En el reino del miedo

¿Cuánta decepción sentirías si supieras que he exiliado tu nombre, que para mí no eres más que un 

Soy un exiliado yo mismo. Me fui porque tenía miedo a ser descubierto, miedo a que me juzgaran; miedo a que supieran que te amé. Vivía aterrado de enfrentarme a esa marabunta de miradas críticas que siempre nos han acechado, aunque en el fondo siempre he sabido que me lo merecía, el castigo. 

Ya es castigo suficiente no poder decir tu nombre… 

Por eso ahora soy el siguiente heredero al trono de este Reino Callado, un heredero más en este interminable linaje de mi dinastía. Son muchos los pretendientes al reinado, pero no creo que todos se lo merecen tanto como yo.

Y es que a diferencia de otras casas reales, ésta está formada por traidores, cobardes, mentirosos; débiles. Somos una estirpe de príncipes que reinamos en tierra de traidores, cobardes, mentirosas, débiles, exiliados, abandonados, doloridos, olvidados. Los héroes, los que ganan sus propias batallas enfrentándose a sus miedos —y a los miedos de otros—, los que se alzan con una bandera llena de nombres y colores, esos se merecen otro tipo de reinado —y de reino—: el de los valientes, los libres y victoriosos.

Aunque todos hemos peleado la misma batalla, la misma dolorosa y silenciosa batalla, de familias rotas y amores prohibidos, algunos alcanzaron la felicidad y salieron victorioso, pero otros seguimos viviendo en el miedo, o en la ira; y muchos son los que cayeron heridos.

Ahora soy uno de los príncipes entre los caídos, otro más entre las líneas que fueron derrotados en el intento, desterrados bajo montañas de secreto y silencio. 

Y tú, aunque eres ya un sinnombre, un ser del pasado lejano, eres la razón por la que me han nombrado príncipe: otro legítimo sucesor a todos los reyes abdicados que, como yo, reinaron en el miedo hasta que fueron destronados, o murieron añejos, perseguidos por sus fantasmas, solos en la oscuridad.

 

Ella

Lluvias de acero
y corazones de arena;
tiempo entero
y amor eterna.

Así te imagino
de fantasía llena,
de luz y alegría,
y magia y poema.

Así eres tú,
un momento, 
un instante; 
un respiro en mi pena. 
Algo sutil, 
efímero y brillante. 

El idioma del (des)amor

El italiano se hizo amargo en mi boca, todo hay que decirse. Era como una mala medicación, una cápsula que se había roto en mi boca: la segunda ruptura de corazón pareció causarlo, una ampolla rota que ahora liberaba un tóxico en mi alma; aunque en el fondo siempre supe que era medicina, alguna cura desconocida que al final surtiría efecto sobre las rajas del corazón. 

Ahora menos, pero aún vuelve la amargura cuando hablo en italiano: como si regurgitara los químicos —los recuerdos y memorias— llenos de resentimiento, dolor, incertidumbre y duda, frustración y, eventualmente también, tristeza. Y cierro los ojos, instintivamente, porque parece que cerrar los ojos alivia los sabores de las medicinas que tragamos. Lo cierto es que la amargura es tal que alguna vez he llorado, como si me hubieran puesto una cebolla cortada delante: no puedes evitarlo y el cuerpo reacciona con lágrimas. Mi abuela me decía que las cebollas nos hacen llorar porque nos quieren recordar el crimen que cometemos al cortarlas. Tal vez sí, tal vez no. Después de las lágrimas, sobre todo por la noche, algunas veces, la amargura se convertía en anestesia, pero no en olvido. Desgraciadamente aún no. 

Mi problema es que ya no es tu idioma, el que siempre me ha recordado a ti: a tu voz suave aun en el viento, tus abrazos cálidos contra el frío, tu pecho firme en el que soñar, o el perfume de tu piel. No. Ya no me recuerda a eso. Ya no resuena el ti voglio bene susurrado con cuidado en la noche, y ni siquiera hay un vieni con me e siamo insieme per sempre; se nos gastó la eternidad. Ya tampoco está el siamo tu ed io contro il mondo, porque ahora el mundo se ha quedado solo, y yo también.

Ahora el italiano me sabe amargo: me recuerda a algo que se fue, que ya no está, que me dejó; no fuiste precisamente tú. Fue el amor, que se fue, y dejó la memoria en un idioma que está roto, y que tal vez no sepa hablar otra vez en un buen tiempo… Ya sabes que los idiomas hay que practicarlos, aunque sólo sea de vez en cuando. Éste en concreto, creo que no podré hablarlo hasta que desaparezca esta amargura que me acorcha la lengua y me ata la voz. No es una amargura precisamente de la lengua: es del alma; hasta que no olvide, me conformaré con susurrarte en la noche que aún te quiero, en español, aunque el idioma de este desamor realmente se hable en silencios.

“Recuerda… Siempre seremos tú y yo contra el mundo, aunque ahora estemos lejos el uno del otro, estamos aún en el mismo mundo” | Ian Blázquez

Regresando

Tuvieron que ampliar la carretera que entraba al pueblo. La que había, una vía de arena excavada durante la dictadura, se estaba quedando pequeña para toda la gente que regresaba. La monstruosidad de asfalto se extendía como una sierpe negra entre las colinas y se comía el paisaje un árbol al tiempo. Al parecer una guerra silenciosa se había desatado en el corazón de la ciudad, en esa tierra extraña de la que todos en realidad formamos parte, y ahora mareas de refugiados rotos regresaban buscando un lugar seguro hecho de silencio y paz, y tal vez también un poco de soledad.

Uno de los últimos viejos de la aldea, de la primera generación de “regresantes” que buscaban la cura, se sentaba en un banco roído por la lluvia en la entrada del pueblo mirando cómo pasaban las hordas de gente. Un día me contó que todos nos encontrábamos permanentemente en un estado de loca soledad de la que nunca podríamos escapar. Me confesó que él lo intentó muchas veces, que viajó mundo intentando escapar de ella, y que ahora que era viejo, comprendió que sólo estaba escapándose de sí mismo. «Ahora es hora de volver», masculló por lo bajo, con una extraña nostalgia. Al lado del banco tenía una maleta compañera, probablemente tan vieja como él, empaquetada con los recuerdos del pasado y todo lo que había coleccionado en los años. Ahora se iba. «Me voy lejos, otra vez» me dijo. También me dijo que uno no puede quedarse permanentemente en un estado para el resto de la vida; claramente se refería a la aldea en la que mucha gente se estaba acomodando de golpe. «Hay que moverse y cambiar», y con esas ultimísimas palabras, se levantó doblado, tomó la maleta y se fue.

Mi primera vez me habían limpiado y liberado. No creo que nadie sepa lo angustioso y lo terrorífico que es estar atrapado en un bloque de barro que poco a poco se endurece; te oprime y te deja sin aliento. A eso había llegado mi vida. En el centro de rehabilitación me dijeron que había una nación lejana hecha de silencio y soledad; que me fuese, que me lo recomendaba el loquero. Así que llené una maleta con nimiedades —todo lo que había conseguido hasta entonces— y huí hacia esta nación lejana. Me advirtieron, eso sí, que podría enloquecer. «¿Más aún?» pregunté. «Más aún» me contestaron. Una persona normal hubiera sentido desaliento ante dicha afirmación, pero yo sólo sentí aventura. En este punto de mi vida ya lo había perdido todo, ¿qué más da acabar loco? Después de todo, en esta ciudad hay cosas peores que realmente te enloquecen: el amor, la moda, los prejuicios. Definitivamente era hora de escapar. Así que vine a este pueblecito.

Sólo había una agencia de turismo en la ciudad que pudiera facilitarme el mapa a esta tierra. Aparentemente no es fácil encontrar este tipo de información. De hecho, no fui yo quien lo encontró: me lo señalaron. En una ciudad que siempre crece, siempre engorda, siempre muta, siempre se expanda, una tiendecita como ésta llena de mapas parece un lugar de fantasía. Y lo era. Un superviviente de dos guerras, el pequeño local era de madera oscura y envejecida y olía a historia, pura historia. El suelo era original, cuidadosamente preservado, y al pisar crujía con melodía. 

—Hola, ¿en qué te puedo ayudar? —Una mujer entrada en sus 50, con un pelo rubio oscuro y unos ojos amables de color celeste me dijo desde detrás de una mesa cuando abrí la puerta. 
—Hola, sí, vengo a buscar un mapa para llegar a… —No pude terminar la frase porque la mujer ya estaba sacando un mapa. 
—Aquí tienes. Esto es. 
—¿Esto? —Me acerqué a ojearlo y comprobé efectivamente que era lo que buscaba—. ¿Cómo sabía que esto es lo que estaba buscando? 
La mujer se rió. 
—Lo tienes escrito en la mirada. 
—¿En serio? —pregunté preocupado. ¿Acaso había estado andando por la ciudad con esa mirada? 
—Sí. Toma y mírate —Me dio un espejo que guardaba en un cajón. Lo cogí nervioso. Esta mañana me había lavado la cara como tantas otras veces y no me vi nada raro; ay, la rutina.
—¿Lo ves? —me preguntó desde su silla, expectante.
—Hmm… —Me miré fijamente, ojo a ojo, como si estuviera de repente inspeccionando a un extraño. Los dos nos devolvíamos una oscura mirada, una mirada que sabía de secretos. Me miré y él me miró—. No veo nada —dije.

La mujer se levantó de su silla dispuesta a ayudarme y el suelo bajo sus pies chirriaba a medida que se acercaba a mí. Me di la vuelta y me encontré con su sonrisa maternal: 
—Mira, mira —me dijo mientras me colocaba la cabeza—. ¿Lo ves ahora? —me preguntó mientras señalaba con un dedo en mi reflejo.

Y ahí estaba, un pequeño destello de color rojo, como si me hubieran grabado mi estado en la pupila. 
—¡Sí! —exclamé emocionado—. ¡Ahí! —Me recorrió una euforia, la misma que nos recorre a todos cuando descubrimos algo nuevo en nosotros; como si nos despertaran a la vida.
—Pues eso indica que necesitas este mapa —me dijo la mujer con su impecable y amable sonrisa.

Se negó a cobrármelo. Dijo que este mapa debía darse gratis a los más necesitados, que así lo había asegurado el gobierno. Además, me dijo, que había sido demasiado majo como para sacarme la pasta por una tontería como ésa.

—Que te recuperes pronto —me dijo cuando abría la puerta para salir—. No se puede estar así durante mucho tiempo, así que aprovéchalo —sentenció con su gran sonrisa. Sólo pude mascullar un «muchas gracias» antes de que la puerta se cerrara y me encontrase en la calle.

 

La nación de silencio y soledad se encontraba entre montañas. Mi coche, que tenía ya más de 15 años, sufrió durante el viaje y se caló varias veces. Con razón era una nación lejana, aunque no sé a cuántos kilómetros quedaba exactamente. Sólo sé que pasaron días hasta que llegué. Tuve que subir un tortuoso puerto —el único que había para llegar a donde quería— que no hacía más que serpentear entre los picos de altas colinas, que progresivamente se hacían montañas, resguardado bajo la sombra de grandes bloques de roca y frondosas ramas de viejos pinos. Era claramente otro reino.

Cuando crucé la entrada del pueblo y llegué al centro del pueblo, casi me abrazan. 
—¡Muy bienvenido! —me dijeron algunas personas con gran entusiasmo y alegría. No supe qué decir, así que permanecí en silencio todo el rato—. Esperamos que hayas tenido un agradable viaje hasta aquí. Es una importante parte de este pueblo —”¿Cómo puede ser un viaje parte de un pueblo?” me pregunté. 

Y sin saber muy bien cómo, acabé alojado en un cómodo piso de una habitación, un salón, un baño y una cocina; todo amueblado, con vistas a las montañas que quedaban detrás del pueblo. 

Así es cómo comienza mi historia del regreso. 

Mensaje en una botella

Mi habitación está en silencio y el tiempo pulsa lejano en otros relojes, palpita en mis venas a medida que estas palabras se me escurren y poco a poco dejo que esta historia tome mi vida. Afuera el sol ya se ha arropado bajo la noche y las estrellas salen a brillar; la luna sigue madurando como una extraña fruta que cuelga del cielo, haciéndolo más alcanzable. En la lejanía, siento que las montañas suspiran y el campo duerme. Esta primavera se nos está haciendo mayor así de repente.

Como mi corazón esta noche, esta historia no tiene sus líneas rectas. Hoy no. Hoy todo parece torcerse hacia lo mejor, adonde sea eso. Las sabanas se enrollan como abrazos secretos y las almohadas me hacen de consejeros.

El silencio late en mis oídos que parecen ceder ante la quietud. Todo ha parado de repente; la habitación ahora parece más pequeña. La luz de la lamparilla se hace más tenue, aunque la bombilla brilla igual; siento un cosquilleo que me empuja a pensar en tu nombre. Pero aun así, logro dormirme a primera hora de la mañana.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Me despierta la arena que se ha colado entre mis sábanas. Es arena blanca y fina. Noto una cálida brisa que sopla por debajo de mi puerta, y silba. A través de las paredes escucho un bullicio de mañana. “Es hora de levantarse”, pienso pero con un poco de duda. Me incorporo en la cama. El sol está brillando fuerte a través de las persianas. El frío de las mañanas ya se ha ido. Me levanto, subo la persiana, abro la ventana. Saludo el mundo y me fijo que donde antes había encinares y campos de olivos, ahora hay un mar. En el horizonte, hacia el oeste, ya no hay una sierra que lo corte, sino una vasta superficie azul que se hunde bajo él. Salgo a saludar a mi madre, que al parecer se ha levantado ahora y está preparándose el café. Las ventanas y las puertas están abiertas. Y aunque es domingo, se escucha actividad en la calle.

—¿Qué hora es? —le pregunto. Me mira, se mira el reloj.
—Mediodía. ¿Por qué? —me pregunta.
—Nada, nada.

Miro el reloj del pasillo: se ha parado.

—¿Has oído las campanas?
—¿Las campanas?
—Sí, las tenían que haber tocado ya, ¿no?
—No lo sé.

Me voy al baño y me lavo la cara. Hay arena por todas partes. Es lo que tiene que aparezcan playas de repente a la puerta de tu casa. Afortunadamente hoy es domingo y nos toca limpieza de la casa, así que mejor que aparezca ahora y no a mitad de semana.

Por lo demás, la rutina sigue igual: una vecina, en vez de traer huevos frescos de su granja, carga con una caja llena de cocos que ha recogido en la playa; otro vecino, en vez de traer tomates del huerto, trae una red llena de peces que ha atrapado temprano esta mañana.

—¡Buenos días! —me dice al verme salir.
—Buenos días, Chema, ¿qué tal la pesca?
Me enseña su lote y sonríe.
—Muy productiva, la verdad. Esta mañana ha sido provechosa —me informa.
—Ya veo —le digo. Nos reímos—. ¿Ya vuelve?
—Sí, la mujer está esperando a ver si hacemos la comida.
—Muy bien. ¡Que aproveche! —le digo.
—Gracias, mozo. ¿Y tu madre?
—Ahí está, haciéndose el desayuno —Ríe.
—Mira a ver si quiere uno o dos pescados frescos… —me oferta.
—Seguro que la encantará, ¡muchas gracias! Pero ahora mismo no puedo. Tengo que ir a la playa. Pase luego y se los da, como si fuera una sorpresa.
Se ríe. Me despido y subo la cuesta que da al descampado, y siguiendo un camino que antes me llevaba al campo, bajo hacia la nueva playa.

A pesar de todo, casi no hay nadie, sólo algunos vecinos tempraneros del barrio. El sol se ha puesto en la corona del cielo y pega fuerte, pero no pasa nada. Las encinas han sido sustituidas por altas palmeras que dan una buena sombra. Me siento bajo una y saco un trozo de papel.

De la noche a la mañana se ha puesto amarillento, como si hubieran pasado años más bien. Saco del bolsillo el primer bolígrafo que he pillado antes de salir de casa y me dispongo a escribir. Las olas baten contra la arena con melodía y traen a sus espaldas una brisa que llega desde el sur. Huele a sal y a libertad todo mezclado; qué paz. Todavía no he escrito nada. Me he detenido un momento: cierro los ojos y respiro profundo, muy profundo. El momento me invade: el sol, la brisa, las olas, la memoria de una vida pasada; todo me llena hasta la profundidad del alma y mi cuerpo se deja llevar. Puedo notar cómo me hundo cómodamente un poco en la arena blanda, fina y blanca. “Esto es el paraíso”, pienso. Y sonrío sin darme cuenta. “Ah”, suspiro. 

Cuando toco papel con bolígrafo, mi letra se convierte en pura caligrafía, exactamente como si sangrase mi corazón con poesía y cobrasen forma mis sentimientos sobre la hoja. Me desbordan y mis manos parecen haber cobrado vida propia con tanta palabra. No sé quién quiere decir más, si yo o ellas. Pero no pasa nada. 

A ti, 

No parece que tengamos muchas oportunidades para decirnos todo eso que queremos decir. Tú estás en tu isla aislada del mundo, batida casi por otros mares; suena la melodía de otras aguas y pasan otras cosas que aquí parecen ajenas. Y yo… yo estoy en mi rincón, en esta playa que no deja de ser otro mundo a parte del tuyo, donde las olas traen otros vientos, baten otros sonidos; me recuerdan otras cosas. A pesar de la distancia, quiero dedicarte este pequeño momento que es nuestro: que cuando lo leas, nos acercará a través del tiempo y el espacio, cruzaremos ambos este horizonte de arena y sal, y por un momento, cuando leas esto, sentirás que estoy ahí contigo, a tu lado, casi susurrando estas palabras que llegan con el hálito del mar. Porque es ésta la que nos une, en realidad, el vasto reino de desconocido y fantasía en el que pueden pasar tantas cosas… Es a orillas de este mundo de agua y viento donde se encuentran los paraísos más bellos, los rincones más íntimos, los atardeceres más inolvidables. Estamos ambos perdidos, lo sé, náufragos de esta vida de búsqueda y aventura, pero espero que, con este mensaje, nos encontremos por fin y podamos disfrutar de esos momentos juntos. Te estaré esperando en esta playa, bajo una palmera, sintiendo la cálida brisa acariciar mis labios con la promesa de un beso, esperando a las olas que traigan tu mensaje desde el lejano desconocido… a atracar en mi arena. Estaré aquí. 

Enrollo el trozo de papel y lo aseguro con un pequeño lazo. Me levanto de un salto, limpiándome la arena del pantalón. La playa está llena de botellas de cristal vacías —todas las promesas rotas que han ido a acabar a este reino olvidado— y, aunque siento cierto respeto por la escena, cojo la primera que me gusta. “Lo siento”, murmuro al viento. Y apretujando mi mensaje a través del cuello de la botella, lo sello con un corcho y lo lanzo lo más lejos posible. Con un sonoro salpique, la botella se hunde y vuelve a emerger a lomos de una ola que, acostumbrada por el gesto, parece alejar mi mensaje de la playa. “¡Gracias!”, grito. Me quedo un rato de pie contemplando cómo la botella se aleja más y más, haciéndose cada vez más pequeña, hacia el sur, perdiéndose en el azul desconocido. Me meto en el agua un poco a dejar que las olas me mojen los pies; está fría. Me salgo. Le echo un último vistazo al horizonte con un nudo en el corazón, esperando, esperando… 

La playa está llena de botellas de cristal vacías…

Me doy la vuelta y subo por el camino por el que he venido. Arriba ya, vuelvo a darme la vuelta y veo una panorámica de la playa que se extiende hacia el oeste. “¿Habrá caminado alguien toda esta playa?”, pienso y empiezo a fantasear sobre las tierras que me encontraría al otro lado. Un día… Un día

De vuelta en casa, toca barrer toda esta arena fuera; el reloj del pasillo ha empezado a dar la hora. 

No te vayas

He medido estas palabras. Lo he hecho con sentimientos que no entendía muy bien y que no estaba seguro si quería decir, pero al finalizar mi exploración, esta aventura hacia lo desconocido, he concluido que no te vayas.

Es así de simple. De verdad que quería encontrar explicaciones, argumentos, hechos… pero no había de eso. En realidad sólo he descubierto que no necesitaba nada de eso para decirte: no te vayas. 

No me dejes, porque aunque seamos palabras en el vacío, tus palabras sostienen mi historia. Sin ti, sería sólo silencio, sólo vacío; nada. 

No te vayas, porque si te vas, ¿quién leerá mi historia? ¿Quién me hará real? 

No te vayas, porque no hay otra historia como la tuya; ¿de dónde obtendré este elixir de felicidad si te vas? ¿Qué podrá llenar este vacío mundo si no son tus palabras?

No te vayas; no me dejes en el silencio y el vacío, no me hagas buscar otra historia cuando la tuya es la perfecta para mí: tus palabras me encajan justo, no dejan espacio en mi corazón, me llenan todos los silencios; me cuentas

No te vayas; no me dejes como un punto y aparte, solo y colgado de tus líneas, esperando siempre a un giro de historia que cambie la mía. Por favor, no me dejes así. 

La solución es simple: no te vayas. Y harás de mí otra historia feliz. 

Las montañas de la vida.

Yo me crié a la sombra de montañas. Creo que de no haber sido así, nunca me hubiese puesto en pie. Fue querer alcanzar la cima, verlo todo desde la altura; mejorar y crecer; descubrir a los dioses, quizá, lo que me mantuvo en pie. Lo que me sigue manteniendo en pie.

Antaño, de vuelta en la selva, en aquella isla bajo el viento, aquella isla mágica y paradisíaca, me crié a la sombra del gunung, el viejo, eterno y único gunung. Él casi me mostró la vida, el mundo, la belleza. “Si los dioses crearon el mundo”, me dije un día, “empezaron aquí”. Ahora es el centro de mi pasado, de mi infancia, de la magia y el recuerdo; los sostiene a algo concreto en esta bruma de tiempo.

Después volé a este viejo reino. Surqué océanos, mares, valles y montañas para llegar hasta aquí, sin saberlo, desde las alturas una vez más. Y acabé en la Sierra; ahora es la única. El horizonte se viste de encinas y las montañas, de pinos. La nieve hace cumbre en invierno, las nubes remontan los picos en otoño, el sol ajusticia y corona en verano y las faldas florecen en primavera.

Ahora la Sierra casi lo es todo en este mundo. El norte está amurallado por granito, y el oeste, también. Nos queda escapar al este. O al sur. Pero yo sólo quiero ir norte, mítico norte. Me llama, me hipnotiza.

Por eso regreso a los caminos de arena que huyen del asfalto y la civilización, hacia donde me lleven los pasos, y siempre me llevarán hacia las montañas, hacia la sierra; asciendo así hacia los sueños, las metas, las promesas, y la paz. Hacia la montaña, alcanzo mi libertad.