Hija de la violencia

Y cuando su puño tocó el pecho de su padre, con fuerza, y emitió un sonido seco de hueso y carne, paró su corazón. Dejó que su puño se relajase sobre aquel pecho viejo y sentía al mismo tiempo una cálida lágrima recorrer su mejilla.

La mirada de su padre se quedó vacía y quieta, fijada en la de ella que le miraba llena de ira y tristeza. Sus pupilas se habían agrandado en el momento en el que su corazón se detuvo y lo supo: sintió miedo, pero también alivio.

Rápidamente ella retiró su mano del cuerpo de su padre y en ese mismo momento, el monumento paternal se desarmó lentamente y empezó a caer libremente atraído por la tierra que ya le reclamaba. Se desplomó como un edificio controladamente derruido con explosivos, de abajo arriba: él notó cómo sus pies se despegaron del suelo —por un segundo creyó volar—, cómo sus rodillas vencieron; cómo el resto de su cuerpo hacía el resto del trabajo, y cayó. Cayó para siempre.

Su hija lo vio cómo un muñeco de trapo: primero su mirada de cristal que se vació de vida, luego su cuerpo que se convirtió en algo inanimado, casi de gelatina. Al impactar contra el suelo con todo su peso, hizo un sonido hueco que quedó almohadillado por la capa de hojas y por la densa vegetación.

Había llovido toda la noche anterior y la tierra estaba húmeda. Los árboles paraban algunas gotas en sus anchas hojas, pero otras hacían caída libre por el bosque y cantaban su coro de calma tras la tormenta.

Ella había salido corriendo de casa instintivamente hacia los árboles, tal vez esperando hallar un escondite. Él la había perseguido con gritos y sonoras zancadas que rompían las pequeñas ramas a cada paso.

Se retorció un par de veces; dio algún espasmo, porque seguía peleando por la vida. Pero luego quedó completamente quieto lleno de hojas, agua y tierra. Por fin murió aquel monstruo.

Ella sólo pudo mirarle desde otra realidad, como si lo viera todo a través de un cristal sin poder hacer nada; sin querer hacer nada. No pensaba nada. No creyó que su golpe causara el paro cardíaco; no creía en nada en ese momento. Sólo se quedó mirando fijamente aquel cuerpo, que ni siquiera consideraba algo suyo, como el de su padre. No: para ella eso ahora era algo que pertenecía al bosque en el que tantas veces tuvo que esconderse.

En realidad, en su cabeza sonaba música. Bella música. Era una melodía que había conocido tantas otras veces en un lejano pasado: cuando sus padres discutían, cuando volvió a casa tras el funeral de su madre; cuando él la pegaba. Ella se refugiaba en esa música y la reproducía en su mente silenciosa una y otra vez. Y ahora, en ese momento, volvía a sonar.

Pero esta vez sonaba con otro ritmo, con otra tonalidad y otro color: sonaba a libertad. Sonaba de verdad, grande y maravillosa. Y cuando otras veces no la llenaba el gran vacío que sentía, ahora sí lo hacía. La melodía por fin calaba en ella, en sus huesos y su alma; calaba como las gotas frías que caían en su cabeza, que atravesaban su pelo castaño y largo, y tocaban la piel debajo. No pudo evitar sonreír.

De repente el cielo rugió. Rugió fuertemente. Tal fue el rugido que el cielo pegó que su cuerpo se contrajo de miedo y la música en su cabeza paró de golpe. Como que salió de sí, del trance en la que estaba atrapada. Miró primero el cuerpo que rápidamente se estaba quedando frío, y luego miró el cielo: había matado a su padre. Ella, que aún seguía sintiéndose una niña por dentro, por fin venció al tirano y ahora era libre.

Pero se llenó de repentina amargura. El cielo volvió a rugir y el eco se extendió por el horizonte, más allá de los árboles y las montañas. Empezó a creer que era Dios, que rugía por aquel crimen imperdonable. Otro rugido cruzó el cielo y pareció desgarrarlo en dos piezas, o tres; o infinitos trozos de cielo que ahora se amontonaban en forma de nubes. Nubes negras y furiosas. 

Había mirado a su padre una última vez y al apartar la vista hacia arriba para ver la tormenta, la primera gota caía en su frente. Pronto su cara se llenó de fría lluvia y se mezcló con las lágrimas cálidas que la inundaban los ojos y se desbordaban por sus mejillas. En ese momento sólo pudo recordar algunas palabras de su madre: así es cómo alguien siente la libertad, cuando algo en ti se rompe para siempre y te lanza con fuerza hacia lo desconocido. La libertad no puede sentirse de otra forma

Dos días…

Debo librarme de todas estas palabras, porque el silencio nunca le hizo un bien al mundo. Y aunque hay una parte de mí que no quiere hablar de la muerte, otra lo necesita.

Qué conflictiva es, ¿no? La muerte es confusa y rara. La ves venir, la tienes interiorizada, la temes o la alabas, pero parece que nunca llega. Parece que, por un momento, todos somos eternos, inmortales, invencibles.

Pero llega y nos da de frente, un golpe seco que nos para quietos, nos inmoviliza, nos congela. Por un largo instante, el tiempo se para y la realidad se parte en dos. De repente, entras en otro mundo que es sólo pasado, te divorcias del presente y sólo te queda recordar.

La muerte es conflictiva no por aquellos que fallecen, sino por todo el peso de los vivos. La muerte pesa no por los que se van, sino por todo lo que se queda sin ellos.

Hay un vacío irreemplazable, un abismo que sólo está lleno de silencio, miedo, dudas, ira, impotencia. Es un agujero lleno de preguntas que jamás tendrán ni consuelo ni respuestas, porque la única persona que podía consolarlas y responderlas se ha ido.

Las noches no me traen descanso y el cuerpo me cruje con cansancio. Es una fatiga que no es de músculos y huesos, es algo que pertenece a la memoria y al alma. Es algo que no puedo curar con sueño o con pastillas; sólo las palabras, escribir y hablar, me podrán aliviar esta debilidad.

Así que aquí estoy, intentando darle sentido a toda la incertidumbre que me colma, intentando darle significados a todo lo dicho y todo lo que se quedó sin decir. Lo cierto es que siento que estoy intentando unir un puzle imposible, juntando piezas en lugares donde no van… buscando culpables donde sólo hay culpa, quizá.

En estas noches revueltas, sólo recuerdo el vaivén de abrazos, de silencios, de caras desconocidas, de familias rotas y pasados presentes. Reproduzco las escenas de errores aclarados, problemas callados, frustraciones, felicidades añejas y una extraña nostalgia por todo aquello que se había perdido.

No sabía dónde ponerme, eso es la verdad. Aun hoy, sigo buscándome un sitio en todo esto. Pasó tan de repente que parece ficticio, una mala jugada de la vida, una ironía maltrecha.

Pero sus cenizas ya descansan en una casa rural, de la familia, de una infancia que nunca fue mía pero de mi madre, en otra provincia, lejos, bajo las montañas. En paz. O eso quiero creer.

Dos días fue el tiempo en los que se sucedieron las escenas en tanatorio, de familia, de silencio, de duelo; de crematorio. Había salas llenas y vacías al mismo tiempo, que aunque había gente allí acompañándome, seguía estando solo ante él. Porque todo lo que nunca pasó en vida, todo lo que se entendió y nunca se habló, todo lo que se sintió… todo eso quedaría para siempre así, una serie de palabras que nunca se dirían. Y aunque habrá legiones de personas que me digan lo contrario, que seguramente esto y tal vez lo otro, yo sé lo que sé: que estoy solo en esto, que nunca estaré acompañado, que esta batalla la he perdido y nadie podrá consolarme toda la culpa, todas las preguntas, toda la impotencia y la ira que me causa… El furor y el dolor juntos rompiéndome el corazón cada segundo que pasa.

Eso es algo que nunca podré consolarme. Que nunca pude decir todo lo que quiero decir, que nunca corregí todo lo que he hecho mal; que nunca te dije “lo siento” cuando de verdad lo siento. Y que te fueras pensando lo que pensabas, me rompe el corazón; siento los crujidos.

Toda mi angustia es silencio. Toda mi culpa es silencio. Todo mi dolor es silencio. Todo por decir… es silencio. ¡Hay tanto silencio…! No me deja dormir todo este silencio con el que tengo que vivir, porque en la noche me pasan todas las palabras que me quedaron por decirte.

“Ya no importa, ya nada importa”, me dijeron. Pero para mí sigue importando… Ya sé que después de la muerte, a los vivos no nos queda nada por hacer, pero… “Pero ¿qué?”, me pregunto.

Lo cierto es que podría gritar mi ira, mi frustración; podría buscar mis culpables y embarcarme en una viaje de venganza por todos los males hechos, por todo aquello que pasó… Pero nunca volverá a la vida, nunca le podré decir a la cara que lo siento, que esto y lo otro; nunca le escucharé responderme y decirme todo lo que quiero escuchar. Nunca pasará, porque ya pasó.

Ahora me toca vivir con los vivos, con el peso que eso conlleva… Compartiremos nuestras memorias, el dolor, las palabras; todo lo que nos hubiera gustado vivir con él… todo lo que imaginábamos iba a ocurrir, pero que no se hizo realidad. Ahora toca compartir buenos recuerdos, risas, lágrimas y todo lo que nos enseñó cuando fuimos pequeños.

Eso es lo que toca, ya no por nosotros, los que sobreviviremos sin él, sino por él, por mantener su memoria viva, por su honor, por el amor que cada uno de nosotros le profesamos a nuestra manera íntima y personal. Ahora nos toca seguir haciendo las cosas que él quiso que hiciéramos, que fuésemos felices; que dejemos de discutir

Esta familia aún tiene muchas cosas que averiguar, muchas cosas que resolver y muchas más cosas que perdonar. Él sabía esto, y mi pena es que nunca vivirá para verlo… o sí, desde donde esté.

No soy creyente como los demás, no creo en los dioses en los que creen los demás. No sigo rituales o símbolos que otros siguen… Yo tengo mi propia creencia, mis propios dioses, mis propios rituales y símbolos. Y esa parte de mí que cree en eso, también cree que me escucha, que de alguna forma me perdona y ahora en la muerte, entiende toda la vida; que todo lo que pasó, ha pasado, y ahora toca vivir como nos enseñó a vivir, con poesía.

A pesar de ello, sigo buscando: buscando respuestas, consuelo, algo de paz en toda esta confusión y este oculto dolor. Sigo sintiendo la culpa, el silencio, la tristeza, la frustración, la impotencia, la ira… Todo eso que forma parte de mi duelo personal. Sigo viendo las salas vacías, la familia rota; sigo recordando todo lo que pasó y cómo pasó. Sigo intentando ponerlo todo en un lugar, encajando las piezas para darle sentido… Pero estas palabras ya no me atormentan, ya no me pesan, ya no me gritan desde el fondo del corazón.

Aún tengo muchas palabras, ¡tantas palabras!, pero éstas palabras son libres… Y en la medida que ellas son libres, yo soy libre. Algo de paz hay en aliviar lo que no se puede decir en alto, pero que sí se puede escribir en largo y tendido.

 

Una familia de sueños raros

Anoche tuve un sueño muy raro. Tan raro que me preocupa. En él aparece alguien a quien, bueno… ni quiero ni odio, ni tengo en cuenta, ni recuerdo (casi podría decir). Pero ahí estaba, en ese sueño más imposible que ficticio, pero tan real. Lo recuerdo al detalle: el mantel de la abuela, la comida caliente en la mesa, un sol de tarde colándose por las ventanas, todos juntos sentados, la mirada penetrante, los sentimientos encontrados —y confusos— de amor familiar, la preocupación aparentemente genuina, y esa sensación de que habíamos vuelto, todos, juntos, otra vez, a esa casa de mi infancia, el chalé, como si nada nunca hubiera ocurrido; como si nos hubiésemos perdonado todos los pecados y el pasado, olé, quedó en el pasado de una vez por todas.

Me sentía en casa de verdad, en ese sueño, y sentía un calor que sólo se siente cuando uno se encuentra en el hogar.

Hogar. Es un palabra grande donde las haya. Es una palabra incomprendida también, porque la gente la utiliza con demasiada libertad que pierde el significado. Es una palabra cercana, de andar por casa, como diría mi abuelo, pero una palabra fuerte, cuanto menos. No es una palabra de uso sencillo, sobre todo cuando se dice de verdad

Pues en ese sueño raro, me hallaba en el hogar. Claro que, no deja de ser un sueño, pero el hogar sigue siendo el mismo: una fantasía del pasado. Casi que es un olvido de la vida, una suerte de cosa que se tenía, pero que se ha perdido. Nadie entiende eso: la morriña, que es más que triste, más que nostalgia, pero ninguna de las dos; es un sentimiento de tempestades, más fuerte que el deseo, por algo que se ha tenido y que no se puede volver a tener.

Fue un sueño que recuerdo más con el sentimiento, porque me despertó tanto sentimiento… Pero no deja de ser un sueño raro, extraño, inesperado, confuso, ajeno, convulso; un sueño… caprichoso. Un sueño.

En fin, como decía aquel escritor teatrista:

Que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son
.

Diario de una familia

Ya no queda nada de la familia, de aquello que una vez nos unió a una comunidad, a una historia; era algo más grande que nosotros mismos. Cuando nos juntábamos todos, formábamos algo. Pero ese derecho de pertenencia, de consanguinidad, de complicidad…, todo eso había desaparecido una última tarde de verano; no importa ahora cuál fue, sólo que terminó. Para siempre. El sol caía, la noche se levantaba y las palabras andaban ardientes entre hermanas.

Comenzó la guerra, y la misma tierra que unía la sangre, se quebró para siempre; siempre. Calló un velo de hierro para siempre y que nunca podrá ser perdonado; nunca.

Ahora somos vagabundos de un apellido, de unos recuerdos a los que no pertenecemos; somos extraños de esta tierra que nos vio crecer y reír, ahora exiliados, abandonados, evitados. Ellos también se han convertido en extraños, para qué mentir, en esta memoria de todos, esta tierra de todos ahora dividida.

Mire por donde mire, no hay fotos de aquellas comidas los sábados, las barbacoas, la piscina; las memorias de verano; y las memorias de Navidad. No hay nada del jardín del abuelo, de sus melocotones en almíbar, su huerta, el nogal y los almendros floridos en primavera. No queda nada del humo de cigarro de la tía, de las risas, de aquello que nos hizo felices. Nada. Ahora todo son ruinas en la nostalgia, maldita nostalgia.

Todo se fue poco a poco; todo se dejó de lado poco a poco, a marchas de olvido forzadas. Todo se quedó callado, enterrado o fue cremado por el rencor… Tanto rencor de tantos años; tanto rencor.

Es eso, el rencor, el pecado de esta familia: tantos reproches, tantas ironías… Tantos resentimientos del pasado que siguen haciendo su presente en nuestras mesas. Pero no entendemos que eso es pasado, ya ha pasado, y nunca volverá.

Eso no se entiende, lo pasado del pasado.

Y la muerte: ésa que, cuando llegue, y llegará cuando menos lo esperemos —siempre es cuando menos lo esperamos—, nos pondrá a todos en nuestro lugar, haya rencor o no; haya pasado o no.

Terminaremos, presas de la enfermedad, del accidente; terminaremos. Seremos presas de toda una historia callada que vendrán a recordarnos; correrán los ríos de lágrimas, se dirán los perdones tardíos, y los corazones amargados y arrepentidos. Nada de ello tendrá justificación cuando llegue nuestra hora.

En esta familia, la muerte nos hará llegar tarde, como siempre. Pero creo que eso ya lo saben muy bien.

Nos rendiremos a sus pies, lameremos nuestros pecados como la miel que llenará nuestra negligencia de culpa, tanta culpa. Será una culpa que nos pudrirá por dentro, nos roerá, nos vaciará de alegrías, de memorias, de presente; nos vaciará hasta nuestra propia muerte. ¿Y después?… Después nos esperará el juicio de Dios, y responderemos por una vida de rencor. Y nuestro juicio será acorde a nuestro crimen, callado crimen.

Pero ahora vivimos esta familia de silencio, de bandas; del quién va con quién y quién no; quién cree a quién, quién dice la verdad; de la guerrilla emocional, de pasado, pasado, y más pasado.

Con esta familia nunca habrá un futuro, o siquiera un presente; nunca habrá un perdón, un “lo entendemos”, o incluso un “lo sentimos”. Nunca volverán las comidas de los sábados, las momentos del verano, la piscina, las risas o el jardín del abuelo.

Nunca volverá nada de eso, porque en esta familia se creen en malos y en buenos; ya no se cree en familia, en lo que una vez nos pudo unir.

Y por eso, todo eso se ha perdido. Todo eso ya ha muerto… Todo se ha marchitado en el jardín del abuelo: los almendros, el nogal, los albaricoques; la huerta, adiós ella.

Tanto es el silencio, tanto el rencor, y tanta la amargura. Tantas han sido las sinceras confesiones y tan arrepentidas ahora, y tantas las palabras que se quedaron sin decir; hay tanto de todo eso que mantiene esta familia separada. Tantas emociones que nos separan, tan pocas las que nos unen… Tanto silencio. Pero sobre todo, tantos han sido los errores que fueron y siguen siendo imperdonables.

Pienso: “Hay tanto que decir”… O no. Porque son tan pocas las ganas de escuchar, tan pocas las ganas de comprender, que ya no hay nada que decir.

En fin, todo eso que se calla en el diario de una familia atormentada por el pasado y alimentada por el rencor y el silencio.

Leche merengada

Así es como olía su habitación, la de mi abuela. Casualmente, hoy que he tenido este pensamiento, volviendo a casa después de un día en la Ciudad, he podido oler el aroma de la leche merengada en mi portal. Cosas del destino, quizá.

Mi familia no lo sabe, o tal vez no tuvieron el tiempo para notar esas cosas, pero su habitación olía especialmente a leche merengada. Al parecer era su sabor favorito.

Tenía la manía de guardar aquellos caramelos de Wrigley’s Solano en la mesilla, al lado de su cama, para tomarse alguno por la noche en caso de que la diese la tos. Recuerdo que siempre era una tos muy seca, muy escandalosa. Todo el mundo se levantaba, ruidos en el pasillo, alguien corriendo a la cocina para coger ese vaso de agua para la abuela.

Lo cierto es que todos los años cambiaban las marcas de los caramelos. Antaño eran de Ricola, luego pasaron otras marcas y la última que recuerdo fue Solano. Todo muy ligado a la aleatoriedad de los años. Supongo que al final predominaron aquellos que eran más baratos o los que gustaban más. No lo sé.

Entraba en su habitación por las tardes, normalmente. La ventana tenía las barras que toda casa española tiene en su primera planta, para desalentar a los potenciales ladrones de hacer cualquier locura. Proyectando su sombra todas las tardes del año estaba el granado, el que nunca o casi nunca dio fruto. En la pared izquierda había unos estantes rudimentarios, libres y con aspecto de flotar sobre el aire, con libros ya leído o nunca leídos. En el lado derecho quedaba la cama de mi abuela, y sobre su cabecera, fijados en la pared, imágenes de La Virgen, rosarios y crucifijos.

La persiana pocas veces estaba subida hasta arriba, y la escasa luz que entraba por la mañana junto con la luz bloqueada por las persianas cerradas en la tarde, daban a la habitación un carácter lúgubre y abatido. El olor a vejez, ese olor indescriptible pero que todos conocemos, estaba impregnado en las mantas de lana hechas a mano por mi propia abuela, y no lo recuerdo, quizá, también por su madre. Eran las mantas de to’a la vida.

Es ahora que esa habitación adquiere connotaciones fuertes en mi memoria, ya sea por su luz, su olor, esa sensación que siempre he tenido de estar en un templo, en un lugar sagrado, de callada devoción y silenciosa pena. Había algo allí que pertenecía directamente a Dios, y no era precisamente las imágenes, los rosarios y los crucifijos. Mi abuela siempre ha sido creyente. Ella fue quien me enseñó el Padre NuestroAve María y otras plegarias cristianas. Pero no era su religiosidad ni su creencia lo que daban a esa habitación ese sentir de templo, sino que era ella. Algo de su alma, de su bondad y candor, de su humilde sencillez se había quedado también impregnado en las paredes de esa habitación. Había algo de ella que era ya parte inseparable, e inmutable, de esa habitación.

Entraba en su habitación por las tardes, normalmente, para robarle un caramelo. Pero también me iba a su habitación para echarme la siesta. De todas las habitación en aquella casa, su habitación era la más tranquila. Irónicamente, su habitación era la más cercana a la cocina y a la entrada, donde el flujo de personas era continuo. No obstante, el silencio era palpable, era reconfortante.

Y el olor a leche merengada se colaba entre las sábanas, hacia el pasillo con la puerta abierta, en el alma como memorias de infancia. Ya no vivo con mi abuela, desde hace un par de años ahora, pero siempre que huelo la leche merengada, me acuerdo de ella y siento como si estuviese aquí conmigo. Y todo esto porque el otro día encontré en una de las cajas de la mudanza una bolsa de caramelos Solano aún buenas. Había leche merengada.

Álex

Había nacido un 20 de agosto de 1991. Para cuando tuve la oportunidad de descubrirle, tenía 17 años a meses de cumplir la mayoría de edad. Su hermano, Daniel, había muerto recientemente de cáncer y nuestro encuentro sólo fue la oportunidad que vio para convertirme en su nuevo mejor amigo ante el dolor. Lo cierto es que nunca fue una persona de bajones ni caras tristes, y ocultaba todos aquellos horrores de su historia tras una sonrisa amplia y atractiva. A primera vista, gracioso y bromista, a nadie se le hubiese pasado por la cabeza que su hermano había muerto de cáncer.

Su hermana mayor, Eva, había dejado la casa parental hacía ya un año, en busca de oportunidades primero en la Capital, que luego la llevarían hasta París. Me había confesado una noche nostálgica que les había dejado porque no podía seguir viviendo en esa imagen donde su primer hermano pequeño estaba siendo consumido poco a poco por un cáncer agresivo y una quimioterapia aún más agresiva. Lo cierto es que Eva dejó la casa cuando Daniel mejoró considerablemente la primera vez tras 8 meses seguidos de quimioterapia. Ya había estado en Madrid durante más de cinco meses cuando sus padres la llamaron una noche para darle la noticia fatal: que Daniel había vuelto a recaer, que el cáncer había vuelto. Volvió sólo una vez más, para abrazar a su hermano antes de irse a París, pero sobre todo para despedirse de él cuando éste decidió no volver a tomar quimioterapia y dejar su vida en manos del destino, porque ya estaba cansado de ver a su familia sufrir. Según Álex, lo dijo con pura felicidad, como si de una revelación se tratara. Eso fue lo que derrumbó a esta familia tan feliz, tan idílica, que dejase de pelear.

Álex y yo nos conocimos en una quedada en el Retiro, ya por el año 2008. Sería mayo o junio, aunque ya no lo recuerdo; hacía buen tiempo, eso sí, y eso nos obligaba —para quien conozca el tiempo de Madrid— a llevar ropa cómoda y ligera. Mi amigo Carlos pensó que sería mejor si éramos más. Así que trajo a su amigo. Esa historia ya es historia, pero el caso es que acabé formando parte de la vida de Álex, y con ello, acabé conociendo esta trágica historia.

Su hermano había nacido en 1989, es decir, tenía dos años más que él. Murió a los 20, a poco de cumplir 21.

Cuando Álex y yo cruzamos caminos, ya había pasado algo así como un año desde aquella tragedia. Como me dijo un día, «eres un enviado», con una sonrisa que bordeaba el lloro.

Todas aquellas emociones las dejó encerradas en alguna parte muy profunda de él. No se dejó afectar por aquello. Pero eso no evitó que se le notara en mil gestos, como sombras escapándose de entre el brillo de sus ojos, por ejemplo; o esa sonrisa que parecía pesada, cuando una sonrisa debía ser ligera…

Lo agravante era que él era un apasionado de la vida, de esos que existen pocos y que son genuinos: apasionado de sus aficiones, los pequeños placeres, las aventuras, la tranquilidad, aprender, la vida. Parecía que estuviese en un péndulo, de un lado a otro, radicalmente cambiando, de altura a valle, sintiendo la adrenalina. Más que sintiendo, necesitando. Me di cuenta de eso después, desde lejos, cuando las cosas cambiaron, la vida se puso de por medio, él se fue.

Pero un día —¿O fue una noche?— me confesó que Daniel era su mejor amigo, su apoyo, su fuerza, su roca, su pilar, su luz, su deje. Que cuando murió, algo de él murió con ello. Me confesó que se pasó una semana llorando, que su madre y su padre estaban desesperados y ya no sabían que hacer. No lo supo entonces, sino más tarde, que su hermano pequeño, Gabriel, no entendía nada y lo estaba pasando mal por todos. ¿Os lo imagináis? Un niño pequeño, de poco más de 11 años, ante la muerte de su hermano, otro hermano destrozado, la hermana lejos… Era una familia tan feliz…

Pasó una semana, me dijo, y paró de llorar: como que supo, muy dentro de él, que Daniel no hubiese querido eso. Y tras una larga encerrona en su habitación, decidió salir a hacer vida; a ponerse una sonrisa y ser fuerte para su hermano pequeño, que le necesitaba, y para sus padres que habían visto a su hijo morir y a su hija marcharse. Él, Álex, ahora se había convertido en la fuerza de los González, la roca, el pilar. Me dijo que no fue inmediato, pero que poco a poco ganó su fuerza instalada como centro de su familia. Que había recuperado un objetivo. Desde entonces, la familia siempre ha sido todo para él.

No sé, siempre fue un chico optimista. Apasionado, pero optimista. No había mucho en el mundo que le pudiese cabrear, irritar, doler, entristecer. Siempre con una sonrisa, siempre con una broma. Fue él quien me dijo: «no hay que tomarse la vida muy en serio, que si no parece que estamos aquí de verdad».

Persiguió sus sueños: siempre quiso ser abogado, pero circunstancias de la vida, nunca entró en la universidad. La última vez que hablé con él me dijo que nunca lo descartará, que algún día, por fin, hará la carrera. De Salamanca fue a Madrid, de Madrid a Salamanca —ciudad de la familia—; con un curso en secretariado y un trabajo en un bar, por razones existenciales, decidió que tenía que marcharse, seguir sus sentimientos, descubrir algo, buscarse respuestas.

Nunca dejó de hablar con su hermana, con quien hasta la muerte de Daniel no había tenido mucho contacto, pero que después se volvieron muy cercanos. Dijo que quería irse con ella a París, buscarse algo allí, lejos de todo esto. Nunca entendí por qué se quería marchar, cuando tenía una familia que le quería, un trabajo, una pareja que le quería con locura.

Nada, se quería marchar.

Fue la penúltima vez que me llamó, para pedirme consejo, porque no estaba seguro de lo que quería hacer y que mis palabras serían definitivas. Le dije lo que siempre he dicho:

—Si es lo que de verdad quieres, hazlo. Si sientes de verdad que te llama otro lugar, vete y descúbrelo.

No sé qué fue, pero algo me hizo sentir que estaba llorando y sonriendo al mismo tiempo al otro lado del teléfono. Poco después de eso, se fue, en diciembre. Qué mal planeado irse a París en Navidad, con el frío que debe de hacer allí arriba.

La última vez que me llamó fue después de Año Nuevo. Me quiso felicitar un gran año y me contó que estaba bien. Que estaba lleno de esperanzas; que gracias.

Escribo esta historia porque ya forma parte de mí; porque me marcó. Porque él me dio permiso para contarla.

—Ian, un día en el futuro, cuando el pasado sea pasado, quiero que escribas mi historia, nuestra historia. Por favor. Que sepa que te importa.

Nunca entendí muy bien lo que quiso decir entonces. Pero ahora… Ahora ya sé que el pasado es pasado.

Lo cierto es que hay muchísimo más que contar, pero hoy, no sé, me apetecía escribir esto. Tal vez sea por el mensaje que me ha enviado hace más de una semana y que no sé cómo contestar.

Diario de una familia…

Siento que este blog va perdiendo a poco su sentido…
Empezó como medio para aliviar mi mente de la tanta carga que esta familia (si aún se puede llamar tal) me producía.
Hoy por hoy, nada nuevo pasa, nada viejo ocurre. Y empieza a ser igual de rutinario el silencio de ahora que los gritos de antes.
Antes, a lo sumo, había algo estresante que contar al mundo: un pensamiento fugaz, un remordimiento, una duda, un por qué.
Ahora, como mucho, puedo hablar del silencio que precede a cada comida, de la tranquilidad que inunda la casa por las tardes o de otras tantas cosas que conforman hoy lo que llamo la buena rutina. Y por algo es bueno, y espero que continúe así durante largo rato…
Aunque parezca que me estoy lamentando, no es así. Prefiero más este presente rutinariamente callado y aburrido que aquel pasado que me costaba la vida por cada segundo que vivía bajo un techo amenazante de caerse sobre mí, si no literalmente, metafóricamente.
Por lo menos, la paz aún reina.
La tranquilidad está restaurando la salud a cada miembro, aunque de una forma paulatina.
La serenidad deja por lo menos un hueco por el que los pensamientos, variados y diferentes, vaguen sin obstáculos.
Con mucha diferencia, hoy, los pensamientos ya no son igual de monótonos y repetitivos que antes…
Eso sí que es avance, un avance entre los intentos de avance llevados a cabo en 7 años de vivenvia en tierras españolas, o mejor dicho, en tierras de tortura.