La Mirada.

Ahí estaba, mirándome.

De repente, mi esquina se convirtió en una encerrona. De no haber estado ahí, hubiese disimulado una vista hacia atrás para comprobar que, en efecto, no me estaba mirando a mí, sino a alguien detrás de mí. Pero detrás de mí sólo había pared.

Así que, sí, nuestras miradas se tropezaron, no sin querer, queriendo.

El joven llegó con mi té templado y con azúcar. Intenté volver a mis palabras, a ese lugar seguro, pero la persona que acompañaba a aquella mirada me distrajo. No sé si era la belleza o la sonrisa que lanzó cuando miré por segunda vez, pero había algo de atracción y distracción a partes iguales.

¿Por qué notaba que el corazón se me aceleraba? ¿Por qué empecé a sentirme tan nervioso? El local estaba casi vacío, la libertad seguía siendo la misma. Pero esa mirada…

Dicen que a la tercera va la vencida: mis nervios sólo marcaron su sonrisa. «Va a venir, y lo sabes», me escuché decir. Y me escuché responder inmediatamente después, «y también sabes que eso sólo pasa en las películas».

Lo que pasaba era una mirada que no estaba perdida o que era curiosa; todas esas miradas pasan. Esta mirada, sin embargo, tenía algo de querer continuar mirando. Era una mirada que llevaba a algo más. Era una mirada que decía hola.

— Hola— escuché. Levanté la mirada del papel (había pasado de escribir a garabatear) cuando lo vi, una mano delante de la sonrisa y la mirada —. ¿Puedo acompañarte?

Dudé. Dudé mucho. Y durante mucho tiempo. «¿Por qué?» pensé.

— Claro— instintivamente dije.

Otra sonrisa.

— ¿Qué haces?

— Estaba… Estoy escribiendo.

— ¿El qué?

— Una historia.

— ¿Es una bonita historia?

— Aún no lo sé.

— Eso se debería saber, ¿no crees?

— Lo dejo un poco a la improvisación.

— Como la vida misma.

— Exacto, como la vida misma.

Me sonríe otra vez. Toma entre las manos su café. Yo pretendo escribir en mi cuaderno, palabras y frases sueltas, sin conexión.

— ¿Por qué?— me preguntó de repente.

— ¿Por qué… Qué?

— ¿Por qué… — dudó un instante—… todo?

«¿Por qué todo?» repetí en mi cabeza. «Esos son demasiados porques», pensé.

— ¿Todo?— repetí.

— Sí, todo— me confirmó —. ¿Por qué escribes? ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué aquí para escribir?

— Estar aquí ha sido más azar que plan. Escribir, eso sí que es plan. Y escribo aquí… Porque me gusta escribir en cualquier lado.

Hubo de repente un silencio. Me miró inquisitivamente. La sonrisa dejó paso a una emoción de verdadera curiosidad que marcaba todas los rasgos de su rostro. Era de verdad.

— No creo que sea por azar— finalmente dijo—. Sólo piensa que estás aquí— remató con otra sonrisa.

«Aquí» hizo eco en mi cabeza. Nos miramos durante un momento, que se hizo largo sin que nos diésemos cuenta.

Cuando al final sonreí, había comprendido que ahí empezaba mi historia, en un café de la ciudad.

 

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Es sólo otro de esos momentos.

—Ya sé dónde he visto tu cara— dije de repente.
—¿Ah, sí? ¿Dónde?— Me preguntó, intrigado y sorprendido a partes iguales.

Nos miramos en la espera, con impaciencia, y urgencia, tal vez. Mientras ocurría ese momento, otro se vestía con un silencio que se iba llenando de palabras poco a poco, pero palabras mudas después de todo. Otro segundo pasó y entonces dije:
—Tienes la cara de ese personaje ficticio.

Entonces desperté.

Esa pareja ficticia.

Me quedé mirándoles fijamente desde mi mesa de soledad. Mi velada era propia, pero en algún punto de la noche empecé a sentir que necesitaba a alguien y me perdí en aquella pareja estacionada dos mesas más adelante. No se dieron cuenta de su observador y me aproveché de eso para continuar con la película.

Ella se tocaba el pelo, colocándolo detrás de una oreja que emergía de un mar rojo. Él se reía como quien ríe de verdad, ajustándose la corbata caída al mismo tiempo. Era pura sincronía, de esas que se adquiere en la primera cita donde lo único que se pone en la mesa son impresiones, gestos y palabras detenidamente planeadas. Siempre es el mismo espectáculo para cada pareja, pero al mismo tiempo es único y nunca pierde el suspense.

Ese rubio de mandíbula americana, cuadrada y fuerte, a pesar de la aparente contrariedad, hablaba bajo y con tranquilidad, con cierta ternura se podría decir y clavaba sus ojos, aquellos azules que recuerdan a la Segunda Guerra Mundial, en la bonita sonrisa carmesí de una mujer que estaba claramente interesada.

De sonrisa a sonrisa, se miraron. Yo me di cuenta de que el momento empezó a formarse, como quien ve formarse una nube, alrededor de los dos, atrapándolos, empujándolos, acercándolos como la gravedad nos acerca a esta tierra. Lo vi tan real como quien puede ver el mar. Pero ella de repente giró la cabeza y comenzó así el juego de las sutilezas.

No pude evitar sentirme igual de confuso, al principio, que aquel hombre que, aunque indetectable, se había acercado a ella en busca del primer beso que lo dirá todo. «Yo también quiero besarla» pensé, pero mi tortilla había vuelto y con ella, la soledad servida.

Bebió un poco de vino de un vaso que llevaba horas lleno y ella se apartó un poco. Claramente algo había ido mal, pero ni siquiera el espectador, yo, me había dado cuenta de qué era. «Esto es como una verdadera película» me dije con cierta emoción que evocó al mismo tiempo un sentimiento de patetismo.

Miré en derredor, por el hombre que no caía en la evidencia, y vi, tres mesas a la izquierda, justo en el campo de visión de ella, un hombre que, al igual que yo, tenía sus ojos clavados en ellos. Por un momento me pregunté si alguien estaría vigilándome a mí vigilar a aquella pareja. Me estremecí un poco con ese pensamiento, y en ese mismo momento, aquel hombre de mirada igualmente sospechosa a la mía, se fijó en mí, y como él hizo la mujer.

El espectáculo se terminó, la tortilla se estaba quedando fría.

Disimulé como pude algo que era demasiado obvio y me volví a perder en mi mesa, ésa que tanto me acompañaba.

Búsqueda

He decidido desaparecer durante una temporada. ¿Por qué? Tengo varias razones que, no por no querer, no voy a confesar. En su propia medida, ni sé qué razones son exactamente ni me veo con suficientes fuerzas —o valor, de hecho— para darlas voz y hacerlas aún más reales de lo que son en mi pequeña y abarrotada cabeza. El mundo se me venía encima; tenía que escapar.

Así que he decidido desaparecer. No es, ni lo recomiendo, la mejor manera de enfrentarse a los problemas. ¿Qué digo “enfrentarse”?; resignarse, abandonarse si se permite. En cierta medida, aguantar los problemas sin tenerlos encima, o en la cara. Verlos de lejos, desde una distancia prudente y segura, aunque no haya nada de seguridad cuando se trata de problemas.

Pero mientras tanto, mientras se desenvuelve el año y llegue el tiempo tranquilo que acompaña, si lo quiere así la atmósfera, el verano, me veo con pocas fuerzas para enfrentarme a solas a los silenciosos golpes que propicia el recordatorio de todo aquello que aún no tengo.

Quizá me voy porque mi propio orgullo ha sido herido por mi propia arrogancia y mi propia envidia ante las nuevas de la vida, y lo confieso, no quiero enfrentarme al dolor que viene de ser consciente de ello. Me duele verme en ese espejo, y prefiero tapar todos los espejos como prescribe la tradición judía ante la muerte; desaparecer y no ver.

De momento esta propia receta contra los vicios de la dignidad da sus frutos: me siento mejor, relajado, aunque no tranquilo. No dejo de sentir que estoy haciendo algo mal, pero no me arrepiento de estar haciendo lo que estoy haciendo. Es egoísta, lo sé: pero yo también tengo derecho a ser egoísta de vez en cuando, como todo el mundo.

Me estoy desintoxicando de lo que supone vivir hoy: las redes, la información, el mundo a un clic, los contactos y amigos, la constante comunicación; de los amigos sobre todo. Y a pesar de parecer imposible, no lo es. Para nada. Sigo viviendo en el mismo sitio, pero la única diferencia es que ahora es un lugar aislado de verdad de este mundo que, ahora, parece mucho más grande y lejano. Lo confieso: la primera vez tuve miedo, ansia, algo así como arrepentimiento y mil preguntas me asaltaron, preguntas como “¿y ahora qué voy a hacer?”, “¿cómo voy a pasar el tiempo?”…

Ahora toca… Escribir. Leer. Conocer mundo de otra forma. Es cierto, no estoy del todo incomunicado porque aún tengo acceso a este dios que es Internet, puedo leer el periódico digital, pero sobre todo, escribir en este blog mío. Pero por todo lo demás, y a efectos prácticos, estoy totalmente incomunicado: no sé nada del mundo de la misma manera que el mundo no sabe nada de mí. Así de incomunicado estoy.

Ahora toca hacer las cosas de verdad y dejarse de tonterías. La vida pasa demasiado deprisa y no hay tiempo para ¿pequeñeces? Para menudencias.

Es un mundo conectado, sí, pero al mismo tiempo es un mundo desconectado: de lo que el mundo es y siempre ha sido, de la gente de verdad, del camino de la rutina, de las cosas que aún no se pueden replicar digitalmente. El mundo está desconectado de esas cosas, y yo las he querido recuperar. Tal vez sea la crisis de mi edad, tal vez mis problemas, tal vez todo ha convergido y pum. Sea lo que fuere, quiero desconectar para re-conectar: salir de las sombras de la caverna de Platón en el que a gusto me metí para volver a ver el mundo del que una vez vine.

Creo que esta es la mejor lección de mi modesto retiro, que al mismo tiempo, creo yo, es un gran consejo, no sólo para algunos, para todo el mundo. Así que ahí lo dejo, en el ciberaire. A la deriva, a la espera.

Ganar, perder.

“No quiero hablar contigo”, me dice. No podía dejar de sentir que lo que había hecho el otro día estaba mal. Por eso estaba aquí, ahora, siendo rechazado por uno de mis mejores amigos.

— ¿Por qué? —Pregunto, con la esperanza de ver que, más allá de su cabreo, aún había algo.

— ¡¿Quién te crees que eres?! —Me dice después de un largo silencio. Su mirada se fija bruscamente en mí, irradiando ira, indignación y un destello de tristeza. En ese momento supe que algo iba a pasar. No sabía el qué, pero estaba pendiendo sobre nosotros, el evento desconocido.

— No tienes ningún derecho… —Se queda sin voz y baja la cabeza. No le gusta lo que me va a decir, y yo sabía que a mí tampoco —. Me estás haciendo elegir entre dos opciones, como si fuese un ultimátum, como si tu vida dependiese de ello, ¡pero es mi vida!

En ese momento rompe a sollozar, y aunque tengo ganas de ir a abrazarle, ya me está diciendo que no lo quiere. «Aléjate de mí» leo en su cuerpo. «Esta vez no hay retorno» pienso. Porque era una encrucijada sin salida. Pero ante todo, no puedo evitar sonreír para mis adentros porque no ha entendido mi mensaje, el propósito de lo que hice el otro día. «No lo has entendido, idiota» pienso, indignado, y frustrado porque llevamos años de fuerte amistad, porque como siempre, seguro que me expliqué mal y todo esto ha acabado en un gran malentendido. «Parte es mi culpa» es la idea que más me frustra.

Ya se ha recuperado, pero evita mirarme a la cara. También tengo la sensación de que va a salir corriendo en cualquier momento y eso sería el final de nuestro problema, y de nuestra relación. Pero se da la vuelta. Ni se acerca ni me mira a la cara. Su mirada está fija en el suelo, en algún lugar del infinito. Me siento tan culpable…

— No —al fin lo digo, con la frustración y otras mil emociones que me empujan a límites peligrosos—. No. No lo has entendido. Precisamente hice todo lo que hice para evitarte elegir entre uno u otro. Hice todo lo que hice para evitarte sufrir. Lo hice por ti. Lo hice porque quiero que sepas que si tienes que elegir, que no me elijas a mí. Que si alguien tiene que irse, prefiero irme yo.

Al terminar me doy cuenta de lo que he dicho, y aunque me siento satisfecho, de repente no puedo evitar sentir miedo, mucho miedo, miedo porque vaya a pasar algo de lo que me vaya a arrepentir. La verdad es que no estoy preparado para irme. No ahora. E inmediatamente me arrepiento de haberlo dicho. Una mezcla de emociones me invade, la satisfacción y el arrepentimiento sobre todos. Empiezo a sudar, y durante un momento, un momento infinito en mi mente, no pasa nada. Él no se mueve, yo tampoco. No parece haber aire y el mundo se hace cada vez más pequeño. «¡¿Qué ocurre?!» quiero gritar, pero no puedo.

Justo antes de desistir, de tirar la toalla y aceptar mi derrota, de aceptar que ya había perdido desde el principio, veo que levanta la cabeza y me mira, y en su mirada vidriosa por las lágrimas, puedo confirmar el último aliento de mi esperanza. No hace falta que diga nada, porque en ese momento ya lo ha dicho todo.

Hoy he ido a El Bosque. No se veía el sol por ninguna parte, y aunque últimamente voy a todas partes una hora tarde, he decidido dar un paseo en busca del destino. Volvía a esa misma arena blanca, manchada de tiempo. Hacía meses que no pisaba ese suelo lleno de historia; la gente no lo ve. Yo sí.

Son mil los caminos que allí se entrelazan, que divergen, que convergen, todos al mismo sitio, a distintos sitios, cerca, lejos. Por eso lo llaman El Cruce. Pues allí volvía yo esta tarde, a uno de los caminos que entran a la Aldea por el Barrio Antiguo, detrás del templo. Con cuidado uno podría llegar a su destino sin problemas. El problema estaba sólo en elegir adecuadamente el camino a seguir.
El camino a El Bosque va hacia el norte; mirando las montañas podrías guiarte, pero la verdadera señal es el muro de granito que desaparece entre unos árboles bajos que rodean la Aldea por esa zona.

A medio camino, a través del campo de olivillos, uno llega a un puente viejo que lleva hasta La Ciudad de Piedra y que los ancianos llaman “La Avenida Fría”. Más allá están los campos de cultivo que se extienden desde las afueras de la Aldea hasta El Pantano. Pasado el puente, está el último cruce con el que uno se topa hasta llegar a La Colonia. Si uno sigue recto llegará hasta El Pantano, donde se celebra el Dáimones cada noche de luna llena. Pero yo iba a El Bosque. Necesitaba ir allí. Necesitaba mis respuestas.

El viento empezaba a soplar y las nubes empezaron a tapar los últimos resquicios de azul en el cielo. «Va a llover», pensé. No había tiempo que perder. Al llegar al último cruce, pasado el puente, giré a la izquierda, en dirección al norte. Nadie suele tomar ese camino ya. Muchos dicen que es demasiado peligroso y por eso ahora sólo toman el camino empedrado que los Reyes del Norte construyeron, como pasaje seguro para sus carruajes, más que por la preocupación por la seguridad de los viajeros pobres que inundaban las ciudades.

Media hora de marcha te lleva hasta El Bosque. En realidad no se llama “El Bosque”. Así lo llamo yo porque no sé cómo lo llaman los locales. Sólo sé que allí encontrarás todas las respuestas que buscas. El primer árbol que se ve es un Ampu, un árbol de corteza grisácea y hojas azul-blanquecinas. En su base hay una lámina de piedra que lee «Sea éste tu descubrimiento en el Camino». Al entrar en el bosque, claramente delimitado por la línea de árboles decenarios, lo primero que uno nota es la inquietante paz que reina: el silencio, la quietud entre los árboles, los colores y sombras que la luz crea. 

Me senté en una piedra, en la piedra en la que siempre me siento, y cerré los ojos. El viento bailaba entre las hojas de los árboles, pero casi no se notaba. En su paso, hacía silbar las hojas y parecía que el bosque hablaba.

No, de hecho hablaba. Empecé a sentirlo, las palabras formarse en la brisa, deslizarse de hoja en hoja y llegar hasta mí. Había un mensaje en el aire y los árboles lo empezaron a cantar, al son del viento que agitaba el joven follaje. No sabía cómo lo sabía, pero sabía que era un mensaje que había viajado una gran distancia, de bosque en bosque, recorriendo toda la tierra, avisando a todo aquel que escuchara. «Aquí está mi respuesta», sentí. Ni siquiera había hecho una pregunta, pero ya tenía mi respuesta, una respuesta que tanto necesitaba.

«Época de lluvia, época de sequía», decía el bosque, decía el viento. El rugido de un trueno me hizo abrir los ojos. En ese momento empezó a llover. «Llueve. Otra vez llueve», me dije. Me levanté y me puse en camino de vuelta a casa. Al salir del bosque y mirar al cielo, de repente entendí el mensaje y exclamé preocupado: “Malas noticias”.