Diario de sueños: 30 de mayo de 2018

Al cerrarse la puerta, detrás de mí quedó otra escena, otro sueño, pero del que no me acuerdo. Solo sé que dejé a alguien detrás.

Ahora me encontraba en un pasillo sombrío, con las paredes de color gris, las ventanas pequeñas y sucias, llenas de polvo y telarañas antiguas. A mi derecha, alguien sostenía un cigarro sin encender con la mano izquierda, y con la derecha intentaba abrir otra puerta.
—No podemos dejarla.
—Ya no es mi problema.
—¿Cómo puedes decir eso?

La cerradura hizo clic y se abrió. Recordando, creo que era una mujer menuda, de pelo oscuro y ropa negra. Su piel estaba arrugada y cansada. Su expresión, vencida. Tenía un aire deprimido y andaba con zancadas grandes y rápidas. Quizá era nerviosa, como quien no puede parar quieta.

Rápidamente desapareció y cerró la puerta.

La seguí.

Al otro lado había un jardín. Y ahora que lo pienso, tenía la sensación de entrar en otro mundo. Como si al pasar el umbral de aquella puerta, esta desaparecía. Y no recuerdo una puerta detrás de mí, sino un muro de ladrillo rojo bordeado por rosales y girasoles en flor.

No sonaba la gravilla bajo mis pies, sino el suave roce del césped verde y mojado. A mi derecha continuaba el muro, con otras plantas: margaritas; las abejas zumbaban. Tras el muro podía escuchar el tumulto amortiguado y lejano del tráfico de una ciudad, pero también el piar de pájaros en el bosque que nos rodeaba. Todo mezclado.

Y ella se había sentado a fumar en un banco que había a mi derecha, mirando el cielo azul moteado por nubes.

Era un jardín pequeño, al modo británico. Uno de esos rincones ocultos en medio de una gran ciudad. Un pequeño retiro silencioso que solo los vecinos del barrio conocerían, con muros altos que guardan la privacidad y algunos bancos donde sentarse, rodeados de setos y plantas en flor.

Quizá también era primavera en mi sueño.

—¿Y qué vas a hacer? —pregunté al acercarme. Ella me miró un segundo y luego alejo la mirada.
—Ya te lo he dicho: nada.
—¿Y qué voy a hacer yo?
—Tú sabrás.
—¡No!
—No me interesan tus problemas. —Calaba el cigarro con tranquilidad, sin mirarme.

Y por alguna razón, eso me irritaba. Acababa de salir de una habitación de la que no me acuerdo de absolutamente nada. Solo una sensación: de dejar a alguien que me importaba mucho.

—Me voy —anuncia al levantarse, tirando el cigarro al césped y pisándolo.
—Tenemos que hacer algo.
—Yo no tengo que hacer nada. Solo irme.

Y es ahora cuando veo la abertura en el muro, una especie de portón batiente de metal, negro, con decoraciones florales. Está abierto hacia afuera, donde empieza una senda pavimentada que se pierde entre los árboles.

Al darse la vuelta, me dice algo, pero se pierde en mi memoria. El sueño ahora se hace borroso. Solo sé que en este momento es cuando veo su figura de pies a cabeza, me mira; luego desaparece. Pero no sin antes decirnos algo.

Recuerdo que sentí desamparo, impotencia, abandono, soledad. Quizá el peso de una situación que es inevitable, pero que a toda costa quería cambiar. Me hallaba solo, en medio de un jardín para una persona, con un banco y una puerta. Una parcela, juro, que no tendría más de 7 m², pero que rebosaba vida.

 

Retrocedí en mis pasos y volví al lado del muro donde volvió a aparecer la puerta. Alcancé una mano al pomo y lo giré, y al escuchar el clic de una cerradura que se abre, me desperté.

 

Britain's Gardens
El jardín británico |  Juliette Wade

El frío aprieta otra vez. Esta mañana la manta se ha hecho delgada; el calor es poco. Hace más de un mes que es primavera en el calendario, pero sigue siendo invierno en la calle. La nieve sigue cayendo en la montaña. La lluvia cala en los huesos y empaña los cristales. La gente anda deprisa bajo los paraguas. El sol se oculta tras las nubes que no paran de llegar desde el Atlántico. Pero los árboles ya se han vestido de verde y las flores lucen sus mejores colores bajo la tormenta. Los dedos se entumecen y los ojos ya anhelan un rayo de sol. La piel tirita, pide verano.

A ver si amaina esta borrasca y vuelve el sol a esta tierra de secano, de oliva y encina.

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Otra vez

Son las cinco de la madrugada. Hace frío, pero el calentador suena en la lejanía. No deja de ser diciembre. La manta me cubre el pecho, pero tu respiración aquí al lado me lo desnuda. La ventana del ático mira en la noche, casi mañana, de Madrid. Y brilla. Brilla sin estrellas y sin luna, pero brilla y puedo ver la habitación en la que estamos. Me acurruco más a ti, buscando tu calor y, ¿para qué mentir?, tu olor. A lo mejor así puedo dormir. Porque no quiero abrazarte no vaya a despertarte. Te mueves, sigues respirando por la boca; dejo de sentirme solo por un momento. La noche sigue minuto a minuto, el calentador sigue chorro de aire caliente al tiempo, pero el silencio me palpita en los oídos, y el cielo sigue brillando hasta que amanezca mañana. Porque aún es de noche y aún tengo amor que dar. Pero otra vez sigo esperando. Otra vez.

Otro otoño

| Jacinta Lluch Valero

El musgo tornará verde,
pero los árboles se desnudan de amarillos.

Los cielos estarán azules,
pero empiezan a volver las lluvias.

Aún hará calor,
pero las noches ya son frías.

Seguirán cantando los pájaros,
pero los grillos ya se han callado.

El viento ya no es del sur,
sino que viene del norte.

Será otoño, otro otoño,
pero aún tenemos estas memorias del verano.

| Rocío Moreno

 

Volviendo…

Esta vez vuelvo con otros volveres, pero me siento lento y pesado, y las palabras se me atascan —o se callan—. Lo cierto es que todo parece un montón que cosas rotas, y todos sabemos lo difícil que es mover un montón de cosas rotas. Por un momento, intento mantenerme fijo y quieto en el mundo, luego en mi casa, después en mi habitación; en la silla; en el escritorio; en las líneas que voy escribiendo; en una simple idea. Pero todo gira, gira y gira. Aun así, sigo un antiquísimo libro desempolvado de consejos e intento mantenerme fijo y quieto en este punto. 

Aunque siento que me olvido, que me voy a cachitos por el suelo, barrido por el viento; intento volver, pero cada vez me siento más extraño en esta tierra de extraños. Soy como polvo en salones cerrados, silenciosos y vacíos. Soy como esta última luz de verano que se disipa lentamente bajo el cielo de otoño. 

Se va, se despide, así como para siempre.
Navega hacia una tierra allá al sur, allá al oeste,
donde el sol brilla en el cielo agreste.
Se va a tierra de nadie, aunque tierra de todos parece.
Se va y no vuelve.
Y me entristece.

Y a pesar de que esto parezca la historia de un final, quiero pensar… de verdad que quiero pensar que es sólo la historia de un comienzo. Porque, ¿para qué sirve el cambio si no? Para volvernos, y devolvernos. Sobre todo para eso, devolvernos.

Vuelvo con otros volveres. Precisamente a qué, aún estoy averiguándolo a medida que me recompongo bajo esta luz de frío y lluvia. 

“Vuelvo con otros volveres” | Shannon

La rutina

La corriente de la vida vuelve y es de asfalto,
y horarios impresos, y metros hinchados de gente apresurada.
La corriente ahora se dicta por el deber
y se monta en autobuses encajados en sus trayectos;
vuelve septiembre, vuelve la rutina.

Vuelve algo gris, algo pálido, algo mecánico y consumista.
No es hijo directo del tiempo, ni del espacio;
es algo distinto que los doblega.
Vuelven las mañanas sin amanecer
y las tardes ya de noche.
Vuelve el frío en los huesos
y las miradas vacías
que buscan sólo volver.

Volveremos a encontrarnos en los pasillos llenos,
y también en los vacíos.
Doblaremos las esquinas como el viento,
rápidos e invisibles.
Y recorreremos los caminos como un destello de relámpago,
algo efímero que se pierde en un parpadeo.

Vuelven los fantasmas, nosotros y los demás.
Nos convertiremos en espectros,
en murmullos en la brisa,
en algo que sólo es materia de cuentos
y leyendas, y fantasía.

Septiembre es de rutina;
la rutina, de septiembre.
Curiosamente ahora empieza otro año, o termina.
O ambos al mismo tiempo.
Sólo sé que el respiro se acaba
y lentamente nos echan ese conjuro de frío y nieve.
Los árboles mudarán sus hojas bajo el cielo de lluvia
y el camino ya no será de polvo.
La sierpe de hierba y arena
dejará el sol por volver al sueño bajo tierra.

La rutina todo lo esconde, todo lo oculta,
hasta que vuelva el sol de otra primavera
cuando el campo descubra sus flores
de amarillo y violeta.

Querida Noche

Querida Noche,

En ti, el viento ruge. Mientras bate ventanas y árboles, vuela altas montañas, nada me consuela. Estos días de tormenta, se libra una tempestad en mi corazón. Ni la lluvia ni el viento logran borrar estos sentimientos callados, estos sentimientos encontrados; ya nada me consuelan.

Hubo una vez que la lluvia podía consolarme el sueño, y el niño que llevase dentro volvía por un momento, tierno, tranquilo. La lluvia primitiva. Ahora sólo llueve, pálida y fría en los días grises de invierno. Tanto invierno. Parece que no termina.

Estoy atrapado bajo esta piel. No me puedo liberar. Ya no ardo con palabras —creo que jamás ardí con palabras—, sino con silencios, y son silencios que no puedo colmar con palabras aunque las tuviera. Son líneas vacías de callada agonía, una historia quebrada, un sentimiento roto. Ardo con tanto silencio que me duele la garganta.

No hay palabra que me calme este grito, no hay gente que me alivie la soledad. Porque ahora busco en la soledad lo que no me puede dar la compañía. Pero cuanto más necesito la soledad, más quiero la compañía. Ay la compañía, la ausencia.

Este dolor —porque es más dolor que agonía— no tiene ninguna medida real, pero todo el mundo la conoce. Qué ironía. Mis silencios tienen sus propios silencios, gritos ahogados.

A medida que avanzas, Noche, se aleja el sueño y se cierne aún más la fría oscuridad. Su tacto despierta en mí dudas, miedos primitivos. El viento sigue batiendo, si cabe con más fuerza. Pero el tiempo no para, el silencio sigue, se intensifica, en ti. Profunda oscuridad.

Y si no lo tuviere, todo este silencio, ¿con qué palabras, entonces, me enfrentaría a mi vida, al mundo…? Porque una vez que se rompe el conjuro y se libera la historia, todo cambia. El silencio también tiene la suya, aunque esté escrita en dolores secretos, callada.

Ay, querida Noche.

La nieve del tiempo

No se ve la luna tras las nubes. Bueno, no se ve mucho en la noche, pero con la tenue luz de una farola, se puede vislumbrar que la cortina de nieve se extiende hasta el infinito, ocultando las montañas de la sierra que mañana amanecerán blancas. Siento que ha vuelto la Navidad, por un momento, porque la nieve debe ser una parte importante de las fiestas. El único problema es que ha llegado tarde, la nieve, aunque no tanto para que no sea invierno.

La quietud de la nieve en la noche

Abro la ventana y dejo que el gélido aire me caiga pesado sobre la piel, casi quemándome, y no puedo evitar las primeras reacciones naturales de mi cuerpo: la piel de gallina, los músculos tensos, la tiritera. Pero eso no me importa. Quiero escuchar la nieve, o el silencio que se establece cuando nieva. ¿Os habéis fijado en eso? El mundo se detiene, todo calla, y si uno se para quieto y respira despacio, puede llegar a escuchar los copos caer y cuajar. Es el silencio de invierno, uno que es frío y tranquilo por necesidad. Por la mañana, a la luz del alba, se escucharán los primeros deshielos del día: las gotas que caen de los tejados, que empapan la nieve, la calle, la roca; todo. La nieve empezará a descolgarse de las ramas de los árboles, liberándolos del peso de sobrevivir otro invierno. Y cuando uno sale y echa la vista al camino, todo aparecerá blanco por igual: no habrá nada distinto en el mundo, todo estará bajo la igualdad de la nevada. No habrá ni campo ni ciudad, ni carretera ni arroyos. Y por un momento, tampoco habrá hombres de distintos colores ni de distintos credos; todos estaremos peleando contra el nevazo, resguardándonos en los caminos que otros antes que nosotros han abierto entre el cuaje, no dejando que el frío se nos cuele hasta el tuétano o que el derretido nos moje. Esos seremos nosotros, todos, tú, yo, él, ante la tormenta blanca. 

Por alguna razón que desconozco, en mi mente siempre se reproducen las imágenes de guerras antiguas, guerras que nunca he vivido más que en libros y películas, bajo la nieve. Guerras que ocurrieron en el norte, o aquí mismo, pero siempre entre hermanos. Guerras que dejaron a los hombres fríos, helados, cansados, hambrientos, doloridos, abatidos, olvidados. La nieve de las guerras que dejó a muchos hombres abandonados en las cunetas de la historia, lejos de sus familias, sin memoria ni esperanza, peleando en otra guerra más de este continente. Recuerdo, como si fuese mi vida pasada la que me lo contara, las guerras que mancharon el blanco de rojo, el orgullo de tristeza, el amor de odio, y todo lo bueno de todo lo malo, sin remedio, grabado para siempre en los anales del tiempo y en las páginas de la historia. Lapidario, congelado, gélido.

Hay algo en la nieve que cae que hace que el tiempo recuerde no precisamente todo lo bueno, sino todo aquello que pasó, y que pasó, pero que no se puede olvidar. Cosas que pasaron y se fueron, como la nieve, que pronto también será un recuerdo de invierno, derretido en ríos que regarán la primavera que nos espera. La nieve, que conjura en mi mente una imagen, la de la última margarita del otoño siendo cubierta por los primeros copos de invierno en algún campo de Polonia, ya antaño, como un caso blanco de los muchos que ya ocurrieron, siempre al margen del mundo, resumiéndolo en un instante. La nieve y sus ideas.

 

Todo lo cubre, pero la tormenta cesará por la mañana

 

En el instante, parece que la nieve caerá para siempre, que es eterna. El silencio en la noche me puede. Ya no veo ni la carretera ni el campo, y tanto árboles como coches están ahora blancos. La farola hace el contraluz de la cortina interminable, proyectando la sombra de todos los copos en la noche, hacia el infinito, en todas direcciones, perdiéndose en la oscuridad. Lo sé, lo siento. 

Está nevado, todo está nevado.