9 de octubre del 2014

Cada vez que vuelvo a este blanco, me palpita con silencios y deseos. Con palabras soñadas y sentimientos indescifrables. Y tú estás en el fondo como ese destinatario eterno que nunca leerá estas líneas. Tú, sin saberlo, me impulsas a escribir. Y aunque no entiendo muy bien cómo, sé que un día te toparás conmigo otra vez —con esta historia, más bien— y toda esta odisea habrá merecido la pena. Mientras te estás yendo, cayendo en el olvido, escribo estas palabras sin destinatario fijo, consolándome la nostalgia. Pronto lo lanzo al vacío infinito, hasta que tope con Otro, conectemos; nos unamos; nos contemos historias; existamos. Porque yo creo que escribo para existir. Así de severo —y necesario— es esta aventura

Rescato otro borrador del olvido. Éste de hace casi dos años. Lo leo como si nunca lo hubiera escrito, sin saber muy bien lo que quería decir; sin saberlo todavía ahora que lo edito. Pero ese sentimiento del que hablo es el mismo: sigo volviendo a este espacio blanco sintiendo el silencio y el deseo palpitar. Tal vez no como un corazón apasionado, sino como una herida abierta esta vez; es un sentimiento sensible. 

No sé si tú sigues ahí en el fondo, destinatario desconocido, oculto, pero eterno y fijo. No estoy seguro si sigues impulsándome a escribir, o es sólo la necesidad ahora lo que me queda. 

Sólo sé que ahora debo dejarte marchar, por fin, tras tantos años; lanzarte a ese gran vacío esperando poco, o nada. Quizá encuentre a otro, quizá no. No sé si eso importa o no ahora. Tampoco sé si habrá merecido la pena toda esta odisea, pero aquí sigo: palpitando con silencio y deseo contra este blanco. Que nunca me falte. 

No saber a dónde vamos ni de dónde venimos

Justo al ocaso, cuando el sol desaparece tras el horizonte, el cielo se tiñe de rojo, de naranja y amarillo, y rosa y morado fulgurante; la última llama, como algunas veces lo llaman. Después uno tiene aproximadamente 20 minutos para encontrar refugio antes de que el azul crepite y se convierta en marino, y después en negro; y el negro se haga azabache y la oscuridad lo engulla todo bajo un manto de frías estrellas.

Momento que compartió conmigo una buena amiga, gran cocinera e increíble fotógrafa, de un atardecer en nuestro pueblo perdido de la Sierra de Madrid. Más tarde escribí el relato, pero me di cuenta rápidamente que encajaban perfectamente… Bonitas coincidencias. | @Lazyloty

Habíamos conducido durante horas. Parece mentira cómo el tiempo se pasa volando en un coche. Habíamos atravesado bosques y montañas, y acabábamos de parar en una gasolinera a las afueras de un pueblo remoto, pequeño y recóndito. María y David se habían quedado dormidos: ella en el asiento del copiloto, él en la parte de atrás. E inevitablemente el coche olía a vida, a humanidad y a ganas; y a colonia mezclada con sudor, y a los pies de David. También olía a cerveza, a cigarros, a patatas de bolsa y hamburguesas rurales. Nos habíamos apiñado en el viejo Citroën de mi padre, con todas las cosas que nos queríamos llevar, a empezar una nueva vida en alguna parte que aún no conocíamos. Todo dependía del camino, y de mi buen juicio al volante.

El frío empezaba a notarse porque el tiempo al otro lado de las montañas es distinto. Radicalmente distinto, como las personas. Al salir del coche, respiré hondo y me despejé. Tirité un poco. Estiré las piernas, me desperecé y caminé hacia la tienda. Me di la vuelta para ver otra vez aquel ocaso desgarrado y cómo estaba troceado por las nubes; joder qué bonito, pensé.

Vi a María moverse en el asiento: se desperezaba. Me quedé mirándola un rato, sin prisas ni preocupaciones. No había nadie, no había tráfico; había silencio, grillos, mundo que seguir. Así que me lo podía permitir. También me permití sonreír. Dio un bostezo; David se retorcía en el asiento de atrás, todavía dormido. Salió del coche y se estiró, con los pelos hechos una leona, cuando más guapa está. Se dio la vuelta, la sonreí:

—¿Dónde estamos? —casi gritaba. David se daba otra vuelta; no es muy cómodo dormir en el coche.

—Ni puta idea —dije.

—¿Y el mapa?

—Por ahí está —respondí con indiferencia. Empecé a visualizar toda la basura que habíamos acumulado en estos días, y el pobre mapa en el fondo.

—¿A dónde vas?

—Voy a mear y a comprar agua. Tengo la boca seca. ¿Quieres algo?

Se apoyó sobre el coche, dándome la espalda. Entendí que no quería nada, pero por si acaso insistí:

—¿Que si quieres algo? —pregunté un poco más alto. Ella negó con la cabeza pero sin mirarme. Es que el ocaso era jodidamente precioso.

 

Al salir, David entraba.

—Me podíais haber despertado, cabrones.

—¿Para qué?

—No sé, pa’ ir al baño, comprar algo, tomar el aire. Algo.

—Ah, no sé, chaval. —Siempre ha odiado que le llamemos «chaval». David, que ya había cumplido sus 26 años, se sentía de todo menos un chaval. Con la barba enloquecida, los pelos revueltos y un sentido de la vida despreocupado, vivía al máximo su adultez. Pero sin la responsabilidad, obviamente. Había viajado a Sudamérica buscando respuestas —respuestas a la vida, como dijo antes de embarcar en el avión hacia Colombia— y, al regresar a Madrid, se metió a un grupo que nunca supe muy bien qué hacía. Reivindicar y rebelarse contra el sistema, como a él le gustaba, pero sin moverse tanto como debiera. 

Pero a todos nos entró (de golpe) algo aquel verano, como que nos faltaba algo en nuestras vidas. María me llamó a altas horas de la madrugada un día: —Eh, ¿te he despertado? —¿A ti qué te parece? —Lo siento. —No pasa nada. ¿Qué pasa? —Tenemos que hablar. —¿No puede esperar? —No —. Así que hablamos. Hablamos durante más de una hora. Casi se me apaga el móvil por falta de batería. —Que nos tenemos que ir. Lo tengo decidido. Nos tenemos que ir. Todos —me dijo segura, entusiasmada; fumada seguramente. —¿Qué te has tomado? ¿Irnos a dónde? —la pregunté. No me lo podía creer y empecé a dudar si era real o sólo estaba soñando.

Al día siguiente quedamos y me repitió la historia desde el principio, «por si no te enteraste anoche» recalcó.

Así que hablamos los tres durante una cena, y dos, y tres… Y después de muchas cervezas y algún que otro porro, les sugerí coger el viejo Citroën, preparar alguna que otra maleta con lo básico, montar el coche y pirarnos. Pirarnos lejos. David vaciló varias veces, «pero, pero… ¿y la familia? ¿La peña?» preguntó. «Lo entenderán» sentenció María. Y los tres aceptamos.

Ahora estábamos los tres allí, en una gasolinera en medio de la nada, apoyados en el coche, encogiéndonos con el fresco y contemplando, hombro a hombro, aquel increíble ocaso.

María me dio un codazo. Giré la cabeza. Ella me sonrió.

—¿Sigues queriendo hacerlo? —me preguntó.

La miré a los ojos y a los labios, y ese pelo castaño que tan bien le enmarcaba la cara. Todo era perfecto; era tan guapa.

—Por supuesto —dije.

Y me besó.

Pude sentir cómo David nos miraba.

—Ahora os pilláis una habitación en el hostal, eh —decía con sarcasmo.

Le di un codazo; los tres reímos.

Extraños en el metro

Creo que tú me viste primero, porque llegué tarde a la parada. Creo que siempre eres tú quien se fija primero, no lo sé: no me di cuenta hasta el año pasado, cuando te miré como miraría a un desconocido y me devolviste esa mirada, y lo supe. Lo que pasó esta vez es que estaba disfrutando de estos preciosos últimos días de verano, porque septiembre no tiene muchos de esos. Los árboles y los setos aún están verdes y recuerdan a la primavera; los campos, con las últimas lluvias de agosto, parece que han rejuvenecido. Y en fin, no parece otoño; de hecho, si no fuera por un calendario marcado en septiembre, creería que es primavera de nuevo: el sol que no quema, el frío que no hiela, los pájaros, la brisa templada, los cielos celestes, el olor fantasma de flores en el aire. 

Cercanos, y alejados al mismo tiempo, en el metro hemos jugado a ese juego de miradas perdidas al que siempre jugamos: tú me miras, yo te miro y me dejas de mirar; te dejo de mirar y me miras. Como si fuéramos dos niños en una inmensidad intentando decir algo sin realmente decirlo; sin atrevernos a saltar al vacío y descubrir, por fin, qué significa de verdad que nos miremos

Nos montamos en el bus como ajenos la mayoría de los días, pero vívidamente conscientes del otro, en todo momento sabiendo qué espacio ocupas, y ocupo. Nos tocamos así, en la distancia, tentando cada momento, esperando, siempre al borde de algo sin que pase nada.

Muchas veces creo que vuelvo solo en un autobús lleno de extraños, y eso me consuela esta inquietud, o este miedo. Y aunque tú también lo eres, un extraño, nos conocemos desde hace años: de coincidir en los mismos caminos, en los mismos rincones, en los mismos trayectos; de mirarnos tanto sin decir absolutamente nada.

Cruce de miradas | Malizia Kiss

A lo mejor todo esto está en mi cabeza, que las miradas son sólo miradas, que no hay ningún destino ni ninguna emoción. Que, sencilla y plenamente, somos dos extraños en el metro y eso es el fin de la historia. Pero ¿y si no somos dos simples extraños? ¿Y si podemos ser algo más? 

El desconocido

La noche me despierta, su silencio es de cristal frágil. Ni siquiera cantan los grillos, ni siquiera sopla el viento; nada. Un impulso me sobrecoge, parece una fuerza mayor que yo, y no sé por qué lo hago, pero empiezo a vestirme. Abro la puerta y no cruje. “¿Qué le pasa al ruido hoy?”, pienso mientras recorro el pasillo oscuro y tanteo la pared con las manos hasta que llego a la entrada. Cojo las llaves, abro y me bajo las escaleras. En menos de 30 segundos estoy abajo, dando la cara a la calle por un momento indeciso.

Una farola lejana, sucia y vieja, ilumina tenuemente mi barrio. No hay nadie, ni siquiera los fantasmas rondan las calles a estas horas. Horas; pronto amanecerá, lo siento en el aire. Empiezo a andar el asfalto y siento que mis primeros pasos son ensayos, como si justo estuviera aprendiendo a andar. Doy cada zancada con miedo y reserva, como si estuviera a punto de caerme en el alquitrán. Así que ando despacio, contra la gravedad, sin metas.

(In Dead End Horror)

Al salir de mi barrio, otra farola sucia y vieja ilumina otra porción del pueblo y me doy cuenta de que las farolas sucias y viejas se yerguen a cada pocos metros, como centinelas. Es que el mundo es viejo y sucio. Doblo la esquina y me encaro a una calle completamente a oscuras. Y con cautela me adentro en las entrañas de esa oscuridad, siempre alerta por los monstruos de la noche. Es verano y parece que hay más monstruos ahora.

Las ventanas respiran: desde mil interiores escucho clandestinamente el sueño de desconocidos; el ronquido tronador de algunos, la paz de otros. Y de repente me siento extraño porque no estoy durmiendo, sino que estoy paseando la madrugada. Mis pasos empiezan a sonar más y más, como una bola de nieve de sonido que, en la oscuridad más negra, crece y crece, vociferando un eco infernal que a falta de ventanas cerradas, invade las habitaciones dormitas sin permiso. Ya basta”, susurro, esperando a que el eco se dé la vuelta y me obedezca.

Me doy cuenta de que es un sonido ahuecado, indescriptiblemente vacío. Por si acaso me paro en seco e incluso aguanto la respiración. Pero el silencio es imperturbable, aunque en mis oídos sólo escucho el tambor del corazón cada vez más alto y rápido. Pu-pum, pu-pum, pu-pum, pu-pum. Siento que voy a explotar; tengo los oídos taponados, como si estuviera a miles de metros de altura. Abro la boca y trago una gran bocanada de aire que me alivia de mi quietud. ¡Ah!

Estoy quieto en medio de la calle y tengo los ojos bien abiertos para ver en la oscuridad por si aparece alguna sombra de imprevisto, que al menos pueda pretender que no me he asustado. Pero no aparece nada, ni nadie; estoy solo. Solamente escucho el silencio en las lejanas montañas y el zumbido de las ventanas abiertas. Decido que es momento de seguir andando, que lo que tengo que buscar no está en medio de la calle, está más lejos. Doy el primer paso y me paro: quiero comprobar si se ha acabado el efecto eco de mis pasos. Bum. Doy otro paso. Bum. Pues no, ahí sigue el eco hueco, fiel acompañante en la noche. Además, retumba con fuerza contra el silencio y las fachadas, y vuelve a mí amplificado que incluso me sobresalta. “¿Debería dejar de andar?”, pero yo quiero seguir.

El eco parece tener una relación inversa con la velocidad: cuando más lento, más alto; así que empiezo a andar más deprisa, más deprisa, hasta que andar se vuelve correr y la respiración se vuelve jadeo. Tac, tac, tac, tac, tac. Y cuando menos lo espero, mis zapatos dejan el asfalto atrás y empiezan a pisar arena. No es cualquier arena: es arena lavada por la lluvia. Es una arena libre, más suelta y suena limpia, como si hubiera viajado mucho camino hasta llegar a donde está. Tampoco lo puedo confirmar, la oscuridad no me deja. De hecho, hay tanta oscuridad que ni veo las estrellas ni la luna; nada. “¿Dónde está el cielo?”; intuitivamente miro hacia arriba. Con tanta oscuridad no puedo estar seguro si sigue por encima de mí o si se ha movido, y porque escucho la arena crujir bajo mis suelas, estaría pensando que el cielo está bajo mis pies.

El camino ahora no está encajado por asfalto y ladrillo, no hay fachadas ni ventanas; ahora hay sólo arena y roca, y árboles altos y viejos. Y libertad. La escucho como un vacío que se abre ante mí y se extiende para siempre, como un gran abismo horizontal en el que uno no se cae, se encamina. Y esa sensación me da vértigo. Hay algo en la libertad de verdad que da vértigo. Pero decido seguir. Mis pasos ahora están amortiguados y suenan a lija: crr, crr, crr. Intento pasar desapercibido, pero me es imposible. Parece ser que el sonido de los pasos está ligado al camino, es parte íntegra de éste. Casi podría decir que uno no podría existir sin el otro, que si el camino fuera silencio, ¿quién nos podría asegurar que estamos caminando?

Sigo la arena que fluye bajo mí y la oscuridad se me enreda como un velo; no me deja ver nada. La siento como una telaraña que pillas entrando en una habitación que ha estado encerrada durante años. Y no sé por qué, pero empiezo a agitar las manos intentando quitarme la noche de la cara. Al principio no pasa nada, pero poco a poco, como una neblina, se despeja una visión y empiezo a ver un brillo: es la luna que me guía. Y veo el camino, y los árboles y las lejas montañas fantasmagóricas que se erigen como titanes sobre el horizonte. Vuelvo a mirar hacia arriba intuitivamente y me dan la bienvenida millones de gotas de luz que titilan casi con felicidad. Vuelve a nosotras”, parece que me susurra el cielo.

Instintivamente cierro los ojos para disfrutar del momento, aunque sea de noche y haya silencio. Pero poco a poco también se despeja éste, como una bruma, y desde lejos emanan, uno a uno, las voces de la noche: los perros lejanos, los coches sonámbulos, la floja brisa que escalofría la piel y que silba a ras de suelo y en las aristas de las rocas talladas. Veo el follaje de los árboles temblar suavemente al contraluz de la luna y me doy cuenta de que he emergido de otro mundo, algo que he dejado atrás cuando pisaba nueva tierra. Así que me doy la vuelta para comprobarlo y veo el monstruo de negro y asfalto, un ente hecho de silencio e ilusión.

(Kevin Cooley, “Controlled burns”)

Es un muro de humo opaco e impenetrable que termina donde empieza la arena. Se mece casi imperceptiblemente con el pulso de la noche y desprende pequeños lazos humeantes que rápidamente se desintegran y desvanecen. ¿Es eso lo que hemos creado? Los perros no dejan de ladrar; el ruido de la noche ahora es abrumador porque viene de todas partes. Me acerco poco a poco a esa atmósfera distinta y cuando llego al borde, extiendo la mano ondeándola en esa materia, pero es inerte y no se inmuta: mi mano la atraviesa como si fuera un fantasma. De hecho, eso es lo que es, un fantasma de los hombres y el tiempo, un espejismo del progreso. Me acerco aún más e intento olerlo, y huele a humo y metal usado. Ésta es la noche que nos hemos construido. Me doy la vuelta y la dejo abandonada; debo seguir. Me estaba empezando a sentir receloso. Lo mejor ahora es mirar en el sentido opuesto, hacia las montañas, donde parece que puedo respirar mejor. Y respiro mejor.

El camino desciende poco a poco hacia un pequeño valle encajado. Los árboles se hacen más frondosos y ahí donde comencé con un claro sobre mi cabeza, ahora empieza a instalarse una cubierta de hojas. Las estrellas lentamente desaparecen tras el follaje, pero la luna, casi llena, ilumina aún con fuerza a través de las ramas. El suelo bajo mis pies, de arena fina y grava rodada, está moteado con lunares de luz; parece que hay otro cielo bajo mis pies después de todo. Aún no tengo la sensación de andar con seguridad, de que todavía estoy aprendiendo a andar y cada paso es un paso en falso, como si estuviera pisando huevos. Por el sonido, cualquier pensaría que así es.

(Río Grande, Sierra County, Nuevo México, EE. UU.)

A medida que me voy acercando al fondo del valle, el canto de los grillos y el silbido de la brisa son reemplazados por el chapurreo apacible de lo que parece ser un pequeño río. Más bien es un riachuelo. Me gustaría decir que se escucha el canto de ranas y hay luciérnagas, pero lo cierto es que sólo hay maleza y hierba alta, y los grillos en la lejanía. El aroma de la tierra mojada se mezcla con el perfume del verano, de arena seca y roca caliente, y siento la frescura del agua y del verdor en mi cara y a mi alrededor. Es un respiro de paz a orillas de este gran desierto de incertidumbre y calor.

Con cuidado me acerco a la orilla y siento la corriente empujar el agua desde las lejanas montañas —que siento cerca de repente— hasta eventualmente el mar. Me he mojado un poco los pies. Me doy cuenta de que llevo sandalias y no zapatos. Decido que lo mejor que puedo hacer es seguir el riachuelo hasta donde me lleve, a lo mejor ésa es mi forma de volver a casa o encontrar lo que tanto estoy buscando. Pero debo seguir. Con maña me abro entre las cañas y las ramas de arbustos bajos. Siento cosquillas en los gemelos y en los pies, y siento cómo el agua y la arena se cuelan en mis sandalias. Decido descalzarme, desprenderme de eso también, y reposar mi piel desnuda contra el suelo frío. Me hundo un poco y puedo sentir cómo el barro se escurre entre mis dedos. La tierra también se desnuda. Y de repente me siento libre, siento que esa cruda sensación de barro en la planta de mis pies me hace más libre, y me roba una sonrisa.

Vuelvo a mirar el cielo. Algunas nubes se despejan y me dejan ver la luna casi llena con todo su esplendor: se halla también desnuda allí arriba, esa magia de luz y sueño, el otromundo que es a la vez parte del nuestro, inseparable. Me pregunto, ¿y qué sería de la noche sin una luna?” Y no puedo imaginarlo. Aun cuando la luna está oscura, nueva, ahí está. Un día, poco a poco, volverá y siempre iluminará, una vez al mes, esta oscuridad que llega a ser impenetrable. Es un símbolo de esperanza, nos recuerda que no todo dura para siempre.

No sé cuánto he andado. No sé qué he recorrido, no sé si aún estoy en mi pueblo o me encuentro en otro. De hecho, no puedo estar seguro ni siquiera si estoy en el mismo mundo del que vengo. La noche algunas veces es más que otro tiempo: es otro espacio. Después de todo, he emergido de esa negrura y algo nuevo se ha revelado. Miro hacia atrás y con el claro de luna distingo la silueta del valle erigirse hacia arriba, recubierto de árboles. Y puedo distinguir el riachuelo que he seguido y que serpentea entre los matorrales. “Ahora no”, pienso: ahora no puedo volver. Así que sigo.

A pesar de todo lo que nos puedan decir, el tiempo no pasa por la noche. El tiempo es un elemento estático en el cielo, en la oscuridad y el silencio. Después de todo, el tiempo se mide por el baile del sol, y por la noche no hay soles. El tiempo nocturno se mide por el tiempo que uno espera hasta que rompe el alba. Por esos los dioses hicieron a los hombres dormir. Y cuando otro día amanece, el reloj vuelve a reanudar su marcha. Si no tienes cuidado y te quedas despierto toda la noche, se puede hacer eterna y te puedes quedar atrapado en ella. Y el único hechizo para salir… es soñar.

El riachuelo termina de golpe. Ha besado un cuerpo de agua más grande que él y los dos se han unido en un solo cuerpo de azul. Ha dejado de serpentear para abrazar la tierra y hacerse parte de ella: se ha hecho lago. La luna desaparece y reaparece tras las nubes al ritmo del viento y en una de esas veces que se deja ver, puedo descubrir la gran silueta de mil árboles reunidos a orillas de ese gran elemento. Lo guardan, me parece entender. Son como aquellos centinelas de la ciudad, pero en vez de iluminar, sólo lo soportan, al lago. La brisa sigue acariciando el aire y en todos esos árboles se hace un susurro de hojas; un escalofrío me recorre la espalda.

(Claude. Reflejo de luna en Deininger Weiher, Munich)

La superficie del lago también se riza con esta brisa y hace con la imagen de la luna un borrón. Pero pronto llega la calma y el agua se queda quieta, y una gemela de la luna aparece clara en la tierra. En ese mismo momento, uno se ve tan tentado a saltar en ese espejo, y si así fuera, caer en el cielo y abrazar las estrellas.

Me acerco poco a poco a la orilla para ver mejor ese reflejo de luz. Estoy ensimismado durante un rato. Un paso en falso, como era de esperar, y una pequeña piedra me pinza el pie. Rápidamente miro hacia abajo sólo para encontrarme con el reflejo de un desconocido. 

 

¿Continuará?

En tierra de nadie

No sé si lo sabes, pero me has embrujado desde lejos.

Durante mucho tiempo he estado andando otros desiertos y otras ruinas en mi corazón. He andado largos caminos haciendo preguntas imposibles contra el silencio sin obtener nada, y he estado vagando solo en tierra de nadie, hacia tierra de nadie. Pero has llegado tú y parece que este hechizo se está rompiendo poco a poco, y me hallo en una nueva tierra; tengo miedo. Tengo ahora otras preguntas imposibles sobre este territorio desconocido en el que me encuentro, caminando ahora con cuidado contra el ruido que está arreciando en mi cabeza, sobre ti, sobre lo que pueda pasar…

Sólo te pido: dame paz. Eso es lo único que te pido.

Mensaje en una botella

Mi habitación está en silencio y el tiempo pulsa lejano en otros relojes, palpita en mis venas a medida que estas palabras se me escurren y poco a poco dejo que esta historia tome mi vida. Afuera el sol ya se ha arropado bajo la noche y las estrellas salen a brillar; la luna sigue madurando como una extraña fruta que cuelga del cielo, haciéndolo más alcanzable. En la lejanía, siento que las montañas suspiran y el campo duerme. Esta primavera se nos está haciendo mayor así de repente.

Como mi corazón esta noche, esta historia no tiene sus líneas rectas. Hoy no. Hoy todo parece torcerse hacia lo mejor, adonde sea eso. Las sabanas se enrollan como abrazos secretos y las almohadas me hacen de consejeros.

El silencio late en mis oídos que parecen ceder ante la quietud. Todo ha parado de repente; la habitación ahora parece más pequeña. La luz de la lamparilla se hace más tenue, aunque la bombilla brilla igual; siento un cosquilleo que me empuja a pensar en tu nombre. Pero aun así, logro dormirme a primera hora de la mañana.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Me despierta la arena que se ha colado entre mis sábanas. Es arena blanca y fina. Noto una cálida brisa que sopla por debajo de mi puerta, y silba. A través de las paredes escucho un bullicio de mañana. “Es hora de levantarse”, pienso pero con un poco de duda. Me incorporo en la cama. El sol está brillando fuerte a través de las persianas. El frío de las mañanas ya se ha ido. Me levanto, subo la persiana, abro la ventana. Saludo el mundo y me fijo que donde antes había encinares y campos de olivos, ahora hay un mar. En el horizonte, hacia el oeste, ya no hay una sierra que lo corte, sino una vasta superficie azul que se hunde bajo él. Salgo a saludar a mi madre, que al parecer se ha levantado ahora y está preparándose el café. Las ventanas y las puertas están abiertas. Y aunque es domingo, se escucha actividad en la calle.

—¿Qué hora es? —le pregunto. Me mira, se mira el reloj.
—Mediodía. ¿Por qué? —me pregunta.
—Nada, nada.

Miro el reloj del pasillo: se ha parado.

—¿Has oído las campanas?
—¿Las campanas?
—Sí, las tenían que haber tocado ya, ¿no?
—No lo sé.

Me voy al baño y me lavo la cara. Hay arena por todas partes. Es lo que tiene que aparezcan playas de repente a la puerta de tu casa. Afortunadamente hoy es domingo y nos toca limpieza de la casa, así que mejor que aparezca ahora y no a mitad de semana.

Por lo demás, la rutina sigue igual: una vecina, en vez de traer huevos frescos de su granja, carga con una caja llena de cocos que ha recogido en la playa; otro vecino, en vez de traer tomates del huerto, trae una red llena de peces que ha atrapado temprano esta mañana.

—¡Buenos días! —me dice al verme salir.
—Buenos días, Chema, ¿qué tal la pesca?
Me enseña su lote y sonríe.
—Muy productiva, la verdad. Esta mañana ha sido provechosa —me informa.
—Ya veo —le digo. Nos reímos—. ¿Ya vuelve?
—Sí, la mujer está esperando a ver si hacemos la comida.
—Muy bien. ¡Que aproveche! —le digo.
—Gracias, mozo. ¿Y tu madre?
—Ahí está, haciéndose el desayuno —Ríe.
—Mira a ver si quiere uno o dos pescados frescos… —me oferta.
—Seguro que la encantará, ¡muchas gracias! Pero ahora mismo no puedo. Tengo que ir a la playa. Pase luego y se los da, como si fuera una sorpresa.
Se ríe. Me despido y subo la cuesta que da al descampado, y siguiendo un camino que antes me llevaba al campo, bajo hacia la nueva playa.

A pesar de todo, casi no hay nadie, sólo algunos vecinos tempraneros del barrio. El sol se ha puesto en la corona del cielo y pega fuerte, pero no pasa nada. Las encinas han sido sustituidas por altas palmeras que dan una buena sombra. Me siento bajo una y saco un trozo de papel.

De la noche a la mañana se ha puesto amarillento, como si hubieran pasado años más bien. Saco del bolsillo el primer bolígrafo que he pillado antes de salir de casa y me dispongo a escribir. Las olas baten contra la arena con melodía y traen a sus espaldas una brisa que llega desde el sur. Huele a sal y a libertad todo mezclado; qué paz. Todavía no he escrito nada. Me he detenido un momento: cierro los ojos y respiro profundo, muy profundo. El momento me invade: el sol, la brisa, las olas, la memoria de una vida pasada; todo me llena hasta la profundidad del alma y mi cuerpo se deja llevar. Puedo notar cómo me hundo cómodamente un poco en la arena blanda, fina y blanca. “Esto es el paraíso”, pienso. Y sonrío sin darme cuenta. “Ah”, suspiro. 

Cuando toco papel con bolígrafo, mi letra se convierte en pura caligrafía, exactamente como si sangrase mi corazón con poesía y cobrasen forma mis sentimientos sobre la hoja. Me desbordan y mis manos parecen haber cobrado vida propia con tanta palabra. No sé quién quiere decir más, si yo o ellas. Pero no pasa nada. 

A ti, 

No parece que tengamos muchas oportunidades para decirnos todo eso que queremos decir. Tú estás en tu isla aislada del mundo, batida casi por otros mares; suena la melodía de otras aguas y pasan otras cosas que aquí parecen ajenas. Y yo… yo estoy en mi rincón, en esta playa que no deja de ser otro mundo a parte del tuyo, donde las olas traen otros vientos, baten otros sonidos; me recuerdan otras cosas. A pesar de la distancia, quiero dedicarte este pequeño momento que es nuestro: que cuando lo leas, nos acercará a través del tiempo y el espacio, cruzaremos ambos este horizonte de arena y sal, y por un momento, cuando leas esto, sentirás que estoy ahí contigo, a tu lado, casi susurrando estas palabras que llegan con el hálito del mar. Porque es ésta la que nos une, en realidad, el vasto reino de desconocido y fantasía en el que pueden pasar tantas cosas… Es a orillas de este mundo de agua y viento donde se encuentran los paraísos más bellos, los rincones más íntimos, los atardeceres más inolvidables. Estamos ambos perdidos, lo sé, náufragos de esta vida de búsqueda y aventura, pero espero que, con este mensaje, nos encontremos por fin y podamos disfrutar de esos momentos juntos. Te estaré esperando en esta playa, bajo una palmera, sintiendo la cálida brisa acariciar mis labios con la promesa de un beso, esperando a las olas que traigan tu mensaje desde el lejano desconocido… a atracar en mi arena. Estaré aquí. 

Enrollo el trozo de papel y lo aseguro con un pequeño lazo. Me levanto de un salto, limpiándome la arena del pantalón. La playa está llena de botellas de cristal vacías —todas las promesas rotas que han ido a acabar a este reino olvidado— y, aunque siento cierto respeto por la escena, cojo la primera que me gusta. “Lo siento”, murmuro al viento. Y apretujando mi mensaje a través del cuello de la botella, lo sello con un corcho y lo lanzo lo más lejos posible. Con un sonoro salpique, la botella se hunde y vuelve a emerger a lomos de una ola que, acostumbrada por el gesto, parece alejar mi mensaje de la playa. “¡Gracias!”, grito. Me quedo un rato de pie contemplando cómo la botella se aleja más y más, haciéndose cada vez más pequeña, hacia el sur, perdiéndose en el azul desconocido. Me meto en el agua un poco a dejar que las olas me mojen los pies; está fría. Me salgo. Le echo un último vistazo al horizonte con un nudo en el corazón, esperando, esperando… 

La playa está llena de botellas de cristal vacías…

Me doy la vuelta y subo por el camino por el que he venido. Arriba ya, vuelvo a darme la vuelta y veo una panorámica de la playa que se extiende hacia el oeste. “¿Habrá caminado alguien toda esta playa?”, pienso y empiezo a fantasear sobre las tierras que me encontraría al otro lado. Un día… Un día

De vuelta en casa, toca barrer toda esta arena fuera; el reloj del pasillo ha empezado a dar la hora.