Aria para la cuerda de sol, de J. S. Bach

Una sola canción se reproduce en bucle de fondo, una canción de piano tan tierna y delicada, y a la vez tan bella, que ayuda a desgarrarme el alma. La habitación lleva cerrada cuatro días, cinco días; ya no lo recuerdo. Las plantas ya han muerto debido a tanta oscuridad, la misma en la que yo parezco florecer. Además, afuera el cielo encapotado y de sol apagado ayuda a mi ánimo roto; la lluvia arrasa en las ventanas, cubriéndolas de gotas y recuerdos.

No dejo de pensar en aquella huella de barro perdida en el monte. Ahora anda borrada bajo los arroyos que cortan la arena. Y me duele pensar que ha desaparecido de este mundo. Tal vez porque andaba perdido y sigo estando perdido, pero no sólo eso: ahora he perdido aquella huella. Y el camino sobre el que quedaba. El camino está perdido.

La canción se para. Vuelve el silencio descomunal y monstruoso que me ahoga. Vuelvo a reproducir la canción en la infinita hora y siento que, durante los próximos cinco minutos que dura, la serenidad me invade y acallo el grito que hay en mí. De momento sólo puedo vivir así, atrapado en un momento con la misma música, el mismo silencio, el mismo dolor, en la misma habitación, el mismo mundo, recordando aquella huella en el camino que ya no conozco, en un mundo que días atrás parecía alejarse de mí a una velocidad desmedida. Sólo puedo vivir así, colgado de un momento siempre al borde, parándome los pies escuchando las notas.

Estoy perdido, pero los crescendos y los diminuendos me alivian esto que es como la angustia, pero un poco más grande y un poco más vacío. Esta música me alivia más allá de las palabras. 

Es terrible querer volver al suicidio y no poder evitar la masacre que se dibuja en mi cabeza. Empiezo a pensar que nunca dejé de quererlo, que secretamente me mentía y eso, eventualmente, sólo me ha devuelto al mismo punto: sin haber cambiado, sin haber avanzado, porque no puedo avanzar. Es terrible sentirse atrapado sin salida, muy atrapado… y algunas veces muy solo.

Vuelve a parar la música y no puedo dejar de escucharla. No puedo. Tiene que seguir. Por favor. Tiene que seguir porque ya me fallan las palabras, me arde este silencio, me enloquece el tiempo, pero si la música sigue, en ese momento nada más importa porque he encontrado un pulso en el caos. 

Lo cierto es que seguirá después de mí, como esta lluvia que parece interminable. Su belleza supera al tiempo, porque lleva su propio tiempo. También seguirá el camino allí donde esté, aunque ya no lleve mis huellas, como todos esas cosas que seguirán aunque yo ya no esté para describirlas con estas calladas palabras…

Ahora callo, que sigue la canción… 

Tu canción

“Se torció el camino y tú ya sabes que no puedo volver”, aunque quisiera, ya no sé cómo.
“Son cosas del destino, siempre me quiere morder”, aunque nunca me mordía cómo tú lo hacías a besos.
“El horizonte se confunde con un negro telón”; qué difícil ha sido, qué difícil es seguir adelante sin ti, después de tantos años.
“y puede ser como decir que se acabó la función”, porque nunca dejo de ser sólo un carnaval de máscaras.

“Ha sido divertido, me equivocaría otra vez”, de verdad te lo digo. 
“Quisiera haber querido lo que no he sabido querer”, y me arrepiento todos los días de ello, para que lo sepas.
“¿Quieres bailar conmigo, puede que te pise los pies?”, pero no dolerá tanto como bailar solo. 
“No soñaré sólo porque me he quedado dormido”, sino porque te tenía a mi lado. 

“No voy a despertarme por que salga el sol”, sino porque tú me despiertes a besos y a acaricias. 
“Ya sé llorar una vez por cada vez que río”, y eso es algo que aprendí de ti. 
“No sé restar”, eso siempre fue mi debilidad, pero… “no sé restar tu mitad a mi corazón” y nunca sabré hacerlo. Ni siquiera sé si quiero hacerlo.

“Puede ser que la respuesta sea no preguntarse por qué”, porque ya no tiene sentido hacerse preguntas; ya es tarde.
“Perderse por los bares donde se bebe sin sed”, y ahogar las penas en los fondos del olvido. 
“Virgen de la Locura, nunca más te voy a rezar, que me he enterado de los pecados que me quieres quitar”, los pecados más bonitos que he tenido contigo.

“Será más divertido cuando no me toque perder”, porque aunque los dos perdimos, yo te perdí a ti.
“Sigo apostando al cinco, y cada dos por tres sale seis”. Nada nunca salió como yo quería.
“Yo bailaría contigo, pero es que estoy sordo de un pie”, y no quiero hacerte más daño. 
“No soñaré sólo porque me he quedado dormido”; soñaré porque te he tenido a ti. 

“No voy a despertarme por que salga el sol.
Ya sé llorar una vez por cada vez que río.
No sé restar, no sé restar tu mitad a mi corazón”, porque esa mitad siempre será parte de mí…

El claro del amor

Bajo el claro de luna, ¿cómo no?, pasaste. Lo cierto es que antes y después de ti pasaron otras muchas almas en busca de sus verdades, pero tú marcaste el banco de nuestro amor, a la orilla de algún río desde donde veíamos los sueños pasar. Nunca más volví a ese lugar, donde las flores no dejan de florecer y los árboles no dejan de estar verdes, pero a la vez están siempre en otoño, desnudándose ante los sentimientos que cambian. El agua nunca para quieta, siempre se mueve, siempre formando ribetes en el cristal; no hay viento y los grillos cantan; también es verano. A lo lejos las montañas están siempre nevadas y en el cielo, aunque azul y estrellado, cabalgan las nubes en los que siempre hemos visto formas. No hay nadie, sólo estamos tú y yo: estamos sentados, de paseo, contemplándonos la mirada que nunca muta, que siempre es profunda; pasan atardeceres y amaneceres en sucesión, siempre momentos perfectos en este mundo que nos hemos construido en honor al amor que nos tenemos y que queremos tener. Parece que nunca termina, que el corazón nunca dejará de suspirar por ti.

En la penúltima escena, nos perdemos hacia el horizonte, juntos, bajo la penumbra de un día que ha sido perfecto en todas sus formas, hacia una noche de sueño y ensueño. Pronto siento que volverá la mañana, que el claro de luna dejará paso a los rayos del amanecer, que hará el agua brillar como diamantes, y todos nuestros sentimientos se renovarán, más fuertes cuanto menos. Será otro día donde el alba será tan bonito como cualquier claro de luna. Y volveremos.

Sábado lluvioso de octubre

Afuera llueve. Por fin llueve. No se ha visto el sol hoy y el otoño finalmente nos da en las narices con su frío y las calles mojadas. Ahora todo va de camino al invierno, a días más cortos y noches más oscuras. “Va a ser largo”, dijo una amiga.

Tengo las manos y los pies fríos. Hemos sacado las mantas y la ropa de invierno, y el paraguas nunca me abandona cuando salgo. Hay gente estornudando en el metro y los cristales del autobús están más veces empañados. Esto es el otoño en Madrid.

En la sierra, los campos empiezan a ponerse verdes (otra vez) y los caminos de polvo ahora son riachuelos. Hay charcos de barro con huellas de perros; las moscas están muriendo y los grillos van callando. Ya quedan pocos cielos despejados y el norte cada vez se viste más de nubes. Por la mañana ya hay rocío y dentro de poco habrá escarcha.

Es una época mágica, la verdad. Una época de cambios, de transformación, de comienzos, de historias; de cosas nuevas que pasan… o que deberían pasar.

A pesar de todo eso, me siento un poco nostálgico. La música no ayuda mucho; el tiempo no tiene nada que ver con que sienta esta extraña tristeza… Pero digamos que las gotas en la ventana me hacen pensar más de la cuenta.

Parece que todo sigue igual. Soy más viejo, sí, pero mi vida sigue donde está. Sigo con el miedo a toparme con alguien del pasado y ver que ha progresado más que yo; que no he conseguido nada en comparación. Claro que, esas cosas son relativas. Lo sé. Aun así… Parece que todo sigue igual.

El verano parece haberme quitado algo, cierta sensación de dirección, de pertenencia; de conexión. He vuelto, como el otoño, a mi rutina, pero me siento ajeno a ella, como que ésta no es mi vida. Ahí donde todo el mundo lo tiene todo averiguado, yo sigo haciéndome preguntas.

“Perdido”, ésa es la palabra.

Antes la utilizaba con cierta libertad, pero ahora lo digo con seguridad: me siento perdido. Tengo la sensación de que no sé qué hago, qué quiero, a dónde voy… Y también me siento solo, pero con eso no tengo ningún problema. Después de todo, esto es algo que sólo yo puedo resolver/averiguar.

También siento que he perdido mucho en estos meses. Sin darme cuenta, he descuidado cosas que me parece, ya no puedo recuperar.

Y todo eso se resume en la nostalgia de este sábado lluvioso de octubre…

Una boca llena de desamor

Se me llenó la boca de amor una vez. Una larga cadena de mensajes inconclusos lo atestiguan, dan fe ahora del miedo que pude sentir. Ahora no sé qué hacer, si es que hay que hacer algo; ahora todo es un amargo recuerdo.

Durante un tiempo, la melodía que mejor me satisfacía ese sentimiento tan suicida era algún réquiem de Mozart, como si se hubiese muerto algo; una pérdida irreparable; un adiós.

Eso es: “Adiós”. Adiós a no sé qué problema sobre el amor. Adiós.

El problema es que ahora te llamas desamor. Hola.

No volveremos, y sin embargo no paramos; estas palabras no paran.

Busco perfecciones a esta forma de dolor, como si el sentimiento pudiera tener la forma definitiva. El problema es que cambia: cambia con el tiempo, los recuerdos, las cosas que pasan y no pasan, y nada de ello lo puedo controlar. Así que no puedo controlar este dolor indefinido.

Escribo estas palabras, porque no puedo parar de buscarle sentido al dolor que me has causado, intentando buscarle sentido; dirección; significado. Algo. Por eso estas palabras no paran; no pueden parar.

Estas palabras siempre estarán inacabadas; este adiós siempre tendrá sus dudas; este dolor siempre estará inexplicado.

Se me llenó la boca de amor una vez. Ahora sólo tengo las cenizas de las ilusiones y la amargura del silencio. Ahora se me llena la boca de desamor.

Libertad,

Libertad es lo que siento cuando apago la televisión, me pongo los auriculares, el volumen alto y me dejo engullir por esta música. Libertad es lo que siento cuando, al ser apuñalado por las notas, un cálido claro se abre cerca del corazón, muy dentro del pecho que se traduce en una especie de presión subcutánea. Libertad es lo que siento cuando la música se vuelve mi cuerpo y me empuja, como la fuerza vital.
Libertad es lo que siento cuando creo tener el océano y el cielo lleno de estrellas tocar los tambores dentro de mí, justo al lado del corazón, y me lo llenan de paz.
Eso para mí es la libertad.

Además, Contact es una de mis películas más favoritas.

Amor, II

Creo que nunca me he parado de verdad a aceptarlo, el hecho del amor. O del desamor. Es de esas cosas de las que escapamos, sin darnos cuenta tal vez, porque duelen.
Sobrevivimos, eso es verdad. Lo peor es sobrevivir con ello, con lo que te deja el pasado.

Hoy me he visto tocando una canción del pasado que llevaba años sin tocar. Estaba olvidada, en alguna parte perdida entre memorias, e incluso mis dedos han dudado sobre las llaves del piano. Ese piano nunca había escuchado esa canción. Suerte para mí que ha llegado el olvido y ya no he sabido continuar.

La verdad es que es una canción preciosa, y más que las memorias que me trae, su sonrisa, es una canción que me hace feliz, no por lo que conlleva escucharla, sino por su belleza. Placer, se dice placer.

Cuatro años.
Es curioso cómo siempre especifico el tiempo que ha pasado desde que… desde que salí con nadie. Es curioso porque no sé si es una forma de autocastigo, síntoma de un autocabreo conmigo mismo, una forma de reprocharme recuerdo tras recuerdo que hice mal. O hice bien, no lo sé.

Algunas veces me pregunto si, a día de hoy, realmente me creo eso, que estoy feliz como estoy, con lo que tengo — o no tengo —. O simplemente todo es una forma de escapar, una vez más, de esa verdad que tanto duele cuando al final uno está forzado a afrontarlo y exteriorizarlo en forma de palabras o pensamientos conscientes.

Algunas veces duele decir, sigo arrepintiéndome de haberte dejado, aún pienso en ti y algunas veces sueño con que estamos juntos.