Mensajes en el cristal

Habían pasado exactamente 39 días desde que se vieron por última vez. Repetía aquella tarde una y otra vez en su cabeza, como una película. Era obsesivo, lo sabía, pero no podía evitarlo.

Aún podía saborear el café que se tomaron juntos, íntimamente apretujados en una mesa para dos en una de esas cafeterías en peligro de extinción de la ciudad. Y ahora que lo vuelve a recordar, teme que ya haya desaparecido. Nunca más volverían a sentarse en esa mesa para dos. 

Tras el café, puede oler su perfume.  Está a unos centímetros de tocar su piel, de sentirlo, pero se contiene todo el rato, esperando tal vez a que en el último momento, a la despedida, se fundan en el beso anhelado.

Pero no pasó.

39 días después, volvía otra vez a casa en otro autobús, escuchando música hasta su destino. 

Afuera llueve y hace frío. La ventana está empañada y decide escribir los mensajes que hubiera escrito si no fuese tan cobarde. Escribe línea tras línea, en pequeño para que no le vean; aunque en el fondo le da igual. No entiende por qué no le ha escrito, por qué no han vuelto a tomar otro café juntos. No entiende nada. Siente que es otro fracaso y como tal, no le da más importancia.

“Me gustas” | Wirefresh

La ciudad poco a poco da paso al campo abierto: los árboles se hacen más salvajes, aparecen las primeras arboledas, las grandes urbanizaciones se colocan ahora al lado de grandes campos de cultivo. Todo el rato el sol de tarde se convierte en ocaso, y para cuando llega al primer pueblo de la sierra, ya es de noche. Las farolas están encendidas, la lluvia cae un poco más fuerte mojando las ventanas y el oscuro asfalto. El bus cada vez está más vacío a medida que está más lejos de la ciudad. Decide volver a lo que ha escrito en la ventana, casi está borrado por la condensación. Lo lee una y otra vez, la música sigue a través de los auriculares. Tacha una frase y pone otra. Cambia una palabra por otra. Al final se atreve a escribir lo que siempre ha querido escribir: me gustas.

Todo se vuelve oscuro de repente. La música sigue sonando, pero cada vez más lejano. Su cabeza no para de dar vueltas y le duele. Le duele mucho. No puede mover una pierna. Siente frío, mucho frío. También siente cómo la lluvia le está mojando la espalda y le empapa la ropa. Abre los ojos pero todo está a oscuras. Mueve una mano y siente el barro bajo su palma. Intenta levantarse, pero no puede: no puede mover la pierna. Las oscuridad ahora toma sombras, empieza a ver formas cada vez menos borrosas a través de la cortina de lluvia. Mira a su alrededor, no puede distinguir mucho. Ve los faros borrosos de los coches que pasan en ráfagas de luz. Se quita los auriculares y sólo escucha la lluvia. No, no sólo escucha la lluvia. Ahora escucha las voces de gente: los gritos de auxilio, de dolor; el llanto. Sigue sin distinguir nada, sombras en la lejanía, las ráfagas de luz siguen moviéndose rápidamente. La lluvia le ha calado, el frío ahora le entumece. Hace un esfuerzo por moverse, pero el dolor es punzante y le recorre toda la espalda. Siente escalofríos. Vuelve a moverse, tira con fuerza de su pierna inmóvil y el dolor le vuelve a punzar. El mundo vuelve a él de golpe. Algunos coches han parado, los gritos de dolor ahora son más nítidos, la lluvia, más fría. Ahora puede escuchar un claxon que se ha quedado bloqueado y pita ininterrumpidamente. Por todos lados, las sombras de gente que cojea y corre delante de él.

«¡¿Estás bien?!», aparece de repente alguien y le pregunta. Parece preocupada. La mira, esa sombra en la oscuridad, mojado. «Creo que sí, pero no puedo mover la pierna», se escucha responder. «¿Cómo que no puedes mover la pierna? Quédate aquí, voy a llamar a alguien. Hemos llamado a la ambulancia. Están de camino. Quédate aquí, no te muevas», le dice y se va tan rápido como llegó. No le da tiempo a reaccionar. La lluvia sigue sin parar. El dolor tampoco. Se deja caer en el barro y se hunde. Empieza a notar que está temblando, pero le da igual porque el frío le ha anestesiado completamente. Cada vez siente menos y siente cada vez más sueño, ¿o es cansancio? No tiene sentido del tiempo, lo que para él son minutos bien podrían ser horas. Siente que tardan mucho en regresar, esa sombra que le ofrecía ayuda. Empieza a preguntarse si le ayudarán o le dejarán ahí olvidado. Sigue temblando. Está mojado y congelado. Ya no siente la pierna, ni el dolor. Ya no sabe dónde termina su espalda y dónde empieza el frío barro en el que se está hundiendo. Quiere dormir. Sólo quiere dormir. Así que cierra los ojos, hasta que vengan a por mí, se dice. Busca los auriculares, pero sólo encuentra uno: la música sigue sonando. Se lo coloca en su oreja mojada y fría, y puede escuchar la música; vuelve a escuchar la música. Se relaja y se deja llevar. No quiere pensar más. No quiere que siga el dolor. No quiere seguir sintiendo el frío. No quiere pensar por qué no han vuelto a tener café. No quiere pensar en el mensaje que ha escrito en la ventana. No quiere preocuparse de eso ahora, porque pronto vendrán a ayudarle. 

| Colin O’Brien

Otra vez

Son las cinco de la madrugada. Hace frío, pero el calentador suena en la lejanía. No deja de ser diciembre. La manta me cubre el pecho, pero tu respiración aquí al lado me lo desnuda. La ventana del ático mira en la noche, casi mañana, de Madrid. Y brilla. Brilla sin estrellas y sin luna, pero brilla y puedo ver la habitación en la que estamos. Me acurruco más a ti, buscando tu calor y, ¿para qué mentir?, tu olor. A lo mejor así puedo dormir. Porque no quiero abrazarte no vaya a despertarte. Te mueves, sigues respirando por la boca; dejo de sentirme solo por un momento. La noche sigue minuto a minuto, el calentador sigue chorro de aire caliente al tiempo, pero el silencio me palpita en los oídos, y el cielo sigue brillando hasta que amanezca mañana. Porque aún es de noche y aún tengo amor que dar. Pero otra vez sigo esperando. Otra vez.

El desconocido

La noche me despierta, su silencio es de cristal frágil. Ni siquiera cantan los grillos, ni siquiera sopla el viento; nada. Un impulso me sobrecoge, parece una fuerza mayor que yo, y no sé por qué lo hago, pero empiezo a vestirme. Abro la puerta y no cruje. “¿Qué le pasa al ruido hoy?”, pienso mientras recorro el pasillo oscuro y tanteo la pared con las manos hasta que llego a la entrada. Cojo las llaves, abro y me bajo las escaleras. En menos de 30 segundos estoy abajo, dando la cara a la calle por un momento indeciso.

Una farola lejana, sucia y vieja, ilumina tenuemente mi barrio. No hay nadie, ni siquiera los fantasmas rondan las calles a estas horas. Horas; pronto amanecerá, lo siento en el aire. Empiezo a andar el asfalto y siento que mis primeros pasos son ensayos, como si justo estuviera aprendiendo a andar. Doy cada zancada con miedo y reserva, como si estuviera a punto de caerme en el alquitrán. Así que ando despacio, contra la gravedad, sin metas.

(In Dead End Horror)

Al salir de mi barrio, otra farola sucia y vieja ilumina otra porción del pueblo y me doy cuenta de que las farolas sucias y viejas se yerguen a cada pocos metros, como centinelas. Es que el mundo es viejo y sucio. Doblo la esquina y me encaro a una calle completamente a oscuras. Y con cautela me adentro en las entrañas de esa oscuridad, siempre alerta por los monstruos de la noche. Es verano y parece que hay más monstruos ahora.

Las ventanas respiran: desde mil interiores escucho clandestinamente el sueño de desconocidos; el ronquido tronador de algunos, la paz de otros. Y de repente me siento extraño porque no estoy durmiendo, sino que estoy paseando la madrugada. Mis pasos empiezan a sonar más y más, como una bola de nieve de sonido que, en la oscuridad más negra, crece y crece, vociferando un eco infernal que a falta de ventanas cerradas, invade las habitaciones dormitas sin permiso. Ya basta”, susurro, esperando a que el eco se dé la vuelta y me obedezca.

Me doy cuenta de que es un sonido ahuecado, indescriptiblemente vacío. Por si acaso me paro en seco e incluso aguanto la respiración. Pero el silencio es imperturbable, aunque en mis oídos sólo escucho el tambor del corazón cada vez más alto y rápido. Pu-pum, pu-pum, pu-pum, pu-pum. Siento que voy a explotar; tengo los oídos taponados, como si estuviera a miles de metros de altura. Abro la boca y trago una gran bocanada de aire que me alivia de mi quietud. ¡Ah!

Estoy quieto en medio de la calle y tengo los ojos bien abiertos para ver en la oscuridad por si aparece alguna sombra de imprevisto, que al menos pueda pretender que no me he asustado. Pero no aparece nada, ni nadie; estoy solo. Solamente escucho el silencio en las lejanas montañas y el zumbido de las ventanas abiertas. Decido que es momento de seguir andando, que lo que tengo que buscar no está en medio de la calle, está más lejos. Doy el primer paso y me paro: quiero comprobar si se ha acabado el efecto eco de mis pasos. Bum. Doy otro paso. Bum. Pues no, ahí sigue el eco hueco, fiel acompañante en la noche. Además, retumba con fuerza contra el silencio y las fachadas, y vuelve a mí amplificado que incluso me sobresalta. “¿Debería dejar de andar?”, pero yo quiero seguir.

El eco parece tener una relación inversa con la velocidad: cuando más lento, más alto; así que empiezo a andar más deprisa, más deprisa, hasta que andar se vuelve correr y la respiración se vuelve jadeo. Tac, tac, tac, tac, tac. Y cuando menos lo espero, mis zapatos dejan el asfalto atrás y empiezan a pisar arena. No es cualquier arena: es arena lavada por la lluvia. Es una arena libre, más suelta y suena limpia, como si hubiera viajado mucho camino hasta llegar a donde está. Tampoco lo puedo confirmar, la oscuridad no me deja. De hecho, hay tanta oscuridad que ni veo las estrellas ni la luna; nada. “¿Dónde está el cielo?”; intuitivamente miro hacia arriba. Con tanta oscuridad no puedo estar seguro si sigue por encima de mí o si se ha movido, y porque escucho la arena crujir bajo mis suelas, estaría pensando que el cielo está bajo mis pies.

El camino ahora no está encajado por asfalto y ladrillo, no hay fachadas ni ventanas; ahora hay sólo arena y roca, y árboles altos y viejos. Y libertad. La escucho como un vacío que se abre ante mí y se extiende para siempre, como un gran abismo horizontal en el que uno no se cae, se encamina. Y esa sensación me da vértigo. Hay algo en la libertad de verdad que da vértigo. Pero decido seguir. Mis pasos ahora están amortiguados y suenan a lija: crr, crr, crr. Intento pasar desapercibido, pero me es imposible. Parece ser que el sonido de los pasos está ligado al camino, es parte íntegra de éste. Casi podría decir que uno no podría existir sin el otro, que si el camino fuera silencio, ¿quién nos podría asegurar que estamos caminando?

Sigo la arena que fluye bajo mí y la oscuridad se me enreda como un velo; no me deja ver nada. La siento como una telaraña que pillas entrando en una habitación que ha estado encerrada durante años. Y no sé por qué, pero empiezo a agitar las manos intentando quitarme la noche de la cara. Al principio no pasa nada, pero poco a poco, como una neblina, se despeja una visión y empiezo a ver un brillo: es la luna que me guía. Y veo el camino, y los árboles y las lejas montañas fantasmagóricas que se erigen como titanes sobre el horizonte. Vuelvo a mirar hacia arriba intuitivamente y me dan la bienvenida millones de gotas de luz que titilan casi con felicidad. Vuelve a nosotras”, parece que me susurra el cielo.

Instintivamente cierro los ojos para disfrutar del momento, aunque sea de noche y haya silencio. Pero poco a poco también se despeja éste, como una bruma, y desde lejos emanan, uno a uno, las voces de la noche: los perros lejanos, los coches sonámbulos, la floja brisa que escalofría la piel y que silba a ras de suelo y en las aristas de las rocas talladas. Veo el follaje de los árboles temblar suavemente al contraluz de la luna y me doy cuenta de que he emergido de otro mundo, algo que he dejado atrás cuando pisaba nueva tierra. Así que me doy la vuelta para comprobarlo y veo el monstruo de negro y asfalto, un ente hecho de silencio e ilusión.

(Kevin Cooley, “Controlled burns”)

Es un muro de humo opaco e impenetrable que termina donde empieza la arena. Se mece casi imperceptiblemente con el pulso de la noche y desprende pequeños lazos humeantes que rápidamente se desintegran y desvanecen. ¿Es eso lo que hemos creado? Los perros no dejan de ladrar; el ruido de la noche ahora es abrumador porque viene de todas partes. Me acerco poco a poco a esa atmósfera distinta y cuando llego al borde, extiendo la mano ondeándola en esa materia, pero es inerte y no se inmuta: mi mano la atraviesa como si fuera un fantasma. De hecho, eso es lo que es, un fantasma de los hombres y el tiempo, un espejismo del progreso. Me acerco aún más e intento olerlo, y huele a humo y metal usado. Ésta es la noche que nos hemos construido. Me doy la vuelta y la dejo abandonada; debo seguir. Me estaba empezando a sentir receloso. Lo mejor ahora es mirar en el sentido opuesto, hacia las montañas, donde parece que puedo respirar mejor. Y respiro mejor.

El camino desciende poco a poco hacia un pequeño valle encajado. Los árboles se hacen más frondosos y ahí donde comencé con un claro sobre mi cabeza, ahora empieza a instalarse una cubierta de hojas. Las estrellas lentamente desaparecen tras el follaje, pero la luna, casi llena, ilumina aún con fuerza a través de las ramas. El suelo bajo mis pies, de arena fina y grava rodada, está moteado con lunares de luz; parece que hay otro cielo bajo mis pies después de todo. Aún no tengo la sensación de andar con seguridad, de que todavía estoy aprendiendo a andar y cada paso es un paso en falso, como si estuviera pisando huevos. Por el sonido, cualquier pensaría que así es.

(Río Grande, Sierra County, Nuevo México, EE. UU.)

A medida que me voy acercando al fondo del valle, el canto de los grillos y el silbido de la brisa son reemplazados por el chapurreo apacible de lo que parece ser un pequeño río. Más bien es un riachuelo. Me gustaría decir que se escucha el canto de ranas y hay luciérnagas, pero lo cierto es que sólo hay maleza y hierba alta, y los grillos en la lejanía. El aroma de la tierra mojada se mezcla con el perfume del verano, de arena seca y roca caliente, y siento la frescura del agua y del verdor en mi cara y a mi alrededor. Es un respiro de paz a orillas de este gran desierto de incertidumbre y calor.

Con cuidado me acerco a la orilla y siento la corriente empujar el agua desde las lejanas montañas —que siento cerca de repente— hasta eventualmente el mar. Me he mojado un poco los pies. Me doy cuenta de que llevo sandalias y no zapatos. Decido que lo mejor que puedo hacer es seguir el riachuelo hasta donde me lleve, a lo mejor ésa es mi forma de volver a casa o encontrar lo que tanto estoy buscando. Pero debo seguir. Con maña me abro entre las cañas y las ramas de arbustos bajos. Siento cosquillas en los gemelos y en los pies, y siento cómo el agua y la arena se cuelan en mis sandalias. Decido descalzarme, desprenderme de eso también, y reposar mi piel desnuda contra el suelo frío. Me hundo un poco y puedo sentir cómo el barro se escurre entre mis dedos. La tierra también se desnuda. Y de repente me siento libre, siento que esa cruda sensación de barro en la planta de mis pies me hace más libre, y me roba una sonrisa.

Vuelvo a mirar el cielo. Algunas nubes se despejan y me dejan ver la luna casi llena con todo su esplendor: se halla también desnuda allí arriba, esa magia de luz y sueño, el otromundo que es a la vez parte del nuestro, inseparable. Me pregunto, ¿y qué sería de la noche sin una luna?” Y no puedo imaginarlo. Aun cuando la luna está oscura, nueva, ahí está. Un día, poco a poco, volverá y siempre iluminará, una vez al mes, esta oscuridad que llega a ser impenetrable. Es un símbolo de esperanza, nos recuerda que no todo dura para siempre.

No sé cuánto he andado. No sé qué he recorrido, no sé si aún estoy en mi pueblo o me encuentro en otro. De hecho, no puedo estar seguro ni siquiera si estoy en el mismo mundo del que vengo. La noche algunas veces es más que otro tiempo: es otro espacio. Después de todo, he emergido de esa negrura y algo nuevo se ha revelado. Miro hacia atrás y con el claro de luna distingo la silueta del valle erigirse hacia arriba, recubierto de árboles. Y puedo distinguir el riachuelo que he seguido y que serpentea entre los matorrales. “Ahora no”, pienso: ahora no puedo volver. Así que sigo.

A pesar de todo lo que nos puedan decir, el tiempo no pasa por la noche. El tiempo es un elemento estático en el cielo, en la oscuridad y el silencio. Después de todo, el tiempo se mide por el baile del sol, y por la noche no hay soles. El tiempo nocturno se mide por el tiempo que uno espera hasta que rompe el alba. Por esos los dioses hicieron a los hombres dormir. Y cuando otro día amanece, el reloj vuelve a reanudar su marcha. Si no tienes cuidado y te quedas despierto toda la noche, se puede hacer eterna y te puedes quedar atrapado en ella. Y el único hechizo para salir… es soñar.

El riachuelo termina de golpe. Ha besado un cuerpo de agua más grande que él y los dos se han unido en un solo cuerpo de azul. Ha dejado de serpentear para abrazar la tierra y hacerse parte de ella: se ha hecho lago. La luna desaparece y reaparece tras las nubes al ritmo del viento y en una de esas veces que se deja ver, puedo descubrir la gran silueta de mil árboles reunidos a orillas de ese gran elemento. Lo guardan, me parece entender. Son como aquellos centinelas de la ciudad, pero en vez de iluminar, sólo lo soportan, al lago. La brisa sigue acariciando el aire y en todos esos árboles se hace un susurro de hojas; un escalofrío me recorre la espalda.

(Claude. Reflejo de luna en Deininger Weiher, Munich)

La superficie del lago también se riza con esta brisa y hace con la imagen de la luna un borrón. Pero pronto llega la calma y el agua se queda quieta, y una gemela de la luna aparece clara en la tierra. En ese mismo momento, uno se ve tan tentado a saltar en ese espejo, y si así fuera, caer en el cielo y abrazar las estrellas.

Me acerco poco a poco a la orilla para ver mejor ese reflejo de luz. Estoy ensimismado durante un rato. Un paso en falso, como era de esperar, y una pequeña piedra me pinza el pie. Rápidamente miro hacia abajo sólo para encontrarme con el reflejo de un desconocido. 

 

¿Continuará?

Quiero…

En estas noches de vigilia te imagino delante de mí, a un beso de distancia. Imagino las miradas que nos echaríamos, intentando descubrir los secretos de este amor que es desconocido. Cuando te vi la primera vez, había sentido algo, algo que hacía mucho tiempo no sentía. Lo confieso. Era algo incierto, no obstante, un algo lleno de preguntas, pero me robaste una sonrisa y eso pareció calmarme las dudas. Pero no me ves, ¿verdad?, sentir.

Parece que somos de dos mundo completamente opuestos, distintos y alejados. Que todo lo que podría pasar, de alguna forma, nunca pasará. Quién sabe por qué. Tal vez sea porque, como dicen, you’re too good for me y no te merezca; tal vez sólo tenga miedo y nada más.

Y a pesar de este miedo, la incertidumbre, el sentimiento de lejanía y oposición… alguien como tú, seguramente, nunca volverá a aparecer en mi vida y ese pensamiento me da aún más miedo. Lo cierto es que no me gustaría perderte esta oportunidad.

¿Qué debo decir? ¿Cómo? ¿Cuándo? Nunca sé cómo empezar, pero siempre sé que quiero empezar. De todas formas, nunca he tenido las palabras correctas. Por eso escribo: porque estoy eternamente buscando lo que decir, la forma correcta de decirlo; buscándome y encontrándome, todo al mismo tiempo. ¿O es que te busco a ti? Tú que pareces tener una palabra, una historia para todo… Y, sin embargo, ahora hay tanto silencio…

Al mismo tiempo tengo tantas historias que contarte; y qué tú también me contaras… Tendríamos tantas noches de vigilia así, me imagino. No dormiríamos nuestros sueños, nos los contaremos a altas horas de la noche.

Me acerco a la ventana para ver en la noche de esta madrugada de abril, casi mayo. La luna se entrevé entre las altas nubes: está creciente y su claro es frágil, pero ilumina el lejano horizonte con el sueño del mañana.

Mañana será otro día, pero quiero…

Querida Noche

Querida Noche,

En ti, el viento ruge. Mientras bate ventanas y árboles, vuela altas montañas, nada me consuela. Estos días de tormenta, se libra una tempestad en mi corazón. Ni la lluvia ni el viento logran borrar estos sentimientos callados, estos sentimientos encontrados; ya nada me consuelan.

Hubo una vez que la lluvia podía consolarme el sueño, y el niño que llevase dentro volvía por un momento, tierno, tranquilo. La lluvia primitiva. Ahora sólo llueve, pálida y fría en los días grises de invierno. Tanto invierno. Parece que no termina.

Estoy atrapado bajo esta piel. No me puedo liberar. Ya no ardo con palabras —creo que jamás ardí con palabras—, sino con silencios, y son silencios que no puedo colmar con palabras aunque las tuviera. Son líneas vacías de callada agonía, una historia quebrada, un sentimiento roto. Ardo con tanto silencio que me duele la garganta.

No hay palabra que me calme este grito, no hay gente que me alivie la soledad. Porque ahora busco en la soledad lo que no me puede dar la compañía. Pero cuanto más necesito la soledad, más quiero la compañía. Ay la compañía, la ausencia.

Este dolor —porque es más dolor que agonía— no tiene ninguna medida real, pero todo el mundo la conoce. Qué ironía. Mis silencios tienen sus propios silencios, gritos ahogados.

A medida que avanzas, Noche, se aleja el sueño y se cierne aún más la fría oscuridad. Su tacto despierta en mí dudas, miedos primitivos. El viento sigue batiendo, si cabe con más fuerza. Pero el tiempo no para, el silencio sigue, se intensifica, en ti. Profunda oscuridad.

Y si no lo tuviere, todo este silencio, ¿con qué palabras, entonces, me enfrentaría a mi vida, al mundo…? Porque una vez que se rompe el conjuro y se libera la historia, todo cambia. El silencio también tiene la suya, aunque esté escrita en dolores secretos, callada.

Ay, querida Noche.

La nieve del tiempo

No se ve la luna tras las nubes. Bueno, no se ve mucho en la noche, pero con la tenue luz de una farola, se puede vislumbrar que la cortina de nieve se extiende hasta el infinito, ocultando las montañas de la sierra que mañana amanecerán blancas. Siento que ha vuelto la Navidad, por un momento, porque la nieve debe ser una parte importante de las fiestas. El único problema es que ha llegado tarde, la nieve, aunque no tanto para que no sea invierno.

La quietud de la nieve en la noche

Abro la ventana y dejo que el gélido aire me caiga pesado sobre la piel, casi quemándome, y no puedo evitar las primeras reacciones naturales de mi cuerpo: la piel de gallina, los músculos tensos, la tiritera. Pero eso no me importa. Quiero escuchar la nieve, o el silencio que se establece cuando nieva. ¿Os habéis fijado en eso? El mundo se detiene, todo calla, y si uno se para quieto y respira despacio, puede llegar a escuchar los copos caer y cuajar. Es el silencio de invierno, uno que es frío y tranquilo por necesidad. Por la mañana, a la luz del alba, se escucharán los primeros deshielos del día: las gotas que caen de los tejados, que empapan la nieve, la calle, la roca; todo. La nieve empezará a descolgarse de las ramas de los árboles, liberándolos del peso de sobrevivir otro invierno. Y cuando uno sale y echa la vista al camino, todo aparecerá blanco por igual: no habrá nada distinto en el mundo, todo estará bajo la igualdad de la nevada. No habrá ni campo ni ciudad, ni carretera ni arroyos. Y por un momento, tampoco habrá hombres de distintos colores ni de distintos credos; todos estaremos peleando contra el nevazo, resguardándonos en los caminos que otros antes que nosotros han abierto entre el cuaje, no dejando que el frío se nos cuele hasta el tuétano o que el derretido nos moje. Esos seremos nosotros, todos, tú, yo, él, ante la tormenta blanca. 

Por alguna razón que desconozco, en mi mente siempre se reproducen las imágenes de guerras antiguas, guerras que nunca he vivido más que en libros y películas, bajo la nieve. Guerras que ocurrieron en el norte, o aquí mismo, pero siempre entre hermanos. Guerras que dejaron a los hombres fríos, helados, cansados, hambrientos, doloridos, abatidos, olvidados. La nieve de las guerras que dejó a muchos hombres abandonados en las cunetas de la historia, lejos de sus familias, sin memoria ni esperanza, peleando en otra guerra más de este continente. Recuerdo, como si fuese mi vida pasada la que me lo contara, las guerras que mancharon el blanco de rojo, el orgullo de tristeza, el amor de odio, y todo lo bueno de todo lo malo, sin remedio, grabado para siempre en los anales del tiempo y en las páginas de la historia. Lapidario, congelado, gélido.

Hay algo en la nieve que cae que hace que el tiempo recuerde no precisamente todo lo bueno, sino todo aquello que pasó, y que pasó, pero que no se puede olvidar. Cosas que pasaron y se fueron, como la nieve, que pronto también será un recuerdo de invierno, derretido en ríos que regarán la primavera que nos espera. La nieve, que conjura en mi mente una imagen, la de la última margarita del otoño siendo cubierta por los primeros copos de invierno en algún campo de Polonia, ya antaño, como un caso blanco de los muchos que ya ocurrieron, siempre al margen del mundo, resumiéndolo en un instante. La nieve y sus ideas.

 

Todo lo cubre, pero la tormenta cesará por la mañana

 

En el instante, parece que la nieve caerá para siempre, que es eterna. El silencio en la noche me puede. Ya no veo ni la carretera ni el campo, y tanto árboles como coches están ahora blancos. La farola hace el contraluz de la cortina interminable, proyectando la sombra de todos los copos en la noche, hacia el infinito, en todas direcciones, perdiéndose en la oscuridad. Lo sé, lo siento. 

Está nevado, todo está nevado.

Un verano por grillos

Es increíble cómo las cosas más sencillas pueden dar lugar a las cosas más complejas.

Lavaba una manzana. La etiqueta leía “Fuji”. Así es cómo empieza este pequeño momento.

El agua corría fría entre mis dedos, resbalando sobre la piel cerosa y brillante, aunque arrugada, de la manzana. Estaba colorada sólo por un lado —el del sol—, pero a efectos prácticos, estaba madura.

Algo dentro de mí había caído, como una niebla. Era algo pesado, casi soporífero. No sabría decir si era melancolía, nostalgia… Casi sabía a desesperación, con ganas de gritar.

Intenté quitar la etiqueta, pero no pude. Dejé la manzana. Casi tres horas después, aún está aquí, brillante, arrugada, sobre la mesa, a mi lado. La lavaba sin hambre, y ahora la miro casi con desprecio. ¿Qué me habrá hecho…?

"Reflejos de Fuji" | Ian Blázquez
“Reflejos de Fuji” | Ian Blázquez

Todo un verano casi ha pasado, septiembre está a la vuelta de la esquina —otoño con él—, y he olvidado por completo el cantar de los grillos por la noche. ¿Qué me ocurre?

Es casi una tradición; es mi pequeño ritual de verano. Pero este año no lo he hecho, eso que siempre hago: salir a la noche estival, estrellada, embeberme en el silencio, la brisa del Norte, el canto de los grillos, el claro de luna cuando hay luna.

No.

Agosto apenas ha comenzado y siento que he perdido ese momento. “Todavía es verano”, pienso. Pero algo en ello no me consuela. De hecho, me enfurece.

*         *         *

Viajaba en autobús. Otra vez, ¿cómo no?, a Madrid. Sería tal vez después de toda esa vida robada a los horarios, mi otra vida, podría decirse. Tenía mi libertad —o sensación de libertad— recuperada. Y con ella, tenía tiempo para contemplar.

Sería abril, mayo… Quizá incluso podía haber sido junio. No lo recuerdo. Este junio ha sido uno de los más lluviosos que España ha vivido. Con eso en mente, pensar que las amapolas floreciesen tarde tampoco es tan descabellado.

Otro ritual, el de las amapolas.

Un regalo de una amiga que se preocupa de mis primaveras.

“Iluso”, pensaréis. No lo voy a negar: lo soy. Para mí la primavera comienza con la primera amapola. Y casi como un impulso de la vida, hago una foto de ella, siempre que puedo.

Algunas veces estoy en el autobús, y hacer fotos de amapolas en el arcén de la carretera se hace una misión difícil, pero recuerdo que fue ahí, en algún arcén de camino a Madrid, que vi la primera.

Y así comenzó mi primavera.

Fue corta, pero comenzó.

De la misma manera, mi verano comienza con el primer cantar de grillos una noche despejada de verano. Casi parece de poesía.

*         *         *

El martilleo de los minutos no pesa sobre mi sueño. Quiero dormir, pero sé que, como todo agosto, sólo daré vueltas hasta el aburrimiento, no sin ello traer sueño.

Detrás de esa palpitación del tiempo, escucho otras voces de la noche: el zumbido lejano de otro electrodoméstico eterno, los gruñidos amortiguados de una televisión lejana que se cuela por las ventanas abiertas. “Otro camarada insomne”, sonrío.

La mañana se acerca, la madrugada muere.

A esta hora se levantan los musulmanes para realizar el primer rezo del día, antes del amanecer, y sus pasos suaves son dignos de procesión. Son ellos los que señalan la hora de mi sueño.

Porque voy al revés. Siempre voy al revés: cuando el mundo parece levantarse y seguir, yo me paro y voy a dormir, a esconderme entre las sábanas; a aliviar un poco este verano que, como tantos otros, no me gusta.

También despiertan los primeros coches y sus rugidos de metal y humo que quiebran el sueño de la noche; el mañana está cerca.

Aun así, por la persiana medio bajada se cuela la luz tenue de una farola, y mota la oscuridad de la pared.

Unos perros ladran en el horizonte. Se callan. Los coches se van. Por un momento, incluso el reloj parece que ha parado, y la noche recupera su silencio.

Ah, paz…

Ahora los escucho, los grillos. Es su último canto antes de que rompa el alba y se deje la noche.

“Por fin”, suspiro.