Siente hombre

Se levantaba pesado y arrastraba el cuerpo agotado hacia el baño, donde un fosforescente polvoriento y pálido le deslumbraba. Parpadeaba rápido, somnoliento. Se paraba y se fijaba en el espejo: su reflejo iba tan cansado como él.

Aquella rutina de años lo había anestesiado y ya no sentía nada. Ni a esa hora, ni en general. Quizá no fuese el tedio y la abulia lo que le hicieron así, aunque nunca lo evitaron. Pero fue su padre, aquel hombre cruel que se alimentaba con alcohol y se ejercitaba con violencia.

Aquel hombre, tan ignorante y tan pasional, le enseñó que sentir no valía nada. Que el esfuerzo de conectar con alguien no valía toda la pretensión con la que la gente se vestía por la mañana. Que lo dejase de intentar, le dijo, un día que llegó a casa otra vez dolido por una paliza en el colegio. Aquel niño, ahora un treintañero devolviéndose la mirada en el espejo, sólo quería caerle bien a sus compañeros.

Pero lo dejó de querer.

Dejó de sentir. Lo aprendió quizá a la fuerza, de su vida y de un hombre que tampoco sentía. Pero tampoco el mundo —su parte del mundo— le ayudó a sentir.

Y sin más abrió el agua fría, puso sus dos palmas unidas bajo el chorro y hundió su cara en el líquido. Y sintió sólo una reacción: un corte momentáneo de la respiración. Algo que le despertó del estupor.

 

Después de la ducha y el desayuno, se ajustó una corbata desgastada y una camisa que empezaba a amarillear, se acicaló un pelo raído ocultando la calvicie emancipada y, al final, fingió una sonrisa.

Era una sonrisa tuerta que enseñaba un canino torcido y unos dientes desgastados. Pero era una sonrisa practicaba: cuidada, arreglada en forma, maniobrada. Y con ese pequeño gesto, salía a la calle preparado para parecer que estaba bien. Aunque en el fondo no lo estaba, pero era mejor guardar la apariencia.

Tal vez un día le fallaría el peinado o la corbata, o la camisa. Pero nunca la sonrisa. Nunca permitiría que le vieran sin ella. Nunca permitiría que le vieran tal y como estaba en realidad.

Porque en el fondo, tenía miedo a sentir.

Y por eso se vestía con la emoción reprimida, el silencioso grito, la mirada vacía, el nudo solitario, sosteniendo una fachada manchada por el pasado, pero vencida y pesada, y frágil, y que empezaba a derribarse.

 

¿Quién sabe? Quizá no sentía porque no quería, o porque no sabía. Quizá lloraba por las noches y reiniciaba el proceso. Quizá el miedo lo vencía todas las veces que se dejaba sentir y se resignó a perder… 

 

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Rutinesco

Año nuevo, misma rutina. Pero la ropa sucia se amontona en una esquina y los pantalones cuelgan de la silla; la cama está perpetuamente deshecha, el cubo de la basura está a rebosar de papeles. En la mesa descansan plácidamente cuatro volúmenes académicos de varios temas complejos; los cargadores se hacen nudos; la lámpara está manoseada. Una botella de agua medio llega anda destapada, al igual que una legión de diferentes bolígrafos; las notas y otras hojas son las víctimas. Al fondo, el tiempo corre: corre incesante, deprisa, sin parar, sin desperdiciar un segundo; los días se suceden en horarios que cumplir y micro-metas que alcanzar. Siempre corriendo, p’aquí y p’allá. La bandolera —fiel amiga de los años— está tirada en el suelo, medio reposada, medio abierta; siempre dispuesta a ayudar, siempre preparada para salir. La agenda es mi rey y sus hojas son mi ley; y el mundo afuera, lo que pase allí en la montaña y en el musgo, bajo la encina, en los caminos de arena; lo que pase en los parques de la ciudad desnudados por el vago invierno; lo que me aguarda en los cafés recogidos y acogedores de Madrid, pasarán ajenos a mí; yo pasaré ajeno a ellos. Nos enajenamos mutuamente, pero no por decisión, sino por accidente. Y nunca con olvido. 

Porque la vida también tiene su vida, y yo soy sólo un esclavo de ella: de su tiempo, de su ritmo; en fin, de todo lo que ella me diga.

Y mientras ella hable, yo callo. Sin rechistar. 

Otro otoño

| Jacinta Lluch Valero

El musgo tornará verde,
pero los árboles se desnudan de amarillos.

Los cielos estarán azules,
pero empiezan a volver las lluvias.

Aún hará calor,
pero las noches ya son frías.

Seguirán cantando los pájaros,
pero los grillos ya se han callado.

El viento ya no es del sur,
sino que viene del norte.

Será otoño, otro otoño,
pero aún tenemos estas memorias del verano.

| Rocío Moreno

 

Una reflexión

¿Qué es una reflexión? ¿Es acaso sentarse en la habitación en penumbra y en silencio mientras el tiempo martillea en el pasillo, y madre parece ajena? ¿Es acaso el producto de la soledad? ¿Es la reflexión una materia de preguntas sobre el mundo, y qué mundo sería ése? ¿Es escuchar el viento batir contra ventanas y árboles allá afuera, donde el cielo ruge y la tierra tiembla? ¿O la reflexión es lo que sale cuando me paro a pensar en tu nombre y los besos que nos daríamos si nuestra historia fuera real? ¿Es la reflexión, tal vez, una cosa del tiempo? ¿O una materia que evoluciona con los sentimientos? ¿Acaso es pararse a pensar mientras el calor arrecia en el cielo de junio y el sol de la tarde brilla fuerte a través del canto de mil pájaros? 

¿Qué es una reflexión?, me pregunto, mientras me hallo sentado en silencio ante el escritorio de mi habitación y el tiempo martillea en el pasillo, y mi madre parece ajena. Me pregunto lo de la reflexión mientras estoy solo y me hago todas las preguntas posibles sobre este mundo que se me ha quedado pequeño; mientras escucho cómo el viento sopla fuerte y viene de lejos, contra ventanas y árboles por igual, bajo un cielo que ruge de tormenta y la tierra tiembla a la espera de la lluvia. Me pregunto qué es una reflexión mientras pienso en tu nombre, en quién eres y los besos que me gustaría darte si la historia que me cuento en mi cabeza fuese real, si todo lo que dijera fuera no un cuento, pero un recuento de algo que pasa; reflexionar es lo que hago ahora, días después de las primeras palabras, cuando ya no hay tormentas ni vientos, sino un calor que arrecia en este cielo despejado de junio a las puertas de otro verano, y me pregunto qué verano sería… 

Me gustaría decir: una reflexión eres tú… Pero lo cierto es que una reflexión es sólo un momento: un pasajero del tiempo, un instante, una mirada perdida, un sentimiento fugaz. Una reflexión es poesía del alma, una melodía silbada en la lejanía, una brisa ligera en la cima de una montaña. Una reflexión es como un grano de arena en el desierto, una gota de agua en el océano, un copo de nieve en el norte. Una reflexión es una sombra, un destello, una estrella fugaz que viene y se va, te desea y se cumple. Una reflexión es un humo que se arremolina a nuestro alrededor, se evapora y desaparece, pero deja un aroma poderoso, de nostalgia quizá, de fugacidad, de algo que es efímero y eterno al mismo tiempo. Una reflexión es… ¿Qué es una reflexión? 

Qué demonios, una reflexión eres tú. Así de simple. 

Abulia

Acumulo ahora 15 borradores, llenos de polvo, de palabras añejas, de olvido. Porque el sentimiento detrás de la línea es olvido; es que la inspiración había que aprovecharla en el momento y ahora se fue hasta nosecuándo.

Ahora vuelvo a la vida normal, poco a poco. Porque estas cosas vuelven poco a poco, después de toda una temporada atascado tras horarios y opresión, la vida vuelve a su curso como el río que crece con las lluvias de primavera. La vida, en general, es de ir poco a poco; y de ir paso a paso

El cuaderno con garabatos no me falta; el bolígrafo anda destapado, siempre destapado, para que se reseque la tinta y corran las ideas. Afuera suena más a verano que a primavera, pero ahora que me paro a pensarlo, nunca sonó a primavera, ¿o sí? Los pájaros pían, los coches vienen y van con gentes que hablan alto y de barrio; los niños ahora andan en el colegio y ya vendrán por la tarde con el vocerío que me volverá loco. No sé si quiero escapar ahora a dar un paseo lejos, o si lo quiero hacer luego. Me resulta raro volver a estas mañanas, a mi propio ritmo sin que nada me empuje, calando el momento como quien cala el cigarro y va quemando la ceniza. El reloj palpita en mí, y cuando más escucho los segundos, menos pasa el tiempo. El silencio-no-silencio, ese estado de una casa en la que sólo estás tú, pero a través de las ventanas se cuela toda una vida, se me hace raro. Tal vez porque llevo tanto tiempo con ruido en la cabeza que no he podido parar a escuchar lo demás. Y ahora escucho el mundo, ahora escucho que es casi verano, que se dan otras voces; casi puedo decir, sinestésicamente, que soy capaz de escuchar el sol brillar y el calor arreciar en la brisa que es del sur. 

Y a pesar de eso, tengo las manos y los pies fríos, me pesa la abulia en cada centímetro cuadrado de la piel, y casi, del alma también. Porque hay algo del futuro que ya no me tienta ni me seduce: no me llama, no me tira, no me hace seguir. En mis planes, sólo quiero escapar: escapar por los caminos de arena, en el autobús a la ciudad desconocida, a perderme por lugares donde nadie me conoce ni habla mi historia. En mis sueños del mañana, me veo lejos y me siento en paz. Y eso no tiene nada que ver con la vida que llevo o con la gente que me rodea. No. Tiene que ver con… Conmigo, con algo dentro de mí que ha dado de sí y ¿se ha roto?

“La dejadez, la espera, la abulia.” | Gabriela Villareal

 

Tengo las manos frías porque mi alma es incapaz de sentir nada. Y tan frívolas como suenan estas palabras, así también está loquesea que hay dentro de mí. Algo —siento profundo— se ha quedado congelado para siempre… Para siempre: qué definitivas éstas. Mi madre me repite todos los días que en la vida nunca conocerá cosas que nunca o que siempre“que dejes de decir bobadas, hijo”, que la vida son o algunas veces o muchas veces, “pero que nunca será nunca o nunca será siempre”. Y entonces un día la pillé diciendo el vocablo prohibido y sonrió como quien es culpable, pero siente esta extraña dulzura de haber sido descubierto; es la dulzura de librarse del remordimiento, quizá. Aun así controlo lo que digo con ella, he dejado de atribuirle a la eternidad cosas que pasan en momentos. Lo cierto es que ahora que pienso en siempres y nuncas, escucho la vocecilla de mi madre por detrás como si me regañara y me lanzase una de sus miradas de desaprobación. Sí, la eternidad definitivamente nunca le hizo bien a nadie. 

Sólo que el tiempo pasa y tal vez he llegado a esa edad en la que los planes ya no significan nada: que llevo toda mi vida planeando para que al final no haya dado palo al agua, y todo lo que me queda ahora es… eso, el ahora: los pájaros que pían, la vecina que se queja, los coches que vienen y van, el segundero que da un tiempo retrasado y el pesar del pasar. La dejadez, la espera, la abulia. Me quedo con el presente en el que es casi imposible que pasen demasiadas cosas al mismo tiempo. 

Ya es casi mediodía y el sol recalienta la roca. Sé que ahí afuera está el calor, el del alma —y el de las manos—, donde pasan más cosas que dentro de esta casa y este silencio. Que lo que me queda es ponerme los zapatos y salir, a buscarme… O a esperar, aunque sea caminando, a que algo cruce mi camino y despierte al abúlico dentro de mí. O a que me dé la inspiración de cara en algún rincón inesperado. Porque este bolígrafo sigue destapado sólo para que se reseque la tinta. Tal vez tenga que salir para resolver estas dudas, pensar en ti, imaginarme un verano en el que, bajo la sombra de algún castaño en algún parque de la ciudad, estemos sonriendo como hacíamos en algún tiempo pasado, produciendo memorias para la posteridad, viviendo alguna anécdota que será testimonio de quiénes somos y de qué significa la vida.

No sé, algo. 

 

Un rincón al sur

La brisa cálida trae recuerdos de otras tierras, como las melodías de las golondrinas negras que traen los recuerdos de otro verano. Los naranjos se han vestido de flores blancas y su perfume impregna un jardín de roca labrada y palmera al son de una fuente que borbotea bajo el sol de Andalucía. De los muros de ladrillo rojo cuelgan las ramas largas de las buganvillas rosas y blancas. Por un momento, entre estas cuatro paredes tan antiguas como la tierra castiza misma, parece que la magia vuelve al mundo y todo es posible.

Cierra los ojos, déjate tocar por la guitarra
y viaja, caminante, bajo la luna de plata.
Viaja a un rincón del sur donde el tiempo se para,
donde la vida es un poco más feliz,
donde nada más te hace falta.

Mensaje en una botella

Mi habitación está en silencio y el tiempo pulsa lejano en otros relojes, palpita en mis venas a medida que estas palabras se me escurren y poco a poco dejo que esta historia tome mi vida. Afuera el sol ya se ha arropado bajo la noche y las estrellas salen a brillar; la luna sigue madurando como una extraña fruta que cuelga del cielo, haciéndolo más alcanzable. En la lejanía, siento que las montañas suspiran y el campo duerme. Esta primavera se nos está haciendo mayor así de repente.

Como mi corazón esta noche, esta historia no tiene sus líneas rectas. Hoy no. Hoy todo parece torcerse hacia lo mejor, adonde sea eso. Las sabanas se enrollan como abrazos secretos y las almohadas me hacen de consejeros.

El silencio late en mis oídos que parecen ceder ante la quietud. Todo ha parado de repente; la habitación ahora parece más pequeña. La luz de la lamparilla se hace más tenue, aunque la bombilla brilla igual; siento un cosquilleo que me empuja a pensar en tu nombre. Pero aun así, logro dormirme a primera hora de la mañana.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Me despierta la arena que se ha colado entre mis sábanas. Es arena blanca y fina. Noto una cálida brisa que sopla por debajo de mi puerta, y silba. A través de las paredes escucho un bullicio de mañana. “Es hora de levantarse”, pienso pero con un poco de duda. Me incorporo en la cama. El sol está brillando fuerte a través de las persianas. El frío de las mañanas ya se ha ido. Me levanto, subo la persiana, abro la ventana. Saludo el mundo y me fijo que donde antes había encinares y campos de olivos, ahora hay un mar. En el horizonte, hacia el oeste, ya no hay una sierra que lo corte, sino una vasta superficie azul que se hunde bajo él. Salgo a saludar a mi madre, que al parecer se ha levantado ahora y está preparándose el café. Las ventanas y las puertas están abiertas. Y aunque es domingo, se escucha actividad en la calle.

—¿Qué hora es? —le pregunto. Me mira, se mira el reloj.
—Mediodía. ¿Por qué? —me pregunta.
—Nada, nada.

Miro el reloj del pasillo: se ha parado.

—¿Has oído las campanas?
—¿Las campanas?
—Sí, las tenían que haber tocado ya, ¿no?
—No lo sé.

Me voy al baño y me lavo la cara. Hay arena por todas partes. Es lo que tiene que aparezcan playas de repente a la puerta de tu casa. Afortunadamente hoy es domingo y nos toca limpieza de la casa, así que mejor que aparezca ahora y no a mitad de semana.

Por lo demás, la rutina sigue igual: una vecina, en vez de traer huevos frescos de su granja, carga con una caja llena de cocos que ha recogido en la playa; otro vecino, en vez de traer tomates del huerto, trae una red llena de peces que ha atrapado temprano esta mañana.

—¡Buenos días! —me dice al verme salir.
—Buenos días, Chema, ¿qué tal la pesca?
Me enseña su lote y sonríe.
—Muy productiva, la verdad. Esta mañana ha sido provechosa —me informa.
—Ya veo —le digo. Nos reímos—. ¿Ya vuelve?
—Sí, la mujer está esperando a ver si hacemos la comida.
—Muy bien. ¡Que aproveche! —le digo.
—Gracias, mozo. ¿Y tu madre?
—Ahí está, haciéndose el desayuno —Ríe.
—Mira a ver si quiere uno o dos pescados frescos… —me oferta.
—Seguro que la encantará, ¡muchas gracias! Pero ahora mismo no puedo. Tengo que ir a la playa. Pase luego y se los da, como si fuera una sorpresa.
Se ríe. Me despido y subo la cuesta que da al descampado, y siguiendo un camino que antes me llevaba al campo, bajo hacia la nueva playa.

A pesar de todo, casi no hay nadie, sólo algunos vecinos tempraneros del barrio. El sol se ha puesto en la corona del cielo y pega fuerte, pero no pasa nada. Las encinas han sido sustituidas por altas palmeras que dan una buena sombra. Me siento bajo una y saco un trozo de papel.

De la noche a la mañana se ha puesto amarillento, como si hubieran pasado años más bien. Saco del bolsillo el primer bolígrafo que he pillado antes de salir de casa y me dispongo a escribir. Las olas baten contra la arena con melodía y traen a sus espaldas una brisa que llega desde el sur. Huele a sal y a libertad todo mezclado; qué paz. Todavía no he escrito nada. Me he detenido un momento: cierro los ojos y respiro profundo, muy profundo. El momento me invade: el sol, la brisa, las olas, la memoria de una vida pasada; todo me llena hasta la profundidad del alma y mi cuerpo se deja llevar. Puedo notar cómo me hundo cómodamente un poco en la arena blanda, fina y blanca. “Esto es el paraíso”, pienso. Y sonrío sin darme cuenta. “Ah”, suspiro. 

Cuando toco papel con bolígrafo, mi letra se convierte en pura caligrafía, exactamente como si sangrase mi corazón con poesía y cobrasen forma mis sentimientos sobre la hoja. Me desbordan y mis manos parecen haber cobrado vida propia con tanta palabra. No sé quién quiere decir más, si yo o ellas. Pero no pasa nada. 

A ti, 

No parece que tengamos muchas oportunidades para decirnos todo eso que queremos decir. Tú estás en tu isla aislada del mundo, batida casi por otros mares; suena la melodía de otras aguas y pasan otras cosas que aquí parecen ajenas. Y yo… yo estoy en mi rincón, en esta playa que no deja de ser otro mundo a parte del tuyo, donde las olas traen otros vientos, baten otros sonidos; me recuerdan otras cosas. A pesar de la distancia, quiero dedicarte este pequeño momento que es nuestro: que cuando lo leas, nos acercará a través del tiempo y el espacio, cruzaremos ambos este horizonte de arena y sal, y por un momento, cuando leas esto, sentirás que estoy ahí contigo, a tu lado, casi susurrando estas palabras que llegan con el hálito del mar. Porque es ésta la que nos une, en realidad, el vasto reino de desconocido y fantasía en el que pueden pasar tantas cosas… Es a orillas de este mundo de agua y viento donde se encuentran los paraísos más bellos, los rincones más íntimos, los atardeceres más inolvidables. Estamos ambos perdidos, lo sé, náufragos de esta vida de búsqueda y aventura, pero espero que, con este mensaje, nos encontremos por fin y podamos disfrutar de esos momentos juntos. Te estaré esperando en esta playa, bajo una palmera, sintiendo la cálida brisa acariciar mis labios con la promesa de un beso, esperando a las olas que traigan tu mensaje desde el lejano desconocido… a atracar en mi arena. Estaré aquí. 

Enrollo el trozo de papel y lo aseguro con un pequeño lazo. Me levanto de un salto, limpiándome la arena del pantalón. La playa está llena de botellas de cristal vacías —todas las promesas rotas que han ido a acabar a este reino olvidado— y, aunque siento cierto respeto por la escena, cojo la primera que me gusta. “Lo siento”, murmuro al viento. Y apretujando mi mensaje a través del cuello de la botella, lo sello con un corcho y lo lanzo lo más lejos posible. Con un sonoro salpique, la botella se hunde y vuelve a emerger a lomos de una ola que, acostumbrada por el gesto, parece alejar mi mensaje de la playa. “¡Gracias!”, grito. Me quedo un rato de pie contemplando cómo la botella se aleja más y más, haciéndose cada vez más pequeña, hacia el sur, perdiéndose en el azul desconocido. Me meto en el agua un poco a dejar que las olas me mojen los pies; está fría. Me salgo. Le echo un último vistazo al horizonte con un nudo en el corazón, esperando, esperando… 

La playa está llena de botellas de cristal vacías…

Me doy la vuelta y subo por el camino por el que he venido. Arriba ya, vuelvo a darme la vuelta y veo una panorámica de la playa que se extiende hacia el oeste. “¿Habrá caminado alguien toda esta playa?”, pienso y empiezo a fantasear sobre las tierras que me encontraría al otro lado. Un día… Un día

De vuelta en casa, toca barrer toda esta arena fuera; el reloj del pasillo ha empezado a dar la hora.