Donde sangra el amor

Cerraron el parque. Reseñas en el periódico local y un breve informativo en la televisión regional decían que una investigación policial estaba en proceso, que un grave crimen se había cometido en el Paseo de las Rosas, justo al lado del Palacio. Pero no dieron más detalle. Una cascada de tuits de usuarios del parque indignados inundó rápidamente la red en pocas horas, pidiendo explicaciones, pero nadie —ni nada— aclaraba más.

A la mañana siguiente lloviznaba y el frío atenazaba las manos. Los viandantes pasaban rápido por la acera, sin importarles lo que allí había pasado. Me acerqué, como pocos curiosos, a la única entrada permitida al público, ahora firmemente cerrada. Era un gran portón de hierro forjado que, como informaba una placa ya oxidada, databa del siglo XIX. Allí asomé la cara por entre las barras para ver si podía ver algo, pero los árboles siempre han sido densos en este parque y ofrecían la intimidad por la que era conocido.

—Llevan 40 años sin cerrarlo —dijo de repente un anciano que, como yo, se había plantado delante del portón—. Después de la Guerra decían que nunca más lo cerrarían, no como hizo El General… —Se quedó callado.

De fondo el asfalto mojado silbaba bajo las ruedas de los coches y la gente seguía pasando en silencio bajo los paraguas.

—¿Y qué crimen será? ¿Usted sabe algo? —pregunté tímidamente.
—Lo que todo el mundo, ese grave crimen en el Paseo de las Rosas… Espero que no sea nada. Ya sabes cómo somos aquí, siempre unos exageraos. Y a quién no le gusta una buena historia, sobre todo en esta ciudad en la que nunca pasa nada —añadió con una agria risa.
—Sí… —sólo pude añadir.

Y con un ademán, se colocó el abrigo y un sombrero raído, y desapareció por el paseo. Yo seguí plantado delante de ese portón un rato más.

Más tarde aquel día me enteré que habían matado el amor. De un mal flechazo. Mucho se dijo sobre el “Cupido Loco”, como le llamaron los medios de comunicación: que a quién se le ocurría andar por la ciudad con flechas bajo el abrigo; que si la policía no tenía un control de esas armas; que seguramente hubo alguien que vio las flechas, que esas cosas no eran fáciles de ocultar, que si abultaban; que si no había forma de rastrear la compra, que seguramente no había mucha gente comprando flechas. Pero poco se habló sobre la muerte del amor.

Lo que me pareció curioso fue el comentario de los forenses. Dijeron que la sangre salpicó un rosal cercano, la variedad blanca más pura que el Rey Alcalde mandó plantar en ese parque en honor a su esposa. Los expertos temían que las manchas de sangre harían que la próxima primavera floreciesen rojas y que no había nada que se podía hacer. Muchos entonces se lamentaron —y cabrearon— con tal accidente, del descuido y de la pérdida histórica del parque. “Irreemplazable”, se repetía por todos lados.

El Ayuntamiento no tardó en publicar un comunicado en el que informaban de que harían todo lo posible por mantener la “integridad de la belleza” del parque y que tomarían todas las medidas necesarias para preservar su estado original, incluyendo el transplante del rosal afectado por otro sano.

No faltó quien dijo que el rosal afectado, apodado irónicamente como “Sangre de Amor”, debía quedarse como un monumento homenaje, pero pronto llegó el aluvión de quejas que acalló la propuesta. En su lugar, hubo preocupación sobre si la variedad blanca aún existía, si aún había plantas disponibles o viables, o si había cultivadores especializados que pudieran donar un ejemplar al parque.

“Sangre de Amor” | Pinterest

Y en efecto, poco después de que la noticia recorriese toda Europa, un jardinero francés declaró que su familia había estado cultivando esa variedad durante generaciones y que fueron antepasados suyos los que regalaron los primeros especímenes a un rey francés para que los usase en su lustroso jardín. Que fue en la época, llevados por la moda de copiar dichos jardines, que el monarca español adquirió unos ejemplares y los plantó en estos, ahora parque, detrás del Palacio, como era ya conocido. Y que estaba dispuesto a donar un ejemplar para reemplazar al daño, sin costes. Un gesto que el Ayuntamiento notablemente agradeció.

Volví al parque sólo para ver cómo se llevaban aquel rosal rojo, dañado, teñido de sangre, profanado. Para mi sorpresa, el viejo del portón también estaba allí.

—Matan al amor y se llevan la rosa —dijo, tácitamente enfurecido.

Para nuestro consuelo nos enteramos que no lo destruirían, sino que lo plantarían en la gran rosaleda de otro parque cercano, para que los nostálgicos como yo pudiéramos visitarlo cuando quisiéramos. Pero no en este parque.

—¡Un momento! —grité a los jardineros que se estaban llevando el rosal—. ¿Puedo llevarme una rama?

Uno me miró extrañado.

—Claro —Y accedió a mi petición, entregándome una rama generosamente grande.

Volví al anciano y partiendo la rama en dos, le dije:

—Tome. Cuando llegue a casa, métalo en agua tibia con algo de azúcar. Si le queda algo de amor, un poco de dulce calor hará el truco. Cuando vea las primeras raíces, plántelo y cuídelo. Con poco que lo quiera, crecerá rápido. Es un truco que me enseñó mi madre hace mucho.

El anciano no supo qué decir más que un “Gracias”, a lo que me dio la mano emocionadamente y se fue con una sonrisa.

 

El amor imposible.

“Y últimamente sueño con él. Ayer soñé que nos encontrábamos y éramos una especie de pareja de enamorados que no podían estar juntos porque cada uno tenía su pareja, a la cual quería, pero quizá no tanto…”

Un amor imposible.

"Love In The Rain" | Bob Barker
“Love In The Rain” | Bob Barker

Se habían reencontrado por la lluvia, después de meses —parecían años— de silencio y abandono. El abandono es peor que el olvido; el abandono tiene algo de conciencia.

Fue un accidente, aunque ella no dejaba de pensar en el destino, en la serie de causalidades que la habían llevado ese día a ese lugar. No podía ser casualidad, ella pensaba. Y tal vez no lo era; ¿quién podría saberlo?

Se reencontraron por la lluvia, intentando escaparla. Fue así que acabaron bajo el mismo soportal del barrio. Allí pasaron tantos veranos cuando eran jóvenes, riendo y comiendo dulces, viendo a las personas y la vida pasar.

No se dieron cuenta al principio, cuando entrar a compartir el mismo espacio bajo el mismo techo. Él llevaba el cuello de la chaqueta subida; había salido sin paraguas, y miraba el suelo para no pisar más charcos. Ella llevaba una chaqueta sobre un vestido, tacones y el paraguas. Pero no pudo abrirlo; la lluvia cayó de sorpresa, una cortina intensa de golpe. Y al igual que él, corría mirando el suelo para no pisar algún charco.

Cómo no, era otoño: no hacía ni frío ni calor. Era el tiempo perfecto para estas escenas tan… románticas.

Fue ella quien lo vio primero. Bajó la mirada rápidamente, comprometida. “Oh, no”, pensó. Mientras pensaba, él la vio a ella y se dio la vuelta instintivamente, nervioso. “Vaya”, pensó él.

Durante un momento pretendieron no conocerse, como si el accidente seguía siendo un accidente; que ella no estaba para él, ni él para ella. En lados opuestos del pequeño soportal, evitándose la mirada, la palabra, el pulso.

Pero ella se dio la vuelta justo al mismo tiempo que él, y sus miradas colisionaron sobre el fondo de lluvia. Por un momento, parecía que todo se detenía; no hubo ni sonrisa, ni gesto, ni aliento. El mundo se había detenido para dejar paso a ese pequeño, eterno instante de reencuentro.

Sus miradas quedaron fijadas, intensas. En realidad no pasaron más de dos segundos.

“Hola”, dijo ella.

“Hola”, dijo él, acercándose.

Un segundo de silencio; recuperaron el aliento.

“¿Cómo has estado?”, le preguntó él a ella.

Le miró, hacia arriba, porque era más alto que ella. Sus ojos brillaban y titilaban, como dos estrellas azules.

“Bien”, respondió bajando la cabeza.

El silencio no dejaba de colarse entre ellos, entre su amor imposible e indecible. Después de todo lo que habían vivido juntos, ahora parecía lo único que les quedaba; la herencia de toda una historia reducida a palabras calladas.

Él también bajó la cabeza, no para mirarla mejor, sino porque tenía que decirlo, tenía que confesarlo. La lluvia se hizo más intensa, como obligándole a hablar claro y alto.

“Lo siento”, finalmente dijo.

Ella levantó la cara para dejar ver las lágrimas que corrían por sus mejillas rojizas y suaves. Una fina sonrisa se dibujaba tímidamente, nerviosa, sincera; sonrisa de corazón.

Él comprendió, sonrió y, como hizo tantas veces antaño, le dejó un pequeño, detenido beso, ahora sobre el rastro de una de sus lágrimas. Ella cerró los ojos.

Pobres sobre ricos

—Los ricos viven de otra manera —me dijo.

—¿Perdona? —Estaba confuso. ¿Qué querría decir exactamente con eso?

—Los ricos. Esos chavales que han nacido del dinero, rodeados de posibilidades. Los ves por la calle intentando ser rebeldes, romper con lo preestablecido, sublevarse contra el sistema. Las gilipolleces de siempre…

—Ajá… Pero ¿qué pasa con ellos?

—No sé. Simplemente que andan por el mundo como si fuera suyo. Utilizan símbolos subversivos, que muchas veces a penas conocen, como una medida de orgullo; una bandera que enarbolar. Casi parece que es únicamente suyo y de nadie más.

Se hundió un poco más en el banco, callado. Su silencio hervía con emociones. Miraba la línea de edificios al otro lado de la calle. Una mujer había salido a su balcón para despolvar una alfombra.

—Pero nunca se olvidan de criticar —añadió. No sé qué era lo que le había incitado tanta agitación. ¿Acaso era la señora? ¿El barrio rico? ¿La vida que había tenido que llevar, víctima, siempre víctima?—. Aun cuando son rebeldes —prosiguió—, si los demás no son como ellos, ya sabes, el resto, los pobres, los conformistas, te critican y te juzgan.

Me quedé pensando en lo que estaba diciendo. Hasta cierto punto, empezaba a entenderlo, esa visión del mundo de los ricos, o cómo ese “estatus del dinero” lo marcaba todo. ¿O no era así…?

—¡Claro! —Volví a la realidad de lo que estaba diciendo—, si algo les sale mal, yo qué sé, que su rebeldía no era lo que esperaban, siempre pueden volver a los brazos de papá y mamá. Así de simple. Sea como fuere, si la sublevación les sale bien, les ha salido bien, es decir, que viven bien; si no, ahí tienen un colchón de dinero.

—¿Y a dónde quieres llegar con todo esto, viejo?

Me miró con unos ojos grandes y amarillentos. No era una mirada con ira, sino con ganas genuinas de re-atrapar mi atención, o comprobar que yo seguía allí, escuchándole; algo.

—A dónde quiero llegar, dice… ¡Pues a que los pobres no tenemos esos lujos!, aunque queramos, aunque digan que sí, todos esos charlatanes…

—¿Dices tener dinero…?

—¡No, ingenuo! No tenemos la posibilidad, la oportunidad de rebelarnos contra el sistema y sus imposiciones. No podemos no seguir la vida a la que estamos forzados a vivir. No tenemos opciones. Los ricos sí, aun cuando desprecian la herencia de su apellido y su familia, y deciden vivir en la calle con los mendigos, cometiendo alguna locura caprichosa. Incluso en esos casos, siempre podrán volver. De nosotros, ¿qué hay después de la rebelión? Sólo sigue habiendo más pobreza, tanta como de la que salimos en primer lugar… Nosotros no nos podemos permitir esas locuras.

Suspiró, abatido. Lo hizo como si había sido vencido por el peso de la verdad. Sus palabras, para mí, estaban medidas con experiencia: con una larga vida de contemplación y refreno. También llevaban cargadas un resentimiento que no llegaba a comprender de dónde nacía exactamente… Uno estaría tentado a pensar que se resentía ser pobre. Pero la forma en la que enaltecía su condición —lo llamaba, casi irónicamente, su “estatus”— y atacaba ferozmente a los que podían, incluso aquello que yo llamaba “normal” —la ubicua media clase—, hacían pensar que no era eso, sino un misterio del pasado, sin nombre. Siempre que le preguntaba, lo descartaba con un “nada”. Fin de la conversación.

No dije nada ni añadí nada. La verdad es que no sabía qué decir. Me abstenía de opiniones. Mi padre, casi en la misma línea de pensamiento que este viejo cascarrabias, siempre decía: “las opiniones, hijo, son para quien pueda tenerlas. Y nosotros no podemos tener ni pan”. Así que, me conformaba, hasta cierto punto, de ser lo que era. Sin más. También creo, cuando me permito pensar un poco, que hablar de ser pobre es de mal gusto. Simplemente, de esas cosas no se hablan. Es casi un tabú.

Se levantó y se estiró. Sin decir palabra, giró hacia la derecha y empezó a andar. No recorrió más de ocho metros cuando se paró y sin darse la vuelta, dijo: “¿vienes o qué haces, chico?”. Me levanté de un brinco y corrí a su lado. Recorrimos el barrio lo que quedaba de tarde.

Encuentros

II

La calle tenía sombra. Era aquella parte de la ciudad, la Antigua, como solía llamar Juan, donde aún había castaños en las aceras. En el centro los habían quitado, paulatinamente, con aquellas obras de «mejora y restauración» promovidas por el dichoso ayuntamiento. Ahora quedaba una ciudad desnuda, de fría, piedra caliente, según la estación.

David iba delante, claramente tomando la iniciativa de un camino que era puro azar. Juan iba distraído, como siempre, disfrutando tal vez de aquella calle, con sus castaños de indias decenarios, dando sombra a una calle de la ciudad que sobrevivía así.

—¿Qué? —David se había parado, mirando con una sonrisa a un Juan que estaba más en las nubes—. ¿Bonito, eh? —dijo con humor.

—¿Eh? —titubeó Juan, parándose en seco, mirando a un David que sólo sonreía— ¿Qué dices?

David rió.

—¡Nada, hombre, nada! —dijo, y añadió— Mira, allí —otra vez apuntando hacia un punto del dondesea.

Había una tapia cubierta por jazmines en flor. La vista de aquella calle, tranquila como era, acababa en una tapia tapizada con las flores del verano. Era una tapia alta, de aquéllas que se alzaron por toda la ciudad durante la Guerra Civil. Era una tapia de las que ya no se veían, de ladrillo rojo endurecido en hornos altos de piedra. El clásico ladrillo.

—¿Qué crees que hay al otro lado? —preguntó David, una vez que la alcanzaron, mirando hacia arriba, donde se descolgaban las ramas de los jazmines.

—¿Un jardín? —sugirió Juan, también mirando hacia arriba.

Los dos contemplaban aquello como un descubrimiento propio de una ciudad que, por su historia y alcance, era virtualmente inagotable.

—Descubrámoslo —dijo David finalmente, tirando de la camiseta de Juan, con aventura en su voz.

—¿Que qué? ¡Un momento! —exclamó Juan, un poco alarmado.

David se dio la vuelta, con una sonrisa de emoción en la cara. Si había algo que aquel chico quería hacer, era saber qué había detrás de aquella pared.

—¿Qué pasa? —le preguntó a Juan—. ¿No te vas a atrever a conocer el mundo detrás de esta pared?

Juan vaciló durante un momento. Estaba dudando entre hacer una locura, una de las primeras de su vida con un chico que acababa de conocer, arriesgar a que le pusiesen una multa que luego tendría que explicar a sus padres, o darse la vuelta y volver por la calle por donde habían venido, de vuelta a aquella cafetería, a su soledad.

—¡Venga, vamos! —dijo al fin, pero no sin sentir antes cosquillas en la planta de los pies y en la palma de las manos. Podía sentir cómo la adrenalina se acumulaba en su sangre, su corazón palpitaba cada vez más deprisa, sudaba; quería hacerlo.

Siguieron la tapia hasta que ésta hacia esquina con un solar. Era mucho más grande que el anterior, pero desierto de cualquier vida urbana, con pintarrajeadas envejecidas por la lluvia y el viento. Había un par de chopos, viejos, marchitándose con el sol, desvencijados por el tiempo y la soledad de aquel páramo metropolitano. Era otro monumento al abandono de la ciudad.

Con David por delante, los dos entraron en el solar. La verja se había caído hacía muchos años y nadie se había preocupado en colocarla de nuevo en su posición original, así que supusieron que no pasaría nada si pasaban. La tapia seguía hacia el fondo del solar, donde se encontraba con otra pared. Afortunadamente (¿quizá el destino?), en la junta de ambas paredes, los ladrillos estaban desgastados y debilitados, y ya fuese el viento o la lluvia, se habían derrumbado hacia el interior, hacia aquel mundo desconocido que David tanto quería conocer.

—¡Eh, mira! ¡Aquí! —exclamó emocionado David al descubrir tal abertura en la pared.

Juan, sin saber por qué, también estaba emocionado.

—¿Cabemos? —le preguntó a David que ya estaba subido con un pie en el otro mundo.

—¡Claro que cabemos! —replicó con emoción.

Juan sólo le miraba intentar colarse en aquel misterio, pero también empezaba a sentirse preocupado. El solar estaba muy descubierto, y aunque no hubiese edificios, casas o tráfico cerca, aun se sentía observado y desprotegido.

—¡Venga, ahora tú! —de repente gritó David desde el otro lado—. ¡Tienes que ver esto!

—¡Va, ya voy! —Juan estaba intentando seguir los pasos de David para cruzar.

—¿Te ayudo? —preguntó David, desde una lejanía. Al parecer se había adentrado en el jardín detrás de la pared—. Venga, sí —dijo, regresando.

—No, no te preocupes, que puedo —dijo Juan que, sin querer admitirlo, en verdad sí necesitaba ayuda; se había quedado atascado.

—Ya veo que puedes… —se burló David, riéndose mientras se subía al montón de ladrillos caídos—. A ver, dame la mano.

Juan le miró, primero con impaciencia, después con derrota. Cogió la mano de David, que tiró un poco de él. Su pantalón quedó libre, pero la fuerza del tiro hizo que se echase sobre David. Los dos cayeron sobre un montón de hojas resecas del otoño pasado, sin más consecuencias.

Aturdidos de la caída, los dos intentaron ponerse de pie. Juan se dio cuenta de que había caído sobre David, que aún estaba intentando recomponerse después de caer de espaldas. Sus caras quedaron a pocos centímetros. Antes de que David se diese cuenta de la situación, Juan se levantó:

—¿Estás bien? —preguntaba preocupado mientras ayudaba a David a levantarse. También le ayudó a quitarse las hojas que se habían quedado pegadas a su camiseta—. ¿Te has hecho daño?

—Estoy bien, tranquilo. —Sin ponerse del todo recto, agarrándose las rodillas, respiraba despacio para no marearse—. Ahora estoy bien —calmó a Juan con una sonrisa.

Recuperados del susto, por fin vieron lo que había detrás de la pared.

Encuentros

[Ya era hora de que experimentase con este género tan bonito de amor, sin miedo.]

I

—¿Qué haces aquí? —le preguntó un chico que se había acercado a la mesa—. Ya sé que parece raro, pero llevo aquí una hora y no he podido evitar fijarme en que estás solo.

—Y lo estoy —dijo con gravedad.

—¿Alguna razón en particular?

—Era el sitio más tranquilo que conozco en toda la ciudad.

—¿Puedo sentarme contigo? —preguntó el chico, pidiendo permiso con la mano para sentarse en la silla de enfrente.

—¿No te espera nadie?

—No.

—¿Entonces tú también estás solo? —No encontraba mejor explicación a por qué un completo desconocido hubiese decidido sentarse con él.

—Sí. —Sonrió.

—Siéntate, entonces.

—Gracias.

Se miraron durante un momento, tal vez averiguando las palabras, tal vez aclarando los sentimientos encontrados.

—Entonces somos dos solos —le dijo a su desconocido.

—Bueno, ahora estamos juntos. —Se rieron los dos.

Después de un rato, aquel desconocido le dijo:

—¿Ésa es la única razón por la que estás aquí, porque es el sitio más tranquilo?

—Es el sitio más tranquilo que conozco para escribir —respondió con una sonrisa.

—¿Escribes? ¿Qué escribes? —preguntó el desconocido.

—Un poco de todo. Ahora sólo estaba garabateando pensamientos —Se quedó pensativo.

Su recién descubierto acompañante decidió tomarse un sorbo de lo que parecía un café. Frío ya.

—Hemos dejado claro que yo estaba solo —dijo de repente—, pero tú has dicho que llevas aquí una hora… ¿Tú acompañante se ha ido? —preguntó.

—¿Quién ha dicho que haya tenido acompañante? —respondió con una sonrisa pícara, y un poco de espuma en el labio superior que se estaba relamiendo.

—Entonces eres un solo de los míos, ¿no?

—¿Y qué tipo de solo eres ? —inquirió con curiosidad.

—El solo por necesidad y por accidente, supongo —dijo con un suspiro.

—Es decir, eres solo porque te pasó ser solo, ¿me equivoco?

—Algo así, sí —expresó con cierto cansancio.

—Entonces no, no soy «de los tuyos». Soy solo un poco por decisión propia.

—¿«Un poco»? —matizó.

—Sí… Bueno, ha sido un poco por accidente, también.

—Entonces, eres un poco de los míos. —Los dos volvieron a reír.

—Bueno… —Sonrió el desconocido.

Había llevado un pequeño cuaderno a aquella cafetería, y en el que estaba garabateando un poco de todo. Pero con la llegada de ese desconocido, ahora sólo hacía rayas sin cuerpo ni sentido.

—Me llamo David, por cierto —le dijo, alargándole la mano.

«Ahora ya no es “el Desconocido”», pensó.

—Yo soy Juan, aunque todo el mundo me llama J —le confesó.

—¿Jota? Encantado, J —dijo David con otra sonrisa, y añadió después de un rato—. Y ¿por qué?

Juan se rió.

—Porque yo se lo hago a los demás. A ti te acabaré llamando D cuando menos te lo esperes.

David sonrió.

De, ¿eh? Creo que me gusta.

—Te pega. —Primero sonrió Juan, después David.

Juan volvió a su cuaderno, línea tras línea. David lo observaba disimuladamente desde el borde de la taza de café que se había llevado a la boca, tomándose otro sorbo frío.

—Este café ya está muy frío. ¿Te apetece que demos una vuelta? —preguntó después de dejar la taza en la mesa.

—¿Y adónde quieres ir?

—Adonde nos lleven los pasos. ¿No te parece una buena idea?

—Me parece una terrible idea, pero te seguiré. —David se rió.

—Ése es el espíritu —dijo. Juan le miró y sonrió.

Dejaron el dinero justo en la mesa, pero David quitó la parte de Juan y le dijo con otra sonrisa pícara:

—Me apetece invitarte.

Juan le miró con algo de sorpresa, pero aceptó el gesto sin decir más.

Salieron del local. Serían las cinco de la tarde y la calle empezó a llenarse de personas, de parejas que iban hacia el centro, de amigos que iban a la plaza. En todas direcciones, personas con caminos aparentemente definidos.

—Tú dirás —le dijo a David.

—O no. A ver, ¿adónde te llevan los pasos? ¿Adónde te apetece realmente ir?

—No sé, ¿hacía allí? —dijo señalando la plaza.

—Pues entonces iremos por aquí —Decidió David, apuntando en el sentido opuesto. Juan le miró con impresión. David se limitó a sonreír.

Después de recorrer tres calles al azar, Juan le preguntó:

—¿Por qué has hecho eso?

—¿Lo qué? —dijo David intentando ser gracioso —. ¿Preguntarte y luego decidir yo, dices?

Juan le miró afirmativamente.

—Mi experiencia me ha demostrado que las personas suelen decidir por lo que creen que les apetece, y no por lo que les apetece de verdad. Supuse que la plaza parecía lo más normal. Yo no quiero que esto sea normal. —Volvió a sonreír. Juan sólo pensó, «esto no es normal».

—Pero si quieres, podemos hacer lo normal: damos la vuelta y volvamos a la plaza —dijo David después de un rato.

—¡No, no! Ahora quiero ver «adónde nos lleven los pasos» —dijo Juan con una sonrisa pícara.

—¡Touché! —Los dos rieron.

Anduvieron un poco más por una de las calles de la ciudad, con sus balcones desnudos intentando aliviar el calor de un junio veraniego. De repente, David se paró en seco y apuntando hacia un punto indeterminado, exclamó:

—¡Ahí! ¡Ahí vamos!

—¿Adónde?

—¡Ven! —Señaló a Juan para que le siguiera.

Después de recorrer los 70 metros y pico que les separaba de su destino, David se sentó en unas escaleras con sombra. Juan se sentó a su lado y le miró:

—¿Esto? —preguntó un poco confuso.

—Sí. ¿No te gusta?

Juan se quedó en silencio. No sabía qué decir.

—No es normal —dijo David después de un rato, viendo que Juan no decía nada.

Después de un silencio reflexivo, Juan dijo:

—Empiezo a pensar que tienes un problema con lo normal.

—Tal vez lo tenga. No te lo voy a negar.

—¿Por qué? Es… ¡Lo normal!

—Exactamente —sentenció David. Pero después de un rato, añadió—: la normalidad está sobrevalorada. Y sobreestimada. Y no me gusta. Dejó de gustarme hace mucho tiempo —confesó—. Me parece aburrida.

Juan no dijo nada.

—Todo el mundo quiere cosas normales —siguió diciendo David—: una vida normal, unos amigos normales, unos amores normales. ¿No te suena aburrido?

—Puesto así…

—Lo es. Créeme… —David se quedó pensativo.

—Supongo que demasiado normal es malo, como todo —dijo Juan. David no dijo nada. Estaba en su mundo.

Delante de ellos había un solar, abandonado en medio de la ciudad. La luz del sol se colaba entre los edificios y proyectaba sus sombras sobre el fondo. Las paredes estaban bañadas con graffiti, ese silencio grito popular que reflejaba todos los sentimientos callados y normales. También se podía ver cómo el solar era frecuentado por los niños, como patio de juego. Los carteles vestían una valla caída y dividida por las gentes. Ya no había nada que separase ese solar encajado del resto de la ciudad. Era otro solar conquistado.

—No quiero vivir una vida aburrida —de repente dijo David.

Juan le miró. Había llegado a ese rincón de la ciudad pensando en David como un simple desconocido, pero en ese momento algo dentro de él cambió y su visión de David cambió con ello. Ya no era un desconocido:

—Haces bien —le dijo Juan.

David alzó la mirada. Llevaba ya un rato mirándose los zapatos o el quiénsabe del suelo.

—Me gusta ese solar —dijo—. Me gusta porque es sencillo, familiar. Quizá sea un poco íntimo, pero sobre todo, es la otra cara de esta ciudad tan abrumadora.

—A mí me gusta cómo la luz se cuela entre los edificios y acaba ahí —añadió, señalando un punto cualquiera del solar.

—Es cierto. —David volvió a sonreír.

Los dos se quedaron mirando el solar, compartiendo una visión distinta. Una pareja de mujeres pasaron por delante, con bolsas de plástico, hablando alto. Les vieron de reojo y siguieron su camino.

—También lo normal puede ser interesante, ¿no? —dijo Juan después de un rato.

—Supongo —respondió David, escéptico—. Mi experiencia me dice lo contrario. Pero también me dice que cualquier cosa puede pasar —. Juan sólo asintió levemente.

—Oye, ¿te apetece dar una vuelta? Conozcamos el barrio —sugirió David, levantándose con vitalidad de la escalera—. Se me está quedando el culo dormido —dijo, riéndose.

—Venga, vamos —dijo Juan, también levantándose, con ánimos —. ¿Derecha o izquierda?

Pinto, pinto, gorgorito… —Empezó a cantar David. Después de terminar, dijo enérgicamente— Por ahí. —Siendo ahí la derecha.

Sus pasos determinaron el camino aquel día de anormalidades. Aún quedaba una larga tarde. Desaparecieron por la esquina, hacia un mundo desconocido lleno de posibilidades.

El amor que acalla

— ¿Qué pasa en el mundo?

— Silencio.

— ¿Qué dices?

— Que por fin hay silencio.

— Sí, es raro.

— Hablaban de paz, al fin.

— ¿Sí?

— A mí también me cuesta creerlo, pero ¿quién sabe? Los milagros tal vez sean de verdad.

— O eso, o que Nuestro Señor ya tenga a quien amar.

Sólo quedó ahora el silencio. Todos los ecos y los quebrantos del corazón se callaron, todos los fantasmas del pasado, esfumados. No proferían gritos los deseos ni había quejas de los miedos.

El hombre sintió cómo todos sus órganos armonizaban, cómo su ser se hacía uno y encontraba, por fin, después de tanta búsqueda, su lugar en el mundo.

El hombre amaba. Su mente, su alma y su corazón, por primera vez en mucho tiempo, hicieron las paces. Y hubo silencio; hubo felicidad.

 

La Mirada.

Ahí estaba, mirándome.

De repente, mi esquina se convirtió en una encerrona. De no haber estado ahí, hubiese disimulado una vista hacia atrás para comprobar que, en efecto, no me estaba mirando a mí, sino a alguien detrás de mí. Pero detrás de mí sólo había pared.

Así que, sí, nuestras miradas se tropezaron, no sin querer, queriendo.

El joven llegó con mi té templado y con azúcar. Intenté volver a mis palabras, a ese lugar seguro, pero la persona que acompañaba a aquella mirada me distrajo. No sé si era la belleza o la sonrisa que lanzó cuando miré por segunda vez, pero había algo de atracción y distracción a partes iguales.

¿Por qué notaba que el corazón se me aceleraba? ¿Por qué empecé a sentirme tan nervioso? El local estaba casi vacío, la libertad seguía siendo la misma. Pero esa mirada…

Dicen que a la tercera va la vencida: mis nervios sólo marcaron su sonrisa. «Va a venir, y lo sabes», me escuché decir. Y me escuché responder inmediatamente después, «y también sabes que eso sólo pasa en las películas».

Lo que pasaba era una mirada que no estaba perdida o que era curiosa; todas esas miradas pasan. Esta mirada, sin embargo, tenía algo de querer continuar mirando. Era una mirada que llevaba a algo más. Era una mirada que decía hola.

— Hola— escuché. Levanté la mirada del papel (había pasado de escribir a garabatear) cuando lo vi, una mano delante de la sonrisa y la mirada —. ¿Puedo acompañarte?

Dudé. Dudé mucho. Y durante mucho tiempo. «¿Por qué?» pensé.

— Claro— instintivamente dije.

Otra sonrisa.

— ¿Qué haces?

— Estaba… Estoy escribiendo.

— ¿El qué?

— Una historia.

— ¿Es una bonita historia?

— Aún no lo sé.

— Eso se debería saber, ¿no crees?

— Lo dejo un poco a la improvisación.

— Como la vida misma.

— Exacto, como la vida misma.

Me sonríe otra vez. Toma entre las manos su café. Yo pretendo escribir en mi cuaderno, palabras y frases sueltas, sin conexión.

— ¿Por qué?— me preguntó de repente.

— ¿Por qué… Qué?

— ¿Por qué… — dudó un instante—… todo?

«¿Por qué todo?» repetí en mi cabeza. «Esos son demasiados porques», pensé.

— ¿Todo?— repetí.

— Sí, todo— me confirmó —. ¿Por qué escribes? ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué aquí para escribir?

— Estar aquí ha sido más azar que plan. Escribir, eso sí que es plan. Y escribo aquí… Porque me gusta escribir en cualquier lado.

Hubo de repente un silencio. Me miró inquisitivamente. La sonrisa dejó paso a una emoción de verdadera curiosidad que marcaba todas los rasgos de su rostro. Era de verdad.

— No creo que sea por azar— finalmente dijo—. Sólo piensa que estás aquí— remató con otra sonrisa.

«Aquí» hizo eco en mi cabeza. Nos miramos durante un momento, que se hizo largo sin que nos diésemos cuenta.

Cuando al final sonreí, había comprendido que ahí empezaba mi historia, en un café de la ciudad.