El último sol de marzo

Sopla una brisa desde el oeste, trayendo la calidez del Atlántico. Bajo las sombras de las encinas, la tierra aún está mojada por las últimas lluvias de la semana pasada. Los caminos se visten poco a poco de verde y color, y en los almendros las flores de febrero dan paso a las primeras hojas de marzo.

El camino tiene mil huellas, más las que deje al volver. Al otro lado del cielo, veo el fantasma de la luna, que crece poco a poco hacia el lleno. Hoy es el último día de marzo y la primavera parece que ha llegado para quedarse. De camino hacia el norte, pasado un granero abandonado, los majuelos empiezan a dar sus primeras flores. Pronto, como los almendros, esas flores darán paso a las primeras hojas, y cuando pase todo este tiempo y llegue el verano, los frutos se volverán rojos como manzanas. Por nada los llaman “manzanillas” o “cerezas de pastor”. Según las leyendas de los celtas, el majuelo es el árbol de las hadas y suele guardar la entrada al otromundo. No me extraña ahora que siempre que ando ese camino, siento cierta magia…

“… los majuelos dan sus primeras flores.” | Dan Gabor

Mientras el camino merodea entre antiguos campos de cultivo reclamados por la naturaleza, todo tipo de bestia despierta del profundo sueño de frío: las lagartijas vuelven a tomar el sol sobre el granito; veo mi primera sierpe. Familias enteras de conejos salen entre la hierba alta y las flores amarillas. Y los pájaros, poco a poco, vuelven a llenar los árboles de cantos. Entre todos, las golondrinas que regresan de su viaje africano y que llenarán el cielo de su melodía hasta el último día de verano, cuando partirán, como cada año, hacia ese Gran Sur.

Yo sé que es “el camino del norte” porque, cuando aparecen las primeras casas sobre el paisaje, a lo lejos, el horizonte se corona de montañas. Sus cimas todavía están nevadas bajo este último sol de marzo, sus laderas se visten con bosques de pinos y su color es el del granito que las sostiene y erige. El cielo es de un azul intenso, el primer cielo azul del año tras el profundo invierno de nubes y nieblas, el aire está cristalino y al llegar a ese punto cuando veo las montañas en el norte por primera vez, éstas se dibujan con gran detalle. No sé si es la primavera, es el día, el sol o el cielo, pero las montañas son más bellas que nunca. Bellas y majestuosas.

Será el último sol de marzo, pero es sólo el primer sol de la primavera. El mundo no ha hecho más que despertar; ahora tiene que florecer y madurar, celebrando la vida una vez más, antes de que pase otro año y vuelva el hechizo de invierno.

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Ya es enero

Todo lo que quiero decir, no sé decirlo. Todo lo que pude decir, creo que ya lo dije, y ahora, al comienzo de otro capítulo en esta historia que se acaba, acumulo sólo líneas de silencio.

Afuera hace frío: la roca está fría, el camino está frío, la lluvia está fría, el horizonte está frío; hasta el sol está frío. Aunque hace semanas que los cielos están despejados, que las nubes del Atlántico se han olvidado de venir, sigue siendo invierno. Ya es enero.

Los romanos creían que el invierno no tenía meses, que el otoño acababa en la primavera. Muchas veces me parece que a partir del 21 de diciembre el tiempo se para: ni pasan los momentos ni los años; de repente nos veremos en otro 21 de marzo, salidos de algún largo sueño profundo y temporal, cuando el sol volverá a retomar su trono en el cielo lentamente y el calendario volverá a pasar sus hojas, dejando atrás el gélido recuerdo de un invierno que, aunque me cueste creerlo, también dura solamente tres meses. Volverán así los años a la tierra y, nada más comenzar, ya habrá otra cuenta atrás hasta que el tiempo vuelva a parar, en otro diciembre, cuando otro año termine sin terminar, pasando en nuestros corazones añejos. Cada vez más añejos.

Llevo días intentando averiguar qué escribir, intentando ganarle esta silenciosa batalla al silencio, pero el tiempo no se para a que piense, y todo el tiempo que he ganado… sólo se está haciendo destiempo que pierdo.

Lo cierto es que no quiero comenzar este enero con más líneas en blanco, historias de silencio, deseos negligenciados, como si este anhelo no me ardiese con palabras. Pero este silencio tiene confusos sentimientos encontrados que aún no tienen sus renglones en mi corazón, aunque sea enero y parece que todo vuelve a empezar.

Ay, ya es enero… Pronto volverá todo, incluso estas historias que hibernan y sueñan.

Río Jarama, Madrid, en enero | Fotografía de Pilar Pequeño

 

Los últimos grillos del otoño.

Esta tierra antes era todo verano. Ahora las mañanas son frías, muy frías. El sol se hace más pálido en el cielo y los árboles le lloran. Ha llegado el otoño. 

Septiembre es de otoño; otoño es de septiembre. 

Volvía a casa casi a medianoche. Soplaba un poco de brisa desde el norte. No hacía mucho frío, pero mi camisa sola no me bastaba. 

Las estrellas —las de verano se van, las de invierno llegan— brillaban claras en la noche. Puntito tras puntito, moteaban y titilaban el cielo. Echaré de menos aquellas noches de verano tumbado en alguna roca en medio del campo, lejos del neón, contemplando la grandeza de mi pequeñez. 

Caminaba por la carretera. No me di cuenta hasta que se instaló el silencio de medianoche; todo el mundo dormía. Y pude escucharlos. Me sentí sonreír. “Todavía hay grillos”, me dije. “Los últimos grillos”, pensé. Su coro, su melodía, su canción de libertad… sonaba en el fondo de la noche. Algo del verano aún sobrevivía con eso en aquellos últimos momentos.

Y en una sucesión de momentos insignificantes muy profundos, bajo la luz tenue de una farola sucia, caía a mis pies mi primera hoja de otoño. Era de un olmo que ya estaba cansado.

Los caminos de arena ahora están llenos de charcos y mis pasos no levantarán más nubes de polvo seco. La piedra se volverá fría de invierno y oscura de musgo, porque ésa es la nueva cara de este campo. 

Las zarzas dejarán atrás sus moras dulces y negras; las bellotas caerán marrones cubriendo las sombras de encinas milenarias; las uvas serán las que cerrarán otro verano pasado; y la parra virgen ahora se vuelve roja, muy roja, tan roja como rojo es el otoño, tapizando las verjas y muros de casas que no escucharán más el jaleo de piscina y sol. Eso ya se acabó.

La parra virgen roja de otoño (fotografía de Eva G. Reinoso)

Pero a pesar de que todo lo demás parece terminarse de golpe, los grillos, esos guardianes del verano, siguen cantando en la noche, bajo el cielo de estrellas cambiantes. 

Expresión de septiembre.

Mis dedos crujen con palabras, oxidados por el silencio. Rígidos por todas las historias calladas, este dolor busca remedio en el papel y la tinta. Como medicina, estas palabras corren como venas por mi alma, lineando estos sentimientos de literatura, liberándome del exilio, devolviéndome mi voz y mi libertad.

Estos días de último verano, mientras caen las hojas de los árboles, se levantan las hojas de las historias: pronto un año lleno de recuerdos llegará a su fin sin aviso, imparable, y otro año lleno de promesas y sueños dará su comienzo, esperado.

En este reino de encinas, las nubes regresan desde el norte con amaneceres fríos. La lluvia llorará los árboles; se desnudarán como espíritus de la tierra, regresando a él, convirtiéndose en estatuas del invierno, guardando los caminos con el sueño de primavera.

Pronto las montañas se coronarán de nieve y se vestirán de pinos apretados; el invierno nos detendrá, a nosotros y nuestros días, y hará sus noches. Pronto.

“Hola, septiembre; bienvenido otoño”, dice el viento. Hoy es el adiós a esos meses del sol. Hoy, que ya es pasado.

Y tanto como junio tuvo sus promesas, septiembre tiene las suyas. No sé por qué es, pero hay cierta promesa de amor en el aire. Junto a la lluvia, la tierra mojada, los campos reverdecidos… huele a historias.

La lluvia de junio

Hoy empieza la eternidad del verano. Hoy empieza el Imperio del Sol en este nuevo, viejo reino de encinas y pinos. Hoy empieza una larga temporada vestida de campos lánguidos, de olivos que nunca suplican, pero que parecen suplicar. Hoy es el primer día de una estación que también pasará, en este viaje del tiempo, hacia otro tiempo mejor. Hoy empieza la cuenta atrás, porque nada más empezar, empieza a acabarse; el tiempo es tan efímero, por eso hay que hacer que cada momento cuente.

Y sin embargo, a pesar de todo eso, ayer la tarde se cubría de lluvia, de una cortina de gotas que brillaba a contraluz delante del sol que caía en el horizonte. Eso fue la última lluvia de primavera, una primavera que se ha hecho junio creyéndose verano.

No dejo de pensar que a lo mejor todo esto ya está cambiando para siempre, que las estaciones no serán lo que fueron, que los junios ya no serán veranos, que las primaveras serán de campos dorados y marchitos, que los inviernos no traerán las nieves del ayer; que ya no vivimos en el mundo de nuestros padres. Porque lo hemos cambiado a velocidades violentas, porque lo estamos cambiando a velocidades violentas.

Ahora las primaveras serán de flores tempranas en mañanas de inviernos abatidos, la lluvia vendrá en junio, y el calor persistirá en septiembre, mientras las árboles se despojan de sus hojas flamígeras. El otoño se hará invierno con la lluvia de octubre y la nieve sólo será un sueño navideño.

Hoy es el primer día del verano en todo un hemisferio, de golpe, pero en este rincón de ese Gran Norte, todavía tenemos una lluvia de junio. Algo huele a cambio en el aire, pero también huele a las cosas de toda la vida, cuando mi abuelo se hacía para el campo; yo también haré esos breves viajes a la infinidad del campo español, porque es verano, tengo mi libertad. Y quiero disfrutarlo.

Fuga

Desde la ventana de mi habitación puedo ver las montañas de la Sierra, majestuosa ella, que van surcando el horizonte de un punto de mi vista hasta el otro. Cortan el Oeste y cabalgan hacia el Norte, que desde aquí se me antoja misterioso y fantástico, como de cuento, lejano  y lleno de otras historias; distinto.

Lo que hay de por medio es un campo ibérico de dorados, que anuncian otro verano justiciero, y de verdes cansados y vencidos por las estaciones que sólo pueden pertenecer a olivos y encinas, ¿qué si no?, árboles que son la más pura personalidad de esta tierra.

El cielo es inamoviblemente azul. En días como estos, tan claros y despejados que parecen perfectos, es también eterno. Parece que nunca podrá cambiar. En realidad siempre es así, incluso cuando no lo podemos ver por la espesa manta de nubes de tormenta, por encima siempre es azul, eternamente.

Pero lo admiro todo desde esta ventana, porque la vida me encadena. Verlo todo desde la distancia también me hace ajeno a todo ello, como si no perteneciese a ese retrato. También me hace consciente de la fugacidad, la brevedad, la efimeridad de todo, de estos días, de la primavera, el verano, el invierno; de la dureza de la vida, el dolor, los obstáculos. Es una ilusión que pasa. También pasa.

Un día dentro de incontables años, incluso esta Sierra desaparecerá. Este campo dejará pasó a otro, con otros colores y otros árboles. Y esta tierra cambiará. Lo único que permanecerá será el cielo, el sol, el viento, la lluvia, esos espíritus que son de esta tierra y sólo de ésta, los verdaderos dioses que la gobiernan y esculpen.