Nada que decir de una tormenta de julio

¿Cómo describir una tormenta de julio? El aire pesado, los pájaros que siguen piando contando los minutos hasta que caiga la tromba de agua, los perros que ladran atemorizados con los truenos, la húmeda brisa que alivia el calor y agita las ramas altas de los árboles, el sol justiciero que se acobarda tras los monumentales nubarrones que parecen crecer y crecer, y a hacerse cada vez más oscuros. Los truenos retruenan, desde la lejanía tras las montañas hasta lo más dentro del alma, hacen vibrar algunos cristales cuando rugen como una bestia. 

A mi abuelo, que en paz descanse, le encantaban las tormentas de verano. Normalmente arreciaban a última hora de la tarde, cuando todo el calor se había disipado en la atmósfera y se lleva con sí la poca humedad del suelo, haciendo crecer las nubes. Entonces apagaba la televisión, las luces y salía a la terraza a ver los rayos iluminar el oscuro cielo. Se sentaba en una de esas sillas roñosas y contemplaba la tormenta hasta que empezaba a llover, aunque algunas veces no llovía y sólo tronaba, y tronaba. 

Le pregunté un día que por qué lo hacía. Era más joven y me sentaba a su lado a la sombra de la tormenta. Algunas veces nos acompañaba mi tía. Me dijo que era el silencio: los pájaros dejaban de piar, el viento se levantaba para refrescar el calor y la inmensa quietud que reinaba entre rayo y trueno; que le encantaba ver los rayos y sentir el trueno temblar. 

Ha empezado a llover ya. El viento se ha levantado un poco más y se escuchan los portazos en otras casas. Mi madre corre a cerrar las ventanas. Pero yo sigo pegado a la ventana escuchando la tormenta porque, al igual que mi abuelo, me relaja. Me relaja mucho. 

He estado pensando en todo lo que he acumulado en este tiempo que no he podido escribir: los 36 borradores, que algunos alcanzan casi dos años de edad, una confesión de amor a alguien que no sabe que existo —y que a este paso nunca lo sabrá—, otra carta a un amigo que se ha alejado de mí, un poema errático e inacabado, fragmentos de pensamiento, reflexiones a medias y las primeras líneas de una historia que nunca cuajó y que ya he olvidado.

Me siento al mismo tiempo abrumado y bloqueado, no sé qué hacer con todas estas palabras: ¿borrarlas, terminarlas? ¿Dejarlas, olvidarlas? Ahora que tengo el tiempo, no tengo las ganas… 

No importa. Ahora mismo nada de eso importa. La tormenta ha llegado, cierro los ojos ante el viento que empuja a través de la ventana abierta. Algunas gotas de lluvia me mojan la frente. Los niños salen corriendo con la pelota a refugiarse en sus casas; los vecinos recogen las sillas de la terraza. Los pájaros han dejado de piar, los truenos suenan cada vez más alto. La puerta golpea con la corriente; me levanto a poner el parador. Se está haciendo cada vez más oscuro, pero hay tanta paz… Ahora hay tanto silencio… No hay nada más que decir con esta tormenta de verano… 

 

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Quiero

Quiero escribir algo antes de irme, aunque sea algo corto. Quiero aprovechar que la tormenta se ha rasgado y el sol se cuela, pero la tierra sigue mojada con la lluvia de anoche. Quiero ver el campo verdecer, mientras se vuelve verde, no cuando ya esté todo verde. Quiero disfrutar del momento, aunque pronto la lluvia volverá porque veo las nubes planear por encima de las lejanas montañas. Quiero escaparme un momento, lejos del mundo, como hacia antes, perderme en el camino y el campo; perderme en el silencio, en el canto de los pájaros y el crujido de la arena bajo mis pasos; perderme hasta que se hace tarde; perder la noción del tiempo y sólo escuchar mis latidos como segundos. Quiero disfrutar del ahora porque luego, yo sé, ya será demasiado tarde; incluso mañana. ¿Quién sabe lo que pasará mañana? Mañana cojo el tren hacia el sur y ya no estaré aquí. Así que quiero escribir algo antes de irme, antes de que estas palabras no digan nada, antes de que el silencio se asienta y otra historia, en forma de momento, muera en las cunetas del papel. 

Soñando un lunes

El lunes te vi; fue un momento. Me monté en el segundo vagón del viejo tren, de los antiguos, los que tienen los vagones separados. Iba ajeno al tiempo que corría, a la lluvia en las calles de la superficie, y al tiempo marcado en los relojes de la estación de metro. Bueno, de esos ya no hay. Iba en la mañana temprana, vistiendo el sueño, con las prisas en mente. De tanta rutina se me hace ya normal estar bajo tierra, bajo la ciudad de Madrid que ruge a metal y huele a humo, y ahora, en las mañanas tempranas de enero, se empaña con el frío de invierno que se pega a los cristales. Y a los huesos. La lluvia también se pega, pero es más resbaladiza.  

Me monté en el segundo vagón y me senté solo en una bancada del final; nadie más compartió sitio conmigo; nadie más iba despierto para compartir sitio con nadie. La luz de fluorescente era tenue, amarillenta, vieja tras el plástico sucio. Y parpadeaba ligeramente, casi imperceptiblemente. Pero parpadeaba. El silencio por un momento también se monta en el vagón, pero pronto se ahogó con el pitido, con las puertas que se cerraban, el traqueteo metálico del tren que empezaba a moverse. 

Chac, chac, chac. En la mañana, en el silencio, en la rutina. Chac, chac, chac. Porque los trenes antiguos suenan así, con su traqueteo característico. Y el constantemente vaivén. Y el olor a… No sabría describir a qué huelen los viejos trenes. Tampoco importa ahora, porque todos íbamos dormidos, autómatas de esta gran máquina de la civilización. 

Y el traqueteo hacía eco en los túneles oscuros que ahuecan las entrañas de Madrid. Miro a mi alrededor, todo están absortos aún en los sueños de anoche, descansándose en los reposabrazos, echando una cabezada. O mirando los infinitos papeles achinando cada vez más los ojos para descifrar su contenido. 

Me miro en el cristal de enfrente y veo mi reflejo devolviéndome una mirada. Es un reflejo que contrasta con el negro del túnel, con la pared que parece moverse a la misma velocidad a la que se mueve el tren; todo se mueve. Y agudizo la vista y veo los cables del metro: cables de colores que serpentean sobre la pared, hundiéndose en ella, alejándose, diversificándose. Como nosotros. Que también serpenteamos bajo la ciudad montados en este gusano de metal, hundiéndonos más en la rutina, alejándonos del sueño, diversificándonos en los caminos que nos esperan más adelante.

Y giré la cabeza hacia la derecha.

El lunes te vi; fue un momento: ibas en el primer vagón, al fondo, al lado de la ventana, pero al lado de la ventana que da a mi lado del vagón. Podría decirse que estábamos casi juntos, codo con codo. Sólo nos separaban dos ventanas, unos asientos y el vacío entre vagón y vagón. 

Estoy seguro que si hubiera sido el metro nuevo, no nos hubiéramos visto. No. La dinámica de miradas es distinto en los metros (trenes) nuevos. 

Estoy seguro, también, que de reojo te vi mirarme varias veces. Vi la sombra de cómo te girabas y mirabas a través de la ventana hacia mi vagón, quizá esperando algo; eso nunca lo sabré. Nunca, porque es poco probable que te vuelva a ver, aunque el mundo sea un pañuelo

Pero el lunes te vi en un momento y fue un momento muy… mal aprovechado. Ésa es la expresión. Porque giré la cabeza y te vi, y te vi sonreírme, pero no hice nada. Sólo giré otra vez la cabeza, vi mi reflejo en el negro del túnel y miré el fluorescente que parpadeaba encima de mi cabeza, molestándome. 

Iba con prisas, la verdad. Tenía que estar en un lugar a tiempo. Tenía que. Así que salí del vagón sin mirar atrás, aunque quise. 

Y llevo queriendo (verte) desde entonces. 

No me quito de la cabeza esa sonrisa, esa simple y sincera sonrisa. Lo más seguro es que no fuera nada, que sólo te podía el sueño —como a todos— y fuese algo inconsciente. A lo mejor no era para mí, sino para la persona que estuviera detrás de mí… Quizá tantas cosas. 

Mañana vendrá otro lunes… y debo confesar que estoy esperando, aunque las posibilidades sean mínimas, para verte otra vez. Aunque sea una última vez, que me confirmes que sólo estaba soñando, temprano en la mañana, un lunes de enero. 

 

En clave del tiempo

Pretender alegría
y falsas apariencias
para encontrar
corazones rotos
y malas experiencias

Promesas rotas
que un día fueron sueños
y esperanzas,
hoy ya sólo son decepciones,
cenizas y ascuas.

La vejez es lo que tiene, 
la juventud lo que quita. 
Somos mil cuestiones
preguntas y pesquisas.
Todas elucubraciones
sin respuestas
ni soluciones.

Es tiempo de vivir, 
de sentir
y dejarse llevar; 
tiempo de decir, 
de oír, 
de pensar la verdad.

Y recuperar el tiempo perdido
que tanto queremos recuperar, 
sin perdernos así
un poco de la eventualidad, 
que es dejarse llevar
por el ahora y el aquí; 
este momento sin igual, 
un destello en la eternidad, 
la esencia de vivir. 

Otra vez

Son las cinco de la madrugada. Hace frío, pero el calentador suena en la lejanía. No deja de ser diciembre. La manta me cubre el pecho, pero tu respiración aquí al lado me lo desnuda. La ventana del ático mira en la noche, casi mañana, de Madrid. Y brilla. Brilla sin estrellas y sin luna, pero brilla y puedo ver la habitación en la que estamos. Me acurruco más a ti, buscando tu calor y, ¿para qué mentir?, tu olor. A lo mejor así puedo dormir. Porque no quiero abrazarte no vaya a despertarte. Te mueves, sigues respirando por la boca; dejo de sentirme solo por un momento. La noche sigue minuto a minuto, el calentador sigue chorro de aire caliente al tiempo, pero el silencio me palpita en los oídos, y el cielo sigue brillando hasta que amanezca mañana. Porque aún es de noche y aún tengo amor que dar. Pero otra vez sigo esperando. Otra vez.

Nos escribíamos

Acostumbro a escribir notas de impresiones de mis días en la ciudad en papeles sueltos que luego guardo y muchas veces olvido. Se apilan en mi escritorio, sin control algunas veces, en los cajones, entre cuadernos, marcando las páginas de libros que nunca termino de leer. Tiempo después, pueden ser incluso años, los rescato de ese exilio inconsciente y los releo, eufórico —¿qué si no?—, porque parece que estoy descubriendo un mundo nuevo que me aviva la imaginación. Y es que, aunque esas notas tengan su momento, las imágenes que conjuran en la mente —porque ésa es la palabra, «conjurar», como si fuese magia— parecen atemporales, siempre de otro mundo. Y cuando las releo, la voz es nueva, y no es mía, empieza a contarme su historia. Esas notas, la verdad, siempre parecen ajenas. Y me encanta. Algunas veces las leo realmente creyendo que alguien me las ha metido en el bolsillo —¿habrá alguien que lo haga?—, porque el sentimiento que encierran las palabras, me parece, es completamente desconocido. Aquí tenéis una nota de ésas:

Nos escribíamos. Él lo sabía, yo lo sabía; nos sabíamos, y nos escribíamos. Habíamos alcanzado ese momento entre dos escritores que conocen la misma historia

… y se saben como descubridores de la misma.

Había algo íntimo en ese intercambio de miradas donde estábamos diciéndonos: «sé que escribes. Sé que estás aquí para escribir, porque yo también estoy aquí para escribir. Te veo escribir: veo tu cuaderno, tu bolígrafo, tu música; tú me ves el cuaderno, el bolígrafo, mi música. Y por un momento somos iguales, somos casi hermanos; tenemos esta locura que compartir».

No deja de ser una sensación extraña. Entras a un local diseñado para atraer a gente que escribe, por su decoración, por su ubicación en la ciudad, por la ubicua taza caliente que sirven, por el ambiente de silencio e intelectualidad; por lo que fuese, pero ahí estás. Y tienes un plan sencillo: quieres escribir. Pero lo primero que notas es al otro que escribe, que es como tú —o no tanto—, que hasta cierto punto también ha sido atraído por los mismos ideales (literarios), que persigue una vida dedicada a las palabras, que las disfruta; que está ahí porque quiere estar ahí, porque lo elige; porque no concibe pasar el tiempo haciendo otra cosa. Y sabes que si te pones a ello, os entenderíais de maneras que otros no entenderían.

Es, en pocas palabras, una atracción. Pero es otro tipo de atracción, porque va más allá de la simpatía, o la empatía: es algo pasional.

Y yo lo confieso. Confieso que aquel día iba con intenciones de escribir tranquilamente a un local que siempre está abarrotado de gente. Gente que, debo notar, tiene mi admiración y respeto, pero con la que (sé) nunca me podría juntar. Precisamente por eso voy a este tipo de locales: porque es en este tipo de multitud donde puedo encontrar un momento de soledad y paz que quizá una habitación vacía y silenciosa no me puede dar.

Elegí mi esquina —siempre esquina—, saqué mi cuaderno, mi bolígrafo, hice mi pedido de té, me puse los auriculares y me dejé llevar. Y lo vi.

Cada mirada es distinta, pero ésta es siempre la misma. Observé todo lo que yo iba a hacer, él ya lo estaba haciendo: ya tenía el cuaderno abierto y el bolígrafo destapado; tenía la música puesta y la taza estaba medio llena (soy así de optimista). Y me miró, por encima de sus gafas, porque parece que todos llevamos gafas; y me miró curiosamente, como esperando algo de mí: un gesto de camaradería, un saludo de escritor; algo. Me miró y le miré.

Y me sonrió.

Fue sencillo, pero muy humano. Fue algo que, a pesar de lo que muchos nos quieren hacer creer, no era sexual. Más allá del cinismo. Era algo espiritual. O artístico. ¿Sentirán los músicos lo mismo cuando se miran y se reconocen? ¿Y los dibujantes? ¿Y los actores? 

¿Acaso es una mirada de mutuo respeto, de admiración? ¿O es la mirada del reconocimiento, esa mirada tan poderosa que es, después de todo, lo que nos hace realmente humanos: que reconocemos en el otro algo en nosotros y con un gesto tan simple, lo decimos todo? 

La verdad es que me quedo sin descripción. La mejor forma que se ocurre de describir ese momento es que… Nos escribíamos. Y fue muy intenso.

 

| Thomas Leuthard

 

Brevedades

Volver de la eternidad un rato. Un rato corto; un momento; un instante. Y regresar al tiempo, lanzarse al abismo, con los ojos cerrados, como si nunca hubiera pasado nada, aunque en realidad ya ha pasado toda una historia.

Eternity | Andrew Maccoll