Los únicos amantes – Capítulo 1

1

Cuando me giré, no pude ver nada más que una figura contra el sol de la tarde, una silueta en la lejanía. Me paré un momento a ver si podía distinguir algo, apreté los ojos e incluso me agaché buscando el ángulo para evitar el sol directo, pero no pude ver nada. Nada de nada.

Eso sí, nos miramos. O sentí que nos miramos, la figura y yo. Creo que también me notó —noté que me notó— y me decía «te veo», y yo le devolvía un «yo también», pero sin movimientos ni gestos; con la simple quietud de los cuerpos, el estar de pie inmóvil frente a frente. No le di más importancia, la verdad, y me volví a girar y seguí mi camino de vuelta a casa.

Pero no dejé de sentir un cosquilleo en la nuca, una sensación extraña de ser observado a medida que me alejaba. La figura misteriosa estaba, a fin de cuentas, en la cima de una colina que mira sobre el camino que yo recorría, y a cada paso que yo daba, sentía que se fijaba más y más en mí. Cuando atravesé una pequeña arboleda, no pude evitar darme la vuelta instintivamente, creyendo que los árboles me daban cobijo… e intimidad.

Y lo vi. Lo vi bajar el mismo camino que yo con los ojos puestos en el suelo donde vería mis huellas frescas. No sé por qué, pero un escalofrío me recorrió la espalda en ese momento y quise salir corriendo antes de que me viese. Pero aguanté la mirada hasta el último momento, un impulso de la curiosidad, maldita curiosidad; quería saber qué iba a hacer.

Al salir al claro, levantó la cabeza y me miró directamente: sabía dónde mirar y, lo peor de todo, creo que sabía que podía mirar porque sabía que estaría yo esperando. Creo que sonrió al verme. Con la distancia todo es borroso; pero no tuve tiempo de comprobarlo porque mi cuerpo inconscientemente se había dado la vuelta y rápidamente remontaba una pequeña cuesta hasta llegar a la calle. Seguía queriendo darme la vuelta —esta sensación aumentaba con cada paso que daba—, averiguar quién era, a dónde iba, si íbamos a recorrer el mismo camino otra vez… Pero no. No me atreví a dar la vuelta y seguí caminando, con tensión y prisa, queriendo poner el mayor espacio posible entre los dos. Al doblar una esquina, suspiré profundamente. “Nada” pensé, “no es nada”.

Al atacar las sábanas y reposar la cabeza sobre la fría almohada, lo recordé: la sensación que me había hecho sentir aquella figura en la lejanía. Una parte de mí quería no volver a encontrarse con ella; los desconocidos son, después de todo, desconocidos. Pero otra parte de mí sentía emoción. Era una emoción cautelosa, pero algo en ese encuentro —si es que se puede llamar así— me llenaba de adrenalina, y antes de que pudiera dormirme, confieso que hubo una parte de mí que quería encontrarse con aquella figura al día siguiente.

—Yo insisto en que te vayas al pueblo con tus abuelos —me dijo por enésima vez.

—Estoy de acuerdo con tu madre —añadía mi padre, mientras metía más cosas en la maleta.

Los dos se iban de vacaciones: tres meses a Asia, a recorrer la India, Myanmar, Tailandia, Vietnam; a dónde tocase.

Los miré a los dos, aunque ellos no me miraban: estaban demasiado ocupados dando vueltas en la habitación buscando todo lo que se querían llevar. Suspiré una vez, pero no lo notaron. Suspiré una segunda vez, más alto. Mi padre me miró.

—¿Qué te pasa?

—¿Os van a dejar subir todo eso en el avión? —les pregunté mientras miraba la cuarta maleta que llenaban. Mi madre también la miró y se detuvo un momento.

—Y si no, no pasa nada —sentenció ella tras un momento, con ímpetu. Mi padre terminaba de doblar otro pantalón y se dio la vuelta para decirme:

—Entonces ¿qué? ¿Con tus abuelos?

—No queremos que estés aquí solo todo el verano —decía mi madre.

—Mamá, no voy a estar solo… —Suspiré.

—Un mes… ¡o dos!, no te van a hacer daño —insistía mi padre.

Gruñí y me di la vuelta. Les dejé empaquetando el resto de la tarde. Ya a la hora de cenar, en la mesa reunidos, me volvió a preguntar mi padre:

—¿Qué has decidido?

—¿Cuánto vais a estar así? —les pregunté con ironía.

—Hasta que digas que sí, que vale, que “me voy con los abuelos” —respondía mi madre con una sonrisa pícara.

Nos miramos, ella dejaba caer la cabeza de un lado y empujó su labio inferior en una expresión de pena; él parecía decirme “venga, vamos” levantando las cejas y una sonrisa. Después de una batalla silenciosa de miradas, desistí.

—Ale, venga. Habéis ganado… otra vez —increpé.

—Nosotros no tenemos que ganar —me decía mi padre, sacándome la lengua.

Una semana después, nada más despedirme de ellos en el aeropuerto, fui a la estación de autobuses y me monté en el que me llevaría a un pueblo perdido en las montañas, lejos de la ciudad. Así es cómo comenzaba mi largo y aburrido verano.

Amor imposible

Tú y yo somos una materia de amores imposibles. No sé qué será, si mi cuerpo o el tuyo, o ambos; tu pasado roto o el mío sin resolver. No sé si es la distancia que nos separa, que nuestras habitaciones estén en dos pueblos diferentes, o que nuestras cabezas están en dos realidades separadas. No sé si es puramente físico, o es también espiritual, como algo venido del destino, como si no sólo fuésemos dos simples almas mortales, sino que también somos dos entes desconocidos y extraños viniendo desde tierras extrañas: dos salvajes que hablan lenguas distintas, hacen rituales distintos, ven mundos distintos. El amor imposible tiene una materia que no se puede resolver o se puede superar: es parte de quiénes somos, de lo que buscamos, lo que queremos; siempre hay algo que nunca podrá resolverse.

Quiero salvaguardar un paso, sin embargo, un estrecho de tierra por el que podamos vernos sin que el mundo se derrumbe cuando crucemos y nos juntemos. Quiero salvaguardarte el paso seguro a través del desierto que es mi corazón. Quiero que sepas eso, que este viaje trata de héroes: al final eres tú quien me tiene que salvar y soy yo el que anda encerrado en la torre; una historia al revés, pero una historia tan real como cualquier otra, aunque sea imposible. Las cosas imposibles, por suerte, todavía pueden soñarse.

El cambio

Por un momento, necesito parar, detenerme y mirarme los pies. Y las manos. Y la cara. Necesito mirarme y admitirme, de una vez por todas, que esto, lo que he obtenido hasta ahora, no es lo que he querido. Pero que la vida es un accidente y me he visto empujado aquí casi a la fuerza. Y de esas cosas, la verdad, uno no puede escapar cuando tiene una vida abocada un poco a la miseria —y al capricho del destino—.

Y me miro y veo un fantasma que me devuelve una mirada oscura a través de un espejo resquebrajado. Y ¿quién eres?, resuena su eco de voz. Y me sigue mirando a través del cristal roto, intentando averiguar mil cosas que, voy a admitirlo ya, nunca he conseguido resolver. El espejo está roto por una razón, y es que nunca me atreví a arreglarlo. Es así de simple. Y durante todo este tiempo a través de las grietas se han estado colando y escapando las preguntas colgadas, los fantasmas que me persiguen y que tanto temo, el pasado irresoluto e irresoluble… Toda esa materia que está atrapada tras las apariencias, la máscara, las rupturas y el silencio, gran silencio.

Parece que no hay nada, sólo un reflejo tras otro, una ilusión que da paso a otra sin que ninguna de las dos sea sueño o realidad. En realidad, lo que hay ahora es algo borroso, algo extraño, algo indefinido que dice que todo, y nada, puede pasar. Y no sé qué temo más, si el todo o la nada. Bueno, a ésta estoy acostumbrado, pero uno puede seguir temiendo a la rutina, ¿no? 

Las palabras pueden consolarle tanto a un corazón que ha dejado de soñar. Joder, me han consolado tanto a lo largo de los años, pero esta vez… Esta vez no dejo de dar vueltas a frases inacabadas intentando buscarle otro sentido a esta historia que me ha tocado vivir. Y es que necesito pararme ahora o si no temo que será demasiado tarde cuando decida hacerlo mañana, cuando ya lleve demasiadas huellas que borrar. Necesito parar y mirarme los pies, y las manos y la cara; todo eso que todavía es mío y que aún puedo controlar. Y necesito ver si esta historia, este otro verano que corona otro junio, tiene más versiones que ésta; si puedo reescribirme y seguir. 

El verano, ese tiempo de cambio, de promesas, de sueños; de cosas que pueden pasar, que están a la vuelta de la esquina, o a un salto, un beso, una mirada de distancia. El verano, esa época de cambiarse de ropa, de salir a la calle e ir a un parque, de liberarse de todo el frío y todo un año encerrado en obligaciones. Yo también necesito un respiro dentro de poco, ahora que es verano, y ver si tendré esa oportunidad para escribir bien todo lo que tengo, debo, pienso, quiero… necesito escribir. Y parar y cambiar. 

Cuántas…

De repente me pregunto: ¿y cuántas veces podremos leernos hasta que se rompa el hechizo, hasta que nuestra historia se acabe, las líneas se rompan, paremos en el punto y no haya nada más al otro lado? ¿Cuántas veces podremos leernos hasta que no haya nada más que leer? ¿Acaso es eso posible?

¿Cuántas noches tendremos en los que parar en el silencio llenándolo con las historias que nos contamos, intentando callar el vacío y llenar el olvido, y al llegar al final, siempre sentir que queremos más? ¿Cuántas de ésas tendremos?

¿Cuántas historias escribiremos intentando alcanzarnos en la distancia, persiguiendo sueños y deseos que ninguno de los dos estamos dispuestos a contar, pero que estamos más que encantados de escribir? ¿Cuántas de ésas tendremos?

No sé ninguna de las respuestas que persigo, que busco, que quiero. No sé hasta dónde llegará la historia, las líneas; no sé si calmaré el deseo o colmaré el vacío que me empuja a llenarlo de palabras. No sé cuántas noches me quedan hasta que estas cosas sean pasado y tenga que empezar desde cero, abrir un nuevo capítulo dejando el anterior como otro borrador… No sé si acortaré la distancia con cada párrafo; no sé si siempre tendré con lo que continuar. 

Pero aquí estoy, intentándolo. Porque mientras no sepa nada, no importa cuántas; no pararé de escribir, de preguntar, de seguir, de querer. 

Volver a la ciudad

Qué ha sido de la ciudad, de la capital. Hace meses que no bajo al pavimento, que no disfruto de un banco en un parque abarrotado de gente. No sé cómo me desenvolveré de nuevo en las calles apretadas de multitudes después de tantos meses de exilio. Porque eso es lo que han sido: meses de ermitaño, de soledad, de abandono y olvido. Meses en las montañas. Ha sido un tiempo salvaje, el que he vivido. Una especie de caos de volver a lo natural escapando de la modernidad y el futuro; del tiempo.

Me siento de repente como un niño pequeño que vuelve a dar sus primeros pasos, poco a poco, alzando las manos en alto intentando agarrar sueños altivos y objetivos superiores; intentando mejorar. Porque eso es de lo que se trata la vida, pero yo me tenía que tomar un respiro y alejarme de todo ello para ganar un poco de perspectiva renovada. Ésa es la magia de la distancia. El problema es que he estado lejos tanto tiempo que no sé muy bien cómo volver, y tambaleo a cada paso que me acerco de nuevo a mi vida abandonada. Tengo miedo, miedo de verdad. Pero sé que quiero volver. Eso lo sé ahora. Ya basta de estar lejos, de estar callado y de estar a solas; quiero volver.

Volver como vuelve el verano, el sol, el calor, las golondrinas. Volver como vuelven los momentos felices, los pequeños placeres, los amigos. Volver poco a poco. ¿Y quién sabe? Tal vez volver, por fin, para quedarse y vivir. Vivir y disfrutar.

Volver a la ciudad, a buscarme entre la gente y tal vez entenderme un poco más en el contexto de todos. Volver para encontrarle un poco de sentido a todo el vacío que hasta ahora he acumulado, como polvo en casas abandonadas. Volver a encontrarle la ilusión al amor soñado y volver a sentir algo que no sea miedo, aunque sea malo. Pero volver a sentir.

Qué ha sido de la ciudad, me pregunto yo. Poco a poco la acera y el asfalto se calentarán y las sandalias de goma se doblarán más con cada paso. La ciudad se abrirá como una flor ante el verano, después de todo un tiempo relegada al sueño; ahora toca recibir a los turistas, a los artistas, a los soñadores. Ahora es el momento de recibir a todos los que quieran llegar, y sobre todo, a todos los que quieran volver. Como yo.

“Volver a la Gran Vía…”

 

Volver a la Gran Vía, andar el río de masas que sube y baja frenética y caótica, una constante colisión y cruce de vidas e historias. Andar al paso, parecer distraído u ocupado con tu propia vida, pero en realidad estar buscando una mirada perdida que en realidad te mira y busca que la mires; sentir rubor, sentir que una sonrisa se escapa de la cornisa de la boca y conectar con esa esencia que es sólo de la ciudad. Pasar el momento, como pasa todo en esta ciudad que siempre cambia y nunca descansa. Cruzar calles y llegar a plazas; cambiar de caminos, seguir andando. Dejarse llevar por la urbanidad, por esa materia que es distinta de la montaña y el bosque, de la arena y la roca. Dejarse llevar por otro mundo de posibilidades. Dejar que los pasos y un mapa dicten tu destino, y que te lleven a rincones desconocidos de cafés apretados y librerías antiguas, donde otros como tú buscan tal vez lo que tú buscas: sólo un momento… un momento cualquiera.

Volver bajo la sombra de un parque, del Retiro; de perder el miedo a volver a andar ese mismo camino de arena donde hace 5 otoños te vi por última vez. Por fin superar eso y volver a ese camino como si nada. No: como si el pasado por fin es el pasado. Volver a andar sin destino ni objetivo, ni deseo ni esperanza, a los rincones verdes y solitarios de un parque que nunca se acaba.

“Volver bajo la sombra de un parque, del Retiro…” | Gonzalo V. (julio del 2013)

 

Y volver, sobre todo, a contar historias de la ciudad. Está muy bien la montaña, los caminos de arena, la brisa azul que sopla ahora desde el sur trayendo los aromas de estos tiempos que cambian. Eso está muy bien. Pero ahora vuelve el verano, y mi tradición es volver a la ciudad con un puñado de historias que contar entre el cristal, el rugir de coches, el bullicio, el asfalto y la acera sin final. Ése es mi ritual, volver a la ciudad.

Quiero…

En estas noches de vigilia te imagino delante de mí, a un beso de distancia. Imagino las miradas que nos echaríamos, intentando descubrir los secretos de este amor que es desconocido. Cuando te vi la primera vez, había sentido algo, algo que hacía mucho tiempo no sentía. Lo confieso. Era algo incierto, no obstante, un algo lleno de preguntas, pero me robaste una sonrisa y eso pareció calmarme las dudas. Pero no me ves, ¿verdad?, sentir.

Parece que somos de dos mundo completamente opuestos, distintos y alejados. Que todo lo que podría pasar, de alguna forma, nunca pasará. Quién sabe por qué. Tal vez sea porque, como dicen, you’re too good for me y no te merezca; tal vez sólo tenga miedo y nada más.

Y a pesar de este miedo, la incertidumbre, el sentimiento de lejanía y oposición… alguien como tú, seguramente, nunca volverá a aparecer en mi vida y ese pensamiento me da aún más miedo. Lo cierto es que no me gustaría perderte esta oportunidad.

¿Qué debo decir? ¿Cómo? ¿Cuándo? Nunca sé cómo empezar, pero siempre sé que quiero empezar. De todas formas, nunca he tenido las palabras correctas. Por eso escribo: porque estoy eternamente buscando lo que decir, la forma correcta de decirlo; buscándome y encontrándome, todo al mismo tiempo. ¿O es que te busco a ti? Tú que pareces tener una palabra, una historia para todo… Y, sin embargo, ahora hay tanto silencio…

Al mismo tiempo tengo tantas historias que contarte; y qué tú también me contaras… Tendríamos tantas noches de vigilia así, me imagino. No dormiríamos nuestros sueños, nos los contaremos a altas horas de la noche.

Me acerco a la ventana para ver en la noche de esta madrugada de abril, casi mayo. La luna se entrevé entre las altas nubes: está creciente y su claro es frágil, pero ilumina el lejano horizonte con el sueño del mañana.

Mañana será otro día, pero quiero…