Esperanza de algo

Yo creía que se fue, que se terminó. Que la llama de una promesa se había apagado y no volvería. Como que el último tren se fue y lo perdí.

Pero al parecer no es así. Al parecer algo en mí ha vuelto, como un brote de entre las cenizas. Es tímido y pequeño, pero está verde y tierno. Aún no es nada, pero es algo.

Es algo así como dice esta canción: 

Es difícil aprender cómo perder, aprender a que rechacen tu amor. Debes tomar el camino que está mal para averiguar dónde perteneces. Hace falta tiempo para averiguar que de lo que se trata la vida es vivirla, y hace falta algún tiempo para dejar todos los problemas atrás.

 

 

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Soñando un lunes

El lunes te vi; fue un momento. Me monté en el segundo vagón del viejo tren, de los antiguos, los que tienen los vagones separados. Iba ajeno al tiempo que corría, a la lluvia en las calles de la superficie, y al tiempo marcado en los relojes de la estación de metro. Bueno, de esos ya no hay. Iba en la mañana temprana, vistiendo el sueño, con las prisas en mente. De tanta rutina se me hace ya normal estar bajo tierra, bajo la ciudad de Madrid que ruge a metal y huele a humo, y ahora, en las mañanas tempranas de enero, se empaña con el frío de invierno que se pega a los cristales. Y a los huesos. La lluvia también se pega, pero es más resbaladiza.  

Me monté en el segundo vagón y me senté solo en una bancada del final; nadie más compartió sitio conmigo; nadie más iba despierto para compartir sitio con nadie. La luz de fluorescente era tenue, amarillenta, vieja tras el plástico sucio. Y parpadeaba ligeramente, casi imperceptiblemente. Pero parpadeaba. El silencio por un momento también se monta en el vagón, pero pronto se ahogó con el pitido, con las puertas que se cerraban, el traqueteo metálico del tren que empezaba a moverse. 

Chac, chac, chac. En la mañana, en el silencio, en la rutina. Chac, chac, chac. Porque los trenes antiguos suenan así, con su traqueteo característico. Y el constantemente vaivén. Y el olor a… No sabría describir a qué huelen los viejos trenes. Tampoco importa ahora, porque todos íbamos dormidos, autómatas de esta gran máquina de la civilización. 

Y el traqueteo hacía eco en los túneles oscuros que ahuecan las entrañas de Madrid. Miro a mi alrededor, todo están absortos aún en los sueños de anoche, descansándose en los reposabrazos, echando una cabezada. O mirando los infinitos papeles achinando cada vez más los ojos para descifrar su contenido. 

Me miro en el cristal de enfrente y veo mi reflejo devolviéndome una mirada. Es un reflejo que contrasta con el negro del túnel, con la pared que parece moverse a la misma velocidad a la que se mueve el tren; todo se mueve. Y agudizo la vista y veo los cables del metro: cables de colores que serpentean sobre la pared, hundiéndose en ella, alejándose, diversificándose. Como nosotros. Que también serpenteamos bajo la ciudad montados en este gusano de metal, hundiéndonos más en la rutina, alejándonos del sueño, diversificándonos en los caminos que nos esperan más adelante.

Y giré la cabeza hacia la derecha.

El lunes te vi; fue un momento: ibas en el primer vagón, al fondo, al lado de la ventana, pero al lado de la ventana que da a mi lado del vagón. Podría decirse que estábamos casi juntos, codo con codo. Sólo nos separaban dos ventanas, unos asientos y el vacío entre vagón y vagón. 

Estoy seguro que si hubiera sido el metro nuevo, no nos hubiéramos visto. No. La dinámica de miradas es distinto en los metros (trenes) nuevos. 

Estoy seguro, también, que de reojo te vi mirarme varias veces. Vi la sombra de cómo te girabas y mirabas a través de la ventana hacia mi vagón, quizá esperando algo; eso nunca lo sabré. Nunca, porque es poco probable que te vuelva a ver, aunque el mundo sea un pañuelo

Pero el lunes te vi en un momento y fue un momento muy… mal aprovechado. Ésa es la expresión. Porque giré la cabeza y te vi, y te vi sonreírme, pero no hice nada. Sólo giré otra vez la cabeza, vi mi reflejo en el negro del túnel y miré el fluorescente que parpadeaba encima de mi cabeza, molestándome. 

Iba con prisas, la verdad. Tenía que estar en un lugar a tiempo. Tenía que. Así que salí del vagón sin mirar atrás, aunque quise. 

Y llevo queriendo (verte) desde entonces. 

No me quito de la cabeza esa sonrisa, esa simple y sincera sonrisa. Lo más seguro es que no fuera nada, que sólo te podía el sueño —como a todos— y fuese algo inconsciente. A lo mejor no era para mí, sino para la persona que estuviera detrás de mí… Quizá tantas cosas. 

Mañana vendrá otro lunes… y debo confesar que estoy esperando, aunque las posibilidades sean mínimas, para verte otra vez. Aunque sea una última vez, que me confirmes que sólo estaba soñando, temprano en la mañana, un lunes de enero. 

 

Ella

Lluvias de acero
y corazones de arena;
tiempo entero
y amor eterna.

Así te imagino
de fantasía llena,
de luz y alegría,
y magia y poema.

Así eres tú,
un momento, 
un instante; 
un respiro en mi pena. 
Algo sutil, 
efímero y brillante. 

Abismos

Apneísta Guillaume Néry buceando en un oscuro abismo en el océano | Casey Chan

Es muy angustioso estar en el fondo de un abismo, sobre todo si es uno con un fondo oscuro y paredes negras y rectas a las que no te puedes agarrar para subir y salir. Los abismos oscuros que se proyectan desde el fondo directamente al cielo sin visión de lo que lo rodea o de lo que pueda caer dentro, también son angustiosos. Te sientes atrapado: total y absolutamente atrapado. Y parece que no hay más solución que mirar hacia arriba, esperando, esperando a que lancen una cuerda o a que aparezca alguien que te eche una mano y te suba, y te salve.

Tocar fondo en un abismo, no obstante, tiene una ventaja: sabes que ése es el límite, que tienes los pies firmes en el nivel más bajo y que no vas a seguir bajando; o al menos esperas a que el suelo no se hunda y te trague para siempre. No: tocar fondo significa que ya te puedes relajar, que no vas a seguir cayendo. Por eso creo que es mejor encontrarse ya dentro de un abismo, en el fondo, que estar cayendo en uno.

Caer en el abismo tiene algo peor: no sabes cuándo pararás, qué te espera en el fondo, dónde están tus límites; no tienes más solución que caer, que dejarte arrastrar por la gravedad más y más en la garganta negra, agarrar aire y sólo aire, tal vez gritando sin emitir sonido, o sólo escuchando ecos; gritar sin que nadie te pueda parar. Además, hay algo en la caída: que es solitaria. Irremediablemente caes solo, y es algo que no puedes evitar. Es algo personal. 

Si pudiera eligir en qué abismo caigo —qué pensamiento tan inocente, ¿verdad?—, prefiero uno que tenga los lados inclinados, aunque estén muy inclinados: si son rectos, no tendré la oportunidad de subirlos, pero si están inclinados, al menos puedo intentarlo; dejarme las uñas, la carne y el hueso para intentar salir de ésta. Pero ¿para qué mentir? Si pudiera elegir, elijo no caer en abismos. No gracias.

Y todo esto porque he salido a correr… He descubierto que me gusta más subir cuestas que bajarlas. Tiene más esfuerzo, sí, pero cuando bajas, cuando caes pendiente abajo, hay parte de tu fuerza que no es tuya: es la gravedad que te tira, y es algo que nunca podrás controlar. Vale, puedes intentar reducir la velocidad, pero aun así: no es común caer cuesta arriba; es inevitable rodar cuesta abajo. Sin embargo, subiendo… toda la fuerza, todo el impulso, todo el esfuerzo es tuyo, lo controlas tú, siempre en contra de la gravedad. Es casi una relación matemática en la que, restando gravedad, el resto sabes a ciencia cierta que es tu decisión. Porque subir es siempre una decisión; bajar, algunas veces, es un accidente. Y caer… Caer es el destino diciéndote que deberías parar, que vas demasiado deprisa, que mires el camino; que pienses.

La vida es un poco así, ¿no? Un poco de abismos, de correr, de gravedad, de caer y subir; y esfuerzo y accidente, y querer mejorar. Siempre querer mejorar. Porque subir —cuestas, montañas; remontar abismos— tiene algo de mejora, tiene algo de destino y objetivo; de querer hacerlo, de querer llegar y de no mirar atrás. Cansa más, muy cierto, pero ¿qué en esta vida no cansa, no cuesta? ¿O acaso vamos activamente tirándonos en los abismos, rodando cuesta abajo, tomando el camino fácil y dejarnos caer?

Amor roto

Tu amor… me rompió; me estropeó: me estropeó los sueños, las expectativas; me estropeaste las ilusiones; me estropeaste con tu cuerpo perfecto y tu belleza, con tu cariño y ternura, con tu amabilidad y honestidad; me estropeaste con tantas cosas que me gustaban tanto…

Que ya no sé buscar otra cosa. Ya no me puedo escapar de tu hechizo de amor, de estas cadenas que me atan a ti, que me atrapan, que me tienen encerrado en la ilusión de que todo podría ser como antes; o peor, que todos pueden ser como tú. Eso es lo peor que me estropeaste: me estropeaste la sorpresa.

Resiento todo eso ahora: te resiento, como tantas otras veces te he resentido, a la par que te he amado. Pienso que amarte de verdad fue un error —o un capricho—, que no tenía que haber pasado; me dejaste roto de mil formas y soy incapaz de armarme otra vez en una sola pieza; armarme, tal vez, otra vez, de valor. 

Me rompiste, me estropeaste, me atrapaste, me desarmaste, me naufragaste la esperanza; me perdiste el valor; me usaste el poco amor que tuve, y me temo que ya no me queda más.

 

Los otros peces

«No sé quién lo diría la primera vez, que hay más peces en el mar. Quién fue el iluso que lo pensó, o quién se lo dijo antes. Pero ¿y si no los hay?, me pregunto yo; ¿y si un día simplemente pescas el último y ya está? ¿Quién podrá decir entonces que “hay más peces en el mar”? No es una imposibilidad pensar, por muy descabellado que suene, que un día sencillamente llegue el último pez y se acabó la cosecha».

Nos mirábamos mientras nos fumábamos unas burbujas. —Acaso me vas a decir  que hay otros peces ahí fuera, ¿eh? —dije con resentimiento. —Pues sí —me contestó indiferente y secamente; la última burbuja se consumía y desvanecía haciendo un sutil pop. Nos quedamos mirándonos. Una lágrima se me remontaba sin querer, en mi pecho algo terminaba de romperse y no podía hacer nada para pararlo. —Es que no quiero otros peces, a ver…—, y rápidamente tuve que bajar la cabeza para que no viera esa lágrima rebelde, y sincera. Sentía cómo me miraba con fijación, con los ojos acuosos y brillantes con la luz que lograba atravesar toda esta columna de agua que, algunas veces, nos ahogaba. Esperamos un momento, el silencio se nos abrazaba cálidamente y la corriente de la vida nos zozobraba suavemente. Al fin reuní todo el coraje que debía y mascullé las últimas palabras antes de romper a llorar: —Es que no quiero otros peces… ¡te quiero a ti!—, y en el intento se me escapó otra burbuja. Ascendía a contraluz a través de la neblina y cuando tocaba el cielo, se hacía parte de él. Puf.

Tocó la lágrima que recorría mi mejilla ardiente con la punta de su aleta. Su caricia era de cuidado, algo así que decía «yo también te quiero», pero en silencio. Miró hacia arriba, al punto exacto donde desapareció la burbuja: —Fíjate, ahí se ha ido otro sueño —. Nos quedamos perplejos con los reflejos de luz que nos venían desde arriba, como señales. —¿Sabes qué? —de repente preguntó. —¿Qué? —le dije. —Nunca he visto las estrellas. —Yo tampoco —. Me miró fijamente y se le escapó una sonrisa: —Pues quiero verlas contigo—, y sin decir más, me besó. Un ramo de pequeñas burbujas se nos escapaban en el acto y nos daban cubierto, como si por momento nada más existía fuera de ese instante.

«Bueno, puede que haya otros peces, pero contigo me basto».

Amor imposible

Tú y yo somos una materia de amores imposibles. No sé qué será, si mi cuerpo o el tuyo, o ambos; tu pasado roto o el mío sin resolver. No sé si es la distancia que nos separa, que nuestras habitaciones estén en dos pueblos diferentes, o que nuestras cabezas están en dos realidades separadas. No sé si es puramente físico, o es también espiritual, como algo venido del destino, como si no sólo fuésemos dos simples almas mortales, sino que también somos dos entes desconocidos y extraños viniendo desde tierras extrañas: dos salvajes que hablan lenguas distintas, hacen rituales distintos, ven mundos distintos. El amor imposible tiene una materia que no se puede resolver o se puede superar: es parte de quiénes somos, de lo que buscamos, lo que queremos; siempre hay algo que nunca podrá resolverse.

Quiero salvaguardar un paso, sin embargo, un estrecho de tierra por el que podamos vernos sin que el mundo se derrumbe cuando crucemos y nos juntemos. Quiero salvaguardarte el paso seguro a través del desierto que es mi corazón. Quiero que sepas eso, que este viaje trata de héroes: al final eres tú quien me tiene que salvar y soy yo el que anda encerrado en la torre; una historia al revés, pero una historia tan real como cualquier otra, aunque sea imposible. Las cosas imposibles, por suerte, todavía pueden soñarse.