En el reino del miedo

¿Cuánta decepción sentirías si supieras que he exiliado tu nombre, que para mí no eres más que un 

Soy un exiliado yo mismo. Me fui porque tenía miedo a ser descubierto, miedo a que me juzgaran; miedo a que supieran que te amé. Vivía aterrado de enfrentarme a esa marabunta de miradas críticas que siempre nos han acechado, aunque en el fondo siempre he sabido que me lo merecía, el castigo. 

Ya es castigo suficiente no poder decir tu nombre… 

Por eso ahora soy el siguiente heredero al trono de este Reino Callado, un heredero más en este interminable linaje de mi dinastía. Son muchos los pretendientes al reinado, pero no creo que todos se lo merecen tanto como yo.

Y es que a diferencia de otras casas reales, ésta está formada por traidores, cobardes, mentirosos; débiles. Somos una estirpe de príncipes que reinamos en tierra de traidores, cobardes, mentirosas, débiles, exiliados, abandonados, doloridos, olvidados. Los héroes, los que ganan sus propias batallas enfrentándose a sus miedos —y a los miedos de otros—, los que se alzan con una bandera llena de nombres y colores, esos se merecen otro tipo de reinado —y de reino—: el de los valientes, los libres y victoriosos.

Aunque todos hemos peleado la misma batalla, la misma dolorosa y silenciosa batalla, de familias rotas y amores prohibidos, algunos alcanzaron la felicidad y salieron victorioso, pero otros seguimos viviendo en el miedo, o en la ira; y muchos son los que cayeron heridos.

Ahora soy uno de los príncipes entre los caídos, otro más entre las líneas que fueron derrotados en el intento, desterrados bajo montañas de secreto y silencio. 

Y tú, aunque eres ya un sinnombre, un ser del pasado lejano, eres la razón por la que me han nombrado príncipe: otro legítimo sucesor a todos los reyes abdicados que, como yo, reinaron en el miedo hasta que fueron destronados, o murieron añejos, perseguidos por sus fantasmas, solos en la oscuridad.

 

Salir corriendo

Hoy he salido a correr porque tenía que salir corriendo… de mi vida que se derrumba a cachos, de la soledad que me persigue. Tenía que salir corriendo para encontrarme, porque me siento de repente muy perdido.

“Tenía que salir corriendo para encontrarme…” 

En el lago, me he sentado en la arena blanda y me dejaba hundir un poco. Cerraba los ojos y respiraba profundo. Respiraba la brisa cálida que empujaba las olas contra la orilla, y dejaba que su melodía me invadiera. No había nada más. Bueno, los grillos y los pájaros cantaban en los encinares que había detrás de mí. Pero era yo, la tierra, el agua y el cielo. Nada más.

Fui hasta el fin de los pasos, hasta que no me quedase aliento para gritos, hasta que agotaba la última gota de lágrima que había en mí, encerrada y reprimida. Me he cansado con cada zancada que parecía liberarme de todo el peso, que parecía aplastar cada sentimiento hasta que no quedaba más que polvo. Ni las huellas quedarán, porque el viento se lo llevará todo muy lejos.

No quería mirar atrás, pero con cada impulso que tenía de hacerlo, corría más rápido contra el dolor y contra las ganas de parar; no podía parar. Si paraba, todo de lo que pretendía escapar me alcanzaba, y no quería que me alcanzase. Quería estar cada vez más lejos de esos momentos que me han quitado la esperanza y la ilusión, incluso casi las ganas de vivir. Así que cada vez que sentía que quería mirar hacia atrás, he apretado el paso, firme, contra la roca y la arena, dejando claro que lo único que hay ahora es un camino hacia adelante. Lo que se quede atrás, es pasado.

El único testigo que tenía era el sol justiciero y el camino polvoriento. El campo era mío, el mundo era mío. Eso es lo que siento cuando salgo a correr: que no hay ningún objetivo demasiado lejos si me esfuerzo un poco más, un tramo más, unas zancadas más. “Necesito respirar”, me dice el cuerpo, pero algo dentro de mí se hace el sordo y grita: “un poco más, tú puedes un poco más”. No hay tiempo para pararse, porque el ruido vuelve, aunque en el campo sólo se escucha el zumbido de mil abejas recolectando néctar y la brisa en la copa de los árboles. Y la arena crujir bajo mis pasos. No hay tiempo para pararse a recuperar el aliento, porque cuando menos aliento me quede, menos pensamientos tendré. Y no quiero pensar, sólo quiero correr.

Ya cuando todo mi cuerpo se quejaba de cansancio, mi mente ha dado tregua y me he encontrado bajo una roqueda rosácea, casi en los límites del siguiente municipio, a orillas del lago. Me he sentado en una roca y he mirado cómo el agua transparente lavaba la arena y cambiaba casi imperceptiblemente el contorno de la orilla. “Mañana esta orilla no será la misma”. Y es cierto. Mañana será otro día, las cosas habrán cambiado. O eso espero…

Siete y media de reloj. El sol ya baila sobre el horizonte a punto de acostarse sobre él. Es hora de volver. Con cada paso de regreso, junto a las huellas, dejo algo de todo aquello de lo que he querido escapar. “Ha funcionado”, sonrío. Y de repente siento verdadero alivio, y no puedo parar esta sensación de felicidad que me sube por la espalda y me hace sonreír. Francamente me siento idiota, sonriendo en medio del campo, pero ¡qué demonios! Que piense lo que quiera el próximo que me vea; no soy el mismo hombre que cuando comencé. Ya no.

De vuelta ya en casa, sin aliento y jadeando, sentía que había perdido el peso de todo aquello que durante el día me ha atormentado. Aunque en el fondo todo sigue igual —estas cuatro paredes de roca y gotelé lo confirman—, algo en mí ha cambiado un poco. Mañana domingo será otro día, no sé qué pasará, pero nadie me va a impedir que salga corriendo a buscarme otro momento de paz como el que he encontrado hoy.

Armas de papel y tinta

El lápiz me sangra, 
herido, 
roto. 
Acallado. 

Me arde un silencio
que se resquebraja en mil gritos
de terror. 
Adiós. 

La libertad se dibuja un poco menos, 
pero se enfurece un poco más. 
Porque un hermano ha caído
en aquella Ciudad de la Luz
que ahora anda en sombras.

Como aquella gran guerra, 
una nueva guerra;
nunca más.

¡A tomar las armas, compañeros!
¡A tomar las armas, compañeros!, o como decía otra imagen: “armas de creación masiva” (Fuente: theidealist.es)

 

Las montañas de la vida.

Yo me crié a la sombra de montañas. Creo que de no haber sido así, nunca me hubiese puesto en pie. Fue querer alcanzar la cima, verlo todo desde la altura; mejorar y crecer; descubrir a los dioses, quizá, lo que me mantuvo en pie. Lo que me sigue manteniendo en pie.

Antaño, de vuelta en la selva, en aquella isla bajo el viento, aquella isla mágica y paradisíaca, me crié a la sombra del gunung, el viejo, eterno y único gunung. Él casi me mostró la vida, el mundo, la belleza. “Si los dioses crearon el mundo”, me dije un día, “empezaron aquí”. Ahora es el centro de mi pasado, de mi infancia, de la magia y el recuerdo; los sostiene a algo concreto en esta bruma de tiempo.

Después volé a este viejo reino. Surqué océanos, mares, valles y montañas para llegar hasta aquí, sin saberlo, desde las alturas una vez más. Y acabé en la Sierra; ahora es la única. El horizonte se viste de encinas y las montañas, de pinos. La nieve hace cumbre en invierno, las nubes remontan los picos en otoño, el sol ajusticia y corona en verano y las faldas florecen en primavera.

Ahora la Sierra casi lo es todo en este mundo. El norte está amurallado por granito, y el oeste, también. Nos queda escapar al este. O al sur. Pero yo sólo quiero ir norte, mítico norte. Me llama, me hipnotiza.

Por eso regreso a los caminos de arena que huyen del asfalto y la civilización, hacia donde me lleven los pasos, y siempre me llevarán hacia las montañas, hacia la sierra; asciendo así hacia los sueños, las metas, las promesas, y la paz. Hacia la montaña, alcanzo mi libertad.

La lluvia de junio

Hoy empieza la eternidad del verano. Hoy empieza el Imperio del Sol en este nuevo, viejo reino de encinas y pinos. Hoy empieza una larga temporada vestida de campos lánguidos, de olivos que nunca suplican, pero que parecen suplicar. Hoy es el primer día de una estación que también pasará, en este viaje del tiempo, hacia otro tiempo mejor. Hoy empieza la cuenta atrás, porque nada más empezar, empieza a acabarse; el tiempo es tan efímero, por eso hay que hacer que cada momento cuente.

Y sin embargo, a pesar de todo eso, ayer la tarde se cubría de lluvia, de una cortina de gotas que brillaba a contraluz delante del sol que caía en el horizonte. Eso fue la última lluvia de primavera, una primavera que se ha hecho junio creyéndose verano.

No dejo de pensar que a lo mejor todo esto ya está cambiando para siempre, que las estaciones no serán lo que fueron, que los junios ya no serán veranos, que las primaveras serán de campos dorados y marchitos, que los inviernos no traerán las nieves del ayer; que ya no vivimos en el mundo de nuestros padres. Porque lo hemos cambiado a velocidades violentas, porque lo estamos cambiando a velocidades violentas.

Ahora las primaveras serán de flores tempranas en mañanas de inviernos abatidos, la lluvia vendrá en junio, y el calor persistirá en septiembre, mientras las árboles se despojan de sus hojas flamígeras. El otoño se hará invierno con la lluvia de octubre y la nieve sólo será un sueño navideño.

Hoy es el primer día del verano en todo un hemisferio, de golpe, pero en este rincón de ese Gran Norte, todavía tenemos una lluvia de junio. Algo huele a cambio en el aire, pero también huele a las cosas de toda la vida, cuando mi abuelo se hacía para el campo; yo también haré esos breves viajes a la infinidad del campo español, porque es verano, tengo mi libertad. Y quiero disfrutarlo.

La medida de un grito.

Algunas veces tengo ganas de gritar y arrancarme la piel, que es mi prisión. Soy mi cárcel de carne y hueso, especialmente construido para mí sobre esta tierra. Es un presidio que me oprime y me niega la libertad, pero también es todo lo que tengo.

No la resiento, como los gritos de los vecinos animales y salvajes con los que estoy obligado a ¿vivir? ¿Es ésa la palabra correcta?

No resiento nada de este mundo físico y frágil, lo admito, aunque sea un puzle volátil y quebradizo; un puzle imposible.

Me resigno a vivirlo, como un esclavo la mayor parte del tiempo; como un autor en momentos realmente especiales.

Es una existencia precaria, como soy tan propenso a decir. Es una existencia al borde del precipicio, de la locura, de la violencia romántica y tierna, quizá. No sé.

Me resigno a vivir, en estos últimos días del verano sobre todo.

Todo llega a su fin y me pregunto, otra vez: ¿y ahora qué?

¿Tiene sentido, que me haga preguntas así cuando me resigno tanto a que pase lo que sea?

Tengo ganas de gritar, de quedarme sordo con tanto grito; de sentir algo, aunque sea dolor. Pero tengo miedo. Y eso me da rabia.

Nada de ello evita que quiera algunas veces gritar y escaparme así de mi prisión de carne y hueso, volverme ligero en un ruido y desaparecer con el viento, hasta el fin del grito.

En estos últimos días, cuando parece que nada nuevo puede ocurrir, gritar se me antoja adecuado, necesario incluso. Pero no satisfactorio. Falta algo más, algo que comience. Algo más poderoso que un grito. Algo como escribir.

Algunas veces tengo ganas de gritar porque no puedo escribir, y eso me produce una ansiedad insufrible que sólo puedo aliviar con un grito ahogado en palabras como éstas.

Vamos a escaparnos al fin del mundo.

Día tras día la idea, esa idea tentadora que es incorregible, me regala la promesa de una sonrisa que perdí hace mucho tiempo. El reloj, mientras tanto, martillea mi rutina, haciéndola pedazos, desgastándola. Todavía estoy aquí porque me creo que puedo seguir, pero el esfuerzo se hace cada vez más grande y el otro día volví a fumar un cigarro. No quiero volver a caer en la tentación de fumar mis horas perdidas como un loco, esperando a que llegue la noche para beber más vino a solas o salir a la terraza que da a una calle mugrienta para escuchar los lejanos grillos del campo. La luna muere en el cielo y las moscas mueren en las ventanas viendo la libertad pero sin poder alcanzarla. Así soy yo ante el mundo: ahí lo tengo, al alcance, con un poquito de cerebro y podré salir de esta jaula que me está ahogando. Pero no paro de estamparme contra el cristal de mi propio pensamiento que me hace prisionero de esta libertad que tanto anhelo, pero que tanto me falta. Doy vueltas como un estúpido, y mientras pasan estas palabras, dos moscas hermanas pasan por encima de mi cabeza, viviendo el mismo existencialismo que yo. Porque yo soy ellas y veo mi futuro en esa manta de cadáveres que tapiza las frías baldosas que hay debajo de la ventana.

El verano me está matando lentamente, pero soy como aquel ejemplo de la rana en la olla: si metes la rana desde el principio y pones la olla a cocer, la rana no notará el cambio y terminará por morir cocida. Sin embargo, si pones primero la olla, lo calientas y después echas la rana, entonces volverá a saltar fuera y sobrevivirá. Yo me encuentro en el primer caso, muriéndome poco a poco, sin saberlo, o sabiéndolo pero no muy bien; la esperanza es la catarata del alma, esa enfermedad que te hace ciego y vuelve la realidad borrosa.

Estoy aquí, pero no sé por qué estoy aquí. Y la verdad es que el reloj sigue martilleándome, los días pasan, yo espero; nada. Eso es lo que me está matando, la espera y la nada, como si de un cuento moral se tratara, uno de esos cuentos que pueblan los escritos budistas, por ejemplo. ¿Te lo imaginas? Suena incluso poético. Pero hace años que no escribo poesía. Lo dejé, como quien deja la droga, pero no deja la tentación de tomarla: te acecha como un león en la sabana, y si tienes la más mínima oportunidad, volverías a caer en el negro agujero que es la poesía.

Te escribí poesía, ¿sabes? Como consuelo por todas las horas que dejamos de vivir juntos. La verdad es que era una nota de suicidio que nunca llegué a terminar, y por un error de la vida misma, acabé escribiéndote poesía. Poesía mala, por cierto. Ahora está perdida en alguna caja, entre otros papeles llenos de tonterías, recordándome que nunca terminamos de mudarnos, que aún hay algo, que aún queda algo. Tal vez sea el pasado. Yo sigo pensando que se quedó alguna joya que la propia avaricia no puede dejar escapar.

Es la enfermedad del inmigrante, el vicio del inmigrante, el síndrome del inmigrante. Vosotros jamás lo entenderéis, porque nunca habéis tenido que dejar vuestro país, pero yo soy como esas cajas eternas que nunca se vacían, que sólo se llenan de polvo y pierden rigidez con el paso del tiempo, como la vejez. Soy como esas cajas, como ese recordatorio que me dice que nunca fui de aquí, que soy de otra parte, que me moví, y que lo más probable, volverá a moverme. Siempre moviéndome de un lugar a otro, buscando aquello que todos mis amigos llaman “hogar”. El hogar… ¡Qué ilusión! No de alegría, sino de ensueño fantasmagórico que sufre el paso mismo del tiempo. Como estos pies que están cansado de buscar entre la basura del presente, buscando, buscando… Buscando.

Vosotros no sabéis lo que es sufrir la vida: tener que abandonar una infancia en alguna parte del mundo para adoptar una infancia completamente ajena. Vosotros no sabéis lo que es estar siempre escapando de aquí y de allí, intentando arraigar una vida que no toma raíz y que se lo lleva el viento, como el alma del diablo (dicen). Vosotros no sabéis lo que es mirar en la cara de amigos que aún te recuerdan que eres de otra parte. Tal vez sea racista y no me guste estar aquí, entre extraños que me regalan abrazos y me quieren como un igual. Tal vez eso es lo que me pasa, que por mucho que lo intenten, yo siempre recordaré que dejé un hogar para convivir con todos aquellos que nunca me vieron nacer en su propia tierra.

Por eso me voy a escapar al fin del mundo, volver a la selva, porque allí las personas son mejores, se come mejor, se respira mejor; hay un silencio mejor que te deja sordo. Esta vez quiero escaparme de verdad, ser el autor de mi propia escapatoria, y nadie más ajeno a mí, y cuando llegue, no tener que adoptar nada; volver y reintegrarme en mi propio ecosistema, arraigar algo, nutrirme, crecer. Buscar ese lugar vacío que dejé en un país que casi me ha olvidado, volver a tomar ese asiento en el avión y dormir largas horas hasta que el calor me despierte. Eso es lo que necesito: una buena bofetada de calor, que me devuelva al mundo con emoción y sentirme, por fin, otra vez vivo.

Ser yo quien escape y no ser yo quien escapa con otro. Yo solo y nadie más.