Imaginatio

No sabes cuántas veces he imaginado que nos hallaríamos en la Puerta del Sol, al lado del Oso y el Madroño, inconsciente el uno del otro: mientras yo espero a alguien y tú también; bajo los castaños míticos de la Plaza de España, a la vista de un Don Quijote que nunca se da por vencido y de un Edificio España que nunca se olvida; entre la muchedumbre de la Gran Vía que nunca cesa, que viene y que va, que se mece al ritmo del asfalto, que pulsa y tiene prisa, que muta y cambia y fluye, ahí nos toparíamos tú y yo, en un cruce de miradas perdidas. Incluso me he imaginado que nos toparíamos de golpe —de sorpresa— en alguno de los caminos de arena del Retiro o que, simplemente, nos hallaríamos en un metro cualquiera abarrotado de gente, sentado el uno enfrente del otro, de camino a alguna parte. Es en mi mente donde compartimos los mismos rincones de esta ciudad infinita, pero estamos siempre apartados.

“No sabes cuántas veces he imaginado […] que, simplemente, nos hallaríamos en un metro cualquiera abarrotado de gente, sentado el uno enfrente del otro, de camino a alguna parte”. | Jessie Roth
No sabes cuántas veces he imaginado estas coincidencias, porque mi mundo es pequeño y todo es posible, aunque sólo en mi mente es posible que yo te conozca y tú me conozcas. 

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En el fondo del vaso.

El otro día abrí una botella de vino tinto, manchego, de la cosecha del 2000, envejecido en barril de roble francés y americano. El color era del citrino, pero con tonos rojizos, un burdeos dorado; precioso, único. El olor, afrutado con toques ácidos, que me recordaba a la tierra agotada de La Mancha, pero fuerte y profunda.
No soy un experto en vinos, pero me encantan —cosa rara a los 21 años—, y si hay algo que me gusta de ellos es descubrirme sentidos. Un vino no sólo se bebe, se disfruta.
Pero al descorcharlo y volver a recordar que estaba solo en esa casa que se estaba cociendo de solitud, el patetismo del momento se hizo evidente y no pude evitar ver el vaso de vino como algo perverso; con el mismo grado de perversidad que tiene toda soledad y que, a favor de nuestro propio orgullo, evitamos siquiera mencionar.
Pero me bebí dos vasos. Y pensé lo bien que acompañarían a un poco de carne. Pero yo no como carne, a excepción del pescado y el pollo, que, por un paradigma personal, no considero carne, aunque la verdad sea que sí y yo me estoy mintiendo.
Al final del segundo empecé a sentir el toque del vino —soy bastante débil para estas cosas— y a medida que aumentaba su ligero efecto, disminuía la influencia del insomnio.
Y fue en una ligera conversación que tuve conmigo mismo que asimilé que aquel niño arrogante y egoísta de hace más de diez años aún era yo. Que a pesar de toda la tragedia de la vida y el peso del tiempo, aún era aquel niño pequeño que no dejaba a los demás jugar con sus propios juguetes. Y tal vez todos seamos un poco así, pero yo llevo toda mi vida en una cruzada personal contra la arrogancia que tanto detesto, y darse cuenta de esto a una edad adversa como la mía, tras tantos esfuerzos por eliminar aquel pasado, hizo que otro fragmento de mi minado orgullo descendiera al Tártaro.
Me fui a la cama. Aquellos vasos de vinos estaban dispuestos a ayudarme a recorrer un sendero peligroso hacia las entrañas de mi propia existencia enrevesada, y la verdad, no quería. Sabía que era un viaje con un retorno tétrico y el verano estaba yendo a duras penas como para tener más dramas personales.
Aunque sí debo decir: el vino no ayuda a dormir. Creo que estuve al menos media hora dando vueltas y, cómo no, pensando en mil otras cosas que no fueran dormir y ya. Después de eso tuve una noche tranquila. Y a pesar de mis propias convicciones, a la mañana siguiente (hoy) amanecí con buen humor.
Tal vez fue el alivio de la revelación, de darse cuenta y aceptar —el proceso de aceptación trae mucha tranquilidad, porque ayuda a mejorar— aquello que durante tantos años he estado autonegando y, en su medida, ocultando.
La confesión es que: me da mucha vergüenza ser arrogante. Me parece realmente repelente en la personalidad de cualquiera. Pero nadie es perfecto, y darme cuenta de que no era la buena persona que creía ser me ha quitado cierto peso y cierta responsabilidad que siempre ha conllevado la bondad.

Inspiratio. Segunda parte.

Había estado más de dos días fijando mis dolorosos ojos en aquel blanco muy blanco de un papel que gritaba sin palabras. Me di cuenta después, al entrar en el baño y descubrirme, otra vez, en el espejo, que lo que me faltaba era la sana inspiración; mi aspecto demacrado respiraba inseguridad por cada poro de mi cuerpo y no podía evitar tambalearme a cada miedo que surgía que se apoderaba de mí por un instante. Era la vida intentando decirme algo, tal vez un adiós a los buenos días, como suele pasar estos días en los que he perdido una costosa rutina anual. Me lo estaba jugando al azar en una partida que, claramente desde hacía unos cuantos meses, estaba perdiendo.

Me hago ilusiones fácilmente. Eso es lo que más odio. De la misma manera que, una vez alcanzada la tan preciada inspiración, uno se cree con las fuerzas suficientes para continuar con la ardua tarea de escribir bien, yo estaba volando directamente hacia el astro muy ciego de la realidad de las llamas que se estaban devorando mis falsas alas. Y por eso me veo de nuevo aquí, cayendo hacia un abismo que se me antoja aburrido de lo familiar que es; no hay más rincones misteriosos que descubrir en esta desesperación tan visitada. ¿Qué debo hacer? No, no, ésa no es la pregunta. La pregunta es: ¿qué podría hacer?

Como si me importase realmente lo que vaya a pasar, o en su defecto, lo que no vaya a pasar. Lo que importa es eso, que lo que es, es; y lo que no, ya veremos. ¡Maldita esperanza! Qué mala manía nos hemos cultivado los humanos, de esperar aquello que, como las preguntas de sí o no, o pasará o no pasará. No, no, erre que erre, metamos el dedo en la llaga y esperemos a que así venga la cura. La «filosofía práctica» del día a día.

Pero voy a confesar la verdad: nunca supe qué quería decir. Fue sólo un momento de locura en el que me vi arrastrado hasta aquí, hasta cualquier aquí, concretamente. Porque siempre me pasa lo mismo: me dejo llevar un poco por esta tentadora mujer que es la esperanza y me veo metido, de repente, en un «marrón» de las buenas, de las que no tienen sentido, mayoritariamente; de esos problemas que te hacen cuestionarte tu yo, tu propósito, el por qué de estar despierto a altas horas de la madrugada. ¿Por qué lo llamamos «altas horas»?, por cierto.

No importa. Eso es lo que de verdad importa: que no importa. Que no importa cuantas horas has estado esperando, porque en el fondo esperar no sirve de nada: la esperanza sólo es muerte y decepción; lo único que vale es la paciencia, que es sin esperanza, la pura manifestación del paso del tiempo y nada más. No importa cuán grande es el esfuerzo o la intención o el intento. No importa cuántas palabras dichas en vano y después olvidadas. No importan los sueños potencialmente posibles que se puedan tener o que se hayan tenido. Lo que al final importa es… Nada. Nada realmente importa, exactamente porque todo pasa. Pasa, y cuando pasa, deja de ser. Y porque, aunque sea, puede dejar de ser, no importa. Llámalo «lógica anticipativa», por ejemplo. La verdad es que, visto en términos del tiempo que pasa —y siempre pasa—, nada debería importar.

Claro que, hay un abismo de significados entre lo que es y lo que queremos que sea. Todo depende de qué nos ofrece y nos satisface la verdad de la realidad. Porque la realidad es eso: lo que queramos que sea y nada más importa.

La eterna guerra entre el Objetivo y el Subjetivo.

Búsqueda

He decidido desaparecer durante una temporada. ¿Por qué? Tengo varias razones que, no por no querer, no voy a confesar. En su propia medida, ni sé qué razones son exactamente ni me veo con suficientes fuerzas —o valor, de hecho— para darlas voz y hacerlas aún más reales de lo que son en mi pequeña y abarrotada cabeza. El mundo se me venía encima; tenía que escapar.

Así que he decidido desaparecer. No es, ni lo recomiendo, la mejor manera de enfrentarse a los problemas. ¿Qué digo “enfrentarse”?; resignarse, abandonarse si se permite. En cierta medida, aguantar los problemas sin tenerlos encima, o en la cara. Verlos de lejos, desde una distancia prudente y segura, aunque no haya nada de seguridad cuando se trata de problemas.

Pero mientras tanto, mientras se desenvuelve el año y llegue el tiempo tranquilo que acompaña, si lo quiere así la atmósfera, el verano, me veo con pocas fuerzas para enfrentarme a solas a los silenciosos golpes que propicia el recordatorio de todo aquello que aún no tengo.

Quizá me voy porque mi propio orgullo ha sido herido por mi propia arrogancia y mi propia envidia ante las nuevas de la vida, y lo confieso, no quiero enfrentarme al dolor que viene de ser consciente de ello. Me duele verme en ese espejo, y prefiero tapar todos los espejos como prescribe la tradición judía ante la muerte; desaparecer y no ver.

De momento esta propia receta contra los vicios de la dignidad da sus frutos: me siento mejor, relajado, aunque no tranquilo. No dejo de sentir que estoy haciendo algo mal, pero no me arrepiento de estar haciendo lo que estoy haciendo. Es egoísta, lo sé: pero yo también tengo derecho a ser egoísta de vez en cuando, como todo el mundo.

Me estoy desintoxicando de lo que supone vivir hoy: las redes, la información, el mundo a un clic, los contactos y amigos, la constante comunicación; de los amigos sobre todo. Y a pesar de parecer imposible, no lo es. Para nada. Sigo viviendo en el mismo sitio, pero la única diferencia es que ahora es un lugar aislado de verdad de este mundo que, ahora, parece mucho más grande y lejano. Lo confieso: la primera vez tuve miedo, ansia, algo así como arrepentimiento y mil preguntas me asaltaron, preguntas como “¿y ahora qué voy a hacer?”, “¿cómo voy a pasar el tiempo?”…

Ahora toca… Escribir. Leer. Conocer mundo de otra forma. Es cierto, no estoy del todo incomunicado porque aún tengo acceso a este dios que es Internet, puedo leer el periódico digital, pero sobre todo, escribir en este blog mío. Pero por todo lo demás, y a efectos prácticos, estoy totalmente incomunicado: no sé nada del mundo de la misma manera que el mundo no sabe nada de mí. Así de incomunicado estoy.

Ahora toca hacer las cosas de verdad y dejarse de tonterías. La vida pasa demasiado deprisa y no hay tiempo para ¿pequeñeces? Para menudencias.

Es un mundo conectado, sí, pero al mismo tiempo es un mundo desconectado: de lo que el mundo es y siempre ha sido, de la gente de verdad, del camino de la rutina, de las cosas que aún no se pueden replicar digitalmente. El mundo está desconectado de esas cosas, y yo las he querido recuperar. Tal vez sea la crisis de mi edad, tal vez mis problemas, tal vez todo ha convergido y pum. Sea lo que fuere, quiero desconectar para re-conectar: salir de las sombras de la caverna de Platón en el que a gusto me metí para volver a ver el mundo del que una vez vine.

Creo que esta es la mejor lección de mi modesto retiro, que al mismo tiempo, creo yo, es un gran consejo, no sólo para algunos, para todo el mundo. Así que ahí lo dejo, en el ciberaire. A la deriva, a la espera.

No lo olvides…

No olvides las razones por las que estás haciendo lo que estás haciendo. No olvides qué te ha traído hasta aquí, o por qué eres quien eres. No olvides tus creencias y convicciones. No olvides tu lugar en este condenado mundo. No olvides tus sueños ni tus aspiraciones en la vida. No olvides tus metas y propósitos.

Pero todo lo demás es prescindible: tus posesiones materiales desaparecerán, la casa donde vives, la tierra que te vio nacer, la familia que tanto te acogió, las memorias que la vida te ha regalado, toda la gente que ha pasado por tu vida; los amigos. Todo es prescindible: las posesiones pueden desaparecer en un incendio, robadas, extraviadas. La casa se hace vieja, la vida se presenta con miles de oportunidades que requieren de sacrificios; la tierra que te vio nacer te verá partir hacia otros horizontes como parte de esos sacrificios. La familia se vuelve la encarnación de la grotesca confianza que acaba por quemar las bases de tu existencia. Las memorias se olvidan si no están aseguradas en las cajas de la rutina presente. Y la gente sólo viene y va; los amigos sólo son amigos hasta que no son amigos, y eso puede pasar en cualquier momento, por cualquier razón, por palabras mal dichas, gestos mal dados, accidentes, viajes.

Todo en esta vida es prescindible, menos aquello que realmente te hace quien eres. Todo lo demás es un juego de humos y sombras: el viento acabará por aclarar el aire y las sombras se empequeñecerán cuando amanezca. Lo único que no es prescindible es el cambio, y el cambio lo afecta todo. El cambio es como una tormenta que barre las arenas de una playa, que agita incluso los árboles más robustos, que hace que las nubes pinten un nuevo cielo. El cambio hace que todo lo demás sea prescindible, y porque siempre ha existido, existe y siempre existirá, todo lo demás es prescindible excepto uno mismo.

Por todo ello, no lo olvides: no olvides las razones de tu existencia, el recuerdo de los caminos de tu vida, las creencias que te fundamentan, tu lugar en este mundo, los sueños que te sustentan y empujan, y tu destino. No olvides ninguno de ellos, porque todo lo demás es prescindible. Al final, lo que siempre estará ahí tras todas las tormentas, lo que se mantiene de pie, lo que ha superado el impulso arrollador de la vida, eso que permanece, serás tú y sólo tú. No lo olvides. Porque tú mismo no eres prescindible.

No olvides que tú mismo eres imprescindible, a pesar de todo el cambio que te afectará, seguirás siendo tú, un distinto tú cada vez, pero un tú que sólo serás tú después de todo. Imprescindible.

… Y yo digo:

La verdad es que ahora necesito determinar quién soy, qué quiero y cómo lo quiero. Las demás preguntas, a partir de ahí, se responderán solas.
También tendré que determinar dónde estoy y a dónde quiero ir. ¿Qué importa dónde he estado?
Estoy aquí, donde quiera que esté eso, como quiera que esté eso.

El tiempo se me echa encima y no puedo jugar a los dados.

Pensamiento: ¿Vil o noble?

Llega un momento en la vida en la que el pensamiento mismo es el pensamiento que tienes en el pensamiento (y sí, es coherente); piensas sobre tu propio pensamiento. Llegas a ser consciente de lo que implica ese pensamiento tuyo… Incluso, algunas veces, la cuestionas, la criticas. Y de repente, das un gran, pequeño paso: piensas sobre ti.
Es un paso (de los muchos que hay que dar) para conocerse a uno mismo. ¿Es importante? Depende, pero el conocimiento no ocupa lugar alguno en la mente, así que, ¿qué pierdes?
Sin embargo, esta entrada no empezaba con la idea de conocerse a uno mismo (aunque promete ser un tema bastante interesante). Aunque ya que estoy, puedo hacer un esfuerzo por pensar en este nuevo tema (aunque siento que la idea primigenia, la que me llevó a empezar esto, se caerá en el frío olvido).
Mucha gente no se conoce. En realidad, no nos conocemos. Osaría a decir que algún ser humano en el mundo se conoce plenamente… Recuérdese: nada es imposible en este universo, sólo improbable.
Una tarea que ayuda al propio crecimiento personal (el crecimiento como persona) es la de conocerse a sí mismo.
No es una idea que me acabo de sacar de la manga, sino que lleva en el seno humano desde épocas clásicas; así, Sócrates dijo algo que muchos de nosotros conocemos: Conócete a ti mismo.
Podríamos especular que, incluso en aquella época, el problema de la autointrospección (por llamarlo de alguna manera) estaba de moda. Quizá, en realidad, nos debamos plantear conocernos a nosotros mismo…
Querido lector, ¿tú te conoces? O mejor dicho, ¿crees conocerte?
Si la primera de las dos preguntas es afirmativa, entonces esta lectura es totalmente lúdica. Si no es así, entonces un consejo fácil de decir, difícil de practicar es: date cita. Suena a una tontería, pero date una cita a ti mismo (a pequeños pasos, grandes recorridos).
Si la segunda de las dos preguntas es afirmativa, entonces caerás en el porcentaje mayoritario de personas que creen conocerse. Si no es así, entonces eres consciente de que no te conoces.
En cualquier caso, la mejor de las combinaciones es conocerse y, al mismo tiempo, creer no conocerse.

Y ahora, una fugaz idea… ¿Cómo conocerse?