No me busques

No me busques en el silencio,
en estas líneas rotas, en las historias que aún no hemos escrito,
pero que tanto queremos escribir.

No me busques en otra tierra,
no me busques en los pasos, en las huellas;
no me busques en el viaje ni por el camino.

No me busques a través de las ventanas llenas de lluvia,
o en las puertas que se abren con el viento;
no me busques sino con zapatos llenos de arena y de barro.

No me busques cuando estoy,
no me busques cuando vuelva,
ni cuando me vaya.
Sobre todo no me busques cuando me vaya.

No me busques en tus sueños,
en las expectativas, en las ilusiones
o las promesas que no valen nada.

No me busques en la soledad o la tristeza,
o en el ruido de la desesperación,
o los latidos de nuestros corazones
que bombean contra este vacío
que tanto intentamos llenar.

No me busques en la quietud,
y no me busques en todo el ruido
que está arreciando en nuestras cabezas.
No me busques en los susurros
o en la música;
no me busques.

No me busques en la oscuridad,
ni siquiera en la luz me busques
porque ahí no estaré.
No me busques en la ciudad,
o en la montaña o el mar.

No me busques para encontrarme;
no me busques para decirme o para contarme;
no me busques para amarme,
porque yo ya no estoy.

No me busques porque lo necesitas,
o porque lo quieres o porque tienes curiosidad.
No me busques porque me perdiste,
y no me busques, sobre todo, si me encontraste.

No me busques si me callo,
o si no te veo, no me busques.
No me busques si no te oigo,
o no te siento.
No me busques si no te pienso.

No me busques si me amas
y no te amo.
No me busques si te amo
y no me amas.
No me busques aun si nos amamos;
no me busques.

No me busques cuando vayas a comenzar.
No me busques si estamos a punto de terminar.
No me busques a la salida, ni a la entrada.
No me busques en tus recuerdos, o en los de otros.
No me busques en las fotografías,
pero sobre todo, esto es muy importante:
ni siquiera me busques en estas palabras que no buscan nada,
porque aquí definitivamente no estoy.

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Un beso

Un beso que se mece con el viento, que pulsa con el ritmo de la brisa. Es un beso que respira. Además, es un beso que quiere volar lejos, quiere viajar y llegar a alguna parte. Se arrima a la comisura de la boca y cuelga del precipicio del labio, mirándote a los ojos y late durante un momento con miedo; quiere saltar. Quiere saltarse de mí hacia donde caiga, reposado lentamente con ternura, pero decisivo, sobre alguna nación hecha de piel y pasión, heraldo de alguna historia de amor.

(Tatia Pilieva, “First Kiss”)

Lanzo un beso al mar y se lo lleva el viento. Cabalga la ola y remonta la corriente hasta que se hace arena y montaña, y vuelve a viajar a espaldas del viento al otro lado donde, seguramente, estás tú. Le lanzo otro beso al mar y pasa lo mismo: se lo lleva el viento y veo cómo cabalga la ola, y surca este charco que nos separa hasta que toma tierra y te besa.

¿Cuántos besos lanzados al aire habrán llegado a su destino?, me pregunto mientras le voy lanzando besos al aire, besos que me tienen como remitente, pero que tienen como recipiente sólo un . Es así se simple, la verdad.

El beso que me palpita tiene vida propia, historia propia y sentimiento propio. Es un beso que no me pertenece, sino que te pertenece, pero lo tengo yo mientras tanto. Estoy esperando a que llegues para poder dártelo y aliviarme de él. Porque los besos hay que aliviarlos dándolos, casi sin esperar nada a cambio, aunque en el fondo nos den otros besos para compensarlos. Esto se debe a que los besos pesan en el corazón y con el tiempo acaban haciendo mella: si te dan muchos, se acumulan y te rompen; si das muchos, flaqueas. Y como en toda báscula, lo mejor es encontrar un equilibrio. Por eso, tal vez, le voy lanzando besos al aire.

“Un beso que se va tiene que volver”, pienso. Que en alguna ráfaga de viento, en vez de una hoja, lo que me dé en la cara sea un beso lanzado. Y lo imagino voluptuoso, que se hunda en mis labios con ternura, pero decisivo, y se acumule en mi corazón como promesas del mañana, sin que ello suponga la ruptura de algo dentro de mí. No. Tampoco quiero flaquear, y por eso le voy lanzando besos al aire. 

Después de todo, es un simple beso… ¿verdad?

Amor imposible

Tú y yo somos una materia de amores imposibles. No sé qué será, si mi cuerpo o el tuyo, o ambos; tu pasado roto o el mío sin resolver. No sé si es la distancia que nos separa, que nuestras habitaciones estén en dos pueblos diferentes, o que nuestras cabezas están en dos realidades separadas. No sé si es puramente físico, o es también espiritual, como algo venido del destino, como si no sólo fuésemos dos simples almas mortales, sino que también somos dos entes desconocidos y extraños viniendo desde tierras extrañas: dos salvajes que hablan lenguas distintas, hacen rituales distintos, ven mundos distintos. El amor imposible tiene una materia que no se puede resolver o se puede superar: es parte de quiénes somos, de lo que buscamos, lo que queremos; siempre hay algo que nunca podrá resolverse.

Quiero salvaguardar un paso, sin embargo, un estrecho de tierra por el que podamos vernos sin que el mundo se derrumbe cuando crucemos y nos juntemos. Quiero salvaguardarte el paso seguro a través del desierto que es mi corazón. Quiero que sepas eso, que este viaje trata de héroes: al final eres tú quien me tiene que salvar y soy yo el que anda encerrado en la torre; una historia al revés, pero una historia tan real como cualquier otra, aunque sea imposible. Las cosas imposibles, por suerte, todavía pueden soñarse.

Quiero…

En estas noches de vigilia te imagino delante de mí, a un beso de distancia. Imagino las miradas que nos echaríamos, intentando descubrir los secretos de este amor que es desconocido. Cuando te vi la primera vez, había sentido algo, algo que hacía mucho tiempo no sentía. Lo confieso. Era algo incierto, no obstante, un algo lleno de preguntas, pero me robaste una sonrisa y eso pareció calmarme las dudas. Pero no me ves, ¿verdad?, sentir.

Parece que somos de dos mundo completamente opuestos, distintos y alejados. Que todo lo que podría pasar, de alguna forma, nunca pasará. Quién sabe por qué. Tal vez sea porque, como dicen, you’re too good for me y no te merezca; tal vez sólo tenga miedo y nada más.

Y a pesar de este miedo, la incertidumbre, el sentimiento de lejanía y oposición… alguien como tú, seguramente, nunca volverá a aparecer en mi vida y ese pensamiento me da aún más miedo. Lo cierto es que no me gustaría perderte esta oportunidad.

¿Qué debo decir? ¿Cómo? ¿Cuándo? Nunca sé cómo empezar, pero siempre sé que quiero empezar. De todas formas, nunca he tenido las palabras correctas. Por eso escribo: porque estoy eternamente buscando lo que decir, la forma correcta de decirlo; buscándome y encontrándome, todo al mismo tiempo. ¿O es que te busco a ti? Tú que pareces tener una palabra, una historia para todo… Y, sin embargo, ahora hay tanto silencio…

Al mismo tiempo tengo tantas historias que contarte; y qué tú también me contaras… Tendríamos tantas noches de vigilia así, me imagino. No dormiríamos nuestros sueños, nos los contaremos a altas horas de la noche.

Me acerco a la ventana para ver en la noche de esta madrugada de abril, casi mayo. La luna se entrevé entre las altas nubes: está creciente y su claro es frágil, pero ilumina el lejano horizonte con el sueño del mañana.

Mañana será otro día, pero quiero…

Las flores blancas de tu camino

Nunca sabré si las encontraré, como tampoco sé si te encontraré a ti al final. Parece que siempre nos encontramos en este paisaje, en los caminos; en la Sierra que los dos echamos de menos de la misma manera. Tú ahora andas lejos y… quisiera que lo supieras… Me gustaría que supieras quién eres en estas palabras. Una parte de mí sabe que lo sabes, que cuando me lees, sonríes. Me recuerdan tanto a ti… 

Nunca sabré si las encontraré, quiero decir, esas pequeñas florecillas blancas que crecen en matojos en los arcenes de la carretera. Me fijé la primavera pasada y me he fijado ésta: parecen como orquídeas, pero pequeñas. No son como nada que haya visto antes. Pero a la velocidad de autobús se vuelven borrosas y no logro identificarlas. 

Las he visto bajo roquedas, cerca de la ciudad donde el aire es más humo, pero también las he visto de camino a la Ciudad de Piedra, en las montañas que todavía andan frías bajo este sol de abril. En mis viajes por Los Caminos, nunca las he visto y las he buscado ansiosamente, queriendo satisfacer este deseo que casi desconozco. 

Flor Real, se llama en mi imaginario. Linda los caminos que llevan a La Montaña que ahora anda sin princesa. A pesar de todas las durezas de la vida, sigue siendo blanca como la nieve y es fiel al sol de la primavera. Y no parece crecer en otro lugar que no sea el que lleve hasta el reino. Su aroma —debe tenerla— lo cubre todo, por eso parece crecer en las zonas más agresivas, cerca del asfalto y el rugir de metal. 

No sé si las encontraré un días de estos que vaya en busca de mi primavera, siempre mirando a La Montaña esperando tu regreso. Temo que a poco dejen de florecer, que su flor sea tan efímera como un sueño. Sabemos que las cosas buenas suelen ser cosas breves; y que las de verdad buenas suelen ser maravillas. ¿Qué maravilla ha durado más de dos latidos del corazón y un suspiro? Nos congelan. 

No sé si las encontraré, pero que sea como este amor imposible que nos ocultamos: al menos las he visto; que sea eso y no que haya mirado en la dirección opuesta.

Encontramos

Y si nos encontráramos en la calle, ¿nos reconoceríamos? Algo me dice que, ahí donde siempre nos hemos encontrado en estas palabras, en la vida real nos hemos pasado de largo. ¿Y si me has regalado tu sonrisa?, cuando ya me has regalado tanto con tus historias.

Seguramente ya haya pasado. Más de una vez incluso. Y ni tú ni yo nos hemos enterado. Hemos sido como fantasmas, llevados por el viento de nuestros pasos, el peso de nuestras vidas que nos empujaba hacia adelante, adonde sea.

Aunque esta ciudad parece agotarse, sigue siendo un pequeño mundo en el que el azar ha jugado un poco al ajedrez con nosotros, y seguramente en alguna vuelta de esquina, en la salida de algún metro, en los caminos de ida y venida de algún parque… tú y yo nos hemos cruzado. Nuestras historias se encontraban, pero no dejaron líneas. Fuimos como esas palabras que se las lleva el viento, otros silencios en esta vida.

A lo mejor seguimos cruzándonos por el camino, el mismo que tú y yo tomamos pero en sentido contrario, topándonos en la distancia siempre en las idas y los regresos: siempre que yo vuelvo a casa, tú sales a buscar tu vida; siempre que yo voy a buscar la mía, tú regresas al hogar, anhelando tu vida.

¿Y si… hacemos estos viajes secretamente buscándonos? Secretamente, porque nadie conoce las razones del destino, y en tanto que jugamos este papel en la vida, no seguimos un guión de palabras, sino uno de actos. Secretamente, como quien va buscando el amor, las respuestas, la suerte, el coraje, un sueño. 

¿Y si… tu vida soy yo?

¿Sabes? No dejo de buscarte. Cierto que, por las mañanas temprano, tengo otras prisas; que cuando me bajo a tomar un café al centro, voy mirando las altas arquitecturas que sostienen esta ciudad; que cuando me paro en un parque, tú estarás mirando el cielo azul. ¿Y por las noches? Sólo por las noches estaremos los dos mirando al mismo sitio: las estrellas, pidiendo un deseo —el mismo— aunque no caigan las estrellas fugaces; seguimos soñándonos como los dos enamorados que somos, porque sé que lo eres.

Quiero creer que también te imaginas estas cosas cuando vas andando por la calle, te tropiezas con alguien: “disculpe” y sonrisa. Como yo, en el fondo, en esos desconocidos te vas preguntando: ¿eres tú?

¿Y si ya nos hemos tropezado antes y los dos hemos pensado lo mismo en el mismo momento, mientras nuestras miradas colisionaban con mensajes secretos? Me hubiera gustado invitarte a toda una vida, ¿me hubieras dejado?

No quiero creer que hemos perdido esta oportunidad… Por si acaso, sigo pensando lo mismo cuando me tropiezo con alguien; sigo buscándote secretamente; sigo pidiendo el mismo deseo a las estrellas; sigo queriendo invitarte a toda una vida conmigo y sigo preguntándome: ¿me dejarás?

Que mientras nos buscamos, también nos encontramos. 

 

La medida de un grito.

Algunas veces tengo ganas de gritar y arrancarme la piel, que es mi prisión. Soy mi cárcel de carne y hueso, especialmente construido para mí sobre esta tierra. Es un presidio que me oprime y me niega la libertad, pero también es todo lo que tengo.

No la resiento, como los gritos de los vecinos animales y salvajes con los que estoy obligado a ¿vivir? ¿Es ésa la palabra correcta?

No resiento nada de este mundo físico y frágil, lo admito, aunque sea un puzle volátil y quebradizo; un puzle imposible.

Me resigno a vivirlo, como un esclavo la mayor parte del tiempo; como un autor en momentos realmente especiales.

Es una existencia precaria, como soy tan propenso a decir. Es una existencia al borde del precipicio, de la locura, de la violencia romántica y tierna, quizá. No sé.

Me resigno a vivir, en estos últimos días del verano sobre todo.

Todo llega a su fin y me pregunto, otra vez: ¿y ahora qué?

¿Tiene sentido, que me haga preguntas así cuando me resigno tanto a que pase lo que sea?

Tengo ganas de gritar, de quedarme sordo con tanto grito; de sentir algo, aunque sea dolor. Pero tengo miedo. Y eso me da rabia.

Nada de ello evita que quiera algunas veces gritar y escaparme así de mi prisión de carne y hueso, volverme ligero en un ruido y desaparecer con el viento, hasta el fin del grito.

En estos últimos días, cuando parece que nada nuevo puede ocurrir, gritar se me antoja adecuado, necesario incluso. Pero no satisfactorio. Falta algo más, algo que comience. Algo más poderoso que un grito. Algo como escribir.

Algunas veces tengo ganas de gritar porque no puedo escribir, y eso me produce una ansiedad insufrible que sólo puedo aliviar con un grito ahogado en palabras como éstas.