El verano (se acabó)

Amanecía otra mañana de agosto, y fue distinta: aquella noche llovió durante horas y me despertó en la madrugada, el torrente de gotas que empapaban las ventanas abiertas.

Ahora amanece más tarde y atardece más temprano; los días se hacen cortos de golpe, el frío crepita al alba. Y el viento, ya no llega del sur, sino del norte.

Se acaba el verano, ahora que es septiembre. Aún permanecen vestigios de esta época: el polvo del camino, la hierba seca, la roca caliente a mediodía. Incluso los pájaros que cantan sus melodías de calor, son de verano. Y tal vez volverán los días, últimos días —el veranillo de San Juan—, de cerveza fresca en terrazas abiertas, mientras el sol brille su última justicia, calentando las espaldas para el otoño.

Pero ya tiene sus días contados ahora: se lo llevará la lluvia, la primera lluvia fría que empapará el polvo y hará barro; que revivirá el musgo seco; que enfriará la roca. Los pájaros migrarán y los árboles volverán a estar quietos.

La Sierra al noroeste, una última mañana de agosto.

A pesar de todo eso, sigue siendo verano en las horas y las sensaciones. Aún queda un poco de este último agosto y no puedo evitar pensar en, o recordar todas aquellas cosas que hacían de mi verano, el verano.

Recuerdo el aliño de las ensaladas del tío, la sandía inaugurada con una raja completamente redonda, la huerta del abuelo ya colorando sus tomates y engordando las patatas; la sombra ancha de los nogales y los almendros, y sus frutos verdes preparados para el último sol antes del otoño. Recuerdo la piscina y sus rituales: recoger las hojas, limpiar el fondo; una pastilla de cloro aquí, una depuración allá; meterse a la ducha antes de tirarse en ella, que si no estaba helada. Siempre ha estado helada. Recuerdo poder salir a pasear hasta estar bien contentos y cansados, con los perros; y el pantano tranquilo, siempre tranquilo.

Sigue estándolo hoy, pero lejos. Los caminos han cambiado; los tiempos han cambiado. La piel se ha vuelto más vieja y la mente se ha llenado de otros sueños, de otras memorias. Las casas tienen quizá otras familias y los árboles visten otras hojas. Ahora que el chalé está vacío, me pregunto que habrá sido del jardín y de la piscina: un salón vacío lleno de polvo y rayos de sol; una piscina medio vacía llena de agua sucia, de lluvia y hojas del otoño pasado; un jardín mustio y seco, con toda la hierba sin recoger de la pasada primavera, y los árboles decaídos por la falta de tacto y cuidado.

Me lo imagino ahora, los nogales y los almendros ya dan frutos vacíos que no serán recogidos como un día fueron recogidos, con tradición. El melocotonero viejo, ahora está vencido y murió, y lo que queda es el esqueleto de lo que fue, una memoria del pasado. Las arizónicas, ésas con las que peleábamos en silencio por el espacio, ahora se han asalvajado y lo reclaman con ramas anchas.

La casa está en silencio: ya no hay risas y charlas en la terraza, ya no huele la cocina a comida de los abuelos; el salón ya no es algo vivo, siempre en movimiento. Ahora todo está vacío, incluso en la memoria, aunque los recuerdos siguen henchidos.

Mi verano estaba muy ligado a esa casa, la casa de mi familia, donde se pasaron tantos veranos, incontables. Ahora se ha convertido en una reliquia del tiempo, como si fuese un testamento a nuestra historia y a nuestra existencia; que aún nos une, aunque ya no estemos juntos.

Ahora los veranos son distintos: son de a dos, en la ciudad; buscando, escribiendo, corriendo, viajando, visitando, llamando. No hay salones llenos, no hay terrazas, no hay piscinas, y sobre todo, no hay huerto. El huerto era importante en verano: cobraba vida. Ahora yace estéril y yermo, falto del tacto de mi abuelo que nunca volverá a tocarlo… Ya no volveremos a probar los tomates que plantaba, o las patatas o los guisantes.

El verano ya se ha ido, de tantas maneras… Ahora toca empezar de nuevo: esperar a que vuelva el verano al año siguiente y seguir averiguando todas esas cosas que me desvincularán del pasado y de la memoria; averiguar cómo hacerme otro verano.

Ahora que es septiembre, paradójicamente toca descansar, aunque regrese la rutina.

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Mangos maduros

El silencio juega a un pulso conmigo, me tapona los oídos, me grita, pero no lo escucho. Jugamos a ver quién gana. De momento, le llevo ventaja. 

El otro día me atreví a salir de casa, despojándome del ermitaño, disfrutando de un día soleado entre otros de lluvia. El tiempo está loco, el mundo está loco; yo estoy loco, pero por eso aparento. El caso es que en el autobús de camino a ese país desconocido donde otra vez me siento extraño, no dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros.

“No dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros” | Thank you to A Little Saffron for this photo

Estaba hipnotizado por ese aroma, que era sólo una memoria o una fantasía, pero se me había pegado, atascado en los pensamientos. Me pasé casi la hora de viaje pensando en el aroma de mangos maduros. Creo que sobreviví al mundo porque estaba demasiado ensimismado con esa idea. 

Hubo un momento cuando, creo que todo escritor lo ha vivido, empecé a divagar en la idea, me dejé llevar, las escenas se sucedieron en historias, y sentía que llegaba a alguna parte. Durante un rato que se me hizo una vida, dejé de estar presente de verdad. 

Me vi otra vez allí, mirando unas ventanas abiertas de par en par intentando aliviar el calor, pero se abrazaba a ti, se pegaba como una manta. El sol hacía brillar el mundo con colores intensos. No hacía brisa, el aire pesaba con humedad: era la selva, en algún Reino del Monzón, allá en el misterioso sur. 

De repente lo olía, como una melodía o una inspiración, el aroma de mangos maduros que se colaba por las ventanas abiertas. Y por un instante, pareció aliviar el calor y la desidia. En esa fantasía, cerraba los ojos para poder disfrutar mejor del momento, y funcionó. Oh, qué delicia, qué perfume. 

El mundo empezó a tomar forma poco a poco: ahora no sólo había ventanas, también había una casa, porque el aroma de mangos se mezclaba con el humo del incienso que quemaba en algún rincón, recorriendo la casa como un espíritu protector, invisible, pero a la vez haciendo lazos en el aire. Y la fuente de piedra negra: su agua hacía cascadas, chapurreaba y rompía mi silencio. Junto a ese sonido, otro: el “canto del calor”, la canción de alguna cícada o algún grillo o algún saltamontes, en la lejanía, cantando su alivio. 

“haciendo lazos en el aire” | Thank you to comadame for this one perfect moment.

Me sentía en casa, a salvo, lejos, inocente, feliz, liberado. Volvía a ese pasado mejor, cuando las cosas eran sencillamente distintas. 

Pero ahí termina mi fantasía, mi sueño diurno, y ahora siempre que pienso en mangos maduros en el frío de este invierno, viajo hasta ese momento donde el agua, los aromas, el calor me envuelven y me reconfortan. 

Cuándo volveré, no lo sé. Ahora que está terminando el invierno y empezará la primavera, parece que será pronto, que me veré un día otra vez en aquel lugar, aunque no sé cuál es. Con un poco de suerte, habrá mangos maduros y seré un poquito más feliz.

Las montañas de la vida.

Yo me crié a la sombra de montañas. Creo que de no haber sido así, nunca me hubiese puesto en pie. Fue querer alcanzar la cima, verlo todo desde la altura; mejorar y crecer; descubrir a los dioses, quizá, lo que me mantuvo en pie. Lo que me sigue manteniendo en pie.

Antaño, de vuelta en la selva, en aquella isla bajo el viento, aquella isla mágica y paradisíaca, me crié a la sombra del gunung, el viejo, eterno y único gunung. Él casi me mostró la vida, el mundo, la belleza. “Si los dioses crearon el mundo”, me dije un día, “empezaron aquí”. Ahora es el centro de mi pasado, de mi infancia, de la magia y el recuerdo; los sostiene a algo concreto en esta bruma de tiempo.

Después volé a este viejo reino. Surqué océanos, mares, valles y montañas para llegar hasta aquí, sin saberlo, desde las alturas una vez más. Y acabé en la Sierra; ahora es la única. El horizonte se viste de encinas y las montañas, de pinos. La nieve hace cumbre en invierno, las nubes remontan los picos en otoño, el sol ajusticia y corona en verano y las faldas florecen en primavera.

Ahora la Sierra casi lo es todo en este mundo. El norte está amurallado por granito, y el oeste, también. Nos queda escapar al este. O al sur. Pero yo sólo quiero ir norte, mítico norte. Me llama, me hipnotiza.

Por eso regreso a los caminos de arena que huyen del asfalto y la civilización, hacia donde me lleven los pasos, y siempre me llevarán hacia las montañas, hacia la sierra; asciendo así hacia los sueños, las metas, las promesas, y la paz. Hacia la montaña, alcanzo mi libertad.

Leche merengada

Así es como olía su habitación, la de mi abuela. Casualmente, hoy que he tenido este pensamiento, volviendo a casa después de un día en la Ciudad, he podido oler el aroma de la leche merengada en mi portal. Cosas del destino, quizá.

Mi familia no lo sabe, o tal vez no tuvieron el tiempo para notar esas cosas, pero su habitación olía especialmente a leche merengada. Al parecer era su sabor favorito.

Tenía la manía de guardar aquellos caramelos de Wrigley’s Solano en la mesilla, al lado de su cama, para tomarse alguno por la noche en caso de que la diese la tos. Recuerdo que siempre era una tos muy seca, muy escandalosa. Todo el mundo se levantaba, ruidos en el pasillo, alguien corriendo a la cocina para coger ese vaso de agua para la abuela.

Lo cierto es que todos los años cambiaban las marcas de los caramelos. Antaño eran de Ricola, luego pasaron otras marcas y la última que recuerdo fue Solano. Todo muy ligado a la aleatoriedad de los años. Supongo que al final predominaron aquellos que eran más baratos o los que gustaban más. No lo sé.

Entraba en su habitación por las tardes, normalmente. La ventana tenía las barras que toda casa española tiene en su primera planta, para desalentar a los potenciales ladrones de hacer cualquier locura. Proyectando su sombra todas las tardes del año estaba el granado, el que nunca o casi nunca dio fruto. En la pared izquierda había unos estantes rudimentarios, libres y con aspecto de flotar sobre el aire, con libros ya leído o nunca leídos. En el lado derecho quedaba la cama de mi abuela, y sobre su cabecera, fijados en la pared, imágenes de La Virgen, rosarios y crucifijos.

La persiana pocas veces estaba subida hasta arriba, y la escasa luz que entraba por la mañana junto con la luz bloqueada por las persianas cerradas en la tarde, daban a la habitación un carácter lúgubre y abatido. El olor a vejez, ese olor indescriptible pero que todos conocemos, estaba impregnado en las mantas de lana hechas a mano por mi propia abuela, y no lo recuerdo, quizá, también por su madre. Eran las mantas de to’a la vida.

Es ahora que esa habitación adquiere connotaciones fuertes en mi memoria, ya sea por su luz, su olor, esa sensación que siempre he tenido de estar en un templo, en un lugar sagrado, de callada devoción y silenciosa pena. Había algo allí que pertenecía directamente a Dios, y no era precisamente las imágenes, los rosarios y los crucifijos. Mi abuela siempre ha sido creyente. Ella fue quien me enseñó el Padre NuestroAve María y otras plegarias cristianas. Pero no era su religiosidad ni su creencia lo que daban a esa habitación ese sentir de templo, sino que era ella. Algo de su alma, de su bondad y candor, de su humilde sencillez se había quedado también impregnado en las paredes de esa habitación. Había algo de ella que era ya parte inseparable, e inmutable, de esa habitación.

Entraba en su habitación por las tardes, normalmente, para robarle un caramelo. Pero también me iba a su habitación para echarme la siesta. De todas las habitación en aquella casa, su habitación era la más tranquila. Irónicamente, su habitación era la más cercana a la cocina y a la entrada, donde el flujo de personas era continuo. No obstante, el silencio era palpable, era reconfortante.

Y el olor a leche merengada se colaba entre las sábanas, hacia el pasillo con la puerta abierta, en el alma como memorias de infancia. Ya no vivo con mi abuela, desde hace un par de años ahora, pero siempre que huelo la leche merengada, me acuerdo de ella y siento como si estuviese aquí conmigo. Y todo esto porque el otro día encontré en una de las cajas de la mudanza una bolsa de caramelos Solano aún buenas. Había leche merengada.

Toda esa lluvia.

Recuerdo toda esa lluvia.
Echo de menos la lluvia, me trae recuerdos de la infancia.
Recuerdo aquella infancia…
Primero fue aquel sol que hacía brillar los finos lazos de hierba esmeralda, la humedad que abrazaba la piel, el calor que apretaba. Éramos extranjeros, perdidos en la selva de la profunda Asia. Se notaba en la lejanía el aroma de la sal que venía de la playa agitada por las olas, y de fondo, el silencioso bullicio de la selva, un ruido blanco lleno de notas disonantes. Pájaros, insectos, cigarras. Grillos.
Recuerdo la intensidad de las sensaciones, de las impresiones; momentos que calaban profundamente en mis recuerdos. Hay una intensidad en mis recuerdos de aquellos tiempos, la intensidad del calor, la intensidad de la humedad, de los colores, de los olores, del día a día, de la simpleza, de la felicidad inocente. La intensidad del mar, y de la playa, y de la arena crujir bajo los pies; la intensidad del paso de los cangrejos, y del coco, de las conchas. Aún recuerdo vívidamente la intensidad de los atardeceres, y otro recuerdo, el rayo verde, y un deseo.
Recuerdo ahora la intensidad de la lluvia, sobre todo.
Recuerdo toda esa lluvia, imprevista, tempestuosa, fuerte, segura, indomable, intensa.
Caía duramente sobre el paisaje, justiciera, imparable. Anegaba momentos, prados, carreteras, zapatos, casas, recuerdos. Podía con todo, vencía todo, lo ganaba todo. Y su sonido, penetrante, duradero, eterno e instantáneo al mismo tiempo, profundo. Moteaba los cristales, y la hierba, y los árboles, y la cara de la gente, y sus ojos. Moteaba sus vidas, y la mía. Motearía la tuya si hubieses estado allí.
Y toda esa lluvia. Horas de lluvia, días de lluvia, meses.

Me relajaba durante las noches. Me relaja aún cuando llueve por las noches.
Hay un sonido en la lluvia que hipnotiza, que adormece, que tranquiliza: el martilleo en los tejados, y en los cristales, y en las hojas de los árboles; el martilleo sobre las piedras, y el paisaje, y las montañas. Gotas que caen sobre agua; una gota caer sobre un lago, y las ondas circulares que se expanden abranzando el horizonte. El martilleo sobre el suelo, la arena, el asfalto, la gente corriendo. El martilleo en el aire mismo.
Y la brisa fresca, ésa que acaricia tus labios y tus mejillas suavemente; sientes el calor del momento arreciar en tu alma, a costa de un frío que se instala en tu piel, un pálido frío, pero frío después de todo.
Y mirarla caer, toda esa lluvia. No puedes dejar de mirarla, te cautiva, te apresa, te encadena a su cortina de sensaciones.
Recuerdo toda esa lluvia. Aún recuerdo toda esa lluvia.

Luego fue el paso de las estaciones, del cambio de colores, la nieve, el blanco de paleta que se instalaba en la cumbre de las montañas, y las flores renacer, los árboles despertar, las abejas, y el aroma de la primavera; un verde vivo en cada rincón, un canvas de colores vivos y radiantes, todo eso que da paso al delicado dorado del verano, un dorado que quema, que crea bochorno, que trae a la memoria la sequía y la quietud del tiempo. Y los grillos, y la sequedad del aire y de tus pisadas, y el calor que te roba el aliento.
Otoño. Invierno. Primavera. Verano.
Recuerdo toda esta lluvia que no hace mucho llamaba a nuestro timbre con suelas devoradas por el barro y la fina arenilla.
Sólo ha pasado un verano, y una primavera. Y ahora vuelve.
Espero que vuelva. No, siempre vuelve, siempre sorpresiva, siempre imprevista, y sin embargo, anuncia su paso con colores oscuros; apaga el sol, y se cierne sobre el alma un presentimiento de mal tiempo, inquietud, malestar. Y cuando está irremediablemente sobre ti, seguridad, seguridad de que ocurrirá. Todo se torna lento, y pesado, y sepia: nostálgico.
Todo es muy nostálgico, y ocre, y pardo, y terroso, y zaíno. Y sombrío.

Recuerdo toda esta lluvia, y mirar a través de la ventana el dosel de pequeñas lágrimas que caían del cielo, raudas, pacientes también. Y armoniosas, sin rozarse, sin tropezar, todas a la una de acuerdo en su propia muerte, ésa que no pueden evitar, contra el suelo, la ventana, la arena, el lago, contra el destino. Y volverán, en su dosel, pacientes una vez más, a repetir su muerte.
Siempre vuelve, la lluvia, y sus gotas.

Recuerdo toda esa lluvia, y su frío toque de otoño, o de invierno. Y su brisa, como velo puesto sobre su triste rostro lleno de mil lágrimas. Y su beso, húmedo, sobre el rostro, sobre los ojos, sobre el alma, sobre el recuerdo.
Y recuerdo la ventana, fría al tacto, tan fría, muy fría. Helaba la yema de mis dedos, y reflejaba débilmente mi cara en el traspié de la lluvia. Y mi admiración, chispa en los ojos. Y el vaho que cubría la aterida superficie del cristal.
Motas de lluvia, reflejos de lluvia, sombras de lluvia.

Tanta lluvia en mi vida, en mis recuerdos, en mis sentimientos, en mi alma…
Recuerdo toda esa lluvia, y echo de menos toda esa lluvia, tanta lluvia.
Me trae recuerdos de mi infancia, aquella infancia…

"¿Dónde ha quedado?"

¿Dónde ha quedado esa desconocida ilusionada y eufórica que hoy en día está a punto de dejarnos en la calle? Es la variante de la pregunta que ronda en mi cabeza desde que la impregné en este blog.

¿Dónde ha quedado? Es el fragmento de esa variante que más se repite.

Es una pregunta difícil de responder, pero creo, con esa esperanza crédula y soñadora, que está en el fondo de ese corazón ennegrecido por la Envidia, la Arrogancia, la Soberbia y el Odio. Quizá también, esa ceguera amorosa de la que se siente esclava y no dueña…

Cada día, un torrente de sucesos aparentemente homólogos, pero siempre con ese deje de antitetismo (Referente, a mí manera, a “antitético”), ocurren en esta casa de la que ella se siente el centro sin remedio. He aquí la prueba irrefutable de esa Soberbia ilimitada.

Se ha convertido en esa persona manipuladora, sagaz con las palabras, por no llamarse Sarcasmo; una Irónica en todos los sentidos… Aunque he de admitir que tiene esos escasos e ínfimos momentos de buen corazón -cosa que ella dice, indudablemente que tiene-.

No dudo ni una milésima que si yo muriese, ella, de inmediato, colgaría guirnaldas y con una pandereta, cantase canciones de alegría (Situación que, imaginativamente, me parece de lo más estúpido; Sin embargo, es su condición monoacorde.)

No obstante, la situación todavía es llevadera, aunque algunos de los miembros familiares hayan llegado a extremos irremediablemente irreversibles -véase el caso de mi pobre madre que sufre un estadio de nerviosismo constante y agudo-.

Pero por hacer la historia un poco más cómica -aunque ni por átomo es de esa categoría-, por mucho Ambi-Pur que pongamos, el ambiente siempre olerá a nerviosismo tenso… Incluso puedo decir que se puede rebanar el aire con un cuchillo finamente afilado.

Y pensar que 3 años antes solíamos salir por la noches y cenar juntos…

Prolegómeno de Mi Historia

Aún recuerdo aquel día. Era a mediados de Septiembre, año 1999… Salíamos de la casa, y estaban cargando el coche con las maletas -yo tenía 7 años para entonces-. Mis borrosos recuerdos ilustran a mi hermano, recién llegado de Argentina donde estuvo haciendo los estudios de Bachillerato. Mi hermana aún tenía el Wira -la marca de coches típico de mi país-.

Condujimos hasta el aeropuerto, mucho más pequeño de lo que está hoy en día, dado a la ampliación -como lo que pasó en Barajas hace unos años-. Nos sentamos a tomar algo, para hacer tiempo, después de haber conseguido los billetes y facturar las maletas.

Lo que más vívido tengo de ese día fueron las lágrimas que todos derramamos y los rostros de mis hermanos, que no volvería a ver hasta 4 años más tarde, cuando tendría 11 años… Recuerdo los abrazos y los besos. Palabras de despedida sumamente tristes. Evoco dar vueltas constantes para ver las figuras en disminución de mis hermanos, que desaparecieron al torcer una esquina. Se respiraba el aire frío de los aires acondicionados mezclado con la húmedad del ambiente exterior.

Un lapso mental, como si mi mente considerase eso un mal trago y automáticamente borró toda la experiencia del avión y los intercambios, despegues, aterrizajes…

Primera impresión de España. Unos sonidos raros; español. Una desconocida, mi tia, eufórica y muy ilusionada de nuestra llegada. La seguimos hasta el parking. Nada más salir del aeropuerto de Barajas y salir al exterior, un golpe súbito de aire frío, ya no generado de los aires acondicionados, sino que era del día, del ambiente, estaba permanente; “¿Cómo es esto posible?” Pensaba yo. Era Septiembre y otoño había entrado. Yo con vestimenta de verano. Eso fue un frío insoportable comparado con el del aire acondicionado al que estaba acostumbrado. Rápidamente al coche.

Después de unos minutos largos de conducir por carreteras aparentemente interminables y paisajes carentes de esos bosques pluviales de las zonas tropicales, llegamos a un pueblo, ahora, típico y aburrido, antes, extraño, interesante y curioso. Y de repente, una parada. La casa en la que hoy vivo. Era rara, grande, antigua… Lúgubre, sucia. El tiempo había echo sus estragos en las fachadas de la vivienda. Comparado con mi casa en mi país, que era nueva, floral, luminosa y de una planta, esta era totalmente lo contrario. Nada más entrar en la casa, un olor raro… Oscuridad, silencio roto por el sonido de la televisión, hoy en día, nueva. Mis abuelos, sentados y quitos. Todo raro.

Puedo decir que el cambio de un lugar a otro fue horrible y, quizá, traumático. No obstante, he de admitir que eso es lo que me ha hecho quien soy hoy en día. ¿O no?

Ahora un pensamiento repentino: ¿Dónde ha quedado esa desconocida eufórica e ilusionada que hoy en día es la persona que está a punto de dejarnos en la calle?