A Quien Respecte,

Te he vivido como un sueño. Otro de esos sueños que tengo que un día sueño cumplir. Luego desperté y te escribí una carta que se quedó en borrador, porque tuve miedo y lo dejé pasar. Todavía lo tengo, pero pronto lo borraré. Mientras tanto, aún está ahí, recordándome que aún existes, que aún estás en mi cabeza. Pero ¿ahora qué? Cuanto más tiempo pasa, más nos hacemos olvido; el sueño se diluye, tú te alejas, la ilusión se hace fina. Es cierto: te he vivido como un sueño, hasta que comprendí que los sueños sólo son sueños. Que todo fue una ilusión; ahora es ceniza consumida. Pronto pasará el tiempo suficiente para decirte adiós. Adiós, y que fue bonito mientras duró. Adiós… y gracias. Sí, te he vivido como un sueño, pero se me acabó la ilusión.

Me siento otra vez ante este escritorio. La ventana abierta a mi lado lentamente derrama una brisa fresca y se cuelan los ladridos almohadillados de los perros de otro barrio. El zumbido lejano del ventilador en la habitación de mi madre hace coro con el martilleo del reloj del pasillo. Tic, tac, corre el tiempo, no pasa nada. La casa suena hueca; la calle suena a grillos. Suena a verano. Juro que también suena a estrellas. Pero la realidad es distinta: no suena a nada, a farolas viejas y vecinos dormidos a la una de la madrugada de un lunes ya vencido.

Y yo quiero escribir algo original. Quiero derramarme en palabras. Quiero explotar. Quiero extenderme hasta que no haya papel o líneas. Pero no tengo nada. No hay ninguna onza de mi ser, ni un suspiro, que diga nada. Una moto, mientras tanto, pasa rauda y pronto parece que nunca pasó. El gato ha abandonado la cocina y maúlla en el pasillo donde se magnifica y parece que está gritando.

De entre esta bruma que me perjudica, no dejo de pensar en ti y en lo que llegaste a significar para mí. Nos conocimos de coña una madrugada en ese infame chat. A pesar de que muchas noches no hay nadie, soy un callado adicto a la esperanza: vuelvo a leerlos, a todos los desesperados, esperando encontrar a alguien como tú —aunque parece ser que cada vez hay menos—. La verdad es que no hay vergüenza en esta confesión; hay más bien coraje. Porque creo que hay que ser un poco valiente para volver a cometer la misma locura noche tras noche esperando algo cuando no hay nada.

No dejo de darle vueltas a las razones por las que nunca nos conocimos. Esta historia es así de patética: nunca pasó. No dejo de pensar en tu nombre como si quisiera invocar algo, una especie de señal. No dejo de pensar en esa sonrisa que nunca he conocido pero que me imagino mil veces. No dejo de pensar en tu voz. Es lo único que jamás conoceré. Y ya con eso me embrujas. No dejo de pensar en todos esos gustos que parece compartimos, pero que nunca disfrutaremos juntos. No dejo de pensar en la historia de tu vida, que no conozco y que ya es demasiado tarde para conocer. Ha pasado casi un año desde aquella noche en aquel chat, pero no dejo de pensar en ti.

Esta historia es patética porque ya me di por vencido. Hace un par de semanas sopesé que todas mis oportunidades habían caducado. Así que finalmente borré tu número en un intento de olvidarte; dejar de mirar tu foto y esperar a que pasara algo sin hacer nada. Borré tu número para no recordarme todos los días que estás en mi vida sin estarlo. Borré tu número porque así parece que ya no estás, aunque no deje de pensar en ti.

La culpa, obviamente, es que nunca amasé el coraje suficiente para decirte nada. Así que esto es, otra vez, la patética historia de mi cobardía. Pero no pasa nada. He sobrevivido a cosas peores. Siempre he salido adelante; al final siempre llega el olvido. Pero como con cualquier ruina, debe quedar evidencia: y he aquí la de esta historia. Que lo diga significa que no me estoy volviendo loco, que aún queda algo de cordura en mí. Quizá así evite implosionar y hacerme algo fino, como de humo, insignificante, callado… Porque que calle, no significa que no piense aún en ti. 

En el reino del miedo

¿Cuánta decepción sentirías si supieras que he exiliado tu nombre, que para mí no eres más que un 

Soy un exiliado yo mismo. Me fui porque tenía miedo a ser descubierto, miedo a que me juzgaran; miedo a que supieran que te amé. Vivía aterrado de enfrentarme a esa marabunta de miradas críticas que siempre nos han acechado, aunque en el fondo siempre he sabido que me lo merecía, el castigo. 

Ya es castigo suficiente no poder decir tu nombre… 

Por eso ahora soy el siguiente heredero al trono de este Reino Callado, un heredero más en este interminable linaje de mi dinastía. Son muchos los pretendientes al reinado, pero no creo que todos se lo merecen tanto como yo.

Y es que a diferencia de otras casas reales, ésta está formada por traidores, cobardes, mentirosos; débiles. Somos una estirpe de príncipes que reinamos en tierra de traidores, cobardes, mentirosas, débiles, exiliados, abandonados, doloridos, olvidados. Los héroes, los que ganan sus propias batallas enfrentándose a sus miedos —y a los miedos de otros—, los que se alzan con una bandera llena de nombres y colores, esos se merecen otro tipo de reinado —y de reino—: el de los valientes, los libres y victoriosos.

Aunque todos hemos peleado la misma batalla, la misma dolorosa y silenciosa batalla, de familias rotas y amores prohibidos, algunos alcanzaron la felicidad y salieron victorioso, pero otros seguimos viviendo en el miedo, o en la ira; y muchos son los que cayeron heridos.

Ahora soy uno de los príncipes entre los caídos, otro más entre las líneas que fueron derrotados en el intento, desterrados bajo montañas de secreto y silencio. 

Y tú, aunque eres ya un sinnombre, un ser del pasado lejano, eres la razón por la que me han nombrado príncipe: otro legítimo sucesor a todos los reyes abdicados que, como yo, reinaron en el miedo hasta que fueron destronados, o murieron añejos, perseguidos por sus fantasmas, solos en la oscuridad.

 

Aria para la cuerda de sol, de J. S. Bach

Una sola canción se reproduce en bucle de fondo, una canción de piano tan tierna y delicada, y a la vez tan bella, que ayuda a desgarrarme el alma. La habitación lleva cerrada cuatro días, cinco días; ya no lo recuerdo. Las plantas ya han muerto debido a tanta oscuridad, la misma en la que yo parezco florecer. Además, afuera el cielo encapotado y de sol apagado ayuda a mi ánimo roto; la lluvia arrasa en las ventanas, cubriéndolas de gotas y recuerdos.

No dejo de pensar en aquella huella de barro perdida en el monte. Ahora anda borrada bajo los arroyos que cortan la arena. Y me duele pensar que ha desaparecido de este mundo. Tal vez porque andaba perdido y sigo estando perdido, pero no sólo eso: ahora he perdido aquella huella. Y el camino sobre el que quedaba. El camino está perdido.

La canción se para. Vuelve el silencio descomunal y monstruoso que me ahoga. Vuelvo a reproducir la canción en la infinita hora y siento que, durante los próximos cinco minutos que dura, la serenidad me invade y acallo el grito que hay en mí. De momento sólo puedo vivir así, atrapado en un momento con la misma música, el mismo silencio, el mismo dolor, en la misma habitación, el mismo mundo, recordando aquella huella en el camino que ya no conozco, en un mundo que días atrás parecía alejarse de mí a una velocidad desmedida. Sólo puedo vivir así, colgado de un momento siempre al borde, parándome los pies escuchando las notas.

Estoy perdido, pero los crescendos y los diminuendos me alivian esto que es como la angustia, pero un poco más grande y un poco más vacío. Esta música me alivia más allá de las palabras. 

Es terrible querer volver al suicidio y no poder evitar la masacre que se dibuja en mi cabeza. Empiezo a pensar que nunca dejé de quererlo, que secretamente me mentía y eso, eventualmente, sólo me ha devuelto al mismo punto: sin haber cambiado, sin haber avanzado, porque no puedo avanzar. Es terrible sentirse atrapado sin salida, muy atrapado… y algunas veces muy solo.

Vuelve a parar la música y no puedo dejar de escucharla. No puedo. Tiene que seguir. Por favor. Tiene que seguir porque ya me fallan las palabras, me arde este silencio, me enloquece el tiempo, pero si la música sigue, en ese momento nada más importa porque he encontrado un pulso en el caos. 

Lo cierto es que seguirá después de mí, como esta lluvia que parece interminable. Su belleza supera al tiempo, porque lleva su propio tiempo. También seguirá el camino allí donde esté, aunque ya no lleve mis huellas, como todos esas cosas que seguirán aunque yo ya no esté para describirlas con estas calladas palabras…

Ahora callo, que sigue la canción… 

No me lo tengas en cuenta…

Querido diario, 

Estos días son interminables, como una sucesión en bucle de horarios interconectados que no ven diferencia entre la noche que acaba y la mañana que empieza. Mis noches de insomnio han vuelto, no por la falta de sueño en sí: más bien es por la falta de descanso y, sobre todo, la falta de sueños. No tengo sueños; ya no los tengo. ¿Me gustaría tenerlos?, me pregunto. ¿De qué me sirve hoy soñar? Temo que en mi vida ya no tenga tiempo para soñar; parece un lujo del pasado. A lo mejor es la edad, o la profesión. No sé cuál es peor: haber dejado que el tiempo me robase los sueño, o que haya sido la vida la ladrona. La vida que he elegido… Aun así sobrevivo: sobrevivo a la incesante del reloj, de las obligaciones que me pesan, a la falta de un poco de fantasía y al silencio, que algunas veces me puede. Es tan ruidoso algunas veces y no tengo tiempo para acallarlo. Pero aquí estoy,
robándole las horas a la noche ya robada,
a mi día que ya acaba,
a la próxima alba anunciada,
a otra semana dura de larga;
robándole las horas para
contarte mi pena callada,
de rutina muy colmada,
de tiempo necesitada;
de un sólo suspiro falta,
quizá de poesía rimada
y sentimiento contada.

Pero no me olvido de ti, diario. Del alivio que traes a este corazón vencido, y de la serenidad que lo colma cuando nos encontramos de nuevo. No me olvido de todo, lo que sea, la dedicación y la persistencia, o de la incondicionalidad de tus renglones. Aquí me libero un poco de mi realidad, me hago liviano y puedo volar otra vez, aunque sea un momento; recupero el aliento. Es un gran momento; me quitas de mi peso, me levantas cuando parece que todo cae. No me olvido de eso, sobre todo. Bueno, no puedo olvidarlo… Tal vez por eso vuelvo a ti, como todos «los ríos que van a parar a la mar»: es esta inercia existencial, la gravedad casi física, que me empuja aquí aun en mi falta de tiempo; sobre todo en mi falta de tiempo, regreso. 

Tal vez vuelvo a perder el rumbo y la vista de las cosas que importan. Tal vez vuelvo a caer en la negligencia, aunque siento que parte sea inevitable; es un accidente. La corriente de lo que pasa, quizá no es tan fácil detenerla una vez que te ves atrapada en ella y te lleva; te empuja, te empuja fuertemente contra la roca, aturdiendo las emociones… Eso me pasa, que tengo aturdidas las emociones: no sé qué siento, cuánto siento, cómo siento, por qué siento. Me temo que no tengo tiempo para averiguarlo, o peor: que no tengo los medios para saberlo. Me hallo así en una especie de limbo donde me he dejado aparcado, una parte de mí, aunque el resto de quien soy haya continuado con la rutina, haciendo lo que hay que hacer. Algunas veces —otra vez— me siento enajenado, como que no soy yo quien controla las riendas de mi vida, como que me he perdido y no veo el momento de parar, de tomar un respiro, de mirar en derredor y hacer preguntas… ¿Qué quiero? ¿A dónde voy? ¿Por qué? 

De repente siento profundamente una falta, una falta de algo que no sé muy bien cómo definir. Es una falta de genuinidad, de algo verdadero y original; algo propio, algo mío. Algo que sea… ¿puro? De repente siento profundamente que me falta algo muy adentro, algo que sea mío y que ya no está, y ha dejado un vacío. Tal vez sólo sean delirios en la noche, pero lo siento: que me he dejado perder… Siento que me falta escribir más —y seguramente que mejor— y sinceramente. Pero sobre todo, siento que me falta escribirle a alguien: conectar… y conocer. 

Siento que me he olvidado a alguien por el camino. Quizá no sólo sea yo quien he dejado atrás, pero a alguien… Alguien a quien confesarle salvajemente: “por favor, no me lo tengas en cuenta… pero te quiero”, o algo así. Algo tan repentino, tan brutal e irracional que la propia emoción me devolvería a la realidad, como una corriente eléctrica que me resucitase. Algo así necesito. Necesito… algo extremo. ¿Acaso es tan terrible pedir algo así? 

No lo puede saber

—No me puedo lamentar, la verdad.

—No deberías, no. 

—Y sin embargo no lo puedo evitar: sentirme tan mal.

—¿Y por qué no se lo dices?

—Porque ya es demasiado tarde. Además, ¿qué digo? ¿Que me gusta?

—Yo creo que nunca es demasiado tarde para decir lo que sientes.

—Pues yo creo que sí, que el momento se ha pasado.

—¿Sí? Yo creo que aún hay tiempo.

—Ni siquiera sabe que existo. 

—Pues no será su culpa.

—Es mía la culpa.

—Tenías que haber dicho algo antes. Lo que fuese. La gente no lee mentes, ¿sabes?

—Ya lo sé. Lo sé… 

—¿Entonces? ¿Qué hacemos aquí?

—Nada… Lamentarse

—Ay… Bueno, podía ser peor.

—¿Tú crees?

—Claro. Podíais no haberos conocido. Podíais haber acabado mal.

—¿No hemos acabado mal?

—No habéis acabado. Aún no.

—Siento que ya se ha ido…

—Es que eres un dramático. Pero yo le veo aún mucho potencial a esta historia.

—¿Aun si soy un cobarde?

—Aun si eres un cobarde, sí. 

—Otra cosa que no puede saber.

—No sé yo. Hay algo valiente en admitir que eres un cobarde. No todo el mundo lo podría hacer.

Quiero…

En estas noches de vigilia te imagino delante de mí, a un beso de distancia. Imagino las miradas que nos echaríamos, intentando descubrir los secretos de este amor que es desconocido. Cuando te vi la primera vez, había sentido algo, algo que hacía mucho tiempo no sentía. Lo confieso. Era algo incierto, no obstante, un algo lleno de preguntas, pero me robaste una sonrisa y eso pareció calmarme las dudas. Pero no me ves, ¿verdad?, sentir.

Parece que somos de dos mundo completamente opuestos, distintos y alejados. Que todo lo que podría pasar, de alguna forma, nunca pasará. Quién sabe por qué. Tal vez sea porque, como dicen, you’re too good for me y no te merezca; tal vez sólo tenga miedo y nada más.

Y a pesar de este miedo, la incertidumbre, el sentimiento de lejanía y oposición… alguien como tú, seguramente, nunca volverá a aparecer en mi vida y ese pensamiento me da aún más miedo. Lo cierto es que no me gustaría perderte esta oportunidad.

¿Qué debo decir? ¿Cómo? ¿Cuándo? Nunca sé cómo empezar, pero siempre sé que quiero empezar. De todas formas, nunca he tenido las palabras correctas. Por eso escribo: porque estoy eternamente buscando lo que decir, la forma correcta de decirlo; buscándome y encontrándome, todo al mismo tiempo. ¿O es que te busco a ti? Tú que pareces tener una palabra, una historia para todo… Y, sin embargo, ahora hay tanto silencio…

Al mismo tiempo tengo tantas historias que contarte; y qué tú también me contaras… Tendríamos tantas noches de vigilia así, me imagino. No dormiríamos nuestros sueños, nos los contaremos a altas horas de la noche.

Me acerco a la ventana para ver en la noche de esta madrugada de abril, casi mayo. La luna se entrevé entre las altas nubes: está creciente y su claro es frágil, pero ilumina el lejano horizonte con el sueño del mañana.

Mañana será otro día, pero quiero…

No te vayas

He medido estas palabras. Lo he hecho con sentimientos que no entendía muy bien y que no estaba seguro si quería decir, pero al finalizar mi exploración, esta aventura hacia lo desconocido, he concluido que no te vayas.

Es así de simple. De verdad que quería encontrar explicaciones, argumentos, hechos… pero no había de eso. En realidad sólo he descubierto que no necesitaba nada de eso para decirte: no te vayas. 

No me dejes, porque aunque seamos palabras en el vacío, tus palabras sostienen mi historia. Sin ti, sería sólo silencio, sólo vacío; nada. 

No te vayas, porque si te vas, ¿quién leerá mi historia? ¿Quién me hará real? 

No te vayas, porque no hay otra historia como la tuya; ¿de dónde obtendré este elixir de felicidad si te vas? ¿Qué podrá llenar este vacío mundo si no son tus palabras?

No te vayas; no me dejes en el silencio y el vacío, no me hagas buscar otra historia cuando la tuya es la perfecta para mí: tus palabras me encajan justo, no dejan espacio en mi corazón, me llenan todos los silencios; me cuentas

No te vayas; no me dejes como un punto y aparte, solo y colgado de tus líneas, esperando siempre a un giro de historia que cambie la mía. Por favor, no me dejes así. 

La solución es simple: no te vayas. Y harás de mí otra historia feliz.