Ya no hay memoria.

¿Os acordáis
cuando en España hubo una guerra, 
que entre hermanos se mató
y la sangre se llenó de tierra?

¿Os acordáis cuando la golondrina se escapó
y tomó el mar por cielo, 
y allá en otros rincones
un hogar extranjero halló?

¿Quién tiene ahora la memoria
para recordar a todos los que se fueron; 
que tal vez regresaron, 
pero nunca más volvieron?

¿Os acordáis de los refugiados, 
de los pobres, y los exiliados;  
de los poetas ensangrentados
enterrados en las cunetas del cielo?

Un gendarme francés ofrece víveres a los refugiados españoles en una calle de Le Perthus el 28 de enero de 1939 | Félix Santos

Ya no hay memoria en esta tierra,
que vio a hermanos matarse,
que los vio irse; 
que vivió una guerra.

Ya no hay memoria, 
sólo silencio de cobardes: 
¿dónde están ahora los valientes, 
los patriotas, los héroes de la sangre?

¿Dónde se hallan ahora esos hijos, 
que disfrutan ahora de mil libertades; 
dónde están ahora
cuando vinieron ayer a ayudarles?

Que ahora otros se hallan en guerra
y quieren escaparse; 
tal vez venir a estar tierra 
donde poder refugiarse.

¿Os acordáis
cuando en España hubo una guerra, 
con mil refugiados vestidos de traje, 
de pobres, de exiliados; 
de esperanza para seguir adelante?

Y que la negra golondrina
al fin otra tierra halló
porque pudo hallarle [1], 
donde sus años vivió 
lejos de esa guerra 
que llenó esta tierra
de hermana sangre.

Ya no hay memoria
en la que refugiarse.

Refugiados sirios y otros en el Este de Europa | Nake Batev

 

[1] Un guiño patriota al leísmo autóctono de la Península, aunque sé que es hallarlo; me lo pedía el verso, quizá también el sentimiento. 

La opresión

Me levanto, me libero,
respiro, continúo;
sueño. 

Un peso pesado me cae encima, 
me hunde, me puede, 
me acalla; 
no me deja respirar. 

“Déjame salir”, grito; 
me escucha, me entiende; 
me aparta, 
me ignora.

“¿Adónde vas?”, pregunta, 
y me mira, me espera; 
sonríe y me tortura. 

No puedo más. 
Me rompo, lloro; 
dejo de andar,
estoy solo; 
¿dónde estás? 

Sigo camino
y me pasan en silencio, 
almas calladas y reprimidas; 
no las entiendo.

“Ayudadme”, les pido, 
pero me olvidan, 
abandonado y dolorido. 

Me quedo, espero; 
les miro
y me pregunto: 
¿éste es el mundo
en el que vivimos?

Y de repente,
de entre todos, 
uno
se arrodilla y me dice
bajito y callado al oído: 
“tú sigue el hilo; 
es nuestro destino. 

Y ni preguntes, ni pidas; 
ni quieras, ni digas; 
no es nuestro lugar, 
no es nuestro sitio”. 

En silencio, 
me levanto, suspiro; 
respiro, continúo
oprimido. 
 

Borrando…

Borré su número de teléfono.

Pero antes pasaron meses hasta que por fin me rebelé contra mí mismo.

Un sabotaje al corazón siempre parece misión imposible.

Sentía como que perdía algo de mí con ello, algo irremplazable, y ese sentimiento de pérdida total me atemorizaba.

Claro que, todos sabemos, siempre llega este momento después de las pérdidas, y en un siglo donde todo nos conecta, es tan difícil desconectarse.

Primero empezaría con las fotografías insignificantes, las de cosas que en realidad fueron caprichos del momento: un café, un parque, un dibujo, un regalo. Esos recuerdos nos abandonan antes, despojándonos de una primera capa de sentimientos que revela otra mucho más profunda. La que queda por debajo ahora es una capa que habla sobre vínculos más íntimos, más profundos y más inmutables.

Después desaparecen las fotografías sobre lugares, sitios, rincones, viajes… Aunque de entre todas ellas se reserven aquéllas que tendrían un significado más allá de las palabras; un recuerdo directo a una frase, una sonrisa, una mirada… Algo que nos cautivó más, que nos encadenó corazón a corazón y que forma todo aquello que hace el dolor de este fin.

Y finalmente, desaparecerían las sonrisas, las miradas, las fotografías íntimas que retratan más un sentimiento que un momento.

Pasarán meses hasta que éstas desaparezcan, nos dejen para siempre, totalmente quitadas del mundo; borradas de la existencia y jamás podrán ser rescatadas del olvido. Serán sólo las memorias, las imágenes en el alma, lo que mantengan el recuerdo vivo, el sentimiento caliente.

Lo afortunado —o desgraciado— de la memoria, es que siempre será presa del olvido. Y los recuerdos pasarán a formar nieblas, adquirirán otros significados con el paso del tiempo y mutan con nosotros. Cuando todo será cosa del pasado y de la historia, todos estos recuerdos dejarán de lado el dolor, y ese vacío será ocupado por otros sentimientos menos intensos y más lejanos.

Borrado su número, parece que he ganado una extraña libertad que realmente no quiero tener. Es una libertad que más bien me da miedo, como si a un abismo me cayera, pero no tuviese fondo. Es una libertad de vértigo. Y todo el rato sé que lo único que me mantendría a salvo… serías tú.

Pero he borrado tu número. Ya nunca más podré tener esa seguridad de saber que, aunque sea una gran tontería, al menos tengo la posibilidad de llamarte, o enviarte un estúpido mensaje.

Ya no.

No se trata de que lo vaya a hacer… Siempre se trató de que podría hacerlo, aunque no lo hiciese.

No hubo ni un adiós. Fue frívolo, una acción simple, mil y un momentos y sentimientos desconectados para siempre.

No quiero darte ese placer y lujo, pero si volvieras… te seguiría respondiendo.

 “Nuestras pequeñas, estúpidas conversaciones significan para mí más de lo nunca sabrás“. — In  randomnesshappens.wordpress.com

Mensajes sin respuesta

«Y todo este tiempo he estado esperando». Así es como comienza ese mensaje. Es un mensaje lleno de nostalgia, tristeza, resentimiento; de emociones que no han tenido solución durante tantos años. Ahora llegan para quedarse en silencio. 

Lo cierto es que… no sé cómo enfrentarme ante esta realidad, que me parece ajena, que me pertenece. Es algo que viene de otra parte, desde otro rincón; desde otro corazón. Tiene palabras propias, como fantasmas, que están libres y atrapadas al mismo tiempo. Y parece que enfrentarse a la situación es una imposibilidad.

Hemos sido apartados por los años, por las circunstancias de la vida, por todo aquello que simplemente pasó y pasó. Ahora parece que se acerca una tormenta por el noroeste: con el último sol de la tarde, se tiñen los nubarrones de rojos, rosas, naranjas y púrpuras; son un aviso, un aviso de que esta noche lo que habrá en la oscuridad será frío y lluvia, será el resultado de una tormenta que ha recorrido todo este reino desde el Norte.

Perdimos el Norte. Yo perdí mi sentido de la orientación; yo también perdí mi Norte. A partir de ahí fueron merodeos sin rumbo, intentando situarnos en el mapa, avanzando en la niebla.

¿Cómo te puedo decir todo esto, todo esto que te quiero decir que parecen sólo fantasmas surgidos desde el pasado, llenos de polvo y telarañas, sentimientos oxidados por las lágrimas calladas? Sólo hasta que la cortina de lluvia da en las ventanas, creemos que tenemos una oportunidad para salir corriendo de la casa hacia el infinito, sin que nos pille nada, pero la realidad es que es inevitable.

El consuelo, callado consuelo, es que esto también pasará: la respuesta también pasará, todos estos sentimientos arrepentidos también pasarán… ¿O no?

Entre los nubarrones se abre una brecha de esperanza, una última fisura en la inmensidad de la tormenta por la que uno puede ver el último cielo de la tarde, lleno de colores cálidos. Parece que no será eterno, que la noche no se hará larga, que habrá un mañana donde el frío no se cale en los huesos, en este inusual mayo del alma, lleno de cambios.

Ahora la fisura, la brecha, el desgarro en las nubes desaparece y la primera ola de gotas cae sobre la cara. Todo se vuelve borroso en el horizonte. La tormenta ha llegado. Es hora de resguardarse dentro de casa y esperar a que pase.

Papá

Allí estaba, delante de mi madre, intentando contener las lágrimas, intentando parar esa horrible sensación de querer romper a llorar. Me duele el estómago, como si me hubiesen dado un puñetazo. Lo cierto es que sentía vergüenza, llorar delante de mi madre sobre la muerte de mi padre.

—Tu padre ha muerto —dice, tan fácilmente que parece…—, y tienes que, de alguna forma, aceptar esa realidad. —Esa realidad, repite mi cabeza.

En mi mente también suena en un eco infinito «ha muerto», repitiéndose una y otra vez. «Ha muerto».

Algo en mí quiere protestar, quiere rebelarse contra esa realidad. Le digo una y otra vez, «ya sé que ha muerto», pero cada vez que lo digo, más vacío suena.

De repente me paro a pensar, a reflexionar… que quizá no lo haya superado, como tantas veces me he dicho. Eso me entumece las manos y me veo comprometido conmigo mismo. No sé qué hacer. Han pasado ya más de seis años y no sé qué hacer.

Se hace el silencio. Es un silencio de esos que parecen espesar el aire que se respira, como si cayese sobre uno un gran peso inaguantable. Siento que me oprime el pecho, el corazón, el alma. Casi se me escapa una lágrima. La contengo por enésima vez. Aumenta mi dolor.

Me siento también como un animal acorralado, en una esquina. Las ganas de salir corriendo me invaden, y pienso que disimuladamente podría dejar la casa, pero ya en la calle, largarme tan rápido como puedan mis piernas, a llorar a alguna parte donde no haya casas, paredes, personas, fotografías, civilización; en medio del campo, donde sólo los dioses sean mis silenciosos, imparciales testigos.

Pero no. Me encierro en mi habitación, a escribir estas palabras. No puedo ocultar una tristeza que crece exponencialmente, ni tampoco puedo reprimir más las ganas de llorar, pero sigo temiendo que mi madre me escuche desde el salón. Así que no lloro.

Algo dentro de mí, una fantasía de mi propio cultivo, me dice que mi padre no lo hubiese querido.

Me giro hacia la ventana entreabierta, con la cortina un poco abierta: puedo ver las pelusas de polen surcar los cielos grácilmente con la leve brisa que llega de la sierra, y en el fondo está el campo de colores ibéricos, de encinas y hierbas secas, un campo allí donde me proyecto y por fin lloro la muerte de mi padre, en el silencio de mi imaginación y de mi habitación.