En mi cabeza

En mi cabeza, el próximo martes no tendré otra obligación que bajar a Madrid e ir al parque. Al mismo parque que un día, ahora se me antoja hace mucho tiempo, en el que los dos dimos un paseo definitivo. 

En mi cabeza, el martes no lloverá, pero sí lloviznará. A ratos. El tiempo será tal que los madrileños pasarán de largo de la entrada del parque y, a excepción de unos cuantos melancólicos y raros como yo, estará virtualmente vacío. Así que disfrutaré de la paz y la soledad que tan pocas veces se puede disfrutar en un parque de la ciudad. Además, el frío de noviembre apretará y casi todo el mundo, en esas condiciones, prefiere estar en su cálida morada. Pero no yo. 

En mi cabeza, yo iré vestido con mi abrigo negro ya necesario, abotonado hasta el cuello, con las manos en los bolsillos que quedan a la altura del pecho, y caminaré lento,  absorto en algunos pensamientos. Pensamientos, para ser exactos, sobre ti, sobre nosotros. 

Veré alguna pareja, los dos agarrados del brazo, pasar a mi lado. La gravilla mojada crujirá bajo las zapatos. El vientecillo agitará las altas ramas. Las gotas de lluvia mojarán la tardía hojarasca de otoño. Se escuchará algún pájaro asustadizo batir las alas entre el follaje, escapando de mi caminar a medida que me adentro en el parque. Y a medida que avanzo, voy dejando atrás las voces de los otros paseantes que prefieren dar vueltas por los jardines centrales. De lejos, aunque estemos en el centro de Madrid, se escuchará el rugir incesante del tráfico que sube por la Cuesta San Vicente. 

En mi cabeza encontraré un banco que me llame, que estará solitario, que parecerá cómodo y me invitará a sentarme. Y lo haré. Acomodaré el abrigo para que el pantalón no se moje y me acurrucaré de tal modo para conservar todo el calor posible. Miraré hacia arriba para contemplar ese cielo plomizo del que cae esta llovizna que no cala, pero que moja. Y meditaré las palabras que tan ansiosamente te quiero escribir. 

En mi cabeza habré reunido el coraje —o la indiferencia— suficiente para sacar el móvil, abrir tu conversación y empezar a teclear todo lo que mi corazón calla. Y estaré tan decidido que escribiré todo sin releerlo, sin volver sobre las líneas anteriores para asegurarme de que lo he dicho bien. Porque eso no me importará ahora. Lo que importará es que te diga todo lo que te quiero decir. 

En mi cabeza, cuando termine, cerraré los ojos y respiraré profundamente el aire cargado de humedad. Notaré, quizá, que el corazón se me ha acelerado un poco, que empieza a latir un poco más fuerte. Sentiré una emoción en el pecho. Como pesado. Pero abriré los ojos y enviaré todo lo que he escrito. Sin remordimiento.

En mi cabeza, entonces, me levantaré del banco y continuaré mi paseo como si nada hubiera pasado. Como si lo que he hecho fuera lo más sencillo y normal del mundo. Como si dentro de mí, en ese momento, no circulasen acelerada y atropelladamente mil emociones ni sentiría que hubiera cometido el mayor error de mi vida. 

En mi cabeza, saldré del parque y… En este punto no tengo muy claro si prefiero caminar ahora por las calles de la ciudad o dirigirme a la estación de buses y regresar a casa. Lo único que sé es que, en mi cabeza, intentaré evitar mirar el móvil para ver si has respondido y, sobre todo, si has respondido como yo fuertemente espero (quiero) que respondas. 

Pero claro, en mi cabeza todo es posible. Incluso que yo te escriba. 

Abismos

Apneísta Guillaume Néry buceando en un oscuro abismo en el océano | Casey Chan

Es muy angustioso estar en el fondo de un abismo, sobre todo si es uno con un fondo oscuro y paredes negras y rectas a las que no te puedes agarrar para subir y salir. Los abismos oscuros que se proyectan desde el fondo directamente al cielo sin visión de lo que lo rodea o de lo que pueda caer dentro, también son angustiosos. Te sientes atrapado: total y absolutamente atrapado. Y parece que no hay más solución que mirar hacia arriba, esperando, esperando a que lancen una cuerda o a que aparezca alguien que te eche una mano y te suba, y te salve.

Tocar fondo en un abismo, no obstante, tiene una ventaja: sabes que ése es el límite, que tienes los pies firmes en el nivel más bajo y que no vas a seguir bajando; o al menos esperas a que el suelo no se hunda y te trague para siempre. No: tocar fondo significa que ya te puedes relajar, que no vas a seguir cayendo. Por eso creo que es mejor encontrarse ya dentro de un abismo, en el fondo, que estar cayendo en uno.

Caer en el abismo tiene algo peor: no sabes cuándo pararás, qué te espera en el fondo, dónde están tus límites; no tienes más solución que caer, que dejarte arrastrar por la gravedad más y más en la garganta negra, agarrar aire y sólo aire, tal vez gritando sin emitir sonido, o sólo escuchando ecos; gritar sin que nadie te pueda parar. Además, hay algo en la caída: que es solitaria. Irremediablemente caes solo, y es algo que no puedes evitar. Es algo personal. 

Si pudiera eligir en qué abismo caigo —qué pensamiento tan inocente, ¿verdad?—, prefiero uno que tenga los lados inclinados, aunque estén muy inclinados: si son rectos, no tendré la oportunidad de subirlos, pero si están inclinados, al menos puedo intentarlo; dejarme las uñas, la carne y el hueso para intentar salir de ésta. Pero ¿para qué mentir? Si pudiera elegir, elijo no caer en abismos. No gracias.

Y todo esto porque he salido a correr… He descubierto que me gusta más subir cuestas que bajarlas. Tiene más esfuerzo, sí, pero cuando bajas, cuando caes pendiente abajo, hay parte de tu fuerza que no es tuya: es la gravedad que te tira, y es algo que nunca podrás controlar. Vale, puedes intentar reducir la velocidad, pero aun así: no es común caer cuesta arriba; es inevitable rodar cuesta abajo. Sin embargo, subiendo… toda la fuerza, todo el impulso, todo el esfuerzo es tuyo, lo controlas tú, siempre en contra de la gravedad. Es casi una relación matemática en la que, restando gravedad, el resto sabes a ciencia cierta que es tu decisión. Porque subir es siempre una decisión; bajar, algunas veces, es un accidente. Y caer… Caer es el destino diciéndote que deberías parar, que vas demasiado deprisa, que mires el camino; que pienses.

La vida es un poco así, ¿no? Un poco de abismos, de correr, de gravedad, de caer y subir; y esfuerzo y accidente, y querer mejorar. Siempre querer mejorar. Porque subir —cuestas, montañas; remontar abismos— tiene algo de mejora, tiene algo de destino y objetivo; de querer hacerlo, de querer llegar y de no mirar atrás. Cansa más, muy cierto, pero ¿qué en esta vida no cansa, no cuesta? ¿O acaso vamos activamente tirándonos en los abismos, rodando cuesta abajo, tomando el camino fácil y dejarnos caer?

En tierra de nadie

No sé si lo sabes, pero me has embrujado desde lejos.

Durante mucho tiempo he estado andando otros desiertos y otras ruinas en mi corazón. He andado largos caminos haciendo preguntas imposibles contra el silencio sin obtener nada, y he estado vagando solo en tierra de nadie, hacia tierra de nadie. Pero has llegado tú y parece que este hechizo se está rompiendo poco a poco, y me hallo en una nueva tierra; tengo miedo. Tengo ahora otras preguntas imposibles sobre este territorio desconocido en el que me encuentro, caminando ahora con cuidado contra el ruido que está arreciando en mi cabeza, sobre ti, sobre lo que pueda pasar…

Sólo te pido: dame paz. Eso es lo único que te pido.

Las Perseidas

Pues aquí nos encontramos otra vez, ante esta encrucijada de la vida.

Se vuelve a cumplir un sueño, aunque todos los años es el mismo: Las Perseidas, ésas que siempre vuelven… hasta que un día el cometa se aleje o se desintegre, o alguna tragedia cósmica y dejemos de ver sus lágrimas. Para mí son lágrimas, lágrimas del cielo, lágrimas de algún lugar lejano que vienen a cumplir nuestros sueños del pasado. Para mí son lágrimas del cosmos, de eso que nos rodea sin rodearnos; de eso que nos hace tan nosotros y que hace todo lo nuestro tan nuestro. Creo que son señales tan reales como reales puedan ser las señales, tan tangibles y al mismo tiempo, tan mágicas. Tan ocasionales. Tan momentáneas, aunque duren días.

“Así serán nuestras estrellas fugaces…” | Javier Pérez-Aradros

Así serán nuestras estrellas fugaces: mis lágrimas del cielo, Las Perseidas —y otras—, la belleza del universo, un regalo del cielo en noches oscuras, la luz de la oscuridad, si es que se puede entender tal concepto.

Será un año, un momento, unos días, y otro año. Así es la vida, la espera, la búsqueda, el encuentro… ¿El encuentro?

El sueño del encuentro, la promesa del encuentro, la esperanza del encuentro. Y sólo tenemos un momento para llevarlo a cabo, aunque este momento dure unos días: son unos días momentáneos. 

Entre que vienen y van, siempre tendremos un año entero en el que soñar, desear, esperar.

Abulia

Acumulo ahora 15 borradores, llenos de polvo, de palabras añejas, de olvido. Porque el sentimiento detrás de la línea es olvido; es que la inspiración había que aprovecharla en el momento y ahora se fue hasta nosecuándo.

Ahora vuelvo a la vida normal, poco a poco. Porque estas cosas vuelven poco a poco, después de toda una temporada atascado tras horarios y opresión, la vida vuelve a su curso como el río que crece con las lluvias de primavera. La vida, en general, es de ir poco a poco; y de ir paso a paso

El cuaderno con garabatos no me falta; el bolígrafo anda destapado, siempre destapado, para que se reseque la tinta y corran las ideas. Afuera suena más a verano que a primavera, pero ahora que me paro a pensarlo, nunca sonó a primavera, ¿o sí? Los pájaros pían, los coches vienen y van con gentes que hablan alto y de barrio; los niños ahora andan en el colegio y ya vendrán por la tarde con el vocerío que me volverá loco. No sé si quiero escapar ahora a dar un paseo lejos, o si lo quiero hacer luego. Me resulta raro volver a estas mañanas, a mi propio ritmo sin que nada me empuje, calando el momento como quien cala el cigarro y va quemando la ceniza. El reloj palpita en mí, y cuando más escucho los segundos, menos pasa el tiempo. El silencio-no-silencio, ese estado de una casa en la que sólo estás tú, pero a través de las ventanas se cuela toda una vida, se me hace raro. Tal vez porque llevo tanto tiempo con ruido en la cabeza que no he podido parar a escuchar lo demás. Y ahora escucho el mundo, ahora escucho que es casi verano, que se dan otras voces; casi puedo decir, sinestésicamente, que soy capaz de escuchar el sol brillar y el calor arreciar en la brisa que es del sur. 

Y a pesar de eso, tengo las manos y los pies fríos, me pesa la abulia en cada centímetro cuadrado de la piel, y casi, del alma también. Porque hay algo del futuro que ya no me tienta ni me seduce: no me llama, no me tira, no me hace seguir. En mis planes, sólo quiero escapar: escapar por los caminos de arena, en el autobús a la ciudad desconocida, a perderme por lugares donde nadie me conoce ni habla mi historia. En mis sueños del mañana, me veo lejos y me siento en paz. Y eso no tiene nada que ver con la vida que llevo o con la gente que me rodea. No. Tiene que ver con… Conmigo, con algo dentro de mí que ha dado de sí y ¿se ha roto?

“La dejadez, la espera, la abulia.” | Gabriela Villareal

 

Tengo las manos frías porque mi alma es incapaz de sentir nada. Y tan frívolas como suenan estas palabras, así también está loquesea que hay dentro de mí. Algo —siento profundo— se ha quedado congelado para siempre… Para siempre: qué definitivas éstas. Mi madre me repite todos los días que en la vida nunca conocerá cosas que nunca o que siempre“que dejes de decir bobadas, hijo”, que la vida son o algunas veces o muchas veces, “pero que nunca será nunca o nunca será siempre”. Y entonces un día la pillé diciendo el vocablo prohibido y sonrió como quien es culpable, pero siente esta extraña dulzura de haber sido descubierto; es la dulzura de librarse del remordimiento, quizá. Aun así controlo lo que digo con ella, he dejado de atribuirle a la eternidad cosas que pasan en momentos. Lo cierto es que ahora que pienso en siempres y nuncas, escucho la vocecilla de mi madre por detrás como si me regañara y me lanzase una de sus miradas de desaprobación. Sí, la eternidad definitivamente nunca le hizo bien a nadie. 

Sólo que el tiempo pasa y tal vez he llegado a esa edad en la que los planes ya no significan nada: que llevo toda mi vida planeando para que al final no haya dado palo al agua, y todo lo que me queda ahora es… eso, el ahora: los pájaros que pían, la vecina que se queja, los coches que vienen y van, el segundero que da un tiempo retrasado y el pesar del pasar. La dejadez, la espera, la abulia. Me quedo con el presente en el que es casi imposible que pasen demasiadas cosas al mismo tiempo. 

Ya es casi mediodía y el sol recalienta la roca. Sé que ahí afuera está el calor, el del alma —y el de las manos—, donde pasan más cosas que dentro de esta casa y este silencio. Que lo que me queda es ponerme los zapatos y salir, a buscarme… O a esperar, aunque sea caminando, a que algo cruce mi camino y despierte al abúlico dentro de mí. O a que me dé la inspiración de cara en algún rincón inesperado. Porque este bolígrafo sigue destapado sólo para que se reseque la tinta. Tal vez tenga que salir para resolver estas dudas, pensar en ti, imaginarme un verano en el que, bajo la sombra de algún castaño en algún parque de la ciudad, estemos sonriendo como hacíamos en algún tiempo pasado, produciendo memorias para la posteridad, viviendo alguna anécdota que será testimonio de quiénes somos y de qué significa la vida.

No sé, algo. 

 

Mensaje en una botella

Mi habitación está en silencio y el tiempo pulsa lejano en otros relojes, palpita en mis venas a medida que estas palabras se me escurren y poco a poco dejo que esta historia tome mi vida. Afuera el sol ya se ha arropado bajo la noche y las estrellas salen a brillar; la luna sigue madurando como una extraña fruta que cuelga del cielo, haciéndolo más alcanzable. En la lejanía, siento que las montañas suspiran y el campo duerme. Esta primavera se nos está haciendo mayor así de repente.

Como mi corazón esta noche, esta historia no tiene sus líneas rectas. Hoy no. Hoy todo parece torcerse hacia lo mejor, adonde sea eso. Las sabanas se enrollan como abrazos secretos y las almohadas me hacen de consejeros.

El silencio late en mis oídos que parecen ceder ante la quietud. Todo ha parado de repente; la habitación ahora parece más pequeña. La luz de la lamparilla se hace más tenue, aunque la bombilla brilla igual; siento un cosquilleo que me empuja a pensar en tu nombre. Pero aun así, logro dormirme a primera hora de la mañana.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Me despierta la arena que se ha colado entre mis sábanas. Es arena blanca y fina. Noto una cálida brisa que sopla por debajo de mi puerta, y silba. A través de las paredes escucho un bullicio de mañana. “Es hora de levantarse”, pienso pero con un poco de duda. Me incorporo en la cama. El sol está brillando fuerte a través de las persianas. El frío de las mañanas ya se ha ido. Me levanto, subo la persiana, abro la ventana. Saludo el mundo y me fijo que donde antes había encinares y campos de olivos, ahora hay un mar. En el horizonte, hacia el oeste, ya no hay una sierra que lo corte, sino una vasta superficie azul que se hunde bajo él. Salgo a saludar a mi madre, que al parecer se ha levantado ahora y está preparándose el café. Las ventanas y las puertas están abiertas. Y aunque es domingo, se escucha actividad en la calle.

—¿Qué hora es? —le pregunto. Me mira, se mira el reloj.
—Mediodía. ¿Por qué? —me pregunta.
—Nada, nada.

Miro el reloj del pasillo: se ha parado.

—¿Has oído las campanas?
—¿Las campanas?
—Sí, las tenían que haber tocado ya, ¿no?
—No lo sé.

Me voy al baño y me lavo la cara. Hay arena por todas partes. Es lo que tiene que aparezcan playas de repente a la puerta de tu casa. Afortunadamente hoy es domingo y nos toca limpieza de la casa, así que mejor que aparezca ahora y no a mitad de semana.

Por lo demás, la rutina sigue igual: una vecina, en vez de traer huevos frescos de su granja, carga con una caja llena de cocos que ha recogido en la playa; otro vecino, en vez de traer tomates del huerto, trae una red llena de peces que ha atrapado temprano esta mañana.

—¡Buenos días! —me dice al verme salir.
—Buenos días, Chema, ¿qué tal la pesca?
Me enseña su lote y sonríe.
—Muy productiva, la verdad. Esta mañana ha sido provechosa —me informa.
—Ya veo —le digo. Nos reímos—. ¿Ya vuelve?
—Sí, la mujer está esperando a ver si hacemos la comida.
—Muy bien. ¡Que aproveche! —le digo.
—Gracias, mozo. ¿Y tu madre?
—Ahí está, haciéndose el desayuno —Ríe.
—Mira a ver si quiere uno o dos pescados frescos… —me oferta.
—Seguro que la encantará, ¡muchas gracias! Pero ahora mismo no puedo. Tengo que ir a la playa. Pase luego y se los da, como si fuera una sorpresa.
Se ríe. Me despido y subo la cuesta que da al descampado, y siguiendo un camino que antes me llevaba al campo, bajo hacia la nueva playa.

A pesar de todo, casi no hay nadie, sólo algunos vecinos tempraneros del barrio. El sol se ha puesto en la corona del cielo y pega fuerte, pero no pasa nada. Las encinas han sido sustituidas por altas palmeras que dan una buena sombra. Me siento bajo una y saco un trozo de papel.

De la noche a la mañana se ha puesto amarillento, como si hubieran pasado años más bien. Saco del bolsillo el primer bolígrafo que he pillado antes de salir de casa y me dispongo a escribir. Las olas baten contra la arena con melodía y traen a sus espaldas una brisa que llega desde el sur. Huele a sal y a libertad todo mezclado; qué paz. Todavía no he escrito nada. Me he detenido un momento: cierro los ojos y respiro profundo, muy profundo. El momento me invade: el sol, la brisa, las olas, la memoria de una vida pasada; todo me llena hasta la profundidad del alma y mi cuerpo se deja llevar. Puedo notar cómo me hundo cómodamente un poco en la arena blanda, fina y blanca. “Esto es el paraíso”, pienso. Y sonrío sin darme cuenta. “Ah”, suspiro. 

Cuando toco papel con bolígrafo, mi letra se convierte en pura caligrafía, exactamente como si sangrase mi corazón con poesía y cobrasen forma mis sentimientos sobre la hoja. Me desbordan y mis manos parecen haber cobrado vida propia con tanta palabra. No sé quién quiere decir más, si yo o ellas. Pero no pasa nada. 

A ti, 

No parece que tengamos muchas oportunidades para decirnos todo eso que queremos decir. Tú estás en tu isla aislada del mundo, batida casi por otros mares; suena la melodía de otras aguas y pasan otras cosas que aquí parecen ajenas. Y yo… yo estoy en mi rincón, en esta playa que no deja de ser otro mundo a parte del tuyo, donde las olas traen otros vientos, baten otros sonidos; me recuerdan otras cosas. A pesar de la distancia, quiero dedicarte este pequeño momento que es nuestro: que cuando lo leas, nos acercará a través del tiempo y el espacio, cruzaremos ambos este horizonte de arena y sal, y por un momento, cuando leas esto, sentirás que estoy ahí contigo, a tu lado, casi susurrando estas palabras que llegan con el hálito del mar. Porque es ésta la que nos une, en realidad, el vasto reino de desconocido y fantasía en el que pueden pasar tantas cosas… Es a orillas de este mundo de agua y viento donde se encuentran los paraísos más bellos, los rincones más íntimos, los atardeceres más inolvidables. Estamos ambos perdidos, lo sé, náufragos de esta vida de búsqueda y aventura, pero espero que, con este mensaje, nos encontremos por fin y podamos disfrutar de esos momentos juntos. Te estaré esperando en esta playa, bajo una palmera, sintiendo la cálida brisa acariciar mis labios con la promesa de un beso, esperando a las olas que traigan tu mensaje desde el lejano desconocido… a atracar en mi arena. Estaré aquí. 

Enrollo el trozo de papel y lo aseguro con un pequeño lazo. Me levanto de un salto, limpiándome la arena del pantalón. La playa está llena de botellas de cristal vacías —todas las promesas rotas que han ido a acabar a este reino olvidado— y, aunque siento cierto respeto por la escena, cojo la primera que me gusta. “Lo siento”, murmuro al viento. Y apretujando mi mensaje a través del cuello de la botella, lo sello con un corcho y lo lanzo lo más lejos posible. Con un sonoro salpique, la botella se hunde y vuelve a emerger a lomos de una ola que, acostumbrada por el gesto, parece alejar mi mensaje de la playa. “¡Gracias!”, grito. Me quedo un rato de pie contemplando cómo la botella se aleja más y más, haciéndose cada vez más pequeña, hacia el sur, perdiéndose en el azul desconocido. Me meto en el agua un poco a dejar que las olas me mojen los pies; está fría. Me salgo. Le echo un último vistazo al horizonte con un nudo en el corazón, esperando, esperando… 

La playa está llena de botellas de cristal vacías…

Me doy la vuelta y subo por el camino por el que he venido. Arriba ya, vuelvo a darme la vuelta y veo una panorámica de la playa que se extiende hacia el oeste. “¿Habrá caminado alguien toda esta playa?”, pienso y empiezo a fantasear sobre las tierras que me encontraría al otro lado. Un día… Un día

De vuelta en casa, toca barrer toda esta arena fuera; el reloj del pasillo ha empezado a dar la hora. 

“Cuando menos lo esperas”

“Borrón y cuenta nueva”, me repito en la noche. No parece más convincente, pero es más solemne. Lo había escrito todo, en otro tiempo. Pero el verdadero arte es reescribir; las palabras adquieren otros significados, los sentimientos cambian. Así que lo borré. Lo borré, porque no quiero hacerte más homenajes. No quiero que te salgas con la tuya; que ganes este desamor.

Éste es mi turno y me rebelo contra ti, contra tu chantaje-silencio. He decidido que quiero recuperar mi libertad, mi corazón, todo aquello que dije y que ya no te pertenece; quiero recuperar mi felicidad.

“Cuando menos lo esperas”, pusiste.

En efecto, en pasado. En efecto: cuando menos lo esperas, se devuelven los golpes. Ésta es mi victoria. Punto.

Lo cierto es que… Con esta perspectiva, cuando se dejan las palabras reposar, lo medito por segunda vez, y pienso que no puedes hacerme esto. No ahora. Lo cierto es que te resiento por ello.

Has llegado tarde. Sé que lo sabes. Un mensaje, el único, da fe de ello. Pero lo que más me molesta es que no podrá cambiar nada. Y te resiento por ello.

Y en alguna parte de mí, en el fondo supongo —donde intento enterrarlo bajo polvo y olvido—, “cuando menos lo esperes” es la frase de una mentira: que sí, que lo esperaba. Pero no quiero que lo sepas.

Estas palabras parecen convertirse en un refugio, lejos de ti: es un refugio donde puedo estar a salvo de la emoción.

Una parte de mí sabe que nunca lo leerás, que hay demasiados adioses de por medio; otra parte teme, agitadamente, que puedas leerlo y sentirás. O no…

Ya no sé mucho. Bueno… Sé que no quiero que sepas todo esto, porque eso significa que ganarías; ganarías este desamor que tanto no te mereces.

Cuánto resentimiento.

No vuelvas. No vuelvas para irte. No vuelvas para levantarme sólo para dejarme caer. No vuelvas para hablar de un pasado que ya es olvido. No vuelvas para hacerme saber que aún estás ahí. No vuelvas si no quieres quedarte. No vuelvas si crees que es lo correcto y no lo necesario. No vuelvas para volver a romperme la ilusión.

De verdad, no vuelvas.

Porque ya no habrá otro “cuando menos lo esperas” como éste.