Cuando nos topemos en la ciudad

Me paso las horas imaginando… imaginando que un día, al doblar la esquina, tú y yo nos encontraremos frente a frente. Habrá un momento de desconcierto: “disculpa”, “lo siento”; pero seguiremos sin darnos cuenta que nos hemos cruzado. Un paso más tarde, tal vez paremos a la vez. Y entonces la poca multitud se habrá interpuesto entre los dos. Pero nos daremos la vuelta, buscándonos mutuamente. Te (re)conozco, algo en nuestra mente se encenderá. Y nos buscaremos a pies puntillas, levantando la cabeza, escudriñando en los huecos que se forman entre la gente que anda deprisa. Y quizá nuestras miradas se toparán por segunda vez, se fusionarán ahora en un gesto de curiosidad. Ahí estás, diremos con los ojos. Quizá recuperemos los pasos hasta encontrarnos a medio camino, una sonrisa nerviosa dibujada en los labios. Y tras algún tiempo intercambiando primeras impresiones, también intercambiaremos las primeras palabras. 

Pero eso sólo pasará cuando nos topemos en la ciudad. Y llevo mucho tiempo sin ir a la ciudad. Todo sea que vuelva un solo día para que me pasen mil cosas, quién sabe. 

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Soñando un lunes

El lunes te vi; fue un momento. Me monté en el segundo vagón del viejo tren, de los antiguos, los que tienen los vagones separados. Iba ajeno al tiempo que corría, a la lluvia en las calles de la superficie, y al tiempo marcado en los relojes de la estación de metro. Bueno, de esos ya no hay. Iba en la mañana temprana, vistiendo el sueño, con las prisas en mente. De tanta rutina se me hace ya normal estar bajo tierra, bajo la ciudad de Madrid que ruge a metal y huele a humo, y ahora, en las mañanas tempranas de enero, se empaña con el frío de invierno que se pega a los cristales. Y a los huesos. La lluvia también se pega, pero es más resbaladiza.  

Me monté en el segundo vagón y me senté solo en una bancada del final; nadie más compartió sitio conmigo; nadie más iba despierto para compartir sitio con nadie. La luz de fluorescente era tenue, amarillenta, vieja tras el plástico sucio. Y parpadeaba ligeramente, casi imperceptiblemente. Pero parpadeaba. El silencio por un momento también se monta en el vagón, pero pronto se ahogó con el pitido, con las puertas que se cerraban, el traqueteo metálico del tren que empezaba a moverse. 

Chac, chac, chac. En la mañana, en el silencio, en la rutina. Chac, chac, chac. Porque los trenes antiguos suenan así, con su traqueteo característico. Y el constantemente vaivén. Y el olor a… No sabría describir a qué huelen los viejos trenes. Tampoco importa ahora, porque todos íbamos dormidos, autómatas de esta gran máquina de la civilización. 

Y el traqueteo hacía eco en los túneles oscuros que ahuecan las entrañas de Madrid. Miro a mi alrededor, todo están absortos aún en los sueños de anoche, descansándose en los reposabrazos, echando una cabezada. O mirando los infinitos papeles achinando cada vez más los ojos para descifrar su contenido. 

Me miro en el cristal de enfrente y veo mi reflejo devolviéndome una mirada. Es un reflejo que contrasta con el negro del túnel, con la pared que parece moverse a la misma velocidad a la que se mueve el tren; todo se mueve. Y agudizo la vista y veo los cables del metro: cables de colores que serpentean sobre la pared, hundiéndose en ella, alejándose, diversificándose. Como nosotros. Que también serpenteamos bajo la ciudad montados en este gusano de metal, hundiéndonos más en la rutina, alejándonos del sueño, diversificándonos en los caminos que nos esperan más adelante.

Y giré la cabeza hacia la derecha.

El lunes te vi; fue un momento: ibas en el primer vagón, al fondo, al lado de la ventana, pero al lado de la ventana que da a mi lado del vagón. Podría decirse que estábamos casi juntos, codo con codo. Sólo nos separaban dos ventanas, unos asientos y el vacío entre vagón y vagón. 

Estoy seguro que si hubiera sido el metro nuevo, no nos hubiéramos visto. No. La dinámica de miradas es distinto en los metros (trenes) nuevos. 

Estoy seguro, también, que de reojo te vi mirarme varias veces. Vi la sombra de cómo te girabas y mirabas a través de la ventana hacia mi vagón, quizá esperando algo; eso nunca lo sabré. Nunca, porque es poco probable que te vuelva a ver, aunque el mundo sea un pañuelo

Pero el lunes te vi en un momento y fue un momento muy… mal aprovechado. Ésa es la expresión. Porque giré la cabeza y te vi, y te vi sonreírme, pero no hice nada. Sólo giré otra vez la cabeza, vi mi reflejo en el negro del túnel y miré el fluorescente que parpadeaba encima de mi cabeza, molestándome. 

Iba con prisas, la verdad. Tenía que estar en un lugar a tiempo. Tenía que. Así que salí del vagón sin mirar atrás, aunque quise. 

Y llevo queriendo (verte) desde entonces. 

No me quito de la cabeza esa sonrisa, esa simple y sincera sonrisa. Lo más seguro es que no fuera nada, que sólo te podía el sueño —como a todos— y fuese algo inconsciente. A lo mejor no era para mí, sino para la persona que estuviera detrás de mí… Quizá tantas cosas. 

Mañana vendrá otro lunes… y debo confesar que estoy esperando, aunque las posibilidades sean mínimas, para verte otra vez. Aunque sea una última vez, que me confirmes que sólo estaba soñando, temprano en la mañana, un lunes de enero. 

 

En clave del tiempo

Pretender alegría
y falsas apariencias
para encontrar
corazones rotos
y malas experiencias

Promesas rotas
que un día fueron sueños
y esperanzas,
hoy ya sólo son decepciones,
cenizas y ascuas.

La vejez es lo que tiene, 
la juventud lo que quita. 
Somos mil cuestiones
preguntas y pesquisas.
Todas elucubraciones
sin respuestas
ni soluciones.

Es tiempo de vivir, 
de sentir
y dejarse llevar; 
tiempo de decir, 
de oír, 
de pensar la verdad.

Y recuperar el tiempo perdido
que tanto queremos recuperar, 
sin perdernos así
un poco de la eventualidad, 
que es dejarse llevar
por el ahora y el aquí; 
este momento sin igual, 
un destello en la eternidad, 
la esencia de vivir. 

Cruce de caminos

Cuando ocupas el espacio de una puerta de metro, siempre hay un conflicto de protocolo: quién entra primero, quién sale primero. La mayoría tenemos claro que dejen salir antes de entrar es la convención —porque así nos lo indican las pantallas de neón—, pero lo cierto es que ni entrar antes, ni salir antes, te va a hacer mejor persona. Pero todos queremos entrar antes o salir antes, siempre los primeros. Tal vez esté en nuestra naturaleza impulsiva. Muchas veces nos contenemos y respetamos las reglas, esperamos pacientemente al fondo del grupo que también se apila para entrar, o para salir. Y procedemos, con cautela. Otras veces la vida nos empuja —y empujamos— y dejamos de lado la civilización, con prisas.

Pero el protocolo suele importar poco cuando pasan cosas que no siempre pasan: alguien te mira y te sonríe, a través del cristal, de entre las otras cabezas. Siempre de forma inesperada, siempre en el momento más imprevisto. Pero justo. En ese momento parece que el protocolo deja de tener sentido, porque lo único que quieres es saber quién es, cuál es su historia, por qué lo ha hecho.

Antes de que te des cuenta, te estás dando la vuelta y la puerta ya se ha cerrado, y se está yendo, quizá para siempre. Quizá no. ¿Quién sabe?

Os habéis cruzado, pero aún no os habéis topado

Abulia

Acumulo ahora 15 borradores, llenos de polvo, de palabras añejas, de olvido. Porque el sentimiento detrás de la línea es olvido; es que la inspiración había que aprovecharla en el momento y ahora se fue hasta nosecuándo.

Ahora vuelvo a la vida normal, poco a poco. Porque estas cosas vuelven poco a poco, después de toda una temporada atascado tras horarios y opresión, la vida vuelve a su curso como el río que crece con las lluvias de primavera. La vida, en general, es de ir poco a poco; y de ir paso a paso

El cuaderno con garabatos no me falta; el bolígrafo anda destapado, siempre destapado, para que se reseque la tinta y corran las ideas. Afuera suena más a verano que a primavera, pero ahora que me paro a pensarlo, nunca sonó a primavera, ¿o sí? Los pájaros pían, los coches vienen y van con gentes que hablan alto y de barrio; los niños ahora andan en el colegio y ya vendrán por la tarde con el vocerío que me volverá loco. No sé si quiero escapar ahora a dar un paseo lejos, o si lo quiero hacer luego. Me resulta raro volver a estas mañanas, a mi propio ritmo sin que nada me empuje, calando el momento como quien cala el cigarro y va quemando la ceniza. El reloj palpita en mí, y cuando más escucho los segundos, menos pasa el tiempo. El silencio-no-silencio, ese estado de una casa en la que sólo estás tú, pero a través de las ventanas se cuela toda una vida, se me hace raro. Tal vez porque llevo tanto tiempo con ruido en la cabeza que no he podido parar a escuchar lo demás. Y ahora escucho el mundo, ahora escucho que es casi verano, que se dan otras voces; casi puedo decir, sinestésicamente, que soy capaz de escuchar el sol brillar y el calor arreciar en la brisa que es del sur. 

Y a pesar de eso, tengo las manos y los pies fríos, me pesa la abulia en cada centímetro cuadrado de la piel, y casi, del alma también. Porque hay algo del futuro que ya no me tienta ni me seduce: no me llama, no me tira, no me hace seguir. En mis planes, sólo quiero escapar: escapar por los caminos de arena, en el autobús a la ciudad desconocida, a perderme por lugares donde nadie me conoce ni habla mi historia. En mis sueños del mañana, me veo lejos y me siento en paz. Y eso no tiene nada que ver con la vida que llevo o con la gente que me rodea. No. Tiene que ver con… Conmigo, con algo dentro de mí que ha dado de sí y ¿se ha roto?

“La dejadez, la espera, la abulia.” | Gabriela Villareal

 

Tengo las manos frías porque mi alma es incapaz de sentir nada. Y tan frívolas como suenan estas palabras, así también está loquesea que hay dentro de mí. Algo —siento profundo— se ha quedado congelado para siempre… Para siempre: qué definitivas éstas. Mi madre me repite todos los días que en la vida nunca conocerá cosas que nunca o que siempre“que dejes de decir bobadas, hijo”, que la vida son o algunas veces o muchas veces, “pero que nunca será nunca o nunca será siempre”. Y entonces un día la pillé diciendo el vocablo prohibido y sonrió como quien es culpable, pero siente esta extraña dulzura de haber sido descubierto; es la dulzura de librarse del remordimiento, quizá. Aun así controlo lo que digo con ella, he dejado de atribuirle a la eternidad cosas que pasan en momentos. Lo cierto es que ahora que pienso en siempres y nuncas, escucho la vocecilla de mi madre por detrás como si me regañara y me lanzase una de sus miradas de desaprobación. Sí, la eternidad definitivamente nunca le hizo bien a nadie. 

Sólo que el tiempo pasa y tal vez he llegado a esa edad en la que los planes ya no significan nada: que llevo toda mi vida planeando para que al final no haya dado palo al agua, y todo lo que me queda ahora es… eso, el ahora: los pájaros que pían, la vecina que se queja, los coches que vienen y van, el segundero que da un tiempo retrasado y el pesar del pasar. La dejadez, la espera, la abulia. Me quedo con el presente en el que es casi imposible que pasen demasiadas cosas al mismo tiempo. 

Ya es casi mediodía y el sol recalienta la roca. Sé que ahí afuera está el calor, el del alma —y el de las manos—, donde pasan más cosas que dentro de esta casa y este silencio. Que lo que me queda es ponerme los zapatos y salir, a buscarme… O a esperar, aunque sea caminando, a que algo cruce mi camino y despierte al abúlico dentro de mí. O a que me dé la inspiración de cara en algún rincón inesperado. Porque este bolígrafo sigue destapado sólo para que se reseque la tinta. Tal vez tenga que salir para resolver estas dudas, pensar en ti, imaginarme un verano en el que, bajo la sombra de algún castaño en algún parque de la ciudad, estemos sonriendo como hacíamos en algún tiempo pasado, produciendo memorias para la posteridad, viviendo alguna anécdota que será testimonio de quiénes somos y de qué significa la vida.

No sé, algo. 

 

Te he visto antes

Juro que te he visto antes. En un sueño quizá. O en la calle o el metro. Pero tu cara, esa mirada, sé que la he visto antes en alguna parte. Pareces un sueño, un déjà vu. Y esta sensación de escalofrío y emoción me recorre la espalda, me pone la piel de gallina, me acelera el corazón. 

Porque hasta donde yo sé, así es cómo se siente el destino: es un inyección de adrenalina y todo el cuerpo responde. No sólo el cuerpo, también el alma. Como si vibrase respondiendo a una llamada que es ancestral y mística, una llamada que supera la carne y el hueso. Nos transciende, y a la vez nos une.

Quizá no recuerde la primera vez que nos vimos… te vi. No sé si me recuerdas. Seguramente no. Quizá sólo esté todo en mi cabeza y seas otro más en este mar de desconocidos en el que nado continuamente, sin conectar, capturando miradas perdidas que sólo son eso, miradas perdidas.

Pero la certeza; que te he visto, sé que pasó. Sé que te vi mirar, que buscabas algo. Que entre que te miraba y tú sólo mirabas, nos miramos. Sería un momento solamente, pero te vi mirarme y sentí algo. No sé qué fue; no sé qué es. Pero me embrujó. 

Después dejamos de mirarnos y seguías buscando. En algún punto te perdí de vista e historia repetida, pensé que nunca más te volvería a ver. 

Pero nos volvimos a topar. Porque ésa es la palabra: toparse. Como si fuera una cosa de azar y nada más. Nos topamos y al alzarnos las miradas para evitar colisionar, nos volvimos a ver y volví a sentir ese mismo algo que no sé nombrar. Estas cosas no suelen pasar dos veces, y si pasan, son distintas. Pero contigo fue claro: fue el mismo algo

Fue eso, sentirte igual… que juro que te he visto antes. 

Quizá fuese otra vida, ¿quién sabe? Quizá fuera otro camino —y probablemente fue así—, pero sé que te vi. 

¿Cómo puedo probarte este sentimiento, este algo que no sé qué? ¿Puedo verte otra vez, verte para un café y una charla? Verte para el destino, para probar que no sólo fue una mirada ni un momento, sino que fue toda una historia lo que pasó frente a mis ojos… Y ¿sabes qué? Lo noté.

Juro que te he visto antes, pero no sé cuándo ni dónde. Ni siquiera sé cómo fue, cuánto duró, por qué estaba donde estaba. Tengo todas las preguntas posibles y ninguna respuesta. Pero sé que te vi. 

Ahora sólo quiero que me veas… 

“Pareces un sueño, un déjà vu” |  PatMb

Sábado lluvioso de octubre

Afuera llueve. Por fin llueve. No se ha visto el sol hoy y el otoño finalmente nos da en las narices con su frío y las calles mojadas. Ahora todo va de camino al invierno, a días más cortos y noches más oscuras. “Va a ser largo”, dijo una amiga.

Tengo las manos y los pies fríos. Hemos sacado las mantas y la ropa de invierno, y el paraguas nunca me abandona cuando salgo. Hay gente estornudando en el metro y los cristales del autobús están más veces empañados. Esto es el otoño en Madrid.

En la sierra, los campos empiezan a ponerse verdes (otra vez) y los caminos de polvo ahora son riachuelos. Hay charcos de barro con huellas de perros; las moscas están muriendo y los grillos van callando. Ya quedan pocos cielos despejados y el norte cada vez se viste más de nubes. Por la mañana ya hay rocío y dentro de poco habrá escarcha.

Es una época mágica, la verdad. Una época de cambios, de transformación, de comienzos, de historias; de cosas nuevas que pasan… o que deberían pasar.

A pesar de todo eso, me siento un poco nostálgico. La música no ayuda mucho; el tiempo no tiene nada que ver con que sienta esta extraña tristeza… Pero digamos que las gotas en la ventana me hacen pensar más de la cuenta.

Parece que todo sigue igual. Soy más viejo, sí, pero mi vida sigue donde está. Sigo con el miedo a toparme con alguien del pasado y ver que ha progresado más que yo; que no he conseguido nada en comparación. Claro que, esas cosas son relativas. Lo sé. Aun así… Parece que todo sigue igual.

El verano parece haberme quitado algo, cierta sensación de dirección, de pertenencia; de conexión. He vuelto, como el otoño, a mi rutina, pero me siento ajeno a ella, como que ésta no es mi vida. Ahí donde todo el mundo lo tiene todo averiguado, yo sigo haciéndome preguntas.

“Perdido”, ésa es la palabra.

Antes la utilizaba con cierta libertad, pero ahora lo digo con seguridad: me siento perdido. Tengo la sensación de que no sé qué hago, qué quiero, a dónde voy… Y también me siento solo, pero con eso no tengo ningún problema. Después de todo, esto es algo que sólo yo puedo resolver/averiguar.

También siento que he perdido mucho en estos meses. Sin darme cuenta, he descuidado cosas que me parece, ya no puedo recuperar.

Y todo eso se resume en la nostalgia de este sábado lluvioso de octubre…