En clave del tiempo

Pretender alegría
y falsas apariencias
para encontrar
corazones rotos
y malas experiencias

Promesas rotas
que un día fueron sueños
y esperanzas,
hoy ya sólo son decepciones,
cenizas y ascuas.

La vejez es lo que tiene, 
la juventud lo que quita. 
Somos mil cuestiones
preguntas y pesquisas.
Todas elucubraciones
sin respuestas
ni soluciones.

Es tiempo de vivir, 
de sentir
y dejarse llevar; 
tiempo de decir, 
de oír, 
de pensar la verdad.

Y recuperar el tiempo perdido
que tanto queremos recuperar, 
sin perdernos así
un poco de la eventualidad, 
que es dejarse llevar
por el ahora y el aquí; 
este momento sin igual, 
un destello en la eternidad, 
la esencia de vivir. 

No saber a dónde vamos ni de dónde venimos

Justo al ocaso, cuando el sol desaparece tras el horizonte, el cielo se tiñe de rojo, de naranja y amarillo, y rosa y morado fulgurante; la última llama, como algunas veces lo llaman. Después uno tiene aproximadamente 20 minutos para encontrar refugio antes de que el azul crepite y se convierta en marino, y después en negro; y el negro se haga azabache y la oscuridad lo engulla todo bajo un manto de frías estrellas.

Momento que compartió conmigo una buena amiga, gran cocinera e increíble fotógrafa, de un atardecer en nuestro pueblo perdido de la Sierra de Madrid. Más tarde escribí el relato, pero me di cuenta rápidamente que encajaban perfectamente… Bonitas coincidencias. | @Lazyloty

Habíamos conducido durante horas. Parece mentira cómo el tiempo se pasa volando en un coche. Habíamos atravesado bosques y montañas, y acabábamos de parar en una gasolinera a las afueras de un pueblo remoto, pequeño y recóndito. María y David se habían quedado dormidos: ella en el asiento del copiloto, él en la parte de atrás. E inevitablemente el coche olía a vida, a humanidad y a ganas; y a colonia mezclada con sudor, y a los pies de David. También olía a cerveza, a cigarros, a patatas de bolsa y hamburguesas rurales. Nos habíamos apiñado en el viejo Citroën de mi padre, con todas las cosas que nos queríamos llevar, a empezar una nueva vida en alguna parte que aún no conocíamos. Todo dependía del camino, y de mi buen juicio al volante.

El frío empezaba a notarse porque el tiempo al otro lado de las montañas es distinto. Radicalmente distinto, como las personas. Al salir del coche, respiré hondo y me despejé. Tirité un poco. Estiré las piernas, me desperecé y caminé hacia la tienda. Me di la vuelta para ver otra vez aquel ocaso desgarrado y cómo estaba troceado por las nubes; joder qué bonito, pensé.

Vi a María moverse en el asiento: se desperezaba. Me quedé mirándola un rato, sin prisas ni preocupaciones. No había nadie, no había tráfico; había silencio, grillos, mundo que seguir. Así que me lo podía permitir. También me permití sonreír. Dio un bostezo; David se retorcía en el asiento de atrás, todavía dormido. Salió del coche y se estiró, con los pelos hechos una leona, cuando más guapa está. Se dio la vuelta, la sonreí:

—¿Dónde estamos? —casi gritaba. David se daba otra vuelta; no es muy cómodo dormir en el coche.

—Ni puta idea —dije.

—¿Y el mapa?

—Por ahí está —respondí con indiferencia. Empecé a visualizar toda la basura que habíamos acumulado en estos días, y el pobre mapa en el fondo.

—¿A dónde vas?

—Voy a mear y a comprar agua. Tengo la boca seca. ¿Quieres algo?

Se apoyó sobre el coche, dándome la espalda. Entendí que no quería nada, pero por si acaso insistí:

—¿Que si quieres algo? —pregunté un poco más alto. Ella negó con la cabeza pero sin mirarme. Es que el ocaso era jodidamente precioso.

 

Al salir, David entraba.

—Me podíais haber despertado, cabrones.

—¿Para qué?

—No sé, pa’ ir al baño, comprar algo, tomar el aire. Algo.

—Ah, no sé, chaval. —Siempre ha odiado que le llamemos «chaval». David, que ya había cumplido sus 26 años, se sentía de todo menos un chaval. Con la barba enloquecida, los pelos revueltos y un sentido de la vida despreocupado, vivía al máximo su adultez. Pero sin la responsabilidad, obviamente. Había viajado a Sudamérica buscando respuestas —respuestas a la vida, como dijo antes de embarcar en el avión hacia Colombia— y, al regresar a Madrid, se metió a un grupo que nunca supe muy bien qué hacía. Reivindicar y rebelarse contra el sistema, como a él le gustaba, pero sin moverse tanto como debiera. 

Pero a todos nos entró (de golpe) algo aquel verano, como que nos faltaba algo en nuestras vidas. María me llamó a altas horas de la madrugada un día: —Eh, ¿te he despertado? —¿A ti qué te parece? —Lo siento. —No pasa nada. ¿Qué pasa? —Tenemos que hablar. —¿No puede esperar? —No —. Así que hablamos. Hablamos durante más de una hora. Casi se me apaga el móvil por falta de batería. —Que nos tenemos que ir. Lo tengo decidido. Nos tenemos que ir. Todos —me dijo segura, entusiasmada; fumada seguramente. —¿Qué te has tomado? ¿Irnos a dónde? —la pregunté. No me lo podía creer y empecé a dudar si era real o sólo estaba soñando.

Al día siguiente quedamos y me repitió la historia desde el principio, «por si no te enteraste anoche» recalcó.

Así que hablamos los tres durante una cena, y dos, y tres… Y después de muchas cervezas y algún que otro porro, les sugerí coger el viejo Citroën, preparar alguna que otra maleta con lo básico, montar el coche y pirarnos. Pirarnos lejos. David vaciló varias veces, «pero, pero… ¿y la familia? ¿La peña?» preguntó. «Lo entenderán» sentenció María. Y los tres aceptamos.

Ahora estábamos los tres allí, en una gasolinera en medio de la nada, apoyados en el coche, encogiéndonos con el fresco y contemplando, hombro a hombro, aquel increíble ocaso.

María me dio un codazo. Giré la cabeza. Ella me sonrió.

—¿Sigues queriendo hacerlo? —me preguntó.

La miré a los ojos y a los labios, y ese pelo castaño que tan bien le enmarcaba la cara. Todo era perfecto; era tan guapa.

—Por supuesto —dije.

Y me besó.

Pude sentir cómo David nos miraba.

—Ahora os pilláis una habitación en el hostal, eh —decía con sarcasmo.

Le di un codazo; los tres reímos.

Cambio

Y de repente llegará un cambio, como un gran azul que se cierne sobre uno y le envuelve, cálido y extraño. «Acéptalo, abrázalo» pienso. Es una realidad que se mezcla con el tiempo y el espacio, pero es distinta de estos porque se mueve a través de ellos: nada de lo que fue ayer, es hoy. El cambio es una dimensión: es otro tiempo y otro espacio, y cuando pasa, nada es lo mismo. Pero nadie lo ve, porque el cambio es transparente.

También es una fuerza que lo arrasa todo, y lo construye todo. Lentamente va depositando capas de sí y muta el entorno hasta que algo nuevo emerge, y algo viejo se desvanece, tal vez para siempre, siempre en la memoria. Es una fuerza, una gran fuerza, porque aunque no la veamos, lo mueve todo, incluso el amor, y el dolor y la tristeza. El cambio lo mueve todo. 

Seguiré esta corriente del universo, como si fuera una llamada de Dios, y me dejaré mecer, palpitar; me dejaré llevar por este cambio que ni tiene ni necesita nombre. Me susurra al oído: “Un cambio te llegará pronto” y sonrío, porque un cambio es lo que necesito ahora mismo. 

Va a llegar un cambio, y quiero estar aquí; lo voy a coger como quien coge el tren hacia el siguiente destino. Va a llegar un cambio y lo voy a aprovechar, como quien aprovecha una oportunidad. Porque eso es lo que es. Así que estad atentos, porque llegará. Siempre llega. 

Muchas veces, el cambio da origen a la belleza | Juliana S. Vieira

 

El cambio

Por un momento, necesito parar, detenerme y mirarme los pies. Y las manos. Y la cara. Necesito mirarme y admitirme, de una vez por todas, que esto, lo que he obtenido hasta ahora, no es lo que he querido. Pero que la vida es un accidente y me he visto empujado aquí casi a la fuerza. Y de esas cosas, la verdad, uno no puede escapar cuando tiene una vida abocada un poco a la miseria —y al capricho del destino—.

Y me miro y veo un fantasma que me devuelve una mirada oscura a través de un espejo resquebrajado. Y ¿quién eres?, resuena su eco de voz. Y me sigue mirando a través del cristal roto, intentando averiguar mil cosas que, voy a admitirlo ya, nunca he conseguido resolver. El espejo está roto por una razón, y es que nunca me atreví a arreglarlo. Es así de simple. Y durante todo este tiempo a través de las grietas se han estado colando y escapando las preguntas colgadas, los fantasmas que me persiguen y que tanto temo, el pasado irresoluto e irresoluble… Toda esa materia que está atrapada tras las apariencias, la máscara, las rupturas y el silencio, gran silencio.

Parece que no hay nada, sólo un reflejo tras otro, una ilusión que da paso a otra sin que ninguna de las dos sea sueño o realidad. En realidad, lo que hay ahora es algo borroso, algo extraño, algo indefinido que dice que todo, y nada, puede pasar. Y no sé qué temo más, si el todo o la nada. Bueno, a ésta estoy acostumbrado, pero uno puede seguir temiendo a la rutina, ¿no? 

Las palabras pueden consolarle tanto a un corazón que ha dejado de soñar. Joder, me han consolado tanto a lo largo de los años, pero esta vez… Esta vez no dejo de dar vueltas a frases inacabadas intentando buscarle otro sentido a esta historia que me ha tocado vivir. Y es que necesito pararme ahora o si no temo que será demasiado tarde cuando decida hacerlo mañana, cuando ya lleve demasiadas huellas que borrar. Necesito parar y mirarme los pies, y las manos y la cara; todo eso que todavía es mío y que aún puedo controlar. Y necesito ver si esta historia, este otro verano que corona otro junio, tiene más versiones que ésta; si puedo reescribirme y seguir. 

El verano, ese tiempo de cambio, de promesas, de sueños; de cosas que pueden pasar, que están a la vuelta de la esquina, o a un salto, un beso, una mirada de distancia. El verano, esa época de cambiarse de ropa, de salir a la calle e ir a un parque, de liberarse de todo el frío y todo un año encerrado en obligaciones. Yo también necesito un respiro dentro de poco, ahora que es verano, y ver si tendré esa oportunidad para escribir bien todo lo que tengo, debo, pienso, quiero… necesito escribir. Y parar y cambiar. 

Golpe a golpe, pulso a pulso

Un buenosdías tras otro, golpe a golpe y pulso a pulso, así se va haciendo tiempo a lo largo del camino. Cómo se pasan las horas, cómo se va allegando el mañana lento, crepitando por los rincones, como fuego en el alma, sombras en las nubes, huellas en las tardes. Sopla un viento, se calma; sopla otro, arrecia, levanta las polvaredas del mundo creando espíritus que se pegan a los cristales; lo cubre todo. Y también se pasa. Golpe a golpe, pulso a pulso.

El tiempo es lo que tiene, golpe a golpe, pulso a pulso: se va haciendo pasado a medida que se consume el sueño del futuro, y mientras tanto el presente se hace un juego de sombras, un aquí-te-pillo-aquí-te-mato, un juego de escondite, un desfile de máscaras. Hablar del tiempo es como hablar de algo que no existe, es perder el tiempo innecesariamente cuando lo único que podemos hacer es… vivir: vivir hasta el último aliento, hasta que nos duela el estómago; vivir hasta la máxima expresión de quiénes somos, e incluso, de quiénes queremos ser. Vivir hasta que no quede nada por vivir, ¿es eso posible? 

El tiempo es vivir, golpe a golpe, pulso a pulso; aunque sea un buenosdías tras otro, una tarde tras otra, una noche estrella tras otra con nubes, siempre mirando hacia el alba, siempre mirando hacia arriba; nunca atrás, nunca abajo. Golpe a golpe, pulso a pulso.

Abulia

Acumulo ahora 15 borradores, llenos de polvo, de palabras añejas, de olvido. Porque el sentimiento detrás de la línea es olvido; es que la inspiración había que aprovecharla en el momento y ahora se fue hasta nosecuándo.

Ahora vuelvo a la vida normal, poco a poco. Porque estas cosas vuelven poco a poco, después de toda una temporada atascado tras horarios y opresión, la vida vuelve a su curso como el río que crece con las lluvias de primavera. La vida, en general, es de ir poco a poco; y de ir paso a paso

El cuaderno con garabatos no me falta; el bolígrafo anda destapado, siempre destapado, para que se reseque la tinta y corran las ideas. Afuera suena más a verano que a primavera, pero ahora que me paro a pensarlo, nunca sonó a primavera, ¿o sí? Los pájaros pían, los coches vienen y van con gentes que hablan alto y de barrio; los niños ahora andan en el colegio y ya vendrán por la tarde con el vocerío que me volverá loco. No sé si quiero escapar ahora a dar un paseo lejos, o si lo quiero hacer luego. Me resulta raro volver a estas mañanas, a mi propio ritmo sin que nada me empuje, calando el momento como quien cala el cigarro y va quemando la ceniza. El reloj palpita en mí, y cuando más escucho los segundos, menos pasa el tiempo. El silencio-no-silencio, ese estado de una casa en la que sólo estás tú, pero a través de las ventanas se cuela toda una vida, se me hace raro. Tal vez porque llevo tanto tiempo con ruido en la cabeza que no he podido parar a escuchar lo demás. Y ahora escucho el mundo, ahora escucho que es casi verano, que se dan otras voces; casi puedo decir, sinestésicamente, que soy capaz de escuchar el sol brillar y el calor arreciar en la brisa que es del sur. 

Y a pesar de eso, tengo las manos y los pies fríos, me pesa la abulia en cada centímetro cuadrado de la piel, y casi, del alma también. Porque hay algo del futuro que ya no me tienta ni me seduce: no me llama, no me tira, no me hace seguir. En mis planes, sólo quiero escapar: escapar por los caminos de arena, en el autobús a la ciudad desconocida, a perderme por lugares donde nadie me conoce ni habla mi historia. En mis sueños del mañana, me veo lejos y me siento en paz. Y eso no tiene nada que ver con la vida que llevo o con la gente que me rodea. No. Tiene que ver con… Conmigo, con algo dentro de mí que ha dado de sí y ¿se ha roto?

“La dejadez, la espera, la abulia.” | Gabriela Villareal

 

Tengo las manos frías porque mi alma es incapaz de sentir nada. Y tan frívolas como suenan estas palabras, así también está loquesea que hay dentro de mí. Algo —siento profundo— se ha quedado congelado para siempre… Para siempre: qué definitivas éstas. Mi madre me repite todos los días que en la vida nunca conocerá cosas que nunca o que siempre“que dejes de decir bobadas, hijo”, que la vida son o algunas veces o muchas veces, “pero que nunca será nunca o nunca será siempre”. Y entonces un día la pillé diciendo el vocablo prohibido y sonrió como quien es culpable, pero siente esta extraña dulzura de haber sido descubierto; es la dulzura de librarse del remordimiento, quizá. Aun así controlo lo que digo con ella, he dejado de atribuirle a la eternidad cosas que pasan en momentos. Lo cierto es que ahora que pienso en siempres y nuncas, escucho la vocecilla de mi madre por detrás como si me regañara y me lanzase una de sus miradas de desaprobación. Sí, la eternidad definitivamente nunca le hizo bien a nadie. 

Sólo que el tiempo pasa y tal vez he llegado a esa edad en la que los planes ya no significan nada: que llevo toda mi vida planeando para que al final no haya dado palo al agua, y todo lo que me queda ahora es… eso, el ahora: los pájaros que pían, la vecina que se queja, los coches que vienen y van, el segundero que da un tiempo retrasado y el pesar del pasar. La dejadez, la espera, la abulia. Me quedo con el presente en el que es casi imposible que pasen demasiadas cosas al mismo tiempo. 

Ya es casi mediodía y el sol recalienta la roca. Sé que ahí afuera está el calor, el del alma —y el de las manos—, donde pasan más cosas que dentro de esta casa y este silencio. Que lo que me queda es ponerme los zapatos y salir, a buscarme… O a esperar, aunque sea caminando, a que algo cruce mi camino y despierte al abúlico dentro de mí. O a que me dé la inspiración de cara en algún rincón inesperado. Porque este bolígrafo sigue destapado sólo para que se reseque la tinta. Tal vez tenga que salir para resolver estas dudas, pensar en ti, imaginarme un verano en el que, bajo la sombra de algún castaño en algún parque de la ciudad, estemos sonriendo como hacíamos en algún tiempo pasado, produciendo memorias para la posteridad, viviendo alguna anécdota que será testimonio de quiénes somos y de qué significa la vida.

No sé, algo. 

 

Cuando vuelvas…

… Me imagino que me invitarás a tu casa. Ya lo has hecho, pero no hemos formalizado nada. Bajarás a buscarme a la estación. Como es de costumbre, llegaré un poco antes y me mezclaré con otra multitud que también espera, busca, mira, piensa. Desde la esquina de alguna calle aparecerás y me salvarás de esa marea, y con un baile de primeras miradas, tal vez una sonrisa robada, me llevarás hasta el fin de la ciudad.

Me imagino que pasearemos, que nuestros pies bailarán al ritmo de un compás que ninguno de los dos aún quiere admitir. Nos pararán los cafés, las charlas, las risas y confesiones. Quizá nos pare el pasado o el futuro.

Me imagino que el azar nos llevará hasta tu casa y abrirás la puerta sin esfuerzo, porque en el fondo los dos sabíamos que íbamos a terminar ahí. La tarde habrá avanzado, pero el tiempo parecerá ralentizarse a medida que la luna se asoma por encima de los edificios.

Me imagino que las primeras impresiones de lo que por ahora llamas casa —en el fondo sé que sigues buscando una casa que llamar hogar— serán de poca importancia, pero todas nuestras palabras habrán sido robadas por la misma. Me invitarás al sofá y me preguntarás que si quiero algo que tomar, a pesar de haber bebido algún que otro café de camino aquí. No pasará nada: te diré que sí, “si no te importa”, y mientras me dejas solo, empezaré a asimilar dónde estoy y qué hago. Volverás y me sacarás de mi fantasía, porque siempre has sido capaz de hacer eso.

Me imagino que el sofá se quedará corto y “la curiosidad del gato” nos llevará a tu habitación. Veré una ventana que dará a otras cien ventanas, como me has descrito tantas otras veces. Veré tantos libros que la cama deshecha será irrelevante. Veré los papeles garabateados con interminables frases, te quieros rotos, corazones olvidados. Veré todas las historias que te hicieron y te crecieron, y sobre un corcho nostálgico, veré también los recuerdos del pasado y los dibujos que nunca dejaron de ser bocetos.

Cerrarás la puerta y te sentarás al borde de la cama, o de la silla, pero siempre a punto de precipitar en tus memorias. Yo me imagino al lado de la ventana, viendo la vida de otras personas pasar delante de mis ojos, imperceptibles a mi existencia. Escucharé tu voz en el fondo de mis pensamiento, englobando la habitación, haciendo real lo subjetivo del alma, contándome la historia de tu vida. Me llamarás y te miraré; nos miraremos y sentiremos cosas.

Me imagino que estaremos así durante un largo rato, tal vez horas. Acabarás por tumbarte en la cama, yo me habré sentado bajo el dintel de la ventana, escuchando los sonidos de una ciudad que nunca descansa. La noche habrá caído y entonces la ciudad rugirá con otra vida. Me levantaré del suelo para contemplarlo mejor, espiar cientos de ventanas alumbradas con escenas de cocina, habitación, salón. Y me imagino que, mientras estoy ensimismado con esa gran escena urbana, tú te habrás levantado de la cama sólo para acercarte silenciosamente a mí por detrás, y en un solo instante y con un solo gesto, me habrás plantado el primer beso de nuestra relación. Durante los primeros segundo, me resistiré, pero a medida que el calor de tus labios me conquista, me dejaré llevar y te devolveré el beso.

Pero esto es sólo una imaginación… Cuando vuelvas, ¿quién sabe lo que puede ocurrir?