Lo que podríamos haber sido

De no haberme conectado aquella noche, ahora no te soñaría. 
De no habernos seguido, ahora no te perseguiría. 
De no haber esperado, ahora no te conocería. 
Y de no haber insistido, ahora solo estaría. 

¿Y si me hubiera ido aquel día de verano,
estaría deseando ahora un día de otoño que parece primavera?

¿Nos hubiéramos visto por segunda vez
si no hubieras enviado aquel mensaje? 

Y si no te conociera, ¿hubiera tenido razones
para conocer aquel rincón bajo este cielo? 

¿Andaríamos ahora en silencio
si te hubiera besado aquel día,
y si no me hubiera fallado este coraje?

¿Y todo lo que podríamos haber sido
si por cobarde yo no fuera? 

¿Acaso hemos perdido algo de esta historia
por no decir todo lo que nuestro corazón ha omitido? 

¿O sólo soy yo el que tiene esta esperanza traicionera?

Y si no te conociera, ¿estaría versando
ahora este poema en tu nombre? 

¿Estaría yo esperando al momento
para confesarte mi emoción verdadera?

Y todo lo que podríamos haber sido, 
¿aún podemos serlo si nos damos otro instante?

Si no te conociera, 
¿estaría preguntándome esto ahora mismo?

En mi cabeza

En mi cabeza, el próximo martes no tendré otra obligación que bajar a Madrid e ir al parque. Al mismo parque que un día, ahora se me antoja hace mucho tiempo, en el que los dos dimos un paseo definitivo. 

En mi cabeza, el martes no lloverá, pero sí lloviznará. A ratos. El tiempo será tal que los madrileños pasarán de largo de la entrada del parque y, a excepción de unos cuantos melancólicos y raros como yo, estará virtualmente vacío. Así que disfrutaré de la paz y la soledad que tan pocas veces se puede disfrutar en un parque de la ciudad. Además, el frío de noviembre apretará y casi todo el mundo, en esas condiciones, prefiere estar en su cálida morada. Pero no yo. 

En mi cabeza, yo iré vestido con mi abrigo negro ya necesario, abotonado hasta el cuello, con las manos en los bolsillos que quedan a la altura del pecho, y caminaré lento,  absorto en algunos pensamientos. Pensamientos, para ser exactos, sobre ti, sobre nosotros. 

Veré alguna pareja, los dos agarrados del brazo, pasar a mi lado. La gravilla mojada crujirá bajo las zapatos. El vientecillo agitará las altas ramas. Las gotas de lluvia mojarán la tardía hojarasca de otoño. Se escuchará algún pájaro asustadizo batir las alas entre el follaje, escapando de mi caminar a medida que me adentro en el parque. Y a medida que avanzo, voy dejando atrás las voces de los otros paseantes que prefieren dar vueltas por los jardines centrales. De lejos, aunque estemos en el centro de Madrid, se escuchará el rugir incesante del tráfico que sube por la Cuesta San Vicente. 

En mi cabeza encontraré un banco que me llame, que estará solitario, que parecerá cómodo y me invitará a sentarme. Y lo haré. Acomodaré el abrigo para que el pantalón no se moje y me acurrucaré de tal modo para conservar todo el calor posible. Miraré hacia arriba para contemplar ese cielo plomizo del que cae esta llovizna que no cala, pero que moja. Y meditaré las palabras que tan ansiosamente te quiero escribir. 

En mi cabeza habré reunido el coraje —o la indiferencia— suficiente para sacar el móvil, abrir tu conversación y empezar a teclear todo lo que mi corazón calla. Y estaré tan decidido que escribiré todo sin releerlo, sin volver sobre las líneas anteriores para asegurarme de que lo he dicho bien. Porque eso no me importará ahora. Lo que importará es que te diga todo lo que te quiero decir. 

En mi cabeza, cuando termine, cerraré los ojos y respiraré profundamente el aire cargado de humedad. Notaré, quizá, que el corazón se me ha acelerado un poco, que empieza a latir un poco más fuerte. Sentiré una emoción en el pecho. Como pesado. Pero abriré los ojos y enviaré todo lo que he escrito. Sin remordimiento.

En mi cabeza, entonces, me levantaré del banco y continuaré mi paseo como si nada hubiera pasado. Como si lo que he hecho fuera lo más sencillo y normal del mundo. Como si dentro de mí, en ese momento, no circulasen acelerada y atropelladamente mil emociones ni sentiría que hubiera cometido el mayor error de mi vida. 

En mi cabeza, saldré del parque y… En este punto no tengo muy claro si prefiero caminar ahora por las calles de la ciudad o dirigirme a la estación de buses y regresar a casa. Lo único que sé es que, en mi cabeza, intentaré evitar mirar el móvil para ver si has respondido y, sobre todo, si has respondido como yo fuertemente espero (quiero) que respondas. 

Pero claro, en mi cabeza todo es posible. Incluso que yo te escriba. 

Cuando nos topemos en la ciudad

Me paso las horas imaginando… imaginando que un día, al doblar la esquina, tú y yo nos encontraremos frente a frente. Habrá un momento de desconcierto: “disculpa”, “lo siento”; pero seguiremos sin darnos cuenta que nos hemos cruzado. Un paso más tarde, tal vez paremos a la vez. Y entonces la poca multitud se habrá interpuesto entre los dos. Pero nos daremos la vuelta, buscándonos mutuamente. Te (re)conozco, algo en nuestra mente se encenderá. Y nos buscaremos a pies puntillas, levantando la cabeza, escudriñando en los huecos que se forman entre la gente que anda deprisa. Y quizá nuestras miradas se toparán por segunda vez, se fusionarán ahora en un gesto de curiosidad. Ahí estás, diremos con los ojos. Quizá recuperemos los pasos hasta encontrarnos a medio camino, una sonrisa nerviosa dibujada en los labios. Y tras algún tiempo intercambiando primeras impresiones, también intercambiaremos las primeras palabras. 

Pero eso sólo pasará cuando nos topemos en la ciudad. Y llevo mucho tiempo sin ir a la ciudad. Todo sea que vuelva un solo día para que me pasen mil cosas, quién sabe. 

Imaginatio

No sabes cuántas veces he imaginado que nos hallaríamos en la Puerta del Sol, al lado del Oso y el Madroño, inconsciente el uno del otro: mientras yo espero a alguien y tú también; bajo los castaños míticos de la Plaza de España, a la vista de un Don Quijote que nunca se da por vencido y de un Edificio España que nunca se olvida; entre la muchedumbre de la Gran Vía que nunca cesa, que viene y que va, que se mece al ritmo del asfalto, que pulsa y tiene prisa, que muta y cambia y fluye, ahí nos toparíamos tú y yo, en un cruce de miradas perdidas. Incluso me he imaginado que nos toparíamos de golpe —de sorpresa— en alguno de los caminos de arena del Retiro o que, simplemente, nos hallaríamos en un metro cualquiera abarrotado de gente, sentado el uno enfrente del otro, de camino a alguna parte. Es en mi mente donde compartimos los mismos rincones de esta ciudad infinita, pero estamos siempre apartados.

“No sabes cuántas veces he imaginado […] que, simplemente, nos hallaríamos en un metro cualquiera abarrotado de gente, sentado el uno enfrente del otro, de camino a alguna parte”. | Jessie Roth
No sabes cuántas veces he imaginado estas coincidencias, porque mi mundo es pequeño y todo es posible, aunque sólo en mi mente es posible que yo te conozca y tú me conozcas. 

Amor de noche

Qué tontería, ¿no? Enciendo el móvil, desbloqueo la pantalla; navego por los contactos, abro para escribirte: te veo en línea. Y me paro. Me paro un instante para pensar qué te diría. Bueno, me paro a pensar que quiero decirte algo, pero no sé el qué; no sé cómo, es todo tan complicado. Me paro a pensar que me gustaría que fuésemos conocidos de hace mucho tiempo; más aún, me gustaría decirte sin más: «te echo de menos», y que significase algo. Pero no significa nada. Quizá también me gustaría arrancarte una sonrisa al otro lado de la pantalla y que me respondas: «yo también», pero sólo habría silencio en esta realidad en la que vivimos. Al final del momento, lo único que pienso es que no te diré nada, que no sé qué decirte; que es una tontería. Cierro tu contacto, salgo de la aplicación; con un último suspiro callado, apago la pantalla. Lo miro otra vez, por enésima vez, pensando que ha sido otro intento fallido, que nunca me superaré; que sólo es una fantasía, un sueño, un capricho en mi mente. Un amor de noche. Mañana me levantaré y tal vez haga lo mismo, tal vez no; cada vez son menos las veces. Aún te tengo en mis contactos; de vez en cuando, aún te miro y pienso en estas cosas. Qué tontería, ¿no? 

“Me paro un instante para pensar qué te diría”

Extraños en el metro

Creo que tú me viste primero, porque llegué tarde a la parada. Creo que siempre eres tú quien se fija primero, no lo sé: no me di cuenta hasta el año pasado, cuando te miré como miraría a un desconocido y me devolviste esa mirada, y lo supe. Lo que pasó esta vez es que estaba disfrutando de estos preciosos últimos días de verano, porque septiembre no tiene muchos de esos. Los árboles y los setos aún están verdes y recuerdan a la primavera; los campos, con las últimas lluvias de agosto, parece que han rejuvenecido. Y en fin, no parece otoño; de hecho, si no fuera por un calendario marcado en septiembre, creería que es primavera de nuevo: el sol que no quema, el frío que no hiela, los pájaros, la brisa templada, los cielos celestes, el olor fantasma de flores en el aire. 

Cercanos, y alejados al mismo tiempo, en el metro hemos jugado a ese juego de miradas perdidas al que siempre jugamos: tú me miras, yo te miro y me dejas de mirar; te dejo de mirar y me miras. Como si fuéramos dos niños en una inmensidad intentando decir algo sin realmente decirlo; sin atrevernos a saltar al vacío y descubrir, por fin, qué significa de verdad que nos miremos

Nos montamos en el bus como ajenos la mayoría de los días, pero vívidamente conscientes del otro, en todo momento sabiendo qué espacio ocupas, y ocupo. Nos tocamos así, en la distancia, tentando cada momento, esperando, siempre al borde de algo sin que pase nada.

Muchas veces creo que vuelvo solo en un autobús lleno de extraños, y eso me consuela esta inquietud, o este miedo. Y aunque tú también lo eres, un extraño, nos conocemos desde hace años: de coincidir en los mismos caminos, en los mismos rincones, en los mismos trayectos; de mirarnos tanto sin decir absolutamente nada.

Cruce de miradas | Malizia Kiss

A lo mejor todo esto está en mi cabeza, que las miradas son sólo miradas, que no hay ningún destino ni ninguna emoción. Que, sencilla y plenamente, somos dos extraños en el metro y eso es el fin de la historia. Pero ¿y si no somos dos simples extraños? ¿Y si podemos ser algo más? 

Un beso

Un beso que se mece con el viento, que pulsa con el ritmo de la brisa. Es un beso que respira. Además, es un beso que quiere volar lejos, quiere viajar y llegar a alguna parte. Se arrima a la comisura de la boca y cuelga del precipicio del labio, mirándote a los ojos y late durante un momento con miedo; quiere saltar. Quiere saltarse de mí hacia donde caiga, reposado lentamente con ternura, pero decisivo, sobre alguna nación hecha de piel y pasión, heraldo de alguna historia de amor.

(Tatia Pilieva, “First Kiss”)

Lanzo un beso al mar y se lo lleva el viento. Cabalga la ola y remonta la corriente hasta que se hace arena y montaña, y vuelve a viajar a espaldas del viento al otro lado donde, seguramente, estás tú. Le lanzo otro beso al mar y pasa lo mismo: se lo lleva el viento y veo cómo cabalga la ola, y surca este charco que nos separa hasta que toma tierra y te besa.

¿Cuántos besos lanzados al aire habrán llegado a su destino?, me pregunto mientras le voy lanzando besos al aire, besos que me tienen como remitente, pero que tienen como recipiente sólo un . Es así se simple, la verdad.

El beso que me palpita tiene vida propia, historia propia y sentimiento propio. Es un beso que no me pertenece, sino que te pertenece, pero lo tengo yo mientras tanto. Estoy esperando a que llegues para poder dártelo y aliviarme de él. Porque los besos hay que aliviarlos dándolos, casi sin esperar nada a cambio, aunque en el fondo nos den otros besos para compensarlos. Esto se debe a que los besos pesan en el corazón y con el tiempo acaban haciendo mella: si te dan muchos, se acumulan y te rompen; si das muchos, flaqueas. Y como en toda báscula, lo mejor es encontrar un equilibrio. Por eso, tal vez, le voy lanzando besos al aire.

“Un beso que se va tiene que volver”, pienso. Que en alguna ráfaga de viento, en vez de una hoja, lo que me dé en la cara sea un beso lanzado. Y lo imagino voluptuoso, que se hunda en mis labios con ternura, pero decisivo, y se acumule en mi corazón como promesas del mañana, sin que ello suponga la ruptura de algo dentro de mí. No. Tampoco quiero flaquear, y por eso le voy lanzando besos al aire. 

Después de todo, es un simple beso… ¿verdad?