Donde sangra el amor

Cerraron el parque. Reseñas en el periódico local y un breve informativo en la televisión regional decían que una investigación policial estaba en proceso, que un grave crimen se había cometido en el Paseo de las Rosas, justo al lado del Palacio. Pero no dieron más detalle. Una cascada de tuits de usuarios del parque indignados inundó rápidamente la red en pocas horas, pidiendo explicaciones, pero nadie —ni nada— aclaraba más.

A la mañana siguiente lloviznaba y el frío atenazaba las manos. Los viandantes pasaban rápido por la acera, sin importarles lo que allí había pasado. Me acerqué, como pocos curiosos, a la única entrada permitida al público, ahora firmemente cerrada. Era un gran portón de hierro forjado que, como informaba una placa ya oxidada, databa del siglo XIX. Allí asomé la cara por entre las barras para ver si podía ver algo, pero los árboles siempre han sido densos en este parque y ofrecían la intimidad por la que era conocido.

—Llevan 40 años sin cerrarlo —dijo de repente un anciano que, como yo, se había plantado delante del portón—. Después de la Guerra decían que nunca más lo cerrarían, no como hizo El General… —Se quedó callado.

De fondo el asfalto mojado silbaba bajo las ruedas de los coches y la gente seguía pasando en silencio bajo los paraguas.

—¿Y qué crimen será? ¿Usted sabe algo? —pregunté tímidamente.
—Lo que todo el mundo, ese grave crimen en el Paseo de las Rosas… Espero que no sea nada. Ya sabes cómo somos aquí, siempre unos exageraos. Y a quién no le gusta una buena historia, sobre todo en esta ciudad en la que nunca pasa nada —añadió con una agria risa.
—Sí… —sólo pude añadir.

Y con un ademán, se colocó el abrigo y un sombrero raído, y desapareció por el paseo. Yo seguí plantado delante de ese portón un rato más.

Más tarde aquel día me enteré que habían matado el amor. De un mal flechazo. Mucho se dijo sobre el “Cupido Loco”, como le llamaron los medios de comunicación: que a quién se le ocurría andar por la ciudad con flechas bajo el abrigo; que si la policía no tenía un control de esas armas; que seguramente hubo alguien que vio las flechas, que esas cosas no eran fáciles de ocultar, que si abultaban; que si no había forma de rastrear la compra, que seguramente no había mucha gente comprando flechas. Pero poco se habló sobre la muerte del amor.

Lo que me pareció curioso fue el comentario de los forenses. Dijeron que la sangre salpicó un rosal cercano, la variedad blanca más pura que el Rey Alcalde mandó plantar en ese parque en honor a su esposa. Los expertos temían que las manchas de sangre harían que la próxima primavera floreciesen rojas y que no había nada que se podía hacer. Muchos entonces se lamentaron —y cabrearon— con tal accidente, del descuido y de la pérdida histórica del parque. “Irreemplazable”, se repetía por todos lados.

El Ayuntamiento no tardó en publicar un comunicado en el que informaban de que harían todo lo posible por mantener la “integridad de la belleza” del parque y que tomarían todas las medidas necesarias para preservar su estado original, incluyendo el transplante del rosal afectado por otro sano.

No faltó quien dijo que el rosal afectado, apodado irónicamente como “Sangre de Amor”, debía quedarse como un monumento homenaje, pero pronto llegó el aluvión de quejas que acalló la propuesta. En su lugar, hubo preocupación sobre si la variedad blanca aún existía, si aún había plantas disponibles o viables, o si había cultivadores especializados que pudieran donar un ejemplar al parque.

“Sangre de Amor” | Pinterest

Y en efecto, poco después de que la noticia recorriese toda Europa, un jardinero francés declaró que su familia había estado cultivando esa variedad durante generaciones y que fueron antepasados suyos los que regalaron los primeros especímenes a un rey francés para que los usase en su lustroso jardín. Que fue en la época, llevados por la moda de copiar dichos jardines, que el monarca español adquirió unos ejemplares y los plantó en estos, ahora parque, detrás del Palacio, como era ya conocido. Y que estaba dispuesto a donar un ejemplar para reemplazar al daño, sin costes. Un gesto que el Ayuntamiento notablemente agradeció.

Volví al parque sólo para ver cómo se llevaban aquel rosal rojo, dañado, teñido de sangre, profanado. Para mi sorpresa, el viejo del portón también estaba allí.

—Matan al amor y se llevan la rosa —dijo, tácitamente enfurecido.

Para nuestro consuelo nos enteramos que no lo destruirían, sino que lo plantarían en la gran rosaleda de otro parque cercano, para que los nostálgicos como yo pudiéramos visitarlo cuando quisiéramos. Pero no en este parque.

—¡Un momento! —grité a los jardineros que se estaban llevando el rosal—. ¿Puedo llevarme una rama?

Uno me miró extrañado.

—Claro —Y accedió a mi petición, entregándome una rama generosamente grande.

Volví al anciano y partiendo la rama en dos, le dije:

—Tome. Cuando llegue a casa, métalo en agua tibia con algo de azúcar. Si le queda algo de amor, un poco de dulce calor hará el truco. Cuando vea las primeras raíces, plántelo y cuídelo. Con poco que lo quiera, crecerá rápido. Es un truco que me enseñó mi madre hace mucho.

El anciano no supo qué decir más que un “Gracias”, a lo que me dio la mano emocionadamente y se fue con una sonrisa.

 

Magia, vida y felicidad

En otro tiempo tal vez, nos hicimos grandes. Grandes y ricos. Quizá no ricos poseyendo castillos o tierras, o caballos sobre los que cabalgar las millas y los montes, pero no dejábamos de soñar con la tierra del mañana. En secreto nos reuníamos en un campo de lavanda y nos tirábamos sobre aquel perfume angelical, mirando en el cielo de la noche las miles de estrellas de otro verano.

Nos habíamos enamorado sin remedio veranos atrás, pero el otoño siempre apremiaba tu partida y regresabas a aquella ciudad de la costa con tanto verde, como me contaste suavemente al oído, una especie de país lejano lleno de magia, vida y felicidad.

¿Lo recuerdas? Te paraste a la orilla del río Kahmu un día de sol justiciero y pies cansados. Venías de lejos, días de viaje sobre caminos de polvo y hierba a través de parajes infinitos de bosques, praderas, campos de cultivo. Yo te vi entre los arbustos saliendo a cazar. Justo cuando iba a lanzar la flecha, chapoteaste el agua refrescándote la cara; el pájaro recuperó otro día de vida más allá de la copa de los milenarios árboles. Me acerqué en silencio a la orilla opuesta, escondido entre los densos arbustos y acallé mi respiración en el canto de los grillos y la música del bosque. Pero lo supe: supe que me había enamorado. E hice todo lo posible por conocerte. 

Y nos conocimos.

” (…) En secreto nos reuníamos en un campo de lavanda y nos tirábamos sobre aquel perfume angelical, mirando en el cielo de la noche las miles de estrellas de otro verano.” | Matt Glastonbury

Ahora estábamos contemplando aquellas estrellas otra vez, ¿son las mismas todos los años? Mis deseos sí lo son; nunca cambian. Mutaremos la edad, mutaremos la moda o incluso las veces en las que nos reencontraremos tras el invierno, pero mi deseo por ti seguirá intacto y constante.

Quiero arriesgar un beso en el vacío, pero que me lo devuelvas cálido y apretadamente, con dulzura y cariño mientras otra noche de verano abraza nuestros cuerpos y nos encendemos entre las lavandas. Quiero arriesgar este momento que tanto hemos alargado para poder sentirte cerca, dos cuerpos abrazados contra la tierra y la vida. Quiero que lo sepas, que este amor está candente, pero es tierno como los brotes en la primavera.

Pronto, espero, dejarás que florezca y creceremos vigorosos contra el tiempo, que seguramente no pase mientras estemos juntos. Nos aseguraremos de que los veranos residan ahora en nuestros corazones; te compraré un delicado perfume de lavanda que te recuerde a mi beso, a esta primera noche que siempre será eterna.

Y tal vez, sólo tal vez, a la vuelta de otro otoño, entonces partiremos juntos hacia la soñada costa, rumbo a aquella ciudad de verde, llena de magia, vida y felicidad. No sólo porque me lo contaste así, sino porque ahora podré verla contigo a mi lado. Para mí eso ya es magia, vida y felicidad.

El corazón de hielo

El último rechazo —de tantos— le dejó helado. Del puro impacto, la mirada se le rompió en mil fragmentos que se esparcieron por el suelo. No eran lágrimas, simplemente que su frágil visión sobre el mundo por fin se había roto. Perdió el brillo que tanto le delataba cuando sentía algo y el color de sus iris, quedándose con dos ojos negros que no podían ver nada. 

Y es que ahora, con una mirada rota, no podía captar la luz o el calor, o la esperanza, y consecuentemente su corazón se enfrió poco a poco, hasta que se hizo de hielo. Inevitablemente. 

Al principio se asustó, pero al igual que todo el mundo, sabía que no había curas para un corazón de hielo. Al menos no una inmediata. Y de todas formas, aun si la hubiera, para él ya era demasiado tarde. 

Así que desistió en buscar el amor. Lo dio por perdido. “Ya está, no es para mí” se dijo, con resignación, y tanto como pudo, intentó seguir con su vida.

| Happy Tea (Teea)

Por si acaso, se documentó sobre su estado. Leyó una obra llamada “Manual para los descorazonados” —aunque él no fuera uno— y aprendió que si un corazón permanecía congelado mucho tiempo, podría volverse de piedra. “Entonces sí que no habrá cura” pensó. Pero el manual no decía mucho más: «cualquier corazón puede resistir tantos rechazos hasta que se congela, ni más ni menos […] Hasta cierto punto, es mejor tener un corazón congelado que tener un des-corazón: deshelar requiere menos esfuerzo que rehacer» añadía el autor. Aunque no le tranquilizó, sí encontró cierto alivio en esas palabras. 

Pasó a leer otro libro, esta vez más médico que técnico —no recuerdo el título—, y comprobó todos sus síntomas: «cuando uno es rechazado, aparecen las siguientes fases: una primera de pérdida de la duda», y pensó cómo se había convencido de que ya no podía ser amado; «una segunda fase de pérdida de la memoria y de las habilidades psico-somáticas: el sujeto empezará a sentirse menos capaz de amar, y al igual que una extremidad malograda, el corazón perderá sensibilidad. Si no se trata esta fase, el sujeto perderá la capacidad para registrar emociones de amor, y por tanto, el corazón se congelará». “Después de tantos años, obviamente no podía ser menos que un estado crónico”, y pensó en su corazón de hielo. Siguió leyendo: «el síntoma final es la pérdida de la esperanza. Pocas veces se ha diagnosticado una pérdida de esperanza y los casos en los que sí, los sujetos no han sobrevivido. Si el sujeto empieza a sentirse desesperanzado, debe acudir a urgencias inmediatamente para una transfusión de emociones. Esta tercera y última fase implica la pérdida del concepto de amor, el olvido absoluto, la incapacidad para sentirse consecuentemente feliz y, en los peores casos, pérdida del ser».

“Aún hay esperanza” pensó. Para bien, o para mal, el sentimiento del amor no es tan fácil de olvidar. Es una… habilidad que, por sí sola, presenta mucha resistencia ante esta enfermedad del corazón rechazado. El amor solo causa esperanza, y la esperanza alimenta la idea del amor. Es como un círculo vicioso, algún tipo de mecanismo de seguridad del organismo que para el avance del rechazo.

No obstante, aunque no había perdido aún la esperanza, sí había perdido la ilusión. Ahora era incapaz de sentir algo cuando alguien le lanzaba una mirada y una sonrisa al mismo tiempo, por ejemplo; o se encontraba con alguna mirada perdida en el metro. Un gesto tan simple, en él ya no despertaba nada.

Tampoco le preocupaba mucho, más que nada porque en ninguno de los textos pudo leer algo sobre la ilusión, así que supuso que no era tan importante como el mundo le había hecho creer. 

Aun así se andaba con cautela. Pensó que a lo mejor el problema no era él, sino el mundo; que a lo mejor a todos les pasaba que no encontraban su amor (prometido); que a lo mejor el amor inevitablemente se acababa y el corazón se congelaba; que a lo mejor el amor no era algo eterno, sino que era un instante, un abrir-y-cerrar-de-ojos, un puf y ya está, y a él se le había pasado. Se consolaba pensado en esas cosas, y en éstas otras: que como la vida misma, nada duraba para siempre. O tal vez, y sólo tal vez, era el rechazo lo que no duraba siempre y el corazón, con alguna primavera de emociones, por fin se deshelaría y volvería, como debía ser, a su estado natural: ilusionado, activo, ferviente, entusiasta, emocionado… Aceptado y correspondido. No estaba seguro. 

Mientras tanto, no había respuestas para todas las preguntas que tenía. Quizá nadie quería hablar de ello. Quizá nadie quería saberlo. Quizá nadie quería decirlo… y estamos todos, en realidad, en un poco de simple y loca soledad. ¿Quién sabe?

Hija de la violencia

Y cuando su puño tocó el pecho de su padre, con fuerza, y emitió un sonido seco de hueso y carne, paró su corazón. Dejó que su puño se relajase sobre aquel pecho viejo y sentía al mismo tiempo una cálida lágrima recorrer su mejilla.

La mirada de su padre se quedó vacía y quieta, fijada en la de ella que le miraba llena de ira y tristeza. Sus pupilas se habían agrandado en el momento en el que su corazón se detuvo y lo supo: sintió miedo, pero también alivio.

Rápidamente ella retiró su mano del cuerpo de su padre y en ese mismo momento, el monumento paternal se desarmó lentamente y empezó a caer libremente atraído por la tierra que ya le reclamaba. Se desplomó como un edificio controladamente derruido con explosivos, de abajo arriba: él notó cómo sus pies se despegaron del suelo —por un segundo creyó volar—, cómo sus rodillas vencieron; cómo el resto de su cuerpo hacía el resto del trabajo, y cayó. Cayó para siempre.

Su hija lo vio cómo un muñeco de trapo: primero su mirada de cristal que se vació de vida, luego su cuerpo que se convirtió en algo inanimado, casi de gelatina. Al impactar contra el suelo con todo su peso, hizo un sonido hueco que quedó almohadillado por la capa de hojas y por la densa vegetación.

Había llovido toda la noche anterior y la tierra estaba húmeda. Los árboles paraban algunas gotas en sus anchas hojas, pero otras hacían caída libre por el bosque y cantaban su coro de calma tras la tormenta.

Ella había salido corriendo de casa instintivamente hacia los árboles, tal vez esperando hallar un escondite. Él la había perseguido con gritos y sonoras zancadas que rompían las pequeñas ramas a cada paso.

Se retorció un par de veces; dio algún espasmo, porque seguía peleando por la vida. Pero luego quedó completamente quieto lleno de hojas, agua y tierra. Por fin murió aquel monstruo.

Ella sólo pudo mirarle desde otra realidad, como si lo viera todo a través de un cristal sin poder hacer nada; sin querer hacer nada. No pensaba nada. No creyó que su golpe causara el paro cardíaco; no creía en nada en ese momento. Sólo se quedó mirando fijamente aquel cuerpo, que ni siquiera consideraba algo suyo, como el de su padre. No: para ella eso ahora era algo que pertenecía al bosque en el que tantas veces tuvo que esconderse.

En realidad, en su cabeza sonaba música. Bella música. Era una melodía que había conocido tantas otras veces en un lejano pasado: cuando sus padres discutían, cuando volvió a casa tras el funeral de su madre; cuando él la pegaba. Ella se refugiaba en esa música y la reproducía en su mente silenciosa una y otra vez. Y ahora, en ese momento, volvía a sonar.

Pero esta vez sonaba con otro ritmo, con otra tonalidad y otro color: sonaba a libertad. Sonaba de verdad, grande y maravillosa. Y cuando otras veces no la llenaba el gran vacío que sentía, ahora sí lo hacía. La melodía por fin calaba en ella, en sus huesos y su alma; calaba como las gotas frías que caían en su cabeza, que atravesaban su pelo castaño y largo, y tocaban la piel debajo. No pudo evitar sonreír.

De repente el cielo rugió. Rugió fuertemente. Tal fue el rugido que el cielo pegó que su cuerpo se contrajo de miedo y la música en su cabeza paró de golpe. Como que salió de sí, del trance en la que estaba atrapada. Miró primero el cuerpo que rápidamente se estaba quedando frío, y luego miró el cielo: había matado a su padre. Ella, que aún seguía sintiéndose una niña por dentro, por fin venció al tirano y ahora era libre.

Pero se llenó de repentina amargura. El cielo volvió a rugir y el eco se extendió por el horizonte, más allá de los árboles y las montañas. Empezó a creer que era Dios, que rugía por aquel crimen imperdonable. Otro rugido cruzó el cielo y pareció desgarrarlo en dos piezas, o tres; o infinitos trozos de cielo que ahora se amontonaban en forma de nubes. Nubes negras y furiosas. 

Había mirado a su padre una última vez y al apartar la vista hacia arriba para ver la tormenta, la primera gota caía en su frente. Pronto su cara se llenó de fría lluvia y se mezcló con las lágrimas cálidas que la inundaban los ojos y se desbordaban por sus mejillas. En ese momento sólo pudo recordar algunas palabras de su madre: así es cómo alguien siente la libertad, cuando algo en ti se rompe para siempre y te lanza con fuerza hacia lo desconocido. La libertad no puede sentirse de otra forma

Los otros peces

«No sé quién lo diría la primera vez, que hay más peces en el mar. Quién fue el iluso que lo pensó, o quién se lo dijo antes. Pero ¿y si no los hay?, me pregunto yo; ¿y si un día simplemente pescas el último y ya está? ¿Quién podrá decir entonces que “hay más peces en el mar”? No es una imposibilidad pensar, por muy descabellado que suene, que un día sencillamente llegue el último pez y se acabó la cosecha».

Nos mirábamos mientras nos fumábamos unas burbujas. —Acaso me vas a decir  que hay otros peces ahí fuera, ¿eh? —dije con resentimiento. —Pues sí —me contestó indiferente y secamente; la última burbuja se consumía y desvanecía haciendo un sutil pop. Nos quedamos mirándonos. Una lágrima se me remontaba sin querer, en mi pecho algo terminaba de romperse y no podía hacer nada para pararlo. —Es que no quiero otros peces, a ver…—, y rápidamente tuve que bajar la cabeza para que no viera esa lágrima rebelde, y sincera. Sentía cómo me miraba con fijación, con los ojos acuosos y brillantes con la luz que lograba atravesar toda esta columna de agua que, algunas veces, nos ahogaba. Esperamos un momento, el silencio se nos abrazaba cálidamente y la corriente de la vida nos zozobraba suavemente. Al fin reuní todo el coraje que debía y mascullé las últimas palabras antes de romper a llorar: —Es que no quiero otros peces… ¡te quiero a ti!—, y en el intento se me escapó otra burbuja. Ascendía a contraluz a través de la neblina y cuando tocaba el cielo, se hacía parte de él. Puf.

Tocó la lágrima que recorría mi mejilla ardiente con la punta de su aleta. Su caricia era de cuidado, algo así que decía «yo también te quiero», pero en silencio. Miró hacia arriba, al punto exacto donde desapareció la burbuja: —Fíjate, ahí se ha ido otro sueño —. Nos quedamos perplejos con los reflejos de luz que nos venían desde arriba, como señales. —¿Sabes qué? —de repente preguntó. —¿Qué? —le dije. —Nunca he visto las estrellas. —Yo tampoco —. Me miró fijamente y se le escapó una sonrisa: —Pues quiero verlas contigo—, y sin decir más, me besó. Un ramo de pequeñas burbujas se nos escapaban en el acto y nos daban cubierto, como si por momento nada más existía fuera de ese instante.

«Bueno, puede que haya otros peces, pero contigo me basto».

El desconocido

La noche me despierta, su silencio es de cristal frágil. Ni siquiera cantan los grillos, ni siquiera sopla el viento; nada. Un impulso me sobrecoge, parece una fuerza mayor que yo, y no sé por qué lo hago, pero empiezo a vestirme. Abro la puerta y no cruje. “¿Qué le pasa al ruido hoy?”, pienso mientras recorro el pasillo oscuro y tanteo la pared con las manos hasta que llego a la entrada. Cojo las llaves, abro y me bajo las escaleras. En menos de 30 segundos estoy abajo, dando la cara a la calle por un momento indeciso.

Una farola lejana, sucia y vieja, ilumina tenuemente mi barrio. No hay nadie, ni siquiera los fantasmas rondan las calles a estas horas. Horas; pronto amanecerá, lo siento en el aire. Empiezo a andar el asfalto y siento que mis primeros pasos son ensayos, como si justo estuviera aprendiendo a andar. Doy cada zancada con miedo y reserva, como si estuviera a punto de caerme en el alquitrán. Así que ando despacio, contra la gravedad, sin metas.

(In Dead End Horror)

Al salir de mi barrio, otra farola sucia y vieja ilumina otra porción del pueblo y me doy cuenta de que las farolas sucias y viejas se yerguen a cada pocos metros, como centinelas. Es que el mundo es viejo y sucio. Doblo la esquina y me encaro a una calle completamente a oscuras. Y con cautela me adentro en las entrañas de esa oscuridad, siempre alerta por los monstruos de la noche. Es verano y parece que hay más monstruos ahora.

Las ventanas respiran: desde mil interiores escucho clandestinamente el sueño de desconocidos; el ronquido tronador de algunos, la paz de otros. Y de repente me siento extraño porque no estoy durmiendo, sino que estoy paseando la madrugada. Mis pasos empiezan a sonar más y más, como una bola de nieve de sonido que, en la oscuridad más negra, crece y crece, vociferando un eco infernal que a falta de ventanas cerradas, invade las habitaciones dormitas sin permiso. Ya basta”, susurro, esperando a que el eco se dé la vuelta y me obedezca.

Me doy cuenta de que es un sonido ahuecado, indescriptiblemente vacío. Por si acaso me paro en seco e incluso aguanto la respiración. Pero el silencio es imperturbable, aunque en mis oídos sólo escucho el tambor del corazón cada vez más alto y rápido. Pu-pum, pu-pum, pu-pum, pu-pum. Siento que voy a explotar; tengo los oídos taponados, como si estuviera a miles de metros de altura. Abro la boca y trago una gran bocanada de aire que me alivia de mi quietud. ¡Ah!

Estoy quieto en medio de la calle y tengo los ojos bien abiertos para ver en la oscuridad por si aparece alguna sombra de imprevisto, que al menos pueda pretender que no me he asustado. Pero no aparece nada, ni nadie; estoy solo. Solamente escucho el silencio en las lejanas montañas y el zumbido de las ventanas abiertas. Decido que es momento de seguir andando, que lo que tengo que buscar no está en medio de la calle, está más lejos. Doy el primer paso y me paro: quiero comprobar si se ha acabado el efecto eco de mis pasos. Bum. Doy otro paso. Bum. Pues no, ahí sigue el eco hueco, fiel acompañante en la noche. Además, retumba con fuerza contra el silencio y las fachadas, y vuelve a mí amplificado que incluso me sobresalta. “¿Debería dejar de andar?”, pero yo quiero seguir.

El eco parece tener una relación inversa con la velocidad: cuando más lento, más alto; así que empiezo a andar más deprisa, más deprisa, hasta que andar se vuelve correr y la respiración se vuelve jadeo. Tac, tac, tac, tac, tac. Y cuando menos lo espero, mis zapatos dejan el asfalto atrás y empiezan a pisar arena. No es cualquier arena: es arena lavada por la lluvia. Es una arena libre, más suelta y suena limpia, como si hubiera viajado mucho camino hasta llegar a donde está. Tampoco lo puedo confirmar, la oscuridad no me deja. De hecho, hay tanta oscuridad que ni veo las estrellas ni la luna; nada. “¿Dónde está el cielo?”; intuitivamente miro hacia arriba. Con tanta oscuridad no puedo estar seguro si sigue por encima de mí o si se ha movido, y porque escucho la arena crujir bajo mis suelas, estaría pensando que el cielo está bajo mis pies.

El camino ahora no está encajado por asfalto y ladrillo, no hay fachadas ni ventanas; ahora hay sólo arena y roca, y árboles altos y viejos. Y libertad. La escucho como un vacío que se abre ante mí y se extiende para siempre, como un gran abismo horizontal en el que uno no se cae, se encamina. Y esa sensación me da vértigo. Hay algo en la libertad de verdad que da vértigo. Pero decido seguir. Mis pasos ahora están amortiguados y suenan a lija: crr, crr, crr. Intento pasar desapercibido, pero me es imposible. Parece ser que el sonido de los pasos está ligado al camino, es parte íntegra de éste. Casi podría decir que uno no podría existir sin el otro, que si el camino fuera silencio, ¿quién nos podría asegurar que estamos caminando?

Sigo la arena que fluye bajo mí y la oscuridad se me enreda como un velo; no me deja ver nada. La siento como una telaraña que pillas entrando en una habitación que ha estado encerrada durante años. Y no sé por qué, pero empiezo a agitar las manos intentando quitarme la noche de la cara. Al principio no pasa nada, pero poco a poco, como una neblina, se despeja una visión y empiezo a ver un brillo: es la luna que me guía. Y veo el camino, y los árboles y las lejas montañas fantasmagóricas que se erigen como titanes sobre el horizonte. Vuelvo a mirar hacia arriba intuitivamente y me dan la bienvenida millones de gotas de luz que titilan casi con felicidad. Vuelve a nosotras”, parece que me susurra el cielo.

Instintivamente cierro los ojos para disfrutar del momento, aunque sea de noche y haya silencio. Pero poco a poco también se despeja éste, como una bruma, y desde lejos emanan, uno a uno, las voces de la noche: los perros lejanos, los coches sonámbulos, la floja brisa que escalofría la piel y que silba a ras de suelo y en las aristas de las rocas talladas. Veo el follaje de los árboles temblar suavemente al contraluz de la luna y me doy cuenta de que he emergido de otro mundo, algo que he dejado atrás cuando pisaba nueva tierra. Así que me doy la vuelta para comprobarlo y veo el monstruo de negro y asfalto, un ente hecho de silencio e ilusión.

(Kevin Cooley, “Controlled burns”)

Es un muro de humo opaco e impenetrable que termina donde empieza la arena. Se mece casi imperceptiblemente con el pulso de la noche y desprende pequeños lazos humeantes que rápidamente se desintegran y desvanecen. ¿Es eso lo que hemos creado? Los perros no dejan de ladrar; el ruido de la noche ahora es abrumador porque viene de todas partes. Me acerco poco a poco a esa atmósfera distinta y cuando llego al borde, extiendo la mano ondeándola en esa materia, pero es inerte y no se inmuta: mi mano la atraviesa como si fuera un fantasma. De hecho, eso es lo que es, un fantasma de los hombres y el tiempo, un espejismo del progreso. Me acerco aún más e intento olerlo, y huele a humo y metal usado. Ésta es la noche que nos hemos construido. Me doy la vuelta y la dejo abandonada; debo seguir. Me estaba empezando a sentir receloso. Lo mejor ahora es mirar en el sentido opuesto, hacia las montañas, donde parece que puedo respirar mejor. Y respiro mejor.

El camino desciende poco a poco hacia un pequeño valle encajado. Los árboles se hacen más frondosos y ahí donde comencé con un claro sobre mi cabeza, ahora empieza a instalarse una cubierta de hojas. Las estrellas lentamente desaparecen tras el follaje, pero la luna, casi llena, ilumina aún con fuerza a través de las ramas. El suelo bajo mis pies, de arena fina y grava rodada, está moteado con lunares de luz; parece que hay otro cielo bajo mis pies después de todo. Aún no tengo la sensación de andar con seguridad, de que todavía estoy aprendiendo a andar y cada paso es un paso en falso, como si estuviera pisando huevos. Por el sonido, cualquier pensaría que así es.

(Río Grande, Sierra County, Nuevo México, EE. UU.)

A medida que me voy acercando al fondo del valle, el canto de los grillos y el silbido de la brisa son reemplazados por el chapurreo apacible de lo que parece ser un pequeño río. Más bien es un riachuelo. Me gustaría decir que se escucha el canto de ranas y hay luciérnagas, pero lo cierto es que sólo hay maleza y hierba alta, y los grillos en la lejanía. El aroma de la tierra mojada se mezcla con el perfume del verano, de arena seca y roca caliente, y siento la frescura del agua y del verdor en mi cara y a mi alrededor. Es un respiro de paz a orillas de este gran desierto de incertidumbre y calor.

Con cuidado me acerco a la orilla y siento la corriente empujar el agua desde las lejanas montañas —que siento cerca de repente— hasta eventualmente el mar. Me he mojado un poco los pies. Me doy cuenta de que llevo sandalias y no zapatos. Decido que lo mejor que puedo hacer es seguir el riachuelo hasta donde me lleve, a lo mejor ésa es mi forma de volver a casa o encontrar lo que tanto estoy buscando. Pero debo seguir. Con maña me abro entre las cañas y las ramas de arbustos bajos. Siento cosquillas en los gemelos y en los pies, y siento cómo el agua y la arena se cuelan en mis sandalias. Decido descalzarme, desprenderme de eso también, y reposar mi piel desnuda contra el suelo frío. Me hundo un poco y puedo sentir cómo el barro se escurre entre mis dedos. La tierra también se desnuda. Y de repente me siento libre, siento que esa cruda sensación de barro en la planta de mis pies me hace más libre, y me roba una sonrisa.

Vuelvo a mirar el cielo. Algunas nubes se despejan y me dejan ver la luna casi llena con todo su esplendor: se halla también desnuda allí arriba, esa magia de luz y sueño, el otromundo que es a la vez parte del nuestro, inseparable. Me pregunto, ¿y qué sería de la noche sin una luna?” Y no puedo imaginarlo. Aun cuando la luna está oscura, nueva, ahí está. Un día, poco a poco, volverá y siempre iluminará, una vez al mes, esta oscuridad que llega a ser impenetrable. Es un símbolo de esperanza, nos recuerda que no todo dura para siempre.

No sé cuánto he andado. No sé qué he recorrido, no sé si aún estoy en mi pueblo o me encuentro en otro. De hecho, no puedo estar seguro ni siquiera si estoy en el mismo mundo del que vengo. La noche algunas veces es más que otro tiempo: es otro espacio. Después de todo, he emergido de esa negrura y algo nuevo se ha revelado. Miro hacia atrás y con el claro de luna distingo la silueta del valle erigirse hacia arriba, recubierto de árboles. Y puedo distinguir el riachuelo que he seguido y que serpentea entre los matorrales. “Ahora no”, pienso: ahora no puedo volver. Así que sigo.

A pesar de todo lo que nos puedan decir, el tiempo no pasa por la noche. El tiempo es un elemento estático en el cielo, en la oscuridad y el silencio. Después de todo, el tiempo se mide por el baile del sol, y por la noche no hay soles. El tiempo nocturno se mide por el tiempo que uno espera hasta que rompe el alba. Por esos los dioses hicieron a los hombres dormir. Y cuando otro día amanece, el reloj vuelve a reanudar su marcha. Si no tienes cuidado y te quedas despierto toda la noche, se puede hacer eterna y te puedes quedar atrapado en ella. Y el único hechizo para salir… es soñar.

El riachuelo termina de golpe. Ha besado un cuerpo de agua más grande que él y los dos se han unido en un solo cuerpo de azul. Ha dejado de serpentear para abrazar la tierra y hacerse parte de ella: se ha hecho lago. La luna desaparece y reaparece tras las nubes al ritmo del viento y en una de esas veces que se deja ver, puedo descubrir la gran silueta de mil árboles reunidos a orillas de ese gran elemento. Lo guardan, me parece entender. Son como aquellos centinelas de la ciudad, pero en vez de iluminar, sólo lo soportan, al lago. La brisa sigue acariciando el aire y en todos esos árboles se hace un susurro de hojas; un escalofrío me recorre la espalda.

(Claude. Reflejo de luna en Deininger Weiher, Munich)

La superficie del lago también se riza con esta brisa y hace con la imagen de la luna un borrón. Pero pronto llega la calma y el agua se queda quieta, y una gemela de la luna aparece clara en la tierra. En ese mismo momento, uno se ve tan tentado a saltar en ese espejo, y si así fuera, caer en el cielo y abrazar las estrellas.

Me acerco poco a poco a la orilla para ver mejor ese reflejo de luz. Estoy ensimismado durante un rato. Un paso en falso, como era de esperar, y una pequeña piedra me pinza el pie. Rápidamente miro hacia abajo sólo para encontrarme con el reflejo de un desconocido. 

 

¿Continuará?