses de por medio; otra parte teme, agitadamente, que puedas leerlo y sentirás. O no…

Ya no sé mucho. Bueno… Sé que no quiero que sepas todo esto, porque eso significa que ganarías; ganarías este desamor que tanto no te mereces.

Cuánto resentimiento.

No vuelvas. No vuelvas para irte. No vuelvas para levantarme sólo para dejarme caer. No vuelvas para hablar de un pasado que ya es olvido. No vuelvas para hacerme saber que aún estás ahí. No vuelvas si no quieres quedarte. No vuelvas si crees que es lo correcto y no lo necesario. No vuelvas para volver a romperme la ilusión.

De verdad, no vuelvas.

Porque ya no habrá otro “cuando menos lo esperas” como éste.

Ruptura

Y lo rápido que se rompieron en mil pedazos, las memorias y los sentimientos. No quedó nada más que polvo, fragmentos de una vida pasada, ruinas en el corazón.

"Smashed Glass"
“Smashed Glass”, o de cómo se rompe la realidad de los sentimientos.

El silencio es destructivo: la incertidumbre oxida las emociones con tanta espera, espera de algo que pueda resolvernos; toda la duda nos carcome y las preguntas sin respuesta se apilan en nuestro alma como cadáveres del desamor. Es un desastre. Es una guerra emocional sin muchas paces.

Pero también las palabras pueden ser destructivas: como la calma antes de la tormenta, los pelos se erizan y el instinto nos palpita, hay palabras que siguen al silencio sólo para destruirnos el consuelo encontrado.

Porque en el silencio refugiamos los buenos recuerdos, vestigios de aquello que nos dolió, sólo hace falta unas tardías palabras descorazonadas para quebrarlos y arrasar con los templos de la callada memoria.

Entonces lo único que queda es olvido y sentimientos amargos en un corazón que se vuelve furia.

Ni el silencio ahora puede salvarnos este desastre.

Porque ahora, lo poco que nos quedaba de lo que tuvimos, aquel oasis de amor, también se ha quebrado; también es silencio; ha pasado. Ya no hay nada en pie.

Nunca sabrás todo lo que he escrito por ti…

"Todas estas palabras" | Ian Blázquez
“Todas estas palabras” | Ian Blázquez

Y te resiento.

Toda esa tinta, las palabras y las lágrimas haciendo líneas sobre mi corazón, nunca sabrás nada de ello.

Tanto como caíste en el olvido, cayeron también aquellas palabras. Ahora mi historia está llena de silencios, de puntos suspensivos, de espacios… Es toda una historia de palabras desamparadas, calladas, olvidadas.

¡Y es que te amé historias y nunca lo sabrás!

Tantas palabras por el amor soñado, tantas palabras por un nosotros que sólo fue un tú y un yo. Fueron tantas las madrugadas en las que dejé el sueño por escribirte; tantas palabras ahora sin respuestas, no correspondidas, abandonadas.

Tú nunca sabrás todo lo que he escrito por ti, pero en mí vivirá como un fantasma de poesía, una visión de silencios, una quimera de historias.

Todo esto ahora es dolor al ver que todo lo que nos escribimos, todo lo que nos dijimos, sólo sean silencios en nuestras bocas; nunca significará nada.