Los otros peces

«No sé quién lo diría la primera vez, que hay más peces en el mar. Quién fue el iluso que lo pensó, o quién se lo dijo antes. Pero ¿y si no los hay?, me pregunto yo; ¿y si un día simplemente pescas el último y ya está? ¿Quién podrá decir entonces que “hay más peces en el mar”? No es una imposibilidad pensar, por muy descabellado que suene, que un día sencillamente llegue el último pez y se acabó la cosecha».

Nos mirábamos mientras nos fumábamos unas burbujas. —Acaso me vas a decir  que hay otros peces ahí fuera, ¿eh? —dije con resentimiento. —Pues sí —me contestó indiferente y secamente; la última burbuja se consumía y desvanecía haciendo un sutil pop. Nos quedamos mirándonos. Una lágrima se me remontaba sin querer, en mi pecho algo terminaba de romperse y no podía hacer nada para pararlo. —Es que no quiero otros peces, a ver…—, y rápidamente tuve que bajar la cabeza para que no viera esa lágrima rebelde, y sincera. Sentía cómo me miraba con fijación, con los ojos acuosos y brillantes con la luz que lograba atravesar toda esta columna de agua que, algunas veces, nos ahogaba. Esperamos un momento, el silencio se nos abrazaba cálidamente y la corriente de la vida nos zozobraba suavemente. Al fin reuní todo el coraje que debía y mascullé las últimas palabras antes de romper a llorar: —Es que no quiero otros peces… ¡te quiero a ti!—, y en el intento se me escapó otra burbuja. Ascendía a contraluz a través de la neblina y cuando tocaba el cielo, se hacía parte de él. Puf.

Tocó la lágrima que recorría mi mejilla ardiente con la punta de su aleta. Su caricia era de cuidado, algo así que decía «yo también te quiero», pero en silencio. Miró hacia arriba, al punto exacto donde desapareció la burbuja: —Fíjate, ahí se ha ido otro sueño —. Nos quedamos perplejos con los reflejos de luz que nos venían desde arriba, como señales. —¿Sabes qué? —de repente preguntó. —¿Qué? —le dije. —Nunca he visto las estrellas. —Yo tampoco —. Me miró fijamente y se le escapó una sonrisa: —Pues quiero verlas contigo—, y sin decir más, me besó. Un ramo de pequeñas burbujas se nos escapaban en el acto y nos daban cubierto, como si por momento nada más existía fuera de ese instante.

«Bueno, puede que haya otros peces, pero contigo me basto».

Regresando

Tuvieron que ampliar la carretera que entraba al pueblo. La que había, una vía de arena excavada durante la dictadura, se estaba quedando pequeña para toda la gente que regresaba. La monstruosidad de asfalto se extendía como una sierpe negra entre las colinas y se comía el paisaje un árbol al tiempo. Al parecer una guerra silenciosa se había desatado en el corazón de la ciudad, en esa tierra extraña de la que todos en realidad formamos parte, y ahora mareas de refugiados rotos regresaban buscando un lugar seguro hecho de silencio y paz, y tal vez también un poco de soledad.

Uno de los últimos viejos de la aldea, de la primera generación de “regresantes” que buscaban la cura, se sentaba en un banco roído por la lluvia en la entrada del pueblo mirando cómo pasaban las hordas de gente. Un día me contó que todos nos encontrábamos permanentemente en un estado de loca soledad de la que nunca podríamos escapar. Me confesó que él lo intentó muchas veces, que viajó mundo intentando escapar de ella, y que ahora que era viejo, comprendió que sólo estaba escapándose de sí mismo. «Ahora es hora de volver», masculló por lo bajo, con una extraña nostalgia. Al lado del banco tenía una maleta compañera, probablemente tan vieja como él, empaquetada con los recuerdos del pasado y todo lo que había coleccionado en los años. Ahora se iba. «Me voy lejos, otra vez» me dijo. También me dijo que uno no puede quedarse permanentemente en un estado para el resto de la vida; claramente se refería a la aldea en la que mucha gente se estaba acomodando de golpe. «Hay que moverse y cambiar», y con esas ultimísimas palabras, se levantó doblado, tomó la maleta y se fue.

Mi primera vez me habían limpiado y liberado. No creo que nadie sepa lo angustioso y lo terrorífico que es estar atrapado en un bloque de barro que poco a poco se endurece; te oprime y te deja sin aliento. A eso había llegado mi vida. En el centro de rehabilitación me dijeron que había una nación lejana hecha de silencio y soledad; que me fuese, que me lo recomendaba el loquero. Así que llené una maleta con nimiedades —todo lo que había conseguido hasta entonces— y huí hacia esta nación lejana. Me advirtieron, eso sí, que podría enloquecer. «¿Más aún?» pregunté. «Más aún» me contestaron. Una persona normal hubiera sentido desaliento ante dicha afirmación, pero yo sólo sentí aventura. En este punto de mi vida ya lo había perdido todo, ¿qué más da acabar loco? Después de todo, en esta ciudad hay cosas peores que realmente te enloquecen: el amor, la moda, los prejuicios. Definitivamente era hora de escapar. Así que vine a este pueblecito.

Sólo había una agencia de turismo en la ciudad que pudiera facilitarme el mapa a esta tierra. Aparentemente no es fácil encontrar este tipo de información. De hecho, no fui yo quien lo encontró: me lo señalaron. En una ciudad que siempre crece, siempre engorda, siempre muta, siempre se expanda, una tiendecita como ésta llena de mapas parece un lugar de fantasía. Y lo era. Un superviviente de dos guerras, el pequeño local era de madera oscura y envejecida y olía a historia, pura historia. El suelo era original, cuidadosamente preservado, y al pisar crujía con melodía. 

—Hola, ¿en qué te puedo ayudar? —Una mujer entrada en sus 50, con un pelo rubio oscuro y unos ojos amables de color celeste me dijo desde detrás de una mesa cuando abrí la puerta. 
—Hola, sí, vengo a buscar un mapa para llegar a… —No pude terminar la frase porque la mujer ya estaba sacando un mapa. 
—Aquí tienes. Esto es. 
—¿Esto? —Me acerqué a ojearlo y comprobé efectivamente que era lo que buscaba—. ¿Cómo sabía que esto es lo que estaba buscando? 
La mujer se rió. 
—Lo tienes escrito en la mirada. 
—¿En serio? —pregunté preocupado. ¿Acaso había estado andando por la ciudad con esa mirada? 
—Sí. Toma y mírate —Me dio un espejo que guardaba en un cajón. Lo cogí nervioso. Esta mañana me había lavado la cara como tantas otras veces y no me vi nada raro; ay, la rutina.
—¿Lo ves? —me preguntó desde su silla, expectante.
—Hmm… —Me miré fijamente, ojo a ojo, como si estuviera de repente inspeccionando a un extraño. Los dos nos devolvíamos una oscura mirada, una mirada que sabía de secretos. Me miré y él me miró—. No veo nada —dije.

La mujer se levantó de su silla dispuesta a ayudarme y el suelo bajo sus pies chirriaba a medida que se acercaba a mí. Me di la vuelta y me encontré con su sonrisa maternal: 
—Mira, mira —me dijo mientras me colocaba la cabeza—. ¿Lo ves ahora? —me preguntó mientras señalaba con un dedo en mi reflejo.

Y ahí estaba, un pequeño destello de color rojo, como si me hubieran grabado mi estado en la pupila. 
—¡Sí! —exclamé emocionado—. ¡Ahí! —Me recorrió una euforia, la misma que nos recorre a todos cuando descubrimos algo nuevo en nosotros; como si nos despertaran a la vida.
—Pues eso indica que necesitas este mapa —me dijo la mujer con su impecable y amable sonrisa.

Se negó a cobrármelo. Dijo que este mapa debía darse gratis a los más necesitados, que así lo había asegurado el gobierno. Además, me dijo, que había sido demasiado majo como para sacarme la pasta por una tontería como ésa.

—Que te recuperes pronto —me dijo cuando abría la puerta para salir—. No se puede estar así durante mucho tiempo, así que aprovéchalo —sentenció con su gran sonrisa. Sólo pude mascullar un «muchas gracias» antes de que la puerta se cerrara y me encontrase en la calle.

 

La nación de silencio y soledad se encontraba entre montañas. Mi coche, que tenía ya más de 15 años, sufrió durante el viaje y se caló varias veces. Con razón era una nación lejana, aunque no sé a cuántos kilómetros quedaba exactamente. Sólo sé que pasaron días hasta que llegué. Tuve que subir un tortuoso puerto —el único que había para llegar a donde quería— que no hacía más que serpentear entre los picos de altas colinas, que progresivamente se hacían montañas, resguardado bajo la sombra de grandes bloques de roca y frondosas ramas de viejos pinos. Era claramente otro reino.

Cuando crucé la entrada del pueblo y llegué al centro del pueblo, casi me abrazan. 
—¡Muy bienvenido! —me dijeron algunas personas con gran entusiasmo y alegría. No supe qué decir, así que permanecí en silencio todo el rato—. Esperamos que hayas tenido un agradable viaje hasta aquí. Es una importante parte de este pueblo —”¿Cómo puede ser un viaje parte de un pueblo?” me pregunté. 

Y sin saber muy bien cómo, acabé alojado en un cómodo piso de una habitación, un salón, un baño y una cocina; todo amueblado, con vistas a las montañas que quedaban detrás del pueblo. 

Así es cómo comienza mi historia del regreso. 

El desconocido

La noche me despierta, su silencio es de cristal frágil. Ni siquiera cantan los grillos, ni siquiera sopla el viento; nada. Un impulso me sobrecoge, parece una fuerza mayor que yo, y no sé por qué lo hago, pero empiezo a vestirme. Abro la puerta y no cruje. “¿Qué le pasa al ruido hoy?”, pienso mientras recorro el pasillo oscuro y tanteo la pared con las manos hasta que llego a la entrada. Cojo las llaves, abro y me bajo las escaleras. En menos de 30 segundos estoy abajo, dando la cara a la calle por un momento indeciso.

Una farola lejana, sucia y vieja, ilumina tenuemente mi barrio. No hay nadie, ni siquiera los fantasmas rondan las calles a estas horas. Horas; pronto amanecerá, lo siento en el aire. Empiezo a andar el asfalto y siento que mis primeros pasos son ensayos, como si justo estuviera aprendiendo a andar. Doy cada zancada con miedo y reserva, como si estuviera a punto de caerme en el alquitrán. Así que ando despacio, contra la gravedad, sin metas.

(In Dead End Horror)

Al salir de mi barrio, otra farola sucia y vieja ilumina otra porción del pueblo y me doy cuenta de que las farolas sucias y viejas se yerguen a cada pocos metros, como centinelas. Es que el mundo es viejo y sucio. Doblo la esquina y me encaro a una calle completamente a oscuras. Y con cautela me adentro en las entrañas de esa oscuridad, siempre alerta por los monstruos de la noche. Es verano y parece que hay más monstruos ahora.

Las ventanas respiran: desde mil interiores escucho clandestinamente el sueño de desconocidos; el ronquido tronador de algunos, la paz de otros. Y de repente me siento extraño porque no estoy durmiendo, sino que estoy paseando la madrugada. Mis pasos empiezan a sonar más y más, como una bola de nieve de sonido que, en la oscuridad más negra, crece y crece, vociferando un eco infernal que a falta de ventanas cerradas, invade las habitaciones dormitas sin permiso. Ya basta”, susurro, esperando a que el eco se dé la vuelta y me obedezca.

Me doy cuenta de que es un sonido ahuecado, indescriptiblemente vacío. Por si acaso me paro en seco e incluso aguanto la respiración. Pero el silencio es imperturbable, aunque en mis oídos sólo escucho el tambor del corazón cada vez más alto y rápido. Pu-pum, pu-pum, pu-pum, pu-pum. Siento que voy a explotar; tengo los oídos taponados, como si estuviera a miles de metros de altura. Abro la boca y trago una gran bocanada de aire que me alivia de mi quietud. ¡Ah!

Estoy quieto en medio de la calle y tengo los ojos bien abiertos para ver en la oscuridad por si aparece alguna sombra de imprevisto, que al menos pueda pretender que no me he asustado. Pero no aparece nada, ni nadie; estoy solo. Solamente escucho el silencio en las lejanas montañas y el zumbido de las ventanas abiertas. Decido que es momento de seguir andando, que lo que tengo que buscar no está en medio de la calle, está más lejos. Doy el primer paso y me paro: quiero comprobar si se ha acabado el efecto eco de mis pasos. Bum. Doy otro paso. Bum. Pues no, ahí sigue el eco hueco, fiel acompañante en la noche. Además, retumba con fuerza contra el silencio y las fachadas, y vuelve a mí amplificado que incluso me sobresalta. “¿Debería dejar de andar?”, pero yo quiero seguir.

El eco parece tener una relación inversa con la velocidad: cuando más lento, más alto; así que empiezo a andar más deprisa, más deprisa, hasta que andar se vuelve correr y la respiración se vuelve jadeo. Tac, tac, tac, tac, tac. Y cuando menos lo espero, mis zapatos dejan el asfalto atrás y empiezan a pisar arena. No es cualquier arena: es arena lavada por la lluvia. Es una arena libre, más suelta y suena limpia, como si hubiera viajado mucho camino hasta llegar a donde está. Tampoco lo puedo confirmar, la oscuridad no me deja. De hecho, hay tanta oscuridad que ni veo las estrellas ni la luna; nada. “¿Dónde está el cielo?”; intuitivamente miro hacia arriba. Con tanta oscuridad no puedo estar seguro si sigue por encima de mí o si se ha movido, y porque escucho la arena crujir bajo mis suelas, estaría pensando que el cielo está bajo mis pies.

El camino ahora no está encajado por asfalto y ladrillo, no hay fachadas ni ventanas; ahora hay sólo arena y roca, y árboles altos y viejos. Y libertad. La escucho como un vacío que se abre ante mí y se extiende para siempre, como un gran abismo horizontal en el que uno no se cae, se encamina. Y esa sensación me da vértigo. Hay algo en la libertad de verdad que da vértigo. Pero decido seguir. Mis pasos ahora están amortiguados y suenan a lija: crr, crr, crr. Intento pasar desapercibido, pero me es imposible. Parece ser que el sonido de los pasos está ligado al camino, es parte íntegra de éste. Casi podría decir que uno no podría existir sin el otro, que si el camino fuera silencio, ¿quién nos podría asegurar que estamos caminando?

Sigo la arena que fluye bajo mí y la oscuridad se me enreda como un velo; no me deja ver nada. La siento como una telaraña que pillas entrando en una habitación que ha estado encerrada durante años. Y no sé por qué, pero empiezo a agitar las manos intentando quitarme la noche de la cara. Al principio no pasa nada, pero poco a poco, como una neblina, se despeja una visión y empiezo a ver un brillo: es la luna que me guía. Y veo el camino, y los árboles y las lejas montañas fantasmagóricas que se erigen como titanes sobre el horizonte. Vuelvo a mirar hacia arriba intuitivamente y me dan la bienvenida millones de gotas de luz que titilan casi con felicidad. Vuelve a nosotras”, parece que me susurra el cielo.

Instintivamente cierro los ojos para disfrutar del momento, aunque sea de noche y haya silencio. Pero poco a poco también se despeja éste, como una bruma, y desde lejos emanan, uno a uno, las voces de la noche: los perros lejanos, los coches sonámbulos, la floja brisa que escalofría la piel y que silba a ras de suelo y en las aristas de las rocas talladas. Veo el follaje de los árboles temblar suavemente al contraluz de la luna y me doy cuenta de que he emergido de otro mundo, algo que he dejado atrás cuando pisaba nueva tierra. Así que me doy la vuelta para comprobarlo y veo el monstruo de negro y asfalto, un ente hecho de silencio e ilusión.

(Kevin Cooley, “Controlled burns”)

Es un muro de humo opaco e impenetrable que termina donde empieza la arena. Se mece casi imperceptiblemente con el pulso de la noche y desprende pequeños lazos humeantes que rápidamente se desintegran y desvanecen. ¿Es eso lo que hemos creado? Los perros no dejan de ladrar; el ruido de la noche ahora es abrumador porque viene de todas partes. Me acerco poco a poco a esa atmósfera distinta y cuando llego al borde, extiendo la mano ondeándola en esa materia, pero es inerte y no se inmuta: mi mano la atraviesa como si fuera un fantasma. De hecho, eso es lo que es, un fantasma de los hombres y el tiempo, un espejismo del progreso. Me acerco aún más e intento olerlo, y huele a humo y metal usado. Ésta es la noche que nos hemos construido. Me doy la vuelta y la dejo abandonada; debo seguir. Me estaba empezando a sentir receloso. Lo mejor ahora es mirar en el sentido opuesto, hacia las montañas, donde parece que puedo respirar mejor. Y respiro mejor.

El camino desciende poco a poco hacia un pequeño valle encajado. Los árboles se hacen más frondosos y ahí donde comencé con un claro sobre mi cabeza, ahora empieza a instalarse una cubierta de hojas. Las estrellas lentamente desaparecen tras el follaje, pero la luna, casi llena, ilumina aún con fuerza a través de las ramas. El suelo bajo mis pies, de arena fina y grava rodada, está moteado con lunares de luz; parece que hay otro cielo bajo mis pies después de todo. Aún no tengo la sensación de andar con seguridad, de que todavía estoy aprendiendo a andar y cada paso es un paso en falso, como si estuviera pisando huevos. Por el sonido, cualquier pensaría que así es.

(Río Grande, Sierra County, Nuevo México, EE. UU.)

A medida que me voy acercando al fondo del valle, el canto de los grillos y el silbido de la brisa son reemplazados por el chapurreo apacible de lo que parece ser un pequeño río. Más bien es un riachuelo. Me gustaría decir que se escucha el canto de ranas y hay luciérnagas, pero lo cierto es que sólo hay maleza y hierba alta, y los grillos en la lejanía. El aroma de la tierra mojada se mezcla con el perfume del verano, de arena seca y roca caliente, y siento la frescura del agua y del verdor en mi cara y a mi alrededor. Es un respiro de paz a orillas de este gran desierto de incertidumbre y calor.

Con cuidado me acerco a la orilla y siento la corriente empujar el agua desde las lejanas montañas —que siento cerca de repente— hasta eventualmente el mar. Me he mojado un poco los pies. Me doy cuenta de que llevo sandalias y no zapatos. Decido que lo mejor que puedo hacer es seguir el riachuelo hasta donde me lleve, a lo mejor ésa es mi forma de volver a casa o encontrar lo que tanto estoy buscando. Pero debo seguir. Con maña me abro entre las cañas y las ramas de arbustos bajos. Siento cosquillas en los gemelos y en los pies, y siento cómo el agua y la arena se cuelan en mis sandalias. Decido descalzarme, desprenderme de eso también, y reposar mi piel desnuda contra el suelo frío. Me hundo un poco y puedo sentir cómo el barro se escurre entre mis dedos. La tierra también se desnuda. Y de repente me siento libre, siento que esa cruda sensación de barro en la planta de mis pies me hace más libre, y me roba una sonrisa.

Vuelvo a mirar el cielo. Algunas nubes se despejan y me dejan ver la luna casi llena con todo su esplendor: se halla también desnuda allí arriba, esa magia de luz y sueño, el otromundo que es a la vez parte del nuestro, inseparable. Me pregunto, ¿y qué sería de la noche sin una luna?” Y no puedo imaginarlo. Aun cuando la luna está oscura, nueva, ahí está. Un día, poco a poco, volverá y siempre iluminará, una vez al mes, esta oscuridad que llega a ser impenetrable. Es un símbolo de esperanza, nos recuerda que no todo dura para siempre.

No sé cuánto he andado. No sé qué he recorrido, no sé si aún estoy en mi pueblo o me encuentro en otro. De hecho, no puedo estar seguro ni siquiera si estoy en el mismo mundo del que vengo. La noche algunas veces es más que otro tiempo: es otro espacio. Después de todo, he emergido de esa negrura y algo nuevo se ha revelado. Miro hacia atrás y con el claro de luna distingo la silueta del valle erigirse hacia arriba, recubierto de árboles. Y puedo distinguir el riachuelo que he seguido y que serpentea entre los matorrales. “Ahora no”, pienso: ahora no puedo volver. Así que sigo.

A pesar de todo lo que nos puedan decir, el tiempo no pasa por la noche. El tiempo es un elemento estático en el cielo, en la oscuridad y el silencio. Después de todo, el tiempo se mide por el baile del sol, y por la noche no hay soles. El tiempo nocturno se mide por el tiempo que uno espera hasta que rompe el alba. Por esos los dioses hicieron a los hombres dormir. Y cuando otro día amanece, el reloj vuelve a reanudar su marcha. Si no tienes cuidado y te quedas despierto toda la noche, se puede hacer eterna y te puedes quedar atrapado en ella. Y el único hechizo para salir… es soñar.

El riachuelo termina de golpe. Ha besado un cuerpo de agua más grande que él y los dos se han unido en un solo cuerpo de azul. Ha dejado de serpentear para abrazar la tierra y hacerse parte de ella: se ha hecho lago. La luna desaparece y reaparece tras las nubes al ritmo del viento y en una de esas veces que se deja ver, puedo descubrir la gran silueta de mil árboles reunidos a orillas de ese gran elemento. Lo guardan, me parece entender. Son como aquellos centinelas de la ciudad, pero en vez de iluminar, sólo lo soportan, al lago. La brisa sigue acariciando el aire y en todos esos árboles se hace un susurro de hojas; un escalofrío me recorre la espalda.

(Claude. Reflejo de luna en Deininger Weiher, Munich)

La superficie del lago también se riza con esta brisa y hace con la imagen de la luna un borrón. Pero pronto llega la calma y el agua se queda quieta, y una gemela de la luna aparece clara en la tierra. En ese mismo momento, uno se ve tan tentado a saltar en ese espejo, y si así fuera, caer en el cielo y abrazar las estrellas.

Me acerco poco a poco a la orilla para ver mejor ese reflejo de luz. Estoy ensimismado durante un rato. Un paso en falso, como era de esperar, y una pequeña piedra me pinza el pie. Rápidamente miro hacia abajo sólo para encontrarme con el reflejo de un desconocido. 

 

¿Continuará?

Un beso

Un beso que se mece con el viento, que pulsa con el ritmo de la brisa. Es un beso que respira. Además, es un beso que quiere volar lejos, quiere viajar y llegar a alguna parte. Se arrima a la comisura de la boca y cuelga del precipicio del labio, mirándote a los ojos y late durante un momento con miedo; quiere saltar. Quiere saltarse de mí hacia donde caiga, reposado lentamente con ternura, pero decisivo, sobre alguna nación hecha de piel y pasión, heraldo de alguna historia de amor.

(Tatia Pilieva, “First Kiss”)

Lanzo un beso al mar y se lo lleva el viento. Cabalga la ola y remonta la corriente hasta que se hace arena y montaña, y vuelve a viajar a espaldas del viento al otro lado donde, seguramente, estás tú. Le lanzo otro beso al mar y pasa lo mismo: se lo lleva el viento y veo cómo cabalga la ola, y surca este charco que nos separa hasta que toma tierra y te besa.

¿Cuántos besos lanzados al aire habrán llegado a su destino?, me pregunto mientras le voy lanzando besos al aire, besos que me tienen como remitente, pero que tienen como recipiente sólo un . Es así se simple, la verdad.

El beso que me palpita tiene vida propia, historia propia y sentimiento propio. Es un beso que no me pertenece, sino que te pertenece, pero lo tengo yo mientras tanto. Estoy esperando a que llegues para poder dártelo y aliviarme de él. Porque los besos hay que aliviarlos dándolos, casi sin esperar nada a cambio, aunque en el fondo nos den otros besos para compensarlos. Esto se debe a que los besos pesan en el corazón y con el tiempo acaban haciendo mella: si te dan muchos, se acumulan y te rompen; si das muchos, flaqueas. Y como en toda báscula, lo mejor es encontrar un equilibrio. Por eso, tal vez, le voy lanzando besos al aire.

“Un beso que se va tiene que volver”, pienso. Que en alguna ráfaga de viento, en vez de una hoja, lo que me dé en la cara sea un beso lanzado. Y lo imagino voluptuoso, que se hunda en mis labios con ternura, pero decisivo, y se acumule en mi corazón como promesas del mañana, sin que ello suponga la ruptura de algo dentro de mí. No. Tampoco quiero flaquear, y por eso le voy lanzando besos al aire. 

Después de todo, es un simple beso… ¿verdad?

Un rincón al sur

La brisa cálida trae recuerdos de otras tierras, como las melodías de las golondrinas negras que traen los recuerdos de otro verano. Los naranjos se han vestido de flores blancas y su perfume impregna un jardín de roca labrada y palmera al son de una fuente que borbotea bajo el sol de Andalucía. De los muros de ladrillo rojo cuelgan las ramas largas de las buganvillas rosas y blancas. Por un momento, entre estas cuatro paredes tan antiguas como la tierra castiza misma, parece que la magia vuelve al mundo y todo es posible.

Cierra los ojos, déjate tocar por la guitarra
y viaja, caminante, bajo la luna de plata.
Viaja a un rincón del sur donde el tiempo se para,
donde la vida es un poco más feliz,
donde nada más te hace falta.

Los grillos aún cantan.

Los grillos aún cantan.

Hace frío, un frío que llega hasta el tuétano de los huesos, pero los grillos aún cantan.

Las estrellas han cambiado, y poco a poco, las estrellas de verano dejan el cielo. Pero aún así, los grillos aún cantan.

Es Septiembre, pero los grillos aún cantan.

Ha sido una noche muy estrellada, un cielo muy despejado, una brisa muy fría, brisa del norte. Pero los grillos aún cantaban.

Así que el verano aún no ha muerto. Aún no.

Porque los grillos aún cantan.