Crónica de un retorno

 

Capítulo I

Parte I

Anoche soñé con estas palabras. Fue la continuación de un pensamiento con el que me quedé dormido. Me vi aquí, después de tanto tiempo, escribiendo algo que no logro recordar y que me da rabia. Pero en todo este tiempo he aprendido a dejar ir algunas cosas. No resistirme a la pérdida o al cambio. He aprendido a no resistirme a las cosas inevitables, algunas veces, que trae la vida. Entre ellas, este olvido. 

He ganado serenidad en todo este tiempo. Tanta, que incluso ya no tengo nada que decir. Antes escribía desde la ansiedad, desde el miedo, desde la soledad, el dolor, la tristeza, la nostalgia, la rabia, el descontento, la infelicidad, la desidia, el abandono, la frustración, la impotencia. Antes escribía desde ese lugar dentro de mí que necesitaba una vía de escape. Ese lugar de la mente que encontraba una salida en estas líneas. Donde antes quería gritar o salir corriendo, escribía. Y me fue bien. Hasta que no. 

Para mí, el silencio vino en etapas. Primero fue repentino y abrupto. Como una tormenta que te pilla malpreparado. Que te cala y te enfría, y lo único que te apetece hacer es buscar cobijo y esperar a que pase. Y cuando pasó, llegó el desconcierto. Que fue la segunda etapa. 

La etapa de estar perdido. De tener tanto que decir y no saber por dónde empezar. De tener tanto que confesar, que mejor estar callado. De no saber de dónde se ha venido, que tampoco se sabe a dónde se va. De estar parado en medio de un claro sin saber qué camino tomar. De estar estático, pero que el mundo siga girando vertiginosamente. De querer gritar, pero estar amordazado. De querer extender la mano, pero tenerlas esposadas a la espalda. De querer salir corriendo, pero estar encadenado a un peso insuperable. Y no poder escribir: no saber escribir, no querer, no tener qué. 

Y cuando terminó esa etapa donde los borradores se amontan uno tras otro, las palabras sin sentido, sin terminar, sin decir nada. Todo lo que uno imagina que debe decir, pero que calla. Todo ese silencio que se agolpaba en la mente formando coágulos… Llegó el momento de creer en abandonar. 

La etapa más profunda de mi silencio fue decir: yo ya no sirvo para esto. Dejar de pelear contra ese bloqueo que es casi crónico. De haber gastado la imaginación. O de simplemente aceptar que llegó una edad en la que escribir ya no hacía lo que hacía antes. Como una droga que pierde el subidón y hay que buscar otra. O la caña de cerveza que se convierte en dos y después en tres, cuatro, cinco, seis. Y que llegue la borrachera que ya no ayuda a olvidar. Y que se sigue del mareo, las lágrimas, el dolor. La noche que no deja de dar vueltas. La noche sin sueños. La mañana pesada, la mañana de arrepentimiento, la mañana de dolor. Y la vida que brota como otro tumor que hay que anestesiar y destripar. Y se regresa al mismo proceso cada noche. Hasta que la vida misma se anestesia y no hay nada más que sentir; todo que olvidar. O intentar olvidar. 

Pero cuando menos lo esperas, aparece alguien. Alguien que logra hacerte sentir, día a día, algo. Un rayo de sol por la mañana temprano. Un tacto que se pierde entre las sábanas. Un beso que despierta la piel insensible. Una mirada que derriba el muro, que rompe el dolor vítreo. Unas palabras que te salvan del silencio. 

Unas palabras que te rescatan del abismo. 
Que te guían en la oscuridad. 
Que redimen tu pasado. 
Que te rehabilitan. 
Y que te recuperan poco a poco.

Unas palabras que rompen con el proceso y te ayudan a regresar poco a poco. Y te dan apoyo cuando todo lo demás es ruina. Cuando lo único que queda de antes es ceniza y el alma está yerma, abandonada, estéril.

Lonely tree at Sahara Desert  |  Taghit (Getty Images)

Y brota algo. Algo pequeño, pero verde y tierno. Y frágil. Pero al mismo tiempo es fuerte y surge del suelo con determinación. Rompe la costra seca y cobra vida. Y cada día que pasa, más fuerte se hace este brote. Que echa hojas cada vez más grandes. Gana altura. Tiene ramas. Ramas que se preparan para tener flores cuando vuelva la primavera. Y sus raíces se agarran a la tierra despoblada y se hunden cada vez más. Se arraigan con fuerza, alcanzando partes que estaban intactas. Partes invisibles. Partes que hasta ahora no sabías que existían. Partes de esta tierra que, con el silencio y el abandono, se habían agrietado y despedazado. Ahora que aparecen estas raíces para sostenerlas, recuperan firmeza y equilibrio. Dejan de trocearse. Raíces que se extienden y cubren más terreno, buscando agua, buscando sustento. 

Y cuando menos se espera, vuelve la lluvia que remoja el suelo y alimenta este brote hecho árbol. Este árbol que destaca en el paisaje vacío. Que ofrece una sombra bajo el sol de justicia. Y cobijo en las noches de frío. Este árbol que alimentará a los extraviados, a los desesperados y a los hambrientos. Este árbol que florecerá en las primaveras y que arderá de color en los otoños. Este árbol que en nada dará frutos y cuando estos caigan, esperemos, dejarán sus semillas para que se conviertan en nuevos brotes. 

El daño que el silencio y el abandono han dejado en esta tierra tardará años en reponerse. Pero hay que empezar por algo, aunque sea muy pequeño y frágil. Algo como un simple brote que con el tiempo se hará árbol. Y árbol tras árbol, volverá el bosque. Y cuando vuelva el bosque, quizá regresen sus habitantes: todos aquellos que lo den sentido. 

Y lo exploraremos paso a paso, haremos el camino entre la maleza, descubriremos sus nuevos secretos, contando nuevas historias. 

Así es cómo comienza mi retorno. 

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Un por cierto

He estado tanto tiempo engendrando este silencio que no me había dado cuenta que también estaba atrapado en él. Al principio lo combatía y lo resistía a golpe de papel. Me ahogaba en música. Pero también llegó la quietud y el silencio se coronó rey. Y me dejé vencer; ya no supe salir. Pronto olvidé que estaba atrapado y caí: me callé. 

Eventualmente, en el fondo sabía, llegaría a su fin, como el verano mismo que ya ha pasado. Que era una estación en mi mente y terminaría. Dejaría paso a la lluvia y de la tierra yerma rebrotaría alguna historia. Cualquier historia.

Y así fue. Me cayó un por cierto.

Hay frases que son pura magia. Son como el conjuro que deshacen el hechizo o el antídoto contra el veneno. Son la cuerda de salvamento que lanzan al vacío y esperan sacarte de él; te auxilian. Dan aire fresco y espacio para extender otra vez los brazos; te liberan. E incluso te hacen emprender el vuelo —la imaginación— poco a poco. 

Y fue una frase la que me sacó del silencio. De repente me vi fuera del tiempo y el espacio: ya no estaba en un metro abarrotado de gente volviendo a casa ni tampoco tenía prisas por coger un último autobús. Esa simple frase le quitó importancia a todas esas cosas. Volviendo a casa, todas las canciones que escuchaba de repente llevaban tu nombre y todos los reflejos en la ventana no eran de la calle, sino de todo lo que imaginaría que podría pasar.

De repente me descongelé del silencio y empezaron a bullir las palabras dentro de mí. Borbotaban en confesiones atropelladas, en ideas locas, en imágenes imposibles. Me vi de repente en una historia. 

Quizá sólo sea una cura momentánea, pero…

Por cierto.

A Quien Respecte,

Te he vivido como un sueño. Otro de esos sueños que tengo que un día sueño cumplir. Luego desperté y te escribí una carta que se quedó en borrador, porque tuve miedo y lo dejé pasar. Todavía lo tengo, pero pronto lo borraré. Mientras tanto, aún está ahí, recordándome que aún existes, que aún estás en mi cabeza. Pero ¿ahora qué? Cuanto más tiempo pasa, más nos hacemos olvido; el sueño se diluye, tú te alejas, la ilusión se hace fina. Es cierto: te he vivido como un sueño, hasta que comprendí que los sueños sólo son sueños. Que todo fue una ilusión; ahora es ceniza consumida. Pronto pasará el tiempo suficiente para decirte adiós. Adiós, y que fue bonito mientras duró. Adiós… y gracias. Sí, te he vivido como un sueño, pero se me acabó la ilusión.

Me siento otra vez ante este escritorio. La ventana abierta a mi lado lentamente derrama una brisa fresca y se cuelan los ladridos almohadillados de los perros de otro barrio. El zumbido lejano del ventilador en la habitación de mi madre hace coro con el martilleo del reloj del pasillo. Tic, tac, corre el tiempo, no pasa nada. La casa suena hueca; la calle suena a grillos. Suena a verano. Juro que también suena a estrellas. Pero la realidad es distinta: no suena a nada, a farolas viejas y vecinos dormidos a la una de la madrugada de un lunes ya vencido.

Y yo quiero escribir algo original. Quiero derramarme en palabras. Quiero explotar. Quiero extenderme hasta que no haya papel o líneas. Pero no tengo nada. No hay ninguna onza de mi ser, ni un suspiro, que diga nada. Una moto, mientras tanto, pasa rauda y pronto parece que nunca pasó. El gato ha abandonado la cocina y maúlla en el pasillo donde se magnifica y parece que está gritando.

De entre esta bruma que me perjudica, no dejo de pensar en ti y en lo que llegaste a significar para mí. Nos conocimos de coña una madrugada en ese infame chat. A pesar de que muchas noches no hay nadie, soy un callado adicto a la esperanza: vuelvo a leerlos, a todos los desesperados, esperando encontrar a alguien como tú —aunque parece ser que cada vez hay menos—. La verdad es que no hay vergüenza en esta confesión; hay más bien coraje. Porque creo que hay que ser un poco valiente para volver a cometer la misma locura noche tras noche esperando algo cuando no hay nada.

No dejo de darle vueltas a las razones por las que nunca nos conocimos. Esta historia es así de patética: nunca pasó. No dejo de pensar en tu nombre como si quisiera invocar algo, una especie de señal. No dejo de pensar en esa sonrisa que nunca he conocido pero que me imagino mil veces. No dejo de pensar en tu voz. Es lo único que jamás conoceré. Y ya con eso me embrujas. No dejo de pensar en todos esos gustos que parece compartimos, pero que nunca disfrutaremos juntos. No dejo de pensar en la historia de tu vida, que no conozco y que ya es demasiado tarde para conocer. Ha pasado casi un año desde aquella noche en aquel chat, pero no dejo de pensar en ti.

Esta historia es patética porque ya me di por vencido. Hace un par de semanas sopesé que todas mis oportunidades habían caducado. Así que finalmente borré tu número en un intento de olvidarte; dejar de mirar tu foto y esperar a que pasara algo sin hacer nada. Borré tu número para no recordarme todos los días que estás en mi vida sin estarlo. Borré tu número porque así parece que ya no estás, aunque no deje de pensar en ti.

La culpa, obviamente, es que nunca amasé el coraje suficiente para decirte nada. Así que esto es, otra vez, la patética historia de mi cobardía. Pero no pasa nada. He sobrevivido a cosas peores. Siempre he salido adelante; al final siempre llega el olvido. Pero como con cualquier ruina, debe quedar evidencia: y he aquí la de esta historia. Que lo diga significa que no me estoy volviendo loco, que aún queda algo de cordura en mí. Quizá así evite implosionar y hacerme algo fino, como de humo, insignificante, callado… Porque que calle, no significa que no piense aún en ti. 

Cadena de… Ilusiones

Como a quien se le cae una moneda y la deja, ya otro la encontrará: ¿por qué no pueden las ilusiones ser igual? ¿Por qué no podemos dejarle ilusiones a otro que hagan bien, que no se gasten, que no se rompan?

Como quien encuentra de repente 50 céntimos en la calle, y aunque no son casi nada, el descubridor siempre exclama con una inocente sonrisa: «¡ahí va, 50 céntimos!», y los recoge y se los mete en el bolsillo, tal vez un poquito más rico; un poquito más ilusionado. No es que vayamos encontrado céntimos todos los días, ¿o sí? 

No sé cuántas de estas historias serán ciertas, pero he visto a muchos que andan faltos de unos céntimos: para tomar el bus, el tren; para volver a casa. Y se lanzan a la aventura de encontrar céntimos de mano de extraños. No sé cuán frecuente es esto, pero encontrarse 50 céntimos cuando se anda corto de 20, parece un regalo; entonces podrá llegar a casa antes, cuando todavía es de día, para ver a sus hijos que llevan toda la tarde esperando a que vuelva; para fundirse en el beso de tu amor; para liberarse de un día largo y poder respirar un momento cuando está falto de aire. 

Creo que las ilusiones pueden ser igual: que se pueden dejar para que otros las encuentren, y se ilusionen tanto como nosotros, incluso un poquito más. Hacer así una simple cadena de ilusiones, como si fueran favores: dejarlas caer, que otras las recojan. 

¿Por qué no podemos dejar caer algunas ilusiones por la calle, como si fueran céntimos que encontrar? | Valentino Martínez

Amor roto

Tu amor… me rompió; me estropeó: me estropeó los sueños, las expectativas; me estropeaste las ilusiones; me estropeaste con tu cuerpo perfecto y tu belleza, con tu cariño y ternura, con tu amabilidad y honestidad; me estropeaste con tantas cosas que me gustaban tanto…

Que ya no sé buscar otra cosa. Ya no me puedo escapar de tu hechizo de amor, de estas cadenas que me atan a ti, que me atrapan, que me tienen encerrado en la ilusión de que todo podría ser como antes; o peor, que todos pueden ser como tú. Eso es lo peor que me estropeaste: me estropeaste la sorpresa.

Resiento todo eso ahora: te resiento, como tantas otras veces te he resentido, a la par que te he amado. Pienso que amarte de verdad fue un error —o un capricho—, que no tenía que haber pasado; me dejaste roto de mil formas y soy incapaz de armarme otra vez en una sola pieza; armarme, tal vez, otra vez, de valor. 

Me rompiste, me estropeaste, me atrapaste, me desarmaste, me naufragaste la esperanza; me perdiste el valor; me usaste el poco amor que tuve, y me temo que ya no me queda más.

 

“Cuando menos lo esperas”

“Borrón y cuenta nueva”, me repito en la noche. No parece más convincente, pero es más solemne. Lo había escrito todo, en otro tiempo. Pero el verdadero arte es reescribir; las palabras adquieren otros significados, los sentimientos cambian. Así que lo borré. Lo borré, porque no quiero hacerte más homenajes. No quiero que te salgas con la tuya; que ganes este desamor.

Éste es mi turno y me rebelo contra ti, contra tu chantaje-silencio. He decidido que quiero recuperar mi libertad, mi corazón, todo aquello que dije y que ya no te pertenece; quiero recuperar mi felicidad.

“Cuando menos lo esperas”, pusiste.

En efecto, en pasado. En efecto: cuando menos lo esperas, se devuelven los golpes. Ésta es mi victoria. Punto.

Lo cierto es que… Con esta perspectiva, cuando se dejan las palabras reposar, lo medito por segunda vez, y pienso que no puedes hacerme esto. No ahora. Lo cierto es que te resiento por ello.

Has llegado tarde. Sé que lo sabes. Un mensaje, el único, da fe de ello. Pero lo que más me molesta es que no podrá cambiar nada. Y te resiento por ello.

Y en alguna parte de mí, en el fondo supongo —donde intento enterrarlo bajo polvo y olvido—, “cuando menos lo esperes” es la frase de una mentira: que sí, que lo esperaba. Pero no quiero que lo sepas.

Estas palabras parecen convertirse en un refugio, lejos de ti: es un refugio donde puedo estar a salvo de la emoción.

Una parte de mí sabe que nunca lo leerás, que hay demasiados adioses de por medio; otra parte teme, agitadamente, que puedas leerlo y sentirás. O no…

Ya no sé mucho. Bueno… Sé que no quiero que sepas todo esto, porque eso significa que ganarías; ganarías este desamor que tanto no te mereces.

Cuánto resentimiento.

No vuelvas. No vuelvas para irte. No vuelvas para levantarme sólo para dejarme caer. No vuelvas para hablar de un pasado que ya es olvido. No vuelvas para hacerme saber que aún estás ahí. No vuelvas si no quieres quedarte. No vuelvas si crees que es lo correcto y no lo necesario. No vuelvas para volver a romperme la ilusión.

De verdad, no vuelvas.

Porque ya no habrá otro “cuando menos lo esperas” como éste.

Ya no estás.

Tú.

Me gusta pensar que sabes quién eres, que sabes que me dirijo a ti y no a otro .

Deseo que me leyeras, pero no lo haces. ¿Por qué no lo haces? ¿Qué pasó con todas aquellas palabras prometidas, todos esos besos escritos?

Te lo advertí cuando empezamos a contarnos, que mi amor se mide en metáforas, poesías, líneas y puntos; que de otra forma, no sabría amarte.

Y durante un tiempo nos escribimos; nos enredamos en las sábanas de nuestra historia, haciendo el amor al mismo paso que hacíamos poesía.

Pero te fuiste. Un largo silencio, un suspensivo del corazón, me dejó vagabundo por nuestra historia. Se acababa, se acercaba el fin, y su punto, tu punto.

Te lancé preguntas, interrogantes de un sueño que ahora habitaba yo solo, sin ti, esperando atraparte; tus respuestas me faltaban. Y nunca llegaron.

Me rasgué de incertidumbre así.

Te fuiste y dejaste atrás un gran silencio, lleno de preguntas sin respuestas, besos rotos, palabras calladas. Contigo se fue el amor, se borraron sus líneas, capítulos enteros inconclusos de una historia que solamente se empezó a escribir, pero nunca concluyó. ¿Qué quieres que haga?

Me dejaste en suspense, con misterios y caprichos que nunca entenderé, que nunca podré entender; que ya no hay que entender.

Ahora las sábanas están frías, vacías de historias, de líneas, de besos. Sin nada. Sin ti.

Y ya no estás. Ni tú, ni las sábanas donde hicimos historia, ni la poesía, ni el amor.

Ahora toca, como siempre, borrón y cuenta nueva.

Pero tú…

Tú sabes lo duro que es empezar a escribir, desde cero, amar con el corazón y dejar que la historia se escriba sola; dejarse llevar por la inspiración, la pasión, los besos, la poesía; hacer nuestras unas sábanas nuevas, una historia nueva, una línea nueva.

Pero ya no estás.