Donde sangra el amor

Cerraron el parque. Reseñas en el periódico local y un breve informativo en la televisión regional decían que una investigación policial estaba en proceso, que un grave crimen se había cometido en el Paseo de las Rosas, justo al lado del Palacio. Pero no dieron más detalle. Una cascada de tuits de usuarios del parque indignados inundó rápidamente la red en pocas horas, pidiendo explicaciones, pero nadie —ni nada— aclaraba más.

A la mañana siguiente lloviznaba y el frío atenazaba las manos. Los viandantes pasaban rápido por la acera, sin importarles lo que allí había pasado. Me acerqué, como pocos curiosos, a la única entrada permitida al público, ahora firmemente cerrada. Era un gran portón de hierro forjado que, como informaba una placa ya oxidada, databa del siglo XIX. Allí asomé la cara por entre las barras para ver si podía ver algo, pero los árboles siempre han sido densos en este parque y ofrecían la intimidad por la que era conocido.

—Llevan 40 años sin cerrarlo —dijo de repente un anciano que, como yo, se había plantado delante del portón—. Después de la Guerra decían que nunca más lo cerrarían, no como hizo El General… —Se quedó callado.

De fondo el asfalto mojado silbaba bajo las ruedas de los coches y la gente seguía pasando en silencio bajo los paraguas.

—¿Y qué crimen será? ¿Usted sabe algo? —pregunté tímidamente.
—Lo que todo el mundo, ese grave crimen en el Paseo de las Rosas… Espero que no sea nada. Ya sabes cómo somos aquí, siempre unos exageraos. Y a quién no le gusta una buena historia, sobre todo en esta ciudad en la que nunca pasa nada —añadió con una agria risa.
—Sí… —sólo pude añadir.

Y con un ademán, se colocó el abrigo y un sombrero raído, y desapareció por el paseo. Yo seguí plantado delante de ese portón un rato más.

Más tarde aquel día me enteré que habían matado el amor. De un mal flechazo. Mucho se dijo sobre el “Cupido Loco”, como le llamaron los medios de comunicación: que a quién se le ocurría andar por la ciudad con flechas bajo el abrigo; que si la policía no tenía un control de esas armas; que seguramente hubo alguien que vio las flechas, que esas cosas no eran fáciles de ocultar, que si abultaban; que si no había forma de rastrear la compra, que seguramente no había mucha gente comprando flechas. Pero poco se habló sobre la muerte del amor.

Lo que me pareció curioso fue el comentario de los forenses. Dijeron que la sangre salpicó un rosal cercano, la variedad blanca más pura que el Rey Alcalde mandó plantar en ese parque en honor a su esposa. Los expertos temían que las manchas de sangre harían que la próxima primavera floreciesen rojas y que no había nada que se podía hacer. Muchos entonces se lamentaron —y cabrearon— con tal accidente, del descuido y de la pérdida histórica del parque. “Irreemplazable”, se repetía por todos lados.

El Ayuntamiento no tardó en publicar un comunicado en el que informaban de que harían todo lo posible por mantener la “integridad de la belleza” del parque y que tomarían todas las medidas necesarias para preservar su estado original, incluyendo el transplante del rosal afectado por otro sano.

No faltó quien dijo que el rosal afectado, apodado irónicamente como “Sangre de Amor”, debía quedarse como un monumento homenaje, pero pronto llegó el aluvión de quejas que acalló la propuesta. En su lugar, hubo preocupación sobre si la variedad blanca aún existía, si aún había plantas disponibles o viables, o si había cultivadores especializados que pudieran donar un ejemplar al parque.

“Sangre de Amor” | Pinterest

Y en efecto, poco después de que la noticia recorriese toda Europa, un jardinero francés declaró que su familia había estado cultivando esa variedad durante generaciones y que fueron antepasados suyos los que regalaron los primeros especímenes a un rey francés para que los usase en su lustroso jardín. Que fue en la época, llevados por la moda de copiar dichos jardines, que el monarca español adquirió unos ejemplares y los plantó en estos, ahora parque, detrás del Palacio, como era ya conocido. Y que estaba dispuesto a donar un ejemplar para reemplazar al daño, sin costes. Un gesto que el Ayuntamiento notablemente agradeció.

Volví al parque sólo para ver cómo se llevaban aquel rosal rojo, dañado, teñido de sangre, profanado. Para mi sorpresa, el viejo del portón también estaba allí.

—Matan al amor y se llevan la rosa —dijo, tácitamente enfurecido.

Para nuestro consuelo nos enteramos que no lo destruirían, sino que lo plantarían en la gran rosaleda de otro parque cercano, para que los nostálgicos como yo pudiéramos visitarlo cuando quisiéramos. Pero no en este parque.

—¡Un momento! —grité a los jardineros que se estaban llevando el rosal—. ¿Puedo llevarme una rama?

Uno me miró extrañado.

—Claro —Y accedió a mi petición, entregándome una rama generosamente grande.

Volví al anciano y partiendo la rama en dos, le dije:

—Tome. Cuando llegue a casa, métalo en agua tibia con algo de azúcar. Si le queda algo de amor, un poco de dulce calor hará el truco. Cuando vea las primeras raíces, plántelo y cuídelo. Con poco que lo quiera, crecerá rápido. Es un truco que me enseñó mi madre hace mucho.

El anciano no supo qué decir más que un “Gracias”, a lo que me dio la mano emocionadamente y se fue con una sonrisa.

 

En mi cabeza

En mi cabeza, el próximo martes no tendré otra obligación que bajar a Madrid e ir al parque. Al mismo parque que un día, ahora se me antoja hace mucho tiempo, en el que los dos dimos un paseo definitivo. 

En mi cabeza, el martes no lloverá, pero sí lloviznará. A ratos. El tiempo será tal que los madrileños pasarán de largo de la entrada del parque y, a excepción de unos cuantos melancólicos y raros como yo, estará virtualmente vacío. Así que disfrutaré de la paz y la soledad que tan pocas veces se puede disfrutar en un parque de la ciudad. Además, el frío de noviembre apretará y casi todo el mundo, en esas condiciones, prefiere estar en su cálida morada. Pero no yo. 

En mi cabeza, yo iré vestido con mi abrigo negro ya necesario, abotonado hasta el cuello, con las manos en los bolsillos que quedan a la altura del pecho, y caminaré lento,  absorto en algunos pensamientos. Pensamientos, para ser exactos, sobre ti, sobre nosotros. 

Veré alguna pareja, los dos agarrados del brazo, pasar a mi lado. La gravilla mojada crujirá bajo las zapatos. El vientecillo agitará las altas ramas. Las gotas de lluvia mojarán la tardía hojarasca de otoño. Se escuchará algún pájaro asustadizo batir las alas entre el follaje, escapando de mi caminar a medida que me adentro en el parque. Y a medida que avanzo, voy dejando atrás las voces de los otros paseantes que prefieren dar vueltas por los jardines centrales. De lejos, aunque estemos en el centro de Madrid, se escuchará el rugir incesante del tráfico que sube por la Cuesta San Vicente. 

En mi cabeza encontraré un banco que me llame, que estará solitario, que parecerá cómodo y me invitará a sentarme. Y lo haré. Acomodaré el abrigo para que el pantalón no se moje y me acurrucaré de tal modo para conservar todo el calor posible. Miraré hacia arriba para contemplar ese cielo plomizo del que cae esta llovizna que no cala, pero que moja. Y meditaré las palabras que tan ansiosamente te quiero escribir. 

En mi cabeza habré reunido el coraje —o la indiferencia— suficiente para sacar el móvil, abrir tu conversación y empezar a teclear todo lo que mi corazón calla. Y estaré tan decidido que escribiré todo sin releerlo, sin volver sobre las líneas anteriores para asegurarme de que lo he dicho bien. Porque eso no me importará ahora. Lo que importará es que te diga todo lo que te quiero decir. 

En mi cabeza, cuando termine, cerraré los ojos y respiraré profundamente el aire cargado de humedad. Notaré, quizá, que el corazón se me ha acelerado un poco, que empieza a latir un poco más fuerte. Sentiré una emoción en el pecho. Como pesado. Pero abriré los ojos y enviaré todo lo que he escrito. Sin remordimiento.

En mi cabeza, entonces, me levantaré del banco y continuaré mi paseo como si nada hubiera pasado. Como si lo que he hecho fuera lo más sencillo y normal del mundo. Como si dentro de mí, en ese momento, no circulasen acelerada y atropelladamente mil emociones ni sentiría que hubiera cometido el mayor error de mi vida. 

En mi cabeza, saldré del parque y… En este punto no tengo muy claro si prefiero caminar ahora por las calles de la ciudad o dirigirme a la estación de buses y regresar a casa. Lo único que sé es que, en mi cabeza, intentaré evitar mirar el móvil para ver si has respondido y, sobre todo, si has respondido como yo fuertemente espero (quiero) que respondas. 

Pero claro, en mi cabeza todo es posible. Incluso que yo te escriba. 

Ella

Lluvias de acero
y corazones de arena;
tiempo entero
y amor eterna.

Así te imagino
de fantasía llena,
de luz y alegría,
y magia y poema.

Así eres tú,
un momento, 
un instante; 
un respiro en mi pena. 
Algo sutil, 
efímero y brillante. 

El corazón de hielo

El último rechazo —de tantos— le dejó helado. Del puro impacto, la mirada se le rompió en mil fragmentos que se esparcieron por el suelo. No eran lágrimas, simplemente que su frágil visión sobre el mundo por fin se había roto. Perdió el brillo que tanto le delataba cuando sentía algo y el color de sus iris, quedándose con dos ojos negros que no podían ver nada. 

Y es que ahora, con una mirada rota, no podía captar la luz o el calor, o la esperanza, y consecuentemente su corazón se enfrió poco a poco, hasta que se hizo de hielo. Inevitablemente. 

Al principio se asustó, pero al igual que todo el mundo, sabía que no había curas para un corazón de hielo. Al menos no una inmediata. Y de todas formas, aun si la hubiera, para él ya era demasiado tarde. 

Así que desistió en buscar el amor. Lo dio por perdido. “Ya está, no es para mí” se dijo, con resignación, y tanto como pudo, intentó seguir con su vida.

| Happy Tea (Teea)

Por si acaso, se documentó sobre su estado. Leyó una obra llamada “Manual para los descorazonados” —aunque él no fuera uno— y aprendió que si un corazón permanecía congelado mucho tiempo, podría volverse de piedra. “Entonces sí que no habrá cura” pensó. Pero el manual no decía mucho más: «cualquier corazón puede resistir tantos rechazos hasta que se congela, ni más ni menos […] Hasta cierto punto, es mejor tener un corazón congelado que tener un des-corazón: deshelar requiere menos esfuerzo que rehacer» añadía el autor. Aunque no le tranquilizó, sí encontró cierto alivio en esas palabras. 

Pasó a leer otro libro, esta vez más médico que técnico —no recuerdo el título—, y comprobó todos sus síntomas: «cuando uno es rechazado, aparecen las siguientes fases: una primera de pérdida de la duda», y pensó cómo se había convencido de que ya no podía ser amado; «una segunda fase de pérdida de la memoria y de las habilidades psico-somáticas: el sujeto empezará a sentirse menos capaz de amar, y al igual que una extremidad malograda, el corazón perderá sensibilidad. Si no se trata esta fase, el sujeto perderá la capacidad para registrar emociones de amor, y por tanto, el corazón se congelará». “Después de tantos años, obviamente no podía ser menos que un estado crónico”, y pensó en su corazón de hielo. Siguió leyendo: «el síntoma final es la pérdida de la esperanza. Pocas veces se ha diagnosticado una pérdida de esperanza y los casos en los que sí, los sujetos no han sobrevivido. Si el sujeto empieza a sentirse desesperanzado, debe acudir a urgencias inmediatamente para una transfusión de emociones. Esta tercera y última fase implica la pérdida del concepto de amor, el olvido absoluto, la incapacidad para sentirse consecuentemente feliz y, en los peores casos, pérdida del ser».

“Aún hay esperanza” pensó. Para bien, o para mal, el sentimiento del amor no es tan fácil de olvidar. Es una… habilidad que, por sí sola, presenta mucha resistencia ante esta enfermedad del corazón rechazado. El amor solo causa esperanza, y la esperanza alimenta la idea del amor. Es como un círculo vicioso, algún tipo de mecanismo de seguridad del organismo que para el avance del rechazo.

No obstante, aunque no había perdido aún la esperanza, sí había perdido la ilusión. Ahora era incapaz de sentir algo cuando alguien le lanzaba una mirada y una sonrisa al mismo tiempo, por ejemplo; o se encontraba con alguna mirada perdida en el metro. Un gesto tan simple, en él ya no despertaba nada.

Tampoco le preocupaba mucho, más que nada porque en ninguno de los textos pudo leer algo sobre la ilusión, así que supuso que no era tan importante como el mundo le había hecho creer. 

Aun así se andaba con cautela. Pensó que a lo mejor el problema no era él, sino el mundo; que a lo mejor a todos les pasaba que no encontraban su amor (prometido); que a lo mejor el amor inevitablemente se acababa y el corazón se congelaba; que a lo mejor el amor no era algo eterno, sino que era un instante, un abrir-y-cerrar-de-ojos, un puf y ya está, y a él se le había pasado. Se consolaba pensado en esas cosas, y en éstas otras: que como la vida misma, nada duraba para siempre. O tal vez, y sólo tal vez, era el rechazo lo que no duraba siempre y el corazón, con alguna primavera de emociones, por fin se deshelaría y volvería, como debía ser, a su estado natural: ilusionado, activo, ferviente, entusiasta, emocionado… Aceptado y correspondido. No estaba seguro. 

Mientras tanto, no había respuestas para todas las preguntas que tenía. Quizá nadie quería hablar de ello. Quizá nadie quería saberlo. Quizá nadie quería decirlo… y estamos todos, en realidad, en un poco de simple y loca soledad. ¿Quién sabe?

Amor de noche

Qué tontería, ¿no? Enciendo el móvil, desbloqueo la pantalla; navego por los contactos, abro para escribirte: te veo en línea. Y me paro. Me paro un instante para pensar qué te diría. Bueno, me paro a pensar que quiero decirte algo, pero no sé el qué; no sé cómo, es todo tan complicado. Me paro a pensar que me gustaría que fuésemos conocidos de hace mucho tiempo; más aún, me gustaría decirte sin más: «te echo de menos», y que significase algo. Pero no significa nada. Quizá también me gustaría arrancarte una sonrisa al otro lado de la pantalla y que me respondas: «yo también», pero sólo habría silencio en esta realidad en la que vivimos. Al final del momento, lo único que pienso es que no te diré nada, que no sé qué decirte; que es una tontería. Cierro tu contacto, salgo de la aplicación; con un último suspiro callado, apago la pantalla. Lo miro otra vez, por enésima vez, pensando que ha sido otro intento fallido, que nunca me superaré; que sólo es una fantasía, un sueño, un capricho en mi mente. Un amor de noche. Mañana me levantaré y tal vez haga lo mismo, tal vez no; cada vez son menos las veces. Aún te tengo en mis contactos; de vez en cuando, aún te miro y pienso en estas cosas. Qué tontería, ¿no? 

“Me paro un instante para pensar qué te diría”

El último agosto

Estaba sentado en la penumbra reposando sus largos y grises dedos en las teclas llenas de polvo de aquel piano inmemorial. Era un piano sin lutier, sin marca ni número; sólo historia. Ni siquiera tenía nombre, y si lo tenía, hace mucho tiempo que lo perdió. Era un piano anciano, tan anciano como la melodía que estaba a punto de tocar.

«No debes tocar esta melodía a menos que sea totalmente necesario», me advirtió un día. «Es muy poderosa». Lo único que sé de ella es que está en la tonalidad de mi menor; las notas me son completamente desconocidas, y aunque las supiera, no las puedo escribir.

Me reposaba sobre el marco de la puerta aquella tarde de agosto, mientras afuera cantaban los grillos, cuando se puso a tocar la melodía. Las notas del piano no sonaban sólo a notas, sonaban a algo primordial, como el aire mismo por las que viajaban. Sonaban a tierra, a trueno, a vacío y tiempo. Era una melodía que invocaba algo en mí y las escuchaba como la propia voz del eco.

El viejo piano y el viejo del bosque

Pronto la casa sólo sonaba a piano: mis manos temblaban con la melodía, las ventanas vibraban, el silencio tomó por voz aquel sonido y se escapaba por las ventanas abiertas. La música se hizo grande, como una criatura mágica, y pronto ni hubo tiempo, ni mundo, ni calle ni casa. Sólo melodía en mi menor.

De repente el cielo se estremeció y el viento se levantó. Eso me sacó del trance y me asomé a la terraza para ver un frente de tormenta que se cerraba desde el sur.

—¿Qué haces? —le pregunté. No me hizo caso, siguió tocando.

Volví a la terraza. El viento venía con fuerza ahora, como si anunciara un presagio; algo iba a ocurrir. Ráfagas furiosas levantaron nubes de polvo que se arremolinaron en columnas y desaparecían. Los árboles se agitaban con violencia, claramente atacados por aquel elemento. Me parecía que tenían miedo, como si quisieran desarraigarse y salir corriendo. Los últimos pájaros volaban a su refugio, peleando contra la corriente que les arrastraba por los aires.

—Por favor, para —le dije. El piano seguía.

Llegó a tal punto que el viento empezó a arrancarle las hojas a los árboles y salían volando como balas llevados por aquella furia. Algunas se estampaban contra la pared o la ventana con un sonido seco. Las vallas temblaban, el metal chirriaba y los tejados empezaron a silbar. Las ventanas abiertas ahora gritaban, con las cortinas hinchadas a punto de explotar.

Empecé a correr por la casa bajando persianas y cerrando puertas. Cuando me aseguré que todo estaba cerrado, volví a la terraza acompañado por mi pequeño guardián.

—Amo, esto no me gusta —me decía mientras se escondía tras mis piernas, atemorizado.

—A mí tampoco —le decía con preocupación.

Veía como las nubes ganaban velocidad y pronto tapaban el cielo azul, y ocultaban el sol. Se movían vertiginosas unas tras otras, claramente en respuesta al piano. Así es como un mago anuncia su presencia.

Una gota gorda me impactó en la mejilla: ahora empezaba a llover. Gota tras gota, el rugido del viento se llenó de lluvia y se hizo ensordecedor. El polvo dio paso al barro, la calle se hizo río y las ventanas ahora se llenaban de agua, tanta agua.
El viento empujaba cortina tras cortina de espesa lluvia que caía con fuerza sobre los tejados. El viento ahora se hacía visible con los fantasmas de la lluvia, unos tras otros.

El horizonte desapareció. Las montañas también. Sólo había viento y lluvia. Y piano.

El piano se había convertido en una furia, sorda y ciega que no respondía ya a nada, ni siquiera a aquel viejo del bosque. Y a medida que el piano se hacía más fuerte, la tormenta se hacía más fuerte.

Y bum. Un relámpago encendió el cielo. Un destello instantáneo iluminó la penumbra y señaló el culmen del conjuro. El piano paró de golpe. Por un momento que pareció eternidad, volvió el silencio lleno de lluvia y viento. Después vino el rugido desgarrador que rajó el cielo de horizonte a horizonte e hizo la tierra temblar. El piano también tembló: cada cuerda individualmente, todas de golpe. Lo que emitió fue algo así como un chillido, o un lamento de dolor. Un profundo y extraño lamento que se expresaba en todas las voces posibles.

Finalmente se hizo el silencio: a medida que el piano se callaba, el viento se calmaba y la lluvia cesaba. Tan pronto como empezó todo, terminó; y volvía la normalidad.

Era una extraña normalidad: los árboles habían sido brutalizados y la tierra se había ahogado. Poco a poco volvían los pájaros, tímidos y precavidos sin saber muy bien qué había pasado.

—Ha terminado —me dijo el viejo desde detrás.

Un rayo de sol se colaba a través de las últimas nubes que llegaban del sur. Eran los coletazos de este hechizo. El aire ahora se cargaba de humedad, de los olores de la hierba seca y la roca caliente, y de paz. Era ese tipo de paz que reinaba especialmente tras tormentas como ésta, cuando puedes respirar profundamente y llenarte de alivio.

La última tarde de agosto tras la tormenta | Ian Blázquez

 

Cuando me di la vuelta, ya no estaba. Fui al piano y vi que seguía plácidamente lleno de polvo, callado y silencioso. Quién me hubiera dicho que tenía el poder para invocar tanta fantasía. 

Regresando

Tuvieron que ampliar la carretera que entraba al pueblo. La que había, una vía de arena excavada durante la dictadura, se estaba quedando pequeña para toda la gente que regresaba. La monstruosidad de asfalto se extendía como una sierpe negra entre las colinas y se comía el paisaje un árbol al tiempo. Al parecer una guerra silenciosa se había desatado en el corazón de la ciudad, en esa tierra extraña de la que todos en realidad formamos parte, y ahora mareas de refugiados rotos regresaban buscando un lugar seguro hecho de silencio y paz, y tal vez también un poco de soledad.

Uno de los últimos viejos de la aldea, de la primera generación de “regresantes” que buscaban la cura, se sentaba en un banco roído por la lluvia en la entrada del pueblo mirando cómo pasaban las hordas de gente. Un día me contó que todos nos encontrábamos permanentemente en un estado de loca soledad de la que nunca podríamos escapar. Me confesó que él lo intentó muchas veces, que viajó mundo intentando escapar de ella, y que ahora que era viejo, comprendió que sólo estaba escapándose de sí mismo. «Ahora es hora de volver», masculló por lo bajo, con una extraña nostalgia. Al lado del banco tenía una maleta compañera, probablemente tan vieja como él, empaquetada con los recuerdos del pasado y todo lo que había coleccionado en los años. Ahora se iba. «Me voy lejos, otra vez» me dijo. También me dijo que uno no puede quedarse permanentemente en un estado para el resto de la vida; claramente se refería a la aldea en la que mucha gente se estaba acomodando de golpe. «Hay que moverse y cambiar», y con esas ultimísimas palabras, se levantó doblado, tomó la maleta y se fue.

Mi primera vez me habían limpiado y liberado. No creo que nadie sepa lo angustioso y lo terrorífico que es estar atrapado en un bloque de barro que poco a poco se endurece; te oprime y te deja sin aliento. A eso había llegado mi vida. En el centro de rehabilitación me dijeron que había una nación lejana hecha de silencio y soledad; que me fuese, que me lo recomendaba el loquero. Así que llené una maleta con nimiedades —todo lo que había conseguido hasta entonces— y huí hacia esta nación lejana. Me advirtieron, eso sí, que podría enloquecer. «¿Más aún?» pregunté. «Más aún» me contestaron. Una persona normal hubiera sentido desaliento ante dicha afirmación, pero yo sólo sentí aventura. En este punto de mi vida ya lo había perdido todo, ¿qué más da acabar loco? Después de todo, en esta ciudad hay cosas peores que realmente te enloquecen: el amor, la moda, los prejuicios. Definitivamente era hora de escapar. Así que vine a este pueblecito.

Sólo había una agencia de turismo en la ciudad que pudiera facilitarme el mapa a esta tierra. Aparentemente no es fácil encontrar este tipo de información. De hecho, no fui yo quien lo encontró: me lo señalaron. En una ciudad que siempre crece, siempre engorda, siempre muta, siempre se expanda, una tiendecita como ésta llena de mapas parece un lugar de fantasía. Y lo era. Un superviviente de dos guerras, el pequeño local era de madera oscura y envejecida y olía a historia, pura historia. El suelo era original, cuidadosamente preservado, y al pisar crujía con melodía. 

—Hola, ¿en qué te puedo ayudar? —Una mujer entrada en sus 50, con un pelo rubio oscuro y unos ojos amables de color celeste me dijo desde detrás de una mesa cuando abrí la puerta. 
—Hola, sí, vengo a buscar un mapa para llegar a… —No pude terminar la frase porque la mujer ya estaba sacando un mapa. 
—Aquí tienes. Esto es. 
—¿Esto? —Me acerqué a ojearlo y comprobé efectivamente que era lo que buscaba—. ¿Cómo sabía que esto es lo que estaba buscando? 
La mujer se rió. 
—Lo tienes escrito en la mirada. 
—¿En serio? —pregunté preocupado. ¿Acaso había estado andando por la ciudad con esa mirada? 
—Sí. Toma y mírate —Me dio un espejo que guardaba en un cajón. Lo cogí nervioso. Esta mañana me había lavado la cara como tantas otras veces y no me vi nada raro; ay, la rutina.
—¿Lo ves? —me preguntó desde su silla, expectante.
—Hmm… —Me miré fijamente, ojo a ojo, como si estuviera de repente inspeccionando a un extraño. Los dos nos devolvíamos una oscura mirada, una mirada que sabía de secretos. Me miré y él me miró—. No veo nada —dije.

La mujer se levantó de su silla dispuesta a ayudarme y el suelo bajo sus pies chirriaba a medida que se acercaba a mí. Me di la vuelta y me encontré con su sonrisa maternal: 
—Mira, mira —me dijo mientras me colocaba la cabeza—. ¿Lo ves ahora? —me preguntó mientras señalaba con un dedo en mi reflejo.

Y ahí estaba, un pequeño destello de color rojo, como si me hubieran grabado mi estado en la pupila. 
—¡Sí! —exclamé emocionado—. ¡Ahí! —Me recorrió una euforia, la misma que nos recorre a todos cuando descubrimos algo nuevo en nosotros; como si nos despertaran a la vida.
—Pues eso indica que necesitas este mapa —me dijo la mujer con su impecable y amable sonrisa.

Se negó a cobrármelo. Dijo que este mapa debía darse gratis a los más necesitados, que así lo había asegurado el gobierno. Además, me dijo, que había sido demasiado majo como para sacarme la pasta por una tontería como ésa.

—Que te recuperes pronto —me dijo cuando abría la puerta para salir—. No se puede estar así durante mucho tiempo, así que aprovéchalo —sentenció con su gran sonrisa. Sólo pude mascullar un «muchas gracias» antes de que la puerta se cerrara y me encontrase en la calle.

 

La nación de silencio y soledad se encontraba entre montañas. Mi coche, que tenía ya más de 15 años, sufrió durante el viaje y se caló varias veces. Con razón era una nación lejana, aunque no sé a cuántos kilómetros quedaba exactamente. Sólo sé que pasaron días hasta que llegué. Tuve que subir un tortuoso puerto —el único que había para llegar a donde quería— que no hacía más que serpentear entre los picos de altas colinas, que progresivamente se hacían montañas, resguardado bajo la sombra de grandes bloques de roca y frondosas ramas de viejos pinos. Era claramente otro reino.

Cuando crucé la entrada del pueblo y llegué al centro del pueblo, casi me abrazan. 
—¡Muy bienvenido! —me dijeron algunas personas con gran entusiasmo y alegría. No supe qué decir, así que permanecí en silencio todo el rato—. Esperamos que hayas tenido un agradable viaje hasta aquí. Es una importante parte de este pueblo —”¿Cómo puede ser un viaje parte de un pueblo?” me pregunté. 

Y sin saber muy bien cómo, acabé alojado en un cómodo piso de una habitación, un salón, un baño y una cocina; todo amueblado, con vistas a las montañas que quedaban detrás del pueblo. 

Así es cómo comienza mi historia del regreso.