El verano del silencio

Se acabó otra semana y pronto terminó septiembre. Tan pronto como comenzó, llegó a su fin. No hubo momento de despedida ni de saludo; vino y se fue. Como un dulce sueño que se olvida rápidamente por la mañana. Parece que nunca pasó. 

Pero el otoño acaba de empezar, al menos en las horas tempranas cuando la noche se alarga y el frío aprieta la sábana. Mi garganta resentida ahogando un grito, mis labios resquebrajados pensando si un beso podría curarlos y el cuerpo encogido bajo el edredón buscando el calor entre tanta soledad, lejos del escalofrío. 

Vuelve a amanecer otro octubre y su luz fría apuñala la oscuridad de mi habitación. Es fría, pero aún brilla con la memoria de un último verano que se hace de rogar.. A mediodía el sol sigue picando la nuca y el camino de polvo sigue implorando un trago de lluvia. Pero ya es otoño, ya es octubre. 

Lo sé porque el quejigo ya ha perdido algunas hojas. Al igual que el castaño en la ciudad; el parque lentamente se desnuda. El campo brilla dorado, pero pronto lucirá el musgo esmeralda bajo la niebla fría, y el granito se oscurecerá bajo la tormenta. ¡Ay, cuánto echo de menos la lluvia! Incluso el olivo está cansado de este largo verano. Pero los vientos están cambiando, lo noto; seguimos esperando. 

Mientras ocurre todo esto afuera, el silencio arrecia en mi interior. Con este lento cambio, parece que acalla un poco y vuelven algunas palabras; pero sigo callado. Sigo sin historia y sin cuento. Sigo bloqueado en el blanco apretando los ojos para distinguir las siluetas negras de la fantasía, pero no distingo nada. Todo es tan difuso. Sólo acumulo borradores y frases sueltas. Y mientras hable el silencio, yo callo… 

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Un por cierto

He estado tanto tiempo engendrando este silencio que no me había dado cuenta que también estaba atrapado en él. Al principio lo combatía y lo resistía a golpe de papel. Me ahogaba en música. Pero también llegó la quietud y el silencio se coronó rey. Y me dejé vencer; ya no supe salir. Pronto olvidé que estaba atrapado y caí: me callé. 

Eventualmente, en el fondo sabía, llegaría a su fin, como el verano mismo que ya ha pasado. Que era una estación en mi mente y terminaría. Dejaría paso a la lluvia y de la tierra yerma rebrotaría alguna historia. Cualquier historia.

Y así fue. Me cayó un por cierto.

Hay frases que son pura magia. Son como el conjuro que deshacen el hechizo o el antídoto contra el veneno. Son la cuerda de salvamento que lanzan al vacío y esperan sacarte de él; te auxilian. Dan aire fresco y espacio para extender otra vez los brazos; te liberan. E incluso te hacen emprender el vuelo —la imaginación— poco a poco. 

Y fue una frase la que me sacó del silencio. De repente me vi fuera del tiempo y el espacio: ya no estaba en un metro abarrotado de gente volviendo a casa ni tampoco tenía prisas por coger un último autobús. Esa simple frase le quitó importancia a todas esas cosas. Volviendo a casa, todas las canciones que escuchaba de repente llevaban tu nombre y todos los reflejos en la ventana no eran de la calle, sino de todo lo que imaginaría que podría pasar.

De repente me descongelé del silencio y empezaron a bullir las palabras dentro de mí. Borbotaban en confesiones atropelladas, en ideas locas, en imágenes imposibles. Me vi de repente en una historia. 

Quizá sólo sea una cura momentánea, pero…

Por cierto.

Volver a escribir

No se trata de recuperarle espacio al silencio, no.
No se trata de desandar todo lo desdicho.
No se trata de recopilar todo lo que no ha pasado.
Tampoco se trata de reinventarse lo soñado, ni revivir lo imaginado.
No.
Volver a escribir es cuestión de tiempo.
Es recuperarlo.
Es volver a un momento en el que todo iba a algún lado. 
Volver a escribir, ahora entiendo, es tomar las riendas de esta vida que he callado. 
Volver a escribir no es decir lo que he fantaseado. 
Volver a escribir no es contar lo que ha pasado. 
Volver a escribir no es recuperar todo lo abandonado.
Volver a escribir es rescatar todo el tiempo olvidado. 

9 de octubre del 2014

Cada vez que vuelvo a este blanco, me palpita con silencios y deseos. Con palabras soñadas y sentimientos indescifrables. Y tú estás en el fondo como ese destinatario eterno que nunca leerá estas líneas. Tú, sin saberlo, me impulsas a escribir. Y aunque no entiendo muy bien cómo, sé que un día te toparás conmigo otra vez —con esta historia, más bien— y toda esta odisea habrá merecido la pena. Mientras te estás yendo, cayendo en el olvido, escribo estas palabras sin destinatario fijo, consolándome la nostalgia. Pronto lo lanzo al vacío infinito, hasta que tope con Otro, conectemos; nos unamos; nos contemos historias; existamos. Porque yo creo que escribo para existir. Así de severo —y necesario— es esta aventura

Rescato otro borrador del olvido. Éste de hace casi dos años. Lo leo como si nunca lo hubiera escrito, sin saber muy bien lo que quería decir; sin saberlo todavía ahora que lo edito. Pero ese sentimiento del que hablo es el mismo: sigo volviendo a este espacio blanco sintiendo el silencio y el deseo palpitar. Tal vez no como un corazón apasionado, sino como una herida abierta esta vez; es un sentimiento sensible. 

No sé si tú sigues ahí en el fondo, destinatario desconocido, oculto, pero eterno y fijo. No estoy seguro si sigues impulsándome a escribir, o es sólo la necesidad ahora lo que me queda. 

Sólo sé que ahora debo dejarte marchar, por fin, tras tantos años; lanzarte a ese gran vacío esperando poco, o nada. Quizá encuentre a otro, quizá no. No sé si eso importa o no ahora. Tampoco sé si habrá merecido la pena toda esta odisea, pero aquí sigo: palpitando con silencio y deseo contra este blanco. Que nunca me falte. 

Quiero

Quiero escribir algo antes de irme, aunque sea algo corto. Quiero aprovechar que la tormenta se ha rasgado y el sol se cuela, pero la tierra sigue mojada con la lluvia de anoche. Quiero ver el campo verdecer, mientras se vuelve verde, no cuando ya esté todo verde. Quiero disfrutar del momento, aunque pronto la lluvia volverá porque veo las nubes planear por encima de las lejanas montañas. Quiero escaparme un momento, lejos del mundo, como hacia antes, perderme en el camino y el campo; perderme en el silencio, en el canto de los pájaros y el crujido de la arena bajo mis pasos; perderme hasta que se hace tarde; perder la noción del tiempo y sólo escuchar mis latidos como segundos. Quiero disfrutar del ahora porque luego, yo sé, ya será demasiado tarde; incluso mañana. ¿Quién sabe lo que pasará mañana? Mañana cojo el tren hacia el sur y ya no estaré aquí. Así que quiero escribir algo antes de irme, antes de que estas palabras no digan nada, antes de que el silencio se asienta y otra historia, en forma de momento, muera en las cunetas del papel. 

Otro otoño

| Jacinta Lluch Valero

El musgo tornará verde,
pero los árboles se desnudan de amarillos.

Los cielos estarán azules,
pero empiezan a volver las lluvias.

Aún hará calor,
pero las noches ya son frías.

Seguirán cantando los pájaros,
pero los grillos ya se han callado.

El viento ya no es del sur,
sino que viene del norte.

Será otoño, otro otoño,
pero aún tenemos estas memorias del verano.

| Rocío Moreno

 

Hija de la violencia

Y cuando su puño tocó el pecho de su padre, con fuerza, y emitió un sonido seco de hueso y carne, paró su corazón. Dejó que su puño se relajase sobre aquel pecho viejo y sentía al mismo tiempo una cálida lágrima recorrer su mejilla.

La mirada de su padre se quedó vacía y quieta, fijada en la de ella que le miraba llena de ira y tristeza. Sus pupilas se habían agrandado en el momento en el que su corazón se detuvo y lo supo: sintió miedo, pero también alivio.

Rápidamente ella retiró su mano del cuerpo de su padre y en ese mismo momento, el monumento paternal se desarmó lentamente y empezó a caer libremente atraído por la tierra que ya le reclamaba. Se desplomó como un edificio controladamente derruido con explosivos, de abajo arriba: él notó cómo sus pies se despegaron del suelo —por un segundo creyó volar—, cómo sus rodillas vencieron; cómo el resto de su cuerpo hacía el resto del trabajo, y cayó. Cayó para siempre.

Su hija lo vio cómo un muñeco de trapo: primero su mirada de cristal que se vació de vida, luego su cuerpo que se convirtió en algo inanimado, casi de gelatina. Al impactar contra el suelo con todo su peso, hizo un sonido hueco que quedó almohadillado por la capa de hojas y por la densa vegetación.

Había llovido toda la noche anterior y la tierra estaba húmeda. Los árboles paraban algunas gotas en sus anchas hojas, pero otras hacían caída libre por el bosque y cantaban su coro de calma tras la tormenta.

Ella había salido corriendo de casa instintivamente hacia los árboles, tal vez esperando hallar un escondite. Él la había perseguido con gritos y sonoras zancadas que rompían las pequeñas ramas a cada paso.

Se retorció un par de veces; dio algún espasmo, porque seguía peleando por la vida. Pero luego quedó completamente quieto lleno de hojas, agua y tierra. Por fin murió aquel monstruo.

Ella sólo pudo mirarle desde otra realidad, como si lo viera todo a través de un cristal sin poder hacer nada; sin querer hacer nada. No pensaba nada. No creyó que su golpe causara el paro cardíaco; no creía en nada en ese momento. Sólo se quedó mirando fijamente aquel cuerpo, que ni siquiera consideraba algo suyo, como el de su padre. No: para ella eso ahora era algo que pertenecía al bosque en el que tantas veces tuvo que esconderse.

En realidad, en su cabeza sonaba música. Bella música. Era una melodía que había conocido tantas otras veces en un lejano pasado: cuando sus padres discutían, cuando volvió a casa tras el funeral de su madre; cuando él la pegaba. Ella se refugiaba en esa música y la reproducía en su mente silenciosa una y otra vez. Y ahora, en ese momento, volvía a sonar.

Pero esta vez sonaba con otro ritmo, con otra tonalidad y otro color: sonaba a libertad. Sonaba de verdad, grande y maravillosa. Y cuando otras veces no la llenaba el gran vacío que sentía, ahora sí lo hacía. La melodía por fin calaba en ella, en sus huesos y su alma; calaba como las gotas frías que caían en su cabeza, que atravesaban su pelo castaño y largo, y tocaban la piel debajo. No pudo evitar sonreír.

De repente el cielo rugió. Rugió fuertemente. Tal fue el rugido que el cielo pegó que su cuerpo se contrajo de miedo y la música en su cabeza paró de golpe. Como que salió de sí, del trance en la que estaba atrapada. Miró primero el cuerpo que rápidamente se estaba quedando frío, y luego miró el cielo: había matado a su padre. Ella, que aún seguía sintiéndose una niña por dentro, por fin venció al tirano y ahora era libre.

Pero se llenó de repentina amargura. El cielo volvió a rugir y el eco se extendió por el horizonte, más allá de los árboles y las montañas. Empezó a creer que era Dios, que rugía por aquel crimen imperdonable. Otro rugido cruzó el cielo y pareció desgarrarlo en dos piezas, o tres; o infinitos trozos de cielo que ahora se amontonaban en forma de nubes. Nubes negras y furiosas. 

Había mirado a su padre una última vez y al apartar la vista hacia arriba para ver la tormenta, la primera gota caía en su frente. Pronto su cara se llenó de fría lluvia y se mezcló con las lágrimas cálidas que la inundaban los ojos y se desbordaban por sus mejillas. En ese momento sólo pudo recordar algunas palabras de su madre: así es cómo alguien siente la libertad, cuando algo en ti se rompe para siempre y te lanza con fuerza hacia lo desconocido. La libertad no puede sentirse de otra forma