En el reino del miedo

¿Cuánta decepción sentirías si supieras que he exiliado tu nombre, que para mí no eres más que un 

Soy un exiliado yo mismo. Me fui porque tenía miedo a ser descubierto, miedo a que me juzgaran; miedo a que supieran que te amé. Vivía aterrado de enfrentarme a esa marabunta de miradas críticas que siempre nos han acechado, aunque en el fondo siempre he sabido que me lo merecía, el castigo. 

Ya es castigo suficiente no poder decir tu nombre… 

Por eso ahora soy el siguiente heredero al trono de este Reino Callado, un heredero más en este interminable linaje de mi dinastía. Son muchos los pretendientes al reinado, pero no creo que todos se lo merecen tanto como yo.

Y es que a diferencia de otras casas reales, ésta está formada por traidores, cobardes, mentirosos; débiles. Somos una estirpe de príncipes que reinamos en tierra de traidores, cobardes, mentirosas, débiles, exiliados, abandonados, doloridos, olvidados. Los héroes, los que ganan sus propias batallas enfrentándose a sus miedos —y a los miedos de otros—, los que se alzan con una bandera llena de nombres y colores, esos se merecen otro tipo de reinado —y de reino—: el de los valientes, los libres y victoriosos.

Aunque todos hemos peleado la misma batalla, la misma dolorosa y silenciosa batalla, de familias rotas y amores prohibidos, algunos alcanzaron la felicidad y salieron victorioso, pero otros seguimos viviendo en el miedo, o en la ira; y muchos son los que cayeron heridos.

Ahora soy uno de los príncipes entre los caídos, otro más entre las líneas que fueron derrotados en el intento, desterrados bajo montañas de secreto y silencio. 

Y tú, aunque eres ya un sinnombre, un ser del pasado lejano, eres la razón por la que me han nombrado príncipe: otro legítimo sucesor a todos los reyes abdicados que, como yo, reinaron en el miedo hasta que fueron destronados, o murieron añejos, perseguidos por sus fantasmas, solos en la oscuridad.

 

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No lo puede saber

—No me puedo lamentar, la verdad.

—No deberías, no. 

—Y sin embargo no lo puedo evitar: sentirme tan mal.

—¿Y por qué no se lo dices?

—Porque ya es demasiado tarde. Además, ¿qué digo? ¿Que me gusta?

—Yo creo que nunca es demasiado tarde para decir lo que sientes.

—Pues yo creo que sí, que el momento se ha pasado.

—¿Sí? Yo creo que aún hay tiempo.

—Ni siquiera sabe que existo. 

—Pues no será su culpa.

—Es mía la culpa.

—Tenías que haber dicho algo antes. Lo que fuese. La gente no lee mentes, ¿sabes?

—Ya lo sé. Lo sé… 

—¿Entonces? ¿Qué hacemos aquí?

—Nada… Lamentarse

—Ay… Bueno, podía ser peor.

—¿Tú crees?

—Claro. Podíais no haberos conocido. Podíais haber acabado mal.

—¿No hemos acabado mal?

—No habéis acabado. Aún no.

—Siento que ya se ha ido…

—Es que eres un dramático. Pero yo le veo aún mucho potencial a esta historia.

—¿Aun si soy un cobarde?

—Aun si eres un cobarde, sí. 

—Otra cosa que no puede saber.

—No sé yo. Hay algo valiente en admitir que eres un cobarde. No todo el mundo lo podría hacer.

En tierra de nadie

No sé si lo sabes, pero me has embrujado desde lejos.

Durante mucho tiempo he estado andando otros desiertos y otras ruinas en mi corazón. He andado largos caminos haciendo preguntas imposibles contra el silencio sin obtener nada, y he estado vagando solo en tierra de nadie, hacia tierra de nadie. Pero has llegado tú y parece que este hechizo se está rompiendo poco a poco, y me hallo en una nueva tierra; tengo miedo. Tengo ahora otras preguntas imposibles sobre este territorio desconocido en el que me encuentro, caminando ahora con cuidado contra el ruido que está arreciando en mi cabeza, sobre ti, sobre lo que pueda pasar…

Sólo te pido: dame paz. Eso es lo único que te pido.

Quiero…

En estas noches de vigilia te imagino delante de mí, a un beso de distancia. Imagino las miradas que nos echaríamos, intentando descubrir los secretos de este amor que es desconocido. Cuando te vi la primera vez, había sentido algo, algo que hacía mucho tiempo no sentía. Lo confieso. Era algo incierto, no obstante, un algo lleno de preguntas, pero me robaste una sonrisa y eso pareció calmarme las dudas. Pero no me ves, ¿verdad?, sentir.

Parece que somos de dos mundo completamente opuestos, distintos y alejados. Que todo lo que podría pasar, de alguna forma, nunca pasará. Quién sabe por qué. Tal vez sea porque, como dicen, you’re too good for me y no te merezca; tal vez sólo tenga miedo y nada más.

Y a pesar de este miedo, la incertidumbre, el sentimiento de lejanía y oposición… alguien como tú, seguramente, nunca volverá a aparecer en mi vida y ese pensamiento me da aún más miedo. Lo cierto es que no me gustaría perderte esta oportunidad.

¿Qué debo decir? ¿Cómo? ¿Cuándo? Nunca sé cómo empezar, pero siempre sé que quiero empezar. De todas formas, nunca he tenido las palabras correctas. Por eso escribo: porque estoy eternamente buscando lo que decir, la forma correcta de decirlo; buscándome y encontrándome, todo al mismo tiempo. ¿O es que te busco a ti? Tú que pareces tener una palabra, una historia para todo… Y, sin embargo, ahora hay tanto silencio…

Al mismo tiempo tengo tantas historias que contarte; y qué tú también me contaras… Tendríamos tantas noches de vigilia así, me imagino. No dormiríamos nuestros sueños, nos los contaremos a altas horas de la noche.

Me acerco a la ventana para ver en la noche de esta madrugada de abril, casi mayo. La luna se entrevé entre las altas nubes: está creciente y su claro es frágil, pero ilumina el lejano horizonte con el sueño del mañana.

Mañana será otro día, pero quiero…

Una boca llena de desamor

Se me llenó la boca de amor una vez. Una larga cadena de mensajes inconclusos lo atestiguan, dan fe ahora del miedo que pude sentir. Ahora no sé qué hacer, si es que hay que hacer algo; ahora todo es un amargo recuerdo.

Durante un tiempo, la melodía que mejor me satisfacía ese sentimiento tan suicida era algún réquiem de Mozart, como si se hubiese muerto algo; una pérdida irreparable; un adiós.

Eso es: “Adiós”. Adiós a no sé qué problema sobre el amor. Adiós.

El problema es que ahora te llamas desamor. Hola.

No volveremos, y sin embargo no paramos; estas palabras no paran.

Busco perfecciones a esta forma de dolor, como si el sentimiento pudiera tener la forma definitiva. El problema es que cambia: cambia con el tiempo, los recuerdos, las cosas que pasan y no pasan, y nada de ello lo puedo controlar. Así que no puedo controlar este dolor indefinido.

Escribo estas palabras, porque no puedo parar de buscarle sentido al dolor que me has causado, intentando buscarle sentido; dirección; significado. Algo. Por eso estas palabras no paran; no pueden parar.

Estas palabras siempre estarán inacabadas; este adiós siempre tendrá sus dudas; este dolor siempre estará inexplicado.

Se me llenó la boca de amor una vez. Ahora sólo tengo las cenizas de las ilusiones y la amargura del silencio. Ahora se me llena la boca de desamor.

La medida de un grito.

Algunas veces tengo ganas de gritar y arrancarme la piel, que es mi prisión. Soy mi cárcel de carne y hueso, especialmente construido para mí sobre esta tierra. Es un presidio que me oprime y me niega la libertad, pero también es todo lo que tengo.

No la resiento, como los gritos de los vecinos animales y salvajes con los que estoy obligado a ¿vivir? ¿Es ésa la palabra correcta?

No resiento nada de este mundo físico y frágil, lo admito, aunque sea un puzle volátil y quebradizo; un puzle imposible.

Me resigno a vivirlo, como un esclavo la mayor parte del tiempo; como un autor en momentos realmente especiales.

Es una existencia precaria, como soy tan propenso a decir. Es una existencia al borde del precipicio, de la locura, de la violencia romántica y tierna, quizá. No sé.

Me resigno a vivir, en estos últimos días del verano sobre todo.

Todo llega a su fin y me pregunto, otra vez: ¿y ahora qué?

¿Tiene sentido, que me haga preguntas así cuando me resigno tanto a que pase lo que sea?

Tengo ganas de gritar, de quedarme sordo con tanto grito; de sentir algo, aunque sea dolor. Pero tengo miedo. Y eso me da rabia.

Nada de ello evita que quiera algunas veces gritar y escaparme así de mi prisión de carne y hueso, volverme ligero en un ruido y desaparecer con el viento, hasta el fin del grito.

En estos últimos días, cuando parece que nada nuevo puede ocurrir, gritar se me antoja adecuado, necesario incluso. Pero no satisfactorio. Falta algo más, algo que comience. Algo más poderoso que un grito. Algo como escribir.

Algunas veces tengo ganas de gritar porque no puedo escribir, y eso me produce una ansiedad insufrible que sólo puedo aliviar con un grito ahogado en palabras como éstas.

Escapando.

Llega un momento en tu vida donde te das cuenta de que no necesitas nada más que tus palabras, que tus historias; que no necesitas nada más que esos pequeños relatos con los que rellenas la mitad de tu tiempo, la mitad de tu vida.
Algunas veces te preguntas que si esto era lo que querías, o sin embargo estás intentando evitar algo. Y si es lo segundo, no sabes muy bien qué es.
Llevas toda la vida haciendo lo mismo, una vida basada en una rutina simple que siempre te ha funcionado, gobernado tal vez por el reloj, aunque siempre lo has odiado. Eso de ser esclavo del tiempo nunca te convenció y un día, hace muchos años, decidiste vivir “al margen” de ello: abandonaste tu reloj de pulsera en un cajón polvoriento, para que acumulará tiempo por sí solo. Aunque a pesar de los años todavía sabes dónde está exactamente.
Hace mucho tiempo también que dejaste de cuestionarte tu felicidad, pero no has podido evitar que al irte a la cama todas las noches, al mirar al techo, preguntarte si eso es lo que querías. Dudas. Porque no lo puedes negar, siempre has dudado un poco sobre el camino que has elegido tomar, y aunque la vida que tienes tampoco es tan mala, sigues sintiendo que falta algo.
Sabes qué es, eso que evitas, pero tienes miedo. Siempre has tenido miedo, miedo a que al vocalizarlo de cualquier forma, se haga real, aún más real. Por eso escapas de ello, por eso lo guardas en alguna parte de tu olvido consciente, aunque ya sabías desde hace mucho tiempo que eventualmente llegaría el momento en el que no habría más escapatoria; todos los caminos llevan a Roma. El destino tiene su manera de poner en nuestro camino aquello que con tanto esfuerzo intentamos dejar atrás, te dices.
Pero cada vez que te enfrentas con aquello que intentas evitar, lo niegas impulsivamente. Y sigues con tu vida. Porque el miedo te empuja a ello, a hacer lo que haces.
Podrías evitarlo, sí, pero el miedo…
Y cada vez que el miedo te vencé en esta silenciosa batalla, llega ese momento en tu vida donde, inmediatamente después de darte cuenta de que no necesitas nada más que tus palabras, te das cuenta de que te falta todo un mundo, y todo ello por un miedo que siempre te tuvo encerrado en una jaula loca e irracional.