El último café

¿Alguna vez os habéis tomado vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis a lo que sabe? (qué pregunta más curiosa). Pues yo os diría que sabe a nostalgia, más aún si te lo tomas con tranquilidad y paciencia delante de una de las calles más ajetreadas de la ciudad, y veis la muchedumbre pasar sin fin, siempre cambiando. Pero también puede saber a promesa, como quien celebra algo nuevo a punto de empezar. Otros me han dicho que sabe a gloria, aunque no entiendo muy bien cómo: ¿gloria exactamente por qué: por que te vas, o por que te has quedado tanto tiempo en la misma ciudad y has logrado crecer raíces; por que empiezas algo nuevo, o por que has dejado algo bonito del que te sientes bien? Gloria… un café que sabe a gloria.

Aquí se dice mucho eso, sobre todo cuando el invierno madrileño te crepita y te oprime, y tienes prima por abrir la puerta de algún bar, y en ese momento sientes un alivio indescriptible, como liberado de un mal conjuro; como si fuera la mejor bienvenida del mundo. Y entonces le pides al camarero una buena taza caliente de café, y entonces “sabe a gloria”. Pero de verdad.

Yo acabé así un día. No era invierno, pero tampoco hacía falta frío; era el momento. Y con prisas —y sin prisas—, acabé, como siempre, en algún café íntimo y personal, de los que me gustan a mí. Quizá sólo he sabido disfrutar de esta ciudad así, de café en café, viendo la vida pasar al ritmo de los vapores de alguna taza caliente. Y más ahora que me iba para siempre, tenía que ir a un café y tomarme mi última taza, como si la ciudad me reclamara con fuerza y apego, y no me quisiera dejar ir.

Echaré de menos la Gran Vía, siempre fluida, siempre abarrotada; siempre con prisas y lenta, y la misma y diferente. Como un monumento permanente a la ciudad, pero siempre mutando, cambiando de pasos y gentes, y luces y escenarios; con su voz alta por encima del rugir del tráfico, que no nos dejaba escucharnos, pero en la que siempre queríamos hablar.

Se me agotó la ciudad; al final tenía razón aquel hombre que me lo increpó un día, y que tanto me indignó. «¡¿Cómo puede agotarse esta ciudad?!» le reclamé, molesto. La sangre madrileña es así, al parecer: de bruscos devenires. Me pasé un tiempo después pensando, y repensando, en esas palabras… tan dolorosas: se me agotó la ciudad.

Luego lo olvidé durante una temporada, pero me volvía como una visión, o un fantasma. Me veía repitiendo por lo bajo, como si le estuviera hablando al cuello de la camisa, solo: “se me agotó la ciudad”. Y creo que de tanto repetirlo, me lo creí; como que lo hice verdad.

Algo en mí se rompió, o cambió; viene a ser lo mismo. Y eché alas, que no a volar. Para eso me quedaría mucho. Me quedaría armarme de valor, de coraje, de un sentimiento brutal de escape que por propia inercia me lanzaría muy lejos. Y fue así: un día me desperté con este sentimiento, esta certeza, que me tenía que ir. Y me tenía que ir, y me tenía que ir.

Creía que me había vuelto loco, la verdad. Se lo dije a mis amigos, que me miraron extrañados: «¿Irte a dónde?» me decían. Ni yo lo sabía; ni lo sé. Pero ahí quedaba la pregunta suspendida en el aire, como un humo pesado que te ahoga lentamente.

Maleta hecha, ahora ando tomando el último café, pensando que se me ha agotado la ciudad, que no hay nad

—Perdona —me interrumpe un extraño.

—¿Sí?

—Esto va a sonar raro, pero… ¿puedo sentarme contigo?

“Justo ahora que me voy, ¿vienes? Ya te vale, Madrid: qué estrategia más rácana para mantenerme aquí” pienso.

—Claro, claro —digo. Aparto mis cosas, hago sitio; lo miro con curiosidad; espero.

Me mira también. Sonríe.

“No, no sonrías. No hagas eso. No me…”

Me arranca una sonrisa.

—¿Qué haces aquí? —me pregunta.

“Estoy aquí para irme”, quiero decirle.

—Estoy esperando —le digo, en vez de eso. Ay, la verdad cómo se escurre…

Me mira con decisión, por encima del borde de la taza que se ha llevado a la boca: toma un sorbo, y me dice:

—¿Esperando? ¿Esperando a qué?

Buena pregunta

 

¿Os habéis tomado alguna vez vuestro último café en una ciudad que dejáis atrás? ¿Y sabéis exactamente a lo que sabe? ¿Sabéis, también, que quizá no sea vuestro último café… aunque todo estaba planeado para que así fuera?

El último café, tal vez no tan último | Dried Lavander

Alejado

¿Qué más se pierde después de todo lo perdido?

Fue un momento de debilidad, la verdad. Ahora en navidades parece que todos coincidimos en los mismos rincones de Madrid. Y algunas veces la multitud es tal, que no puedes evitar ser arrastrado por sus calles.

Tampoco pasa nada. Al principio te da lo mismo: no vas con prisas, no tienes planes, estás solo y no tienes que estar pendiente de perder tu compañía en el caos. Pero llega un punto en la que no pueden dirigir tu vida por ti y tienes que tomar las riendas.

Supongo que eso es lo que me pasó, que me rebelé contra la corriente.

Pero en el momento —y el punto— en el que pude liberarme por fin de la incesante marea humana, la vi a unos metros delante de mí. Con él. Y me quedé congelado.

De verdad, me quedé parado mientras se formaban dos corrientes de gente a mi alrededor.

La multitud con suerte me ocultó y no llegamos a vernos. Pero yo sí la vi a ella. Como para no verla. Pero por el precio de no ser visto, tuve que sufrir el sabor amargo que supuso esa coincidencia. ¿Justo cuando salgo? ¿Tenías que estar en ese momento, aquel día, en ese punto cuando yo decido seguir mi propio camino? ¿De verdad tenías que estar ahí?, lamenté.

 

Ella se ríe, él le susurra algo al oído muy cerca y sonríe. Se miran. Las luces del árbol metálico que han instalado en el centro de la plaza les colorean un lado de sus caras. Sus bellas caras. Se besan.

El tradicional árbol de Navidad en la Puerta del Sol, Madrid | Cahesar

Había tantas salidas en ese momento, cuando todo es ciudad, cuando hay tantas calles alrededor, cuando la incesante multitud no deja de moverse y podría haberme perdido tan fácilmente, pero… simplemente no supe dónde meterme. No pude darme la vuelta, no pude dejar de mirarlos; no pude dejar de sentir que se volvía a formar un nudo en la parte superior del corazón y me ahogaba poco a poco en el aire frío de invierno. No pude dejar de sentir que algo dentro de mí volvía a romperse, poco a poco, violentamente, desgarrándome, sin sangre, profundamente, en silencio. En el silencio de la multitud.

Se fundieron en un beso e incluso el tiempo se paró para mí.

Tan rápido como pasó todo, me vi unos segundos después apretando el paso en una de las calles de Madrid, bajo las decoraciones de neón en rojos y verdes, escapando de la plaza. Escapándome del dolor, perdiéndome entre otra multitud, olvidándome a medida que me alejaba. Siempre alejado.

 

Abismos

Apneísta Guillaume Néry buceando en un oscuro abismo en el océano | Casey Chan

Es muy angustioso estar en el fondo de un abismo, sobre todo si es uno con un fondo oscuro y paredes negras y rectas a las que no te puedes agarrar para subir y salir. Los abismos oscuros que se proyectan desde el fondo directamente al cielo sin visión de lo que lo rodea o de lo que pueda caer dentro, también son angustiosos. Te sientes atrapado: total y absolutamente atrapado. Y parece que no hay más solución que mirar hacia arriba, esperando, esperando a que lancen una cuerda o a que aparezca alguien que te eche una mano y te suba, y te salve.

Tocar fondo en un abismo, no obstante, tiene una ventaja: sabes que ése es el límite, que tienes los pies firmes en el nivel más bajo y que no vas a seguir bajando; o al menos esperas a que el suelo no se hunda y te trague para siempre. No: tocar fondo significa que ya te puedes relajar, que no vas a seguir cayendo. Por eso creo que es mejor encontrarse ya dentro de un abismo, en el fondo, que estar cayendo en uno.

Caer en el abismo tiene algo peor: no sabes cuándo pararás, qué te espera en el fondo, dónde están tus límites; no tienes más solución que caer, que dejarte arrastrar por la gravedad más y más en la garganta negra, agarrar aire y sólo aire, tal vez gritando sin emitir sonido, o sólo escuchando ecos; gritar sin que nadie te pueda parar. Además, hay algo en la caída: que es solitaria. Irremediablemente caes solo, y es algo que no puedes evitar. Es algo personal. 

Si pudiera eligir en qué abismo caigo —qué pensamiento tan inocente, ¿verdad?—, prefiero uno que tenga los lados inclinados, aunque estén muy inclinados: si son rectos, no tendré la oportunidad de subirlos, pero si están inclinados, al menos puedo intentarlo; dejarme las uñas, la carne y el hueso para intentar salir de ésta. Pero ¿para qué mentir? Si pudiera elegir, elijo no caer en abismos. No gracias.

Y todo esto porque he salido a correr… He descubierto que me gusta más subir cuestas que bajarlas. Tiene más esfuerzo, sí, pero cuando bajas, cuando caes pendiente abajo, hay parte de tu fuerza que no es tuya: es la gravedad que te tira, y es algo que nunca podrás controlar. Vale, puedes intentar reducir la velocidad, pero aun así: no es común caer cuesta arriba; es inevitable rodar cuesta abajo. Sin embargo, subiendo… toda la fuerza, todo el impulso, todo el esfuerzo es tuyo, lo controlas tú, siempre en contra de la gravedad. Es casi una relación matemática en la que, restando gravedad, el resto sabes a ciencia cierta que es tu decisión. Porque subir es siempre una decisión; bajar, algunas veces, es un accidente. Y caer… Caer es el destino diciéndote que deberías parar, que vas demasiado deprisa, que mires el camino; que pienses.

La vida es un poco así, ¿no? Un poco de abismos, de correr, de gravedad, de caer y subir; y esfuerzo y accidente, y querer mejorar. Siempre querer mejorar. Porque subir —cuestas, montañas; remontar abismos— tiene algo de mejora, tiene algo de destino y objetivo; de querer hacerlo, de querer llegar y de no mirar atrás. Cansa más, muy cierto, pero ¿qué en esta vida no cansa, no cuesta? ¿O acaso vamos activamente tirándonos en los abismos, rodando cuesta abajo, tomando el camino fácil y dejarnos caer?

Salir corriendo

Hoy he salido a correr porque tenía que salir corriendo… de mi vida que se derrumba a cachos, de la soledad que me persigue. Tenía que salir corriendo para encontrarme, porque me siento de repente muy perdido.

“Tenía que salir corriendo para encontrarme…” 

En el lago, me he sentado en la arena blanda y me dejaba hundir un poco. Cerraba los ojos y respiraba profundo. Respiraba la brisa cálida que empujaba las olas contra la orilla, y dejaba que su melodía me invadiera. No había nada más. Bueno, los grillos y los pájaros cantaban en los encinares que había detrás de mí. Pero era yo, la tierra, el agua y el cielo. Nada más.

Fui hasta el fin de los pasos, hasta que no me quedase aliento para gritos, hasta que agotaba la última gota de lágrima que había en mí, encerrada y reprimida. Me he cansado con cada zancada que parecía liberarme de todo el peso, que parecía aplastar cada sentimiento hasta que no quedaba más que polvo. Ni las huellas quedarán, porque el viento se lo llevará todo muy lejos.

No quería mirar atrás, pero con cada impulso que tenía de hacerlo, corría más rápido contra el dolor y contra las ganas de parar; no podía parar. Si paraba, todo de lo que pretendía escapar me alcanzaba, y no quería que me alcanzase. Quería estar cada vez más lejos de esos momentos que me han quitado la esperanza y la ilusión, incluso casi las ganas de vivir. Así que cada vez que sentía que quería mirar hacia atrás, he apretado el paso, firme, contra la roca y la arena, dejando claro que lo único que hay ahora es un camino hacia adelante. Lo que se quede atrás, es pasado.

El único testigo que tenía era el sol justiciero y el camino polvoriento. El campo era mío, el mundo era mío. Eso es lo que siento cuando salgo a correr: que no hay ningún objetivo demasiado lejos si me esfuerzo un poco más, un tramo más, unas zancadas más. “Necesito respirar”, me dice el cuerpo, pero algo dentro de mí se hace el sordo y grita: “un poco más, tú puedes un poco más”. No hay tiempo para pararse, porque el ruido vuelve, aunque en el campo sólo se escucha el zumbido de mil abejas recolectando néctar y la brisa en la copa de los árboles. Y la arena crujir bajo mis pasos. No hay tiempo para pararse a recuperar el aliento, porque cuando menos aliento me quede, menos pensamientos tendré. Y no quiero pensar, sólo quiero correr.

Ya cuando todo mi cuerpo se quejaba de cansancio, mi mente ha dado tregua y me he encontrado bajo una roqueda rosácea, casi en los límites del siguiente municipio, a orillas del lago. Me he sentado en una roca y he mirado cómo el agua transparente lavaba la arena y cambiaba casi imperceptiblemente el contorno de la orilla. “Mañana esta orilla no será la misma”. Y es cierto. Mañana será otro día, las cosas habrán cambiado. O eso espero…

Siete y media de reloj. El sol ya baila sobre el horizonte a punto de acostarse sobre él. Es hora de volver. Con cada paso de regreso, junto a las huellas, dejo algo de todo aquello de lo que he querido escapar. “Ha funcionado”, sonrío. Y de repente siento verdadero alivio, y no puedo parar esta sensación de felicidad que me sube por la espalda y me hace sonreír. Francamente me siento idiota, sonriendo en medio del campo, pero ¡qué demonios! Que piense lo que quiera el próximo que me vea; no soy el mismo hombre que cuando comencé. Ya no.

De vuelta ya en casa, sin aliento y jadeando, sentía que había perdido el peso de todo aquello que durante el día me ha atormentado. Aunque en el fondo todo sigue igual —estas cuatro paredes de roca y gotelé lo confirman—, algo en mí ha cambiado un poco. Mañana domingo será otro día, no sé qué pasará, pero nadie me va a impedir que salga corriendo a buscarme otro momento de paz como el que he encontrado hoy.

Mangos maduros

El silencio juega a un pulso conmigo, me tapona los oídos, me grita, pero no lo escucho. Jugamos a ver quién gana. De momento, le llevo ventaja. 

El otro día me atreví a salir de casa, despojándome del ermitaño, disfrutando de un día soleado entre otros de lluvia. El tiempo está loco, el mundo está loco; yo estoy loco, pero por eso aparento. El caso es que en el autobús de camino a ese país desconocido donde otra vez me siento extraño, no dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros.

“No dejaba de pensar en el aroma a mangos maduros” | Thank you to A Little Saffron for this photo

Estaba hipnotizado por ese aroma, que era sólo una memoria o una fantasía, pero se me había pegado, atascado en los pensamientos. Me pasé casi la hora de viaje pensando en el aroma de mangos maduros. Creo que sobreviví al mundo porque estaba demasiado ensimismado con esa idea. 

Hubo un momento cuando, creo que todo escritor lo ha vivido, empecé a divagar en la idea, me dejé llevar, las escenas se sucedieron en historias, y sentía que llegaba a alguna parte. Durante un rato que se me hizo una vida, dejé de estar presente de verdad. 

Me vi otra vez allí, mirando unas ventanas abiertas de par en par intentando aliviar el calor, pero se abrazaba a ti, se pegaba como una manta. El sol hacía brillar el mundo con colores intensos. No hacía brisa, el aire pesaba con humedad: era la selva, en algún Reino del Monzón, allá en el misterioso sur. 

De repente lo olía, como una melodía o una inspiración, el aroma de mangos maduros que se colaba por las ventanas abiertas. Y por un instante, pareció aliviar el calor y la desidia. En esa fantasía, cerraba los ojos para poder disfrutar mejor del momento, y funcionó. Oh, qué delicia, qué perfume. 

El mundo empezó a tomar forma poco a poco: ahora no sólo había ventanas, también había una casa, porque el aroma de mangos se mezclaba con el humo del incienso que quemaba en algún rincón, recorriendo la casa como un espíritu protector, invisible, pero a la vez haciendo lazos en el aire. Y la fuente de piedra negra: su agua hacía cascadas, chapurreaba y rompía mi silencio. Junto a ese sonido, otro: el “canto del calor”, la canción de alguna cícada o algún grillo o algún saltamontes, en la lejanía, cantando su alivio. 

“haciendo lazos en el aire” | Thank you to comadame for this one perfect moment.

Me sentía en casa, a salvo, lejos, inocente, feliz, liberado. Volvía a ese pasado mejor, cuando las cosas eran sencillamente distintas. 

Pero ahí termina mi fantasía, mi sueño diurno, y ahora siempre que pienso en mangos maduros en el frío de este invierno, viajo hasta ese momento donde el agua, los aromas, el calor me envuelven y me reconfortan. 

Cuándo volveré, no lo sé. Ahora que está terminando el invierno y empezará la primavera, parece que será pronto, que me veré un día otra vez en aquel lugar, aunque no sé cuál es. Con un poco de suerte, habrá mangos maduros y seré un poquito más feliz.

Confesiones desde París

Era una medianoche de té y jazz, pero no había uno ni otro, pero la mezcla de sentimientos y pensamientos melancólicos pedían a gritos esas dos cosas. Era una noche con su propio pulso.

De repente me escribiste desde París, porque me confesaste que cogerías un tren por la mañana en la Gare de Lyon hacia Italia, escapándote de tu vida y de tu pasado que no parecía poder dejarte en paz.

Mientras tanto fumabas, según tus palabras, al tiempo que en la cama yacía dormido el hombre con el que habías hecho el amor aquella última noche en la Ciudad de la Luz. No podías dejar de mirarlo, tranquilo y salvaje al mismo tiempo, mezclado con las sabanas. Me confesabas sobre la soledad que sentías y cómo él era todo lo que querías en la vida, pero que nunca has podido conservar; él era, para ti, todo lo que estaba mal en tu vida, pero que no podías resistirte a perseguirlo. Que era tu destino sufrirlo. Y por eso te volvías a escapar, a encontrar otro sufrimiento que te llenase la misma soledad de siempre. 

Me dijiste que la terraza estaba abierta y  se colaba el perfume del verano parisino, junto al olor de los cafés nocturnos, el aroma del Sena y las rues de piedra, y se quedaba pegado en tus recuerdos, tu piel y tu ropa.

Salías al balcón; la luna menguaba y brillaba a través de las nubes viajeras sobre tu piel desnuda. Una brisa que llegaba desde el Atlántico te consolaba la pena que no te había consolado el amor. Pero cuanto más tardaba el amanecer, me confesabas, más sentías la tristeza y la extraña melancolía de algo que no podías tener. 

“París es tan grande, pero el mundo es tan pequeño” | Heather Applegate

Esta historia termina aquí. Me imagino que se puso a llorar, se limpió las lágrimas de la cara, recogía todas sus posesiones en una maleta raída por el viaje y se dormía. A la mañana siguiente dejaría la habitación, mientras seguía dormido el hombre que por un momento llenó un momento y se fue antes de que despertara. En la estación, al aviso de alguna señal, la voz de megafonía quizá, montaría un tren que cruzaría los Alpes y se dirigía hacia tierras italianas. Sólo podemos imaginarnos que el motor de su vida sería el azar de sus pasos; para mí, acabó en algún pueblo del norte, o tal vez, en algún pueblo de la costa italiana, lejos de esta España y de ese París que tanto rechazo guardaron.