Se me ha ido alguien…

… y me sangra el corazón, no en tinta, sino en silencio. Tanto silencio que ensordece, que grita en mí una historia, pero es toda una historia que no dice nada.

Todo son ahora frases rotas, palabras a medias, sentimientos callados y sollozados contra el vacío.

Y es que la muerte no pesa por los que se van y nos dejan, ni por los vivos que nos quedamos atrás. Ni siquiera pesa por todo el pasado y la memoria que se nos cae encima de golpe. No. La muerte pesa por el vacío que deja: el irreparable, irremediable, irremplazable, insondable, incolmable vacío. Paradójicamente, también es un vacío ingrávido, lleno de memoria, que flota y tira, tira muy fuerte de nosotros hasta que nos deja por los suelos, nos arrastra… y nos absorbe. 

Parece un poco morboso hablar de la muerte así, tan de seguido, obsesionándose con cada detalle sentimental que nos evoca. Pero al igual que nos atormenta —porque es que nos atormenta: nos embruja, nos persigue, nos tortura—, hay algo muy liberador, muy aliviador, en hablar tan profusamente de la muerte: hablar así, al detalle, languideciendo (en) las palabras. Y es que estas palabras, aunque ahogadas en lágrimas, parecen conjurar el alivio; lo invocan. Cierto que estas palabras son ahora espectros y divagan por nuestra mente sin meta, sin camino, sin propósito, sin destino; merodean en nosotros, apesadumbrándonos, afligiéndonos, adoliéndonos; pesarosas palabras. 

Pero son palabras que viajan, que siguen, que por pura inercia tiran de nosotros. Nos sacan de la penumbra, poco a poco, y nos devuelven a la realidad —o la irrealidad— de la muerte. Nos devuelven a la corriente de la vida, aunque estén siguiendo la corriente de todo aquello que ya ha pasado: que se ha ido, que ha fenecido, que ha sucumbido, que nos ha dejado y se hace recuerdo fino, lentamente olvido…

No. Olvido nunca. Pero devotamente se desea que sea así. Aunque sea olvidar que la muerte, eso que tanto evitamos nombrar pero que tan presente tenemos en nosotros, haya ocurrido; que no podemos creer que haya ocurrido; que en estas ocasiones no puede haber ocurrido. 

Se me ha ido alguien y no puedo hacer más que callar: callar en un angustioso silencio que me empequeñece, que me desgarra por dentro y me encoge, me quita el suspiro, me roba el pensamiento, e incluso el sueño… 

Se me ha ido alguien, así que perdonadme el silencio.

Te has ido… | Ian Blázquez
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Ya no hay memoria.

¿Os acordáis
cuando en España hubo una guerra, 
que entre hermanos se mató
y la sangre se llenó de tierra?

¿Os acordáis cuando la golondrina se escapó
y tomó el mar por cielo, 
y allá en otros rincones
un hogar extranjero halló?

¿Quién tiene ahora la memoria
para recordar a todos los que se fueron; 
que tal vez regresaron, 
pero nunca más volvieron?

¿Os acordáis de los refugiados, 
de los pobres, y los exiliados;  
de los poetas ensangrentados
enterrados en las cunetas del cielo?

Un gendarme francés ofrece víveres a los refugiados españoles en una calle de Le Perthus el 28 de enero de 1939 | Félix Santos

Ya no hay memoria en esta tierra,
que vio a hermanos matarse,
que los vio irse; 
que vivió una guerra.

Ya no hay memoria, 
sólo silencio de cobardes: 
¿dónde están ahora los valientes, 
los patriotas, los héroes de la sangre?

¿Dónde se hallan ahora esos hijos, 
que disfrutan ahora de mil libertades; 
dónde están ahora
cuando vinieron ayer a ayudarles?

Que ahora otros se hallan en guerra
y quieren escaparse; 
tal vez venir a estar tierra 
donde poder refugiarse.

¿Os acordáis
cuando en España hubo una guerra, 
con mil refugiados vestidos de traje, 
de pobres, de exiliados; 
de esperanza para seguir adelante?

Y que la negra golondrina
al fin otra tierra halló
porque pudo hallarle [1], 
donde sus años vivió 
lejos de esa guerra 
que llenó esta tierra
de hermana sangre.

Ya no hay memoria
en la que refugiarse.

Refugiados sirios y otros en el Este de Europa | Nake Batev

 

[1] Un guiño patriota al leísmo autóctono de la Península, aunque sé que es hallarlo; me lo pedía el verso, quizá también el sentimiento. 

Los borradores de la primavera

“Miércoles, 18 de marzo del 2015. 

La lluvia parece aliviarle el polvo a los caminos de almendros floridos y limpiarle la cara al viento de todos los últimos días de invierno. Sin embargo, continúa haciendo frío por las mañanas y no sé si éstas son las últimas lluvias de invierno o las primeras de primavera.”

Lo pensé-escribí en el autobús, de camino a la universidad. Había cogido el mismo trozo de papel en el que, días antes, había logrado escribir los primeros compases de mi pieza para piano. Bueno, un boceto de los mismos. Yo y el tempo somos como el aceite y el agua; para mí, la música se mide con el corazón.

Boceto de los primeros compases | Ian Blázquez

Aún no se había inaugurado celestialmente la primavera, porque a la Tierra le faltaban unos cuantos miles de kilómetros de espacio para llegar al equinoccio. Eso sería en sólo dos días, a las diez de la noche. A esa hora, en todo el planeta el día y la noche durarían exactamente lo mismo. Qué poético, ¿no? Todos viviríamos el mismo día y la misma noche, sólo durante un momento en esta danza cósmica. Luego todos volveríamos a nuestras horas. Mientras tanto, seguía siendo invierno, último invierno.

Sólo 12 minutos comenzado aquel día, Día del Padre, murió mi abuelo en el hospital.

Todas las palabras, todos los borradores que tenía guardados, dejaron de tener sentido, porque la vida, aquel día, se me quedó sin palabras. Al día siguiente, me pasé horas en habitaciones vacías y silenciosas de un tanatorio que sólo había visto de pasada desde una ventana de autobús; ahora nunca se me olvidará cómo es. Ahora siempre que paso por allí de vuelta a casa, pienso: “yo he estado allí”, y todas los recuerdos me punzan.

Lo cierto es que me pasé horas —ahora ya van días— intentando averiguar las palabras, intentando descifrar los significados de esta torrente de sentimientos que me invaden, caóticos y de golpe. Aquel día, me senté en una silla delante de una pared que me separaba del cuerpo de mi abuelo y la miré fijamente. No recuerdo de qué color era, pero recuerdo el cuadro que colgada de ella: era la pintura de una flor blanca, una magnolia. Tal vez no signifique nada nunca, pero me pasé horas mirándola, averiguando por qué una magnolia, por qué pinturas de flores en una habitación tan lúgubre. ¿Por qué?

La flor de magnolia que atormenta mis silencios… (visto en www.florespedia.com)

No sé si jamás entenderé el dilema de la magnolia —tampoco es que es importa, él ya se fue—, pero ahora ya han pasado dos semanas desde aquel día, ya es primavera, ya dejó de llover, salió el sol y ya no hace frío por las mañanas… Pero sigo sin palabras. Sólo tengo una colección de borradores fríos y olvidados: vacíos que silencian gritos, gritos vacíos que son silencios, silencios gritados que están vacíos… Una colección de memorias, momentos pasados, tiempo, vida y silencio. 

No sé cuántos de vosotros habréis visto una magnolia a primera vista, pero son flores grandes y vistosas, de un blanco que llega a ser puro blanco. Creo que son las flores más bellas. No duran mucho, quizá un par de días, luego se marchitan amarillentas, se encogen y caen al suelo dejando una piña de semillas que al maduran adquieren un color rojo, muy rojo. Pero no es sólo su flor lo que la hace bella, es el perfume que desprende: es profundo, dulce, delicado, inolvidable, inconfundible. En fin, es una flor simple, pero bella; es majestuosa, pero grácil e inocente; es delicada, pero firme.

No quise ver a mi abuelo en su lecho cuando no tuve la oportunidad de verle en vida. No me arrepiento. Guardo muchos recuerdo bonitos y valiosos de él, antes de todo y diga lo que dijere. Quiero seguir viviendo con esas imágenes, aunque los últimos recuerdos tengan tantas preguntas. “Ya nada importa”, me repito; “ya pasó”.

Ahora que ha comenzado la primavera, la primera sin él, se me antoja una buena estación para plantar mi primera magnolia en su recuerdo. Parece arbitrario después de todo, porque él siempre ha sido de plantar árboles “de provecho”, que dieran fruto o sombra; pero yo sé por qué lo hago, y eso es lo único que importa.

Dos días…

Debo librarme de todas estas palabras, porque el silencio nunca le hizo un bien al mundo. Y aunque hay una parte de mí que no quiere hablar de la muerte, otra lo necesita.

Qué conflictiva es, ¿no? La muerte es confusa y rara. La ves venir, la tienes interiorizada, la temes o la alabas, pero parece que nunca llega. Parece que, por un momento, todos somos eternos, inmortales, invencibles.

Pero llega y nos da de frente, un golpe seco que nos para quietos, nos inmoviliza, nos congela. Por un largo instante, el tiempo se para y la realidad se parte en dos. De repente, entras en otro mundo que es sólo pasado, te divorcias del presente y sólo te queda recordar.

La muerte es conflictiva no por aquellos que fallecen, sino por todo el peso de los vivos. La muerte pesa no por los que se van, sino por todo lo que se queda sin ellos.

Hay un vacío irreemplazable, un abismo que sólo está lleno de silencio, miedo, dudas, ira, impotencia. Es un agujero lleno de preguntas que jamás tendrán ni consuelo ni respuestas, porque la única persona que podía consolarlas y responderlas se ha ido.

Las noches no me traen descanso y el cuerpo me cruje con cansancio. Es una fatiga que no es de músculos y huesos, es algo que pertenece a la memoria y al alma. Es algo que no puedo curar con sueño o con pastillas; sólo las palabras, escribir y hablar, me podrán aliviar esta debilidad.

Así que aquí estoy, intentando darle sentido a toda la incertidumbre que me colma, intentando darle significados a todo lo dicho y todo lo que se quedó sin decir. Lo cierto es que siento que estoy intentando unir un puzle imposible, juntando piezas en lugares donde no van… buscando culpables donde sólo hay culpa, quizá.

En estas noches revueltas, sólo recuerdo el vaivén de abrazos, de silencios, de caras desconocidas, de familias rotas y pasados presentes. Reproduzco las escenas de errores aclarados, problemas callados, frustraciones, felicidades añejas y una extraña nostalgia por todo aquello que se había perdido.

No sabía dónde ponerme, eso es la verdad. Aun hoy, sigo buscándome un sitio en todo esto. Pasó tan de repente que parece ficticio, una mala jugada de la vida, una ironía maltrecha.

Pero sus cenizas ya descansan en una casa rural, de la familia, de una infancia que nunca fue mía pero de mi madre, en otra provincia, lejos, bajo las montañas. En paz. O eso quiero creer.

Dos días fue el tiempo en los que se sucedieron las escenas en tanatorio, de familia, de silencio, de duelo; de crematorio. Había salas llenas y vacías al mismo tiempo, que aunque había gente allí acompañándome, seguía estando solo ante él. Porque todo lo que nunca pasó en vida, todo lo que se entendió y nunca se habló, todo lo que se sintió… todo eso quedaría para siempre así, una serie de palabras que nunca se dirían. Y aunque habrá legiones de personas que me digan lo contrario, que seguramente esto y tal vez lo otro, yo sé lo que sé: que estoy solo en esto, que nunca estaré acompañado, que esta batalla la he perdido y nadie podrá consolarme toda la culpa, todas las preguntas, toda la impotencia y la ira que me causa… El furor y el dolor juntos rompiéndome el corazón cada segundo que pasa.

Eso es algo que nunca podré consolarme. Que nunca pude decir todo lo que quiero decir, que nunca corregí todo lo que he hecho mal; que nunca te dije “lo siento” cuando de verdad lo siento. Y que te fueras pensando lo que pensabas, me rompe el corazón; siento los crujidos.

Toda mi angustia es silencio. Toda mi culpa es silencio. Todo mi dolor es silencio. Todo por decir… es silencio. ¡Hay tanto silencio…! No me deja dormir todo este silencio con el que tengo que vivir, porque en la noche me pasan todas las palabras que me quedaron por decirte.

“Ya no importa, ya nada importa”, me dijeron. Pero para mí sigue importando… Ya sé que después de la muerte, a los vivos no nos queda nada por hacer, pero… “Pero ¿qué?”, me pregunto.

Lo cierto es que podría gritar mi ira, mi frustración; podría buscar mis culpables y embarcarme en una viaje de venganza por todos los males hechos, por todo aquello que pasó… Pero nunca volverá a la vida, nunca le podré decir a la cara que lo siento, que esto y lo otro; nunca le escucharé responderme y decirme todo lo que quiero escuchar. Nunca pasará, porque ya pasó.

Ahora me toca vivir con los vivos, con el peso que eso conlleva… Compartiremos nuestras memorias, el dolor, las palabras; todo lo que nos hubiera gustado vivir con él… todo lo que imaginábamos iba a ocurrir, pero que no se hizo realidad. Ahora toca compartir buenos recuerdos, risas, lágrimas y todo lo que nos enseñó cuando fuimos pequeños.

Eso es lo que toca, ya no por nosotros, los que sobreviviremos sin él, sino por él, por mantener su memoria viva, por su honor, por el amor que cada uno de nosotros le profesamos a nuestra manera íntima y personal. Ahora nos toca seguir haciendo las cosas que él quiso que hiciéramos, que fuésemos felices; que dejemos de discutir

Esta familia aún tiene muchas cosas que averiguar, muchas cosas que resolver y muchas más cosas que perdonar. Él sabía esto, y mi pena es que nunca vivirá para verlo… o sí, desde donde esté.

No soy creyente como los demás, no creo en los dioses en los que creen los demás. No sigo rituales o símbolos que otros siguen… Yo tengo mi propia creencia, mis propios dioses, mis propios rituales y símbolos. Y esa parte de mí que cree en eso, también cree que me escucha, que de alguna forma me perdona y ahora en la muerte, entiende toda la vida; que todo lo que pasó, ha pasado, y ahora toca vivir como nos enseñó a vivir, con poesía.

A pesar de ello, sigo buscando: buscando respuestas, consuelo, algo de paz en toda esta confusión y este oculto dolor. Sigo sintiendo la culpa, el silencio, la tristeza, la frustración, la impotencia, la ira… Todo eso que forma parte de mi duelo personal. Sigo viendo las salas vacías, la familia rota; sigo recordando todo lo que pasó y cómo pasó. Sigo intentando ponerlo todo en un lugar, encajando las piezas para darle sentido… Pero estas palabras ya no me atormentan, ya no me pesan, ya no me gritan desde el fondo del corazón.

Aún tengo muchas palabras, ¡tantas palabras!, pero éstas palabras son libres… Y en la medida que ellas son libres, yo soy libre. Algo de paz hay en aliviar lo que no se puede decir en alto, pero que sí se puede escribir en largo y tendido.

 

Álex

Había nacido un 20 de agosto de 1991. Para cuando tuve la oportunidad de descubrirle, tenía 17 años a meses de cumplir la mayoría de edad. Su hermano, Daniel, había muerto recientemente de cáncer y nuestro encuentro sólo fue la oportunidad que vio para convertirme en su nuevo mejor amigo ante el dolor. Lo cierto es que nunca fue una persona de bajones ni caras tristes, y ocultaba todos aquellos horrores de su historia tras una sonrisa amplia y atractiva. A primera vista, gracioso y bromista, a nadie se le hubiese pasado por la cabeza que su hermano había muerto de cáncer.

Su hermana mayor, Eva, había dejado la casa parental hacía ya un año, en busca de oportunidades primero en la Capital, que luego la llevarían hasta París. Me había confesado una noche nostálgica que les había dejado porque no podía seguir viviendo en esa imagen donde su primer hermano pequeño estaba siendo consumido poco a poco por un cáncer agresivo y una quimioterapia aún más agresiva. Lo cierto es que Eva dejó la casa cuando Daniel mejoró considerablemente la primera vez tras 8 meses seguidos de quimioterapia. Ya había estado en Madrid durante más de cinco meses cuando sus padres la llamaron una noche para darle la noticia fatal: que Daniel había vuelto a recaer, que el cáncer había vuelto. Volvió sólo una vez más, para abrazar a su hermano antes de irse a París, pero sobre todo para despedirse de él cuando éste decidió no volver a tomar quimioterapia y dejar su vida en manos del destino, porque ya estaba cansado de ver a su familia sufrir. Según Álex, lo dijo con pura felicidad, como si de una revelación se tratara. Eso fue lo que derrumbó a esta familia tan feliz, tan idílica, que dejase de pelear.

Álex y yo nos conocimos en una quedada en el Retiro, ya por el año 2008. Sería mayo o junio, aunque ya no lo recuerdo; hacía buen tiempo, eso sí, y eso nos obligaba —para quien conozca el tiempo de Madrid— a llevar ropa cómoda y ligera. Mi amigo Carlos pensó que sería mejor si éramos más. Así que trajo a su amigo. Esa historia ya es historia, pero el caso es que acabé formando parte de la vida de Álex, y con ello, acabé conociendo esta trágica historia.

Su hermano había nacido en 1989, es decir, tenía dos años más que él. Murió a los 20, a poco de cumplir 21.

Cuando Álex y yo cruzamos caminos, ya había pasado algo así como un año desde aquella tragedia. Como me dijo un día, «eres un enviado», con una sonrisa que bordeaba el lloro.

Todas aquellas emociones las dejó encerradas en alguna parte muy profunda de él. No se dejó afectar por aquello. Pero eso no evitó que se le notara en mil gestos, como sombras escapándose de entre el brillo de sus ojos, por ejemplo; o esa sonrisa que parecía pesada, cuando una sonrisa debía ser ligera…

Lo agravante era que él era un apasionado de la vida, de esos que existen pocos y que son genuinos: apasionado de sus aficiones, los pequeños placeres, las aventuras, la tranquilidad, aprender, la vida. Parecía que estuviese en un péndulo, de un lado a otro, radicalmente cambiando, de altura a valle, sintiendo la adrenalina. Más que sintiendo, necesitando. Me di cuenta de eso después, desde lejos, cuando las cosas cambiaron, la vida se puso de por medio, él se fue.

Pero un día —¿O fue una noche?— me confesó que Daniel era su mejor amigo, su apoyo, su fuerza, su roca, su pilar, su luz, su deje. Que cuando murió, algo de él murió con ello. Me confesó que se pasó una semana llorando, que su madre y su padre estaban desesperados y ya no sabían que hacer. No lo supo entonces, sino más tarde, que su hermano pequeño, Gabriel, no entendía nada y lo estaba pasando mal por todos. ¿Os lo imagináis? Un niño pequeño, de poco más de 11 años, ante la muerte de su hermano, otro hermano destrozado, la hermana lejos… Era una familia tan feliz…

Pasó una semana, me dijo, y paró de llorar: como que supo, muy dentro de él, que Daniel no hubiese querido eso. Y tras una larga encerrona en su habitación, decidió salir a hacer vida; a ponerse una sonrisa y ser fuerte para su hermano pequeño, que le necesitaba, y para sus padres que habían visto a su hijo morir y a su hija marcharse. Él, Álex, ahora se había convertido en la fuerza de los González, la roca, el pilar. Me dijo que no fue inmediato, pero que poco a poco ganó su fuerza instalada como centro de su familia. Que había recuperado un objetivo. Desde entonces, la familia siempre ha sido todo para él.

No sé, siempre fue un chico optimista. Apasionado, pero optimista. No había mucho en el mundo que le pudiese cabrear, irritar, doler, entristecer. Siempre con una sonrisa, siempre con una broma. Fue él quien me dijo: «no hay que tomarse la vida muy en serio, que si no parece que estamos aquí de verdad».

Persiguió sus sueños: siempre quiso ser abogado, pero circunstancias de la vida, nunca entró en la universidad. La última vez que hablé con él me dijo que nunca lo descartará, que algún día, por fin, hará la carrera. De Salamanca fue a Madrid, de Madrid a Salamanca —ciudad de la familia—; con un curso en secretariado y un trabajo en un bar, por razones existenciales, decidió que tenía que marcharse, seguir sus sentimientos, descubrir algo, buscarse respuestas.

Nunca dejó de hablar con su hermana, con quien hasta la muerte de Daniel no había tenido mucho contacto, pero que después se volvieron muy cercanos. Dijo que quería irse con ella a París, buscarse algo allí, lejos de todo esto. Nunca entendí por qué se quería marchar, cuando tenía una familia que le quería, un trabajo, una pareja que le quería con locura.

Nada, se quería marchar.

Fue la penúltima vez que me llamó, para pedirme consejo, porque no estaba seguro de lo que quería hacer y que mis palabras serían definitivas. Le dije lo que siempre he dicho:

—Si es lo que de verdad quieres, hazlo. Si sientes de verdad que te llama otro lugar, vete y descúbrelo.

No sé qué fue, pero algo me hizo sentir que estaba llorando y sonriendo al mismo tiempo al otro lado del teléfono. Poco después de eso, se fue, en diciembre. Qué mal planeado irse a París en Navidad, con el frío que debe de hacer allí arriba.

La última vez que me llamó fue después de Año Nuevo. Me quiso felicitar un gran año y me contó que estaba bien. Que estaba lleno de esperanzas; que gracias.

Escribo esta historia porque ya forma parte de mí; porque me marcó. Porque él me dio permiso para contarla.

—Ian, un día en el futuro, cuando el pasado sea pasado, quiero que escribas mi historia, nuestra historia. Por favor. Que sepa que te importa.

Nunca entendí muy bien lo que quiso decir entonces. Pero ahora… Ahora ya sé que el pasado es pasado.

Lo cierto es que hay muchísimo más que contar, pero hoy, no sé, me apetecía escribir esto. Tal vez sea por el mensaje que me ha enviado hace más de una semana y que no sé cómo contestar.

Papá

Allí estaba, delante de mi madre, intentando contener las lágrimas, intentando parar esa horrible sensación de querer romper a llorar. Me duele el estómago, como si me hubiesen dado un puñetazo. Lo cierto es que sentía vergüenza, llorar delante de mi madre sobre la muerte de mi padre.

—Tu padre ha muerto —dice, tan fácilmente que parece…—, y tienes que, de alguna forma, aceptar esa realidad. —Esa realidad, repite mi cabeza.

En mi mente también suena en un eco infinito «ha muerto», repitiéndose una y otra vez. «Ha muerto».

Algo en mí quiere protestar, quiere rebelarse contra esa realidad. Le digo una y otra vez, «ya sé que ha muerto», pero cada vez que lo digo, más vacío suena.

De repente me paro a pensar, a reflexionar… que quizá no lo haya superado, como tantas veces me he dicho. Eso me entumece las manos y me veo comprometido conmigo mismo. No sé qué hacer. Han pasado ya más de seis años y no sé qué hacer.

Se hace el silencio. Es un silencio de esos que parecen espesar el aire que se respira, como si cayese sobre uno un gran peso inaguantable. Siento que me oprime el pecho, el corazón, el alma. Casi se me escapa una lágrima. La contengo por enésima vez. Aumenta mi dolor.

Me siento también como un animal acorralado, en una esquina. Las ganas de salir corriendo me invaden, y pienso que disimuladamente podría dejar la casa, pero ya en la calle, largarme tan rápido como puedan mis piernas, a llorar a alguna parte donde no haya casas, paredes, personas, fotografías, civilización; en medio del campo, donde sólo los dioses sean mis silenciosos, imparciales testigos.

Pero no. Me encierro en mi habitación, a escribir estas palabras. No puedo ocultar una tristeza que crece exponencialmente, ni tampoco puedo reprimir más las ganas de llorar, pero sigo temiendo que mi madre me escuche desde el salón. Así que no lloro.

Algo dentro de mí, una fantasía de mi propio cultivo, me dice que mi padre no lo hubiese querido.

Me giro hacia la ventana entreabierta, con la cortina un poco abierta: puedo ver las pelusas de polen surcar los cielos grácilmente con la leve brisa que llega de la sierra, y en el fondo está el campo de colores ibéricos, de encinas y hierbas secas, un campo allí donde me proyecto y por fin lloro la muerte de mi padre, en el silencio de mi imaginación y de mi habitación.

Los raíles de la vida.

Se sentía atrapado, como tantas otras veces. Todos los caminos de la vida habían convergido en ese punto sin salida a través de una serie de eventos que, aunque azarosos al principio, parecían responder a un patrón gracioso que había impuesto el propio destino.
No creía en el destino, pero lentamente, negándose a creer en lo fortuito que era todo eso, empezó a creer en razones, y el destino, y en el plan supremo. Empezó a creer que alguien sin vida propia se dedicaba a arruinar la vida de los demás en un intento inútil de sentirse bien, de sentirse parte de algo más grande que de su propia individualidad. De llenarse. Dios debe de estar muy aburrido solo, se dijo.

Estaba seguro de ello. Todas las cartas estaban en la mesa, era la última jugada, había perdido más veces que había ganado, pero nunca perdió la esperanza, y fue la esperanza, y la esperanza solamente, lo que le había empujado hasta el borde del precipicio, a punto de saltar al vacío, y sería la esperanza lo que, durante la caída, le empujaba a pensar que a lo mejor sobreviviría. Y seguiría adelante en la vida, viviendo.

Si hay algo malo en la vida, eso, lo peor de todo, es la esperanza, porque te empuja hasta el último momento, cuando todas las puertas se han abierto y queda sola y únicamente una, una que siempre estará regida por un tal vez, un quizá, un a lo mejor. También está el “y si”, y es toda esa incertidumbre, todo ese azar, todo ese estrés e inseguridad, todo ese miedo, lo que hace de la esperanza algo insaludable, algo que empuja a la gente a los extremos, a la radicalidad, a la locura personal, a la desesperación, a la frustración, a la ansiedad, a la decepción, a la rabia, la ira y el odio.
La esperanza, eso que tanto se ha vestido de bonito y encantador, de rosa y rosas, de azul celeste sobre carpeta roja, bajo luces de espectáculo, sobre pedestales de mármol pulido y blanco puro, engarzado con oro y piedras preciosas, guardada como lo más valioso, como un tesoro, una reliquia incalculable, bajo la grandeza de un palacio indestructible, eso, la esperanza, a lo que todo el mundo recurre como último recurso, como el único recurso después de que todo esté perdido (o no), la esperanza, eso tan sobrevalorado hoy en día y desde siempre, es un veneno, es una trampa, es una ilusión, un espejismo, una caja vacía, una puerta falsa, un agujero, un agujero negro.
¿Y por qué?

Porque la esperanza te empuja hasta el borde del precipicio, todas y cada una de las veces que gobierna tu vida. Y es por eso, por vivir la vida de precipicio en precicipio, que la esperanza es destructiva.
Porque la vida debe ser un camino que se camina paso a paso, como un largo viaje que termina en un campo Eliseo lleno de asfódelos. Y ya.

Eso es lo que él pensaba de la esperanza. Tal vez era la ira hablando, o la desesperación, o la decepción, o la frustración, o todo ello combinado. Quizá estaba también triste, pero lo que fuese, él pensaba que la esperanza era algo que no ayudaba, que no ayuda a vivir con felicidad.
Así lo decía su corta experiencia.

Estaba seguro de ello, y así lo había decidido. Se había levantado aquella mañana como lo había hecho los último 10 años: como un autómata sumido en una vida reinada por el tiempo. Había ido al trabajo, había hecho su deber del día, y al final de su jornada, había regresado a su casa solitaria, solo, como ha estado durante tantos años.
Era más que consciente de su parte de culpa en todo lo que había pasado y pasaba en su vida, ¿quién si no? ¿Acaso creía la gente que no había hecho todo lo que podía por cambiar su rumbo? ¡Pues claro que lo había hecho!
Pero todo en vano.

Pero simple y sencillamente, y aunque la gente se niegue a creerlo, hay personas que tienen más suerte que otras. Porque la vida es cosa de suerte.
Quizá la suerte es una actitud, pero era una actitud que él no era capaz de amaestrar. Y lo había intentado.

Después de todo, la vida es pura suerte por sí misma.

La tarde caía poco a poco sobre el horizonte y había hecho un precioso día de sol y cielos azules despejados. Se había levantado un poco de brisa aquella tarde, pero eso sólo mejoraba el ambiente.
Todo eso no logró pararle en su decisión, y allí estaba, al lado de las vías del tren, esperando al tren de las 19h.

Faltaban sólo diez minutos para que allí, en un momento, la vida dejase de estar en él. Lo quería, lo esperaba.
Ya no tenía nada pendiente en la vida: sus padres habían muerto hace un par de años, cada uno de un mal que no quería recordar y su familia había desaparecido después de eso. No tenía hermanos. Había terminado sus estudios bien y acabó consiguiendo un trabajo estable. Tenía amigos que le apreciaban y había tenido su época de amores. Había viajado todo lo que quería y aprendió todo lo que quería. Para él, su vida ya estaba hecha. Vivió.
Y solamente tenía 43 años.

Pero sentía que le faltaba algo, siempre había sentido que le faltaba algo. Empezó a sentir que le faltaba algo el día que fue consciente por primera vez de todas aquellas cosas que tenía y que no tenía. Y desde aquel primer encuentro con la realidad como mente pensante, sintió todos y cado uno de sus días que le faltaba algo.
Y nunca supo qué era.

siete minutos. Era sólo una ilusión suya, pero por un momento pudo sentir cómo la gravilla bajo los raíles empezaba a vibrar y a saltar, anunciando así la llegada de su destino.
Porque vivir es ir al encuentro del destino.

No sentía miedo, ni ira, ni odio, ni resentimiento, ni desesperación, ni frustración, ni estrés ni ansiedad, ni tristeza. Nada. Allí estaba, cuello contra vía, cuerpo contra suelo. En ese momento, en ese instante donde se encontraban el mundo, su mente, su vida, el suelo, las sensaciones, el pensamiento, el presente, el pasado y el futuro, en ese momento, no sentía nada.
¿Acaso debería sentir algo?, pensó.

Cinco minutos. Oscurecía por minuto. Se dio la vuelta, boca arriba, y miró el cielo. Las estrellas empezaban a salir tímidas tras el velo del día, sobre el azabache del universo. Y en una esquina de la bóveda, pálida, irresoluta y titubeante, la luna empezaba a brillar. Los últimos rayos del sol intimidaban a las figuras de la noche, pero ahí estaban, dando la cara.
Como él sobre los raíles de su destino.

Tres minutos. ¿Acaso debería sentir algo?, siguió pensando. Apenas podía ver nada. El mundo se apagaba ante sus ojos: primero el horizonte, luego las montañas. Después los árboles y la tierra, los pájaros y sus cantos. El mundo se apagaba a cada paso que el sol se hundía en el ocaso. Y al apagarse un mundo, se encendía otro: un mundo de sensaciones, de noche, de estrellas titilantes y luna argentada. Un mundo de imaginación.

Un minuto. Ya estaba. Podía oír en la cercana lejanía el traqueteo de un tren, de su tren. Y lo empezó a sentir, la vibración de la muerte sobre su cuello, sobre la gravilla que bailaba a su llegada, sobre todo su cuerpo que vibraba con ímpetu a la llegada de su destino, un destino que llegaba a unos cuantos kilómetros por hora.
“Chu, chu, chu, chu, chu, chu”. Así sonaba su muerte, así sonaba su destino, a traqueteo de tren sobre raíles de hierro frío.
El momento parecía retrasarse eternamente, y al mismo tiempo, paradójicamente, llegaba muy rápido. Lo sentía sobre él, sobre sus brazos que reposaban sobre la gravilla, y su cuello, el cuello que besaba la vía.

Segundos ya para pagar su destino.

Cinco metros para apagarlo todo.

Tres metros.

Dos metros.

Un metro. Un metro que se alargó en centímetros, y estos en decímetros, y los decímetros en milímetros, y los milímetros en micrómetros. Se hacía eterna la espera.
Y cuando pudo ver la cara de la Muerte, cuando pudo sentir su aliento sobre su alma, y el Destino alargar una mano sobre su cuello… Cuando pudo sentir todo eso…

… dio un paso atrás de ellos y un paso hacia delante en la vida.

Porque fue entonces cuando empezó a vivir.