El cambio

Por un momento, necesito parar, detenerme y mirarme los pies. Y las manos. Y la cara. Necesito mirarme y admitirme, de una vez por todas, que esto, lo que he obtenido hasta ahora, no es lo que he querido. Pero que la vida es un accidente y me he visto empujado aquí casi a la fuerza. Y de esas cosas, la verdad, uno no puede escapar cuando tiene una vida abocada un poco a la miseria —y al capricho del destino—.

Y me miro y veo un fantasma que me devuelve una mirada oscura a través de un espejo resquebrajado. Y ¿quién eres?, resuena su eco de voz. Y me sigue mirando a través del cristal roto, intentando averiguar mil cosas que, voy a admitirlo ya, nunca he conseguido resolver. El espejo está roto por una razón, y es que nunca me atreví a arreglarlo. Es así de simple. Y durante todo este tiempo a través de las grietas se han estado colando y escapando las preguntas colgadas, los fantasmas que me persiguen y que tanto temo, el pasado irresoluto e irresoluble… Toda esa materia que está atrapada tras las apariencias, la máscara, las rupturas y el silencio, gran silencio.

Parece que no hay nada, sólo un reflejo tras otro, una ilusión que da paso a otra sin que ninguna de las dos sea sueño o realidad. En realidad, lo que hay ahora es algo borroso, algo extraño, algo indefinido que dice que todo, y nada, puede pasar. Y no sé qué temo más, si el todo o la nada. Bueno, a ésta estoy acostumbrado, pero uno puede seguir temiendo a la rutina, ¿no? 

Las palabras pueden consolarle tanto a un corazón que ha dejado de soñar. Joder, me han consolado tanto a lo largo de los años, pero esta vez… Esta vez no dejo de dar vueltas a frases inacabadas intentando buscarle otro sentido a esta historia que me ha tocado vivir. Y es que necesito pararme ahora o si no temo que será demasiado tarde cuando decida hacerlo mañana, cuando ya lleve demasiadas huellas que borrar. Necesito parar y mirarme los pies, y las manos y la cara; todo eso que todavía es mío y que aún puedo controlar. Y necesito ver si esta historia, este otro verano que corona otro junio, tiene más versiones que ésta; si puedo reescribirme y seguir. 

El verano, ese tiempo de cambio, de promesas, de sueños; de cosas que pueden pasar, que están a la vuelta de la esquina, o a un salto, un beso, una mirada de distancia. El verano, esa época de cambiarse de ropa, de salir a la calle e ir a un parque, de liberarse de todo el frío y todo un año encerrado en obligaciones. Yo también necesito un respiro dentro de poco, ahora que es verano, y ver si tendré esa oportunidad para escribir bien todo lo que tengo, debo, pienso, quiero… necesito escribir. Y parar y cambiar. 

Las Perseidas

Pues aquí nos encontramos otra vez, ante esta encrucijada de la vida.

Se vuelve a cumplir un sueño, aunque todos los años es el mismo: Las Perseidas, ésas que siempre vuelven… hasta que un día el cometa se aleje o se desintegre, o alguna tragedia cósmica y dejemos de ver sus lágrimas. Para mí son lágrimas, lágrimas del cielo, lágrimas de algún lugar lejano que vienen a cumplir nuestros sueños del pasado. Para mí son lágrimas del cosmos, de eso que nos rodea sin rodearnos; de eso que nos hace tan nosotros y que hace todo lo nuestro tan nuestro. Creo que son señales tan reales como reales puedan ser las señales, tan tangibles y al mismo tiempo, tan mágicas. Tan ocasionales. Tan momentáneas, aunque duren días.

“Así serán nuestras estrellas fugaces…” | Javier Pérez-Aradros

Así serán nuestras estrellas fugaces: mis lágrimas del cielo, Las Perseidas —y otras—, la belleza del universo, un regalo del cielo en noches oscuras, la luz de la oscuridad, si es que se puede entender tal concepto.

Será un año, un momento, unos días, y otro año. Así es la vida, la espera, la búsqueda, el encuentro… ¿El encuentro?

El sueño del encuentro, la promesa del encuentro, la esperanza del encuentro. Y sólo tenemos un momento para llevarlo a cabo, aunque este momento dure unos días: son unos días momentáneos. 

Entre que vienen y van, siempre tendremos un año entero en el que soñar, desear, esperar.

Volver a la ciudad

Qué ha sido de la ciudad, de la capital. Hace meses que no bajo al pavimento, que no disfruto de un banco en un parque abarrotado de gente. No sé cómo me desenvolveré de nuevo en las calles apretadas de multitudes después de tantos meses de exilio. Porque eso es lo que han sido: meses de ermitaño, de soledad, de abandono y olvido. Meses en las montañas. Ha sido un tiempo salvaje, el que he vivido. Una especie de caos de volver a lo natural escapando de la modernidad y el futuro; del tiempo.

Me siento de repente como un niño pequeño que vuelve a dar sus primeros pasos, poco a poco, alzando las manos en alto intentando agarrar sueños altivos y objetivos superiores; intentando mejorar. Porque eso es de lo que se trata la vida, pero yo me tenía que tomar un respiro y alejarme de todo ello para ganar un poco de perspectiva renovada. Ésa es la magia de la distancia. El problema es que he estado lejos tanto tiempo que no sé muy bien cómo volver, y tambaleo a cada paso que me acerco de nuevo a mi vida abandonada. Tengo miedo, miedo de verdad. Pero sé que quiero volver. Eso lo sé ahora. Ya basta de estar lejos, de estar callado y de estar a solas; quiero volver.

Volver como vuelve el verano, el sol, el calor, las golondrinas. Volver como vuelven los momentos felices, los pequeños placeres, los amigos. Volver poco a poco. ¿Y quién sabe? Tal vez volver, por fin, para quedarse y vivir. Vivir y disfrutar.

Volver a la ciudad, a buscarme entre la gente y tal vez entenderme un poco más en el contexto de todos. Volver para encontrarle un poco de sentido a todo el vacío que hasta ahora he acumulado, como polvo en casas abandonadas. Volver a encontrarle la ilusión al amor soñado y volver a sentir algo que no sea miedo, aunque sea malo. Pero volver a sentir.

Qué ha sido de la ciudad, me pregunto yo. Poco a poco la acera y el asfalto se calentarán y las sandalias de goma se doblarán más con cada paso. La ciudad se abrirá como una flor ante el verano, después de todo un tiempo relegada al sueño; ahora toca recibir a los turistas, a los artistas, a los soñadores. Ahora es el momento de recibir a todos los que quieran llegar, y sobre todo, a todos los que quieran volver. Como yo.

“Volver a la Gran Vía…”

 

Volver a la Gran Vía, andar el río de masas que sube y baja frenética y caótica, una constante colisión y cruce de vidas e historias. Andar al paso, parecer distraído u ocupado con tu propia vida, pero en realidad estar buscando una mirada perdida que en realidad te mira y busca que la mires; sentir rubor, sentir que una sonrisa se escapa de la cornisa de la boca y conectar con esa esencia que es sólo de la ciudad. Pasar el momento, como pasa todo en esta ciudad que siempre cambia y nunca descansa. Cruzar calles y llegar a plazas; cambiar de caminos, seguir andando. Dejarse llevar por la urbanidad, por esa materia que es distinta de la montaña y el bosque, de la arena y la roca. Dejarse llevar por otro mundo de posibilidades. Dejar que los pasos y un mapa dicten tu destino, y que te lleven a rincones desconocidos de cafés apretados y librerías antiguas, donde otros como tú buscan tal vez lo que tú buscas: sólo un momento… un momento cualquiera.

Volver bajo la sombra de un parque, del Retiro; de perder el miedo a volver a andar ese mismo camino de arena donde hace 5 otoños te vi por última vez. Por fin superar eso y volver a ese camino como si nada. No: como si el pasado por fin es el pasado. Volver a andar sin destino ni objetivo, ni deseo ni esperanza, a los rincones verdes y solitarios de un parque que nunca se acaba.

“Volver bajo la sombra de un parque, del Retiro…” | Gonzalo V. (julio del 2013)

 

Y volver, sobre todo, a contar historias de la ciudad. Está muy bien la montaña, los caminos de arena, la brisa azul que sopla ahora desde el sur trayendo los aromas de estos tiempos que cambian. Eso está muy bien. Pero ahora vuelve el verano, y mi tradición es volver a la ciudad con un puñado de historias que contar entre el cristal, el rugir de coches, el bullicio, el asfalto y la acera sin final. Ése es mi ritual, volver a la ciudad.

Te he visto antes

Juro que te he visto antes. En un sueño quizá. O en la calle o el metro. Pero tu cara, esa mirada, sé que la he visto antes en alguna parte. Pareces un sueño, un déjà vu. Y esta sensación de escalofrío y emoción me recorre la espalda, me pone la piel de gallina, me acelera el corazón. 

Porque hasta donde yo sé, así es cómo se siente el destino: es un inyección de adrenalina y todo el cuerpo responde. No sólo el cuerpo, también el alma. Como si vibrase respondiendo a una llamada que es ancestral y mística, una llamada que supera la carne y el hueso. Nos transciende, y a la vez nos une.

Quizá no recuerde la primera vez que nos vimos… te vi. No sé si me recuerdas. Seguramente no. Quizá sólo esté todo en mi cabeza y seas otro más en este mar de desconocidos en el que nado continuamente, sin conectar, capturando miradas perdidas que sólo son eso, miradas perdidas.

Pero la certeza; que te he visto, sé que pasó. Sé que te vi mirar, que buscabas algo. Que entre que te miraba y tú sólo mirabas, nos miramos. Sería un momento solamente, pero te vi mirarme y sentí algo. No sé qué fue; no sé qué es. Pero me embrujó. 

Después dejamos de mirarnos y seguías buscando. En algún punto te perdí de vista e historia repetida, pensé que nunca más te volvería a ver. 

Pero nos volvimos a topar. Porque ésa es la palabra: toparse. Como si fuera una cosa de azar y nada más. Nos topamos y al alzarnos las miradas para evitar colisionar, nos volvimos a ver y volví a sentir ese mismo algo que no sé nombrar. Estas cosas no suelen pasar dos veces, y si pasan, son distintas. Pero contigo fue claro: fue el mismo algo

Fue eso, sentirte igual… que juro que te he visto antes. 

Quizá fuese otra vida, ¿quién sabe? Quizá fuera otro camino —y probablemente fue así—, pero sé que te vi. 

¿Cómo puedo probarte este sentimiento, este algo que no sé qué? ¿Puedo verte otra vez, verte para un café y una charla? Verte para el destino, para probar que no sólo fue una mirada ni un momento, sino que fue toda una historia lo que pasó frente a mis ojos… Y ¿sabes qué? Lo noté.

Juro que te he visto antes, pero no sé cuándo ni dónde. Ni siquiera sé cómo fue, cuánto duró, por qué estaba donde estaba. Tengo todas las preguntas posibles y ninguna respuesta. Pero sé que te vi. 

Ahora sólo quiero que me veas… 

“Pareces un sueño, un déjà vu” |  PatMb

Las flores blancas de tu camino

Nunca sabré si las encontraré, como tampoco sé si te encontraré a ti al final. Parece que siempre nos encontramos en este paisaje, en los caminos; en la Sierra que los dos echamos de menos de la misma manera. Tú ahora andas lejos y… quisiera que lo supieras… Me gustaría que supieras quién eres en estas palabras. Una parte de mí sabe que lo sabes, que cuando me lees, sonríes. Me recuerdan tanto a ti… 

Nunca sabré si las encontraré, quiero decir, esas pequeñas florecillas blancas que crecen en matojos en los arcenes de la carretera. Me fijé la primavera pasada y me he fijado ésta: parecen como orquídeas, pero pequeñas. No son como nada que haya visto antes. Pero a la velocidad de autobús se vuelven borrosas y no logro identificarlas. 

Las he visto bajo roquedas, cerca de la ciudad donde el aire es más humo, pero también las he visto de camino a la Ciudad de Piedra, en las montañas que todavía andan frías bajo este sol de abril. En mis viajes por Los Caminos, nunca las he visto y las he buscado ansiosamente, queriendo satisfacer este deseo que casi desconozco. 

Flor Real, se llama en mi imaginario. Linda los caminos que llevan a La Montaña que ahora anda sin princesa. A pesar de todas las durezas de la vida, sigue siendo blanca como la nieve y es fiel al sol de la primavera. Y no parece crecer en otro lugar que no sea el que lleve hasta el reino. Su aroma —debe tenerla— lo cubre todo, por eso parece crecer en las zonas más agresivas, cerca del asfalto y el rugir de metal. 

No sé si las encontraré un días de estos que vaya en busca de mi primavera, siempre mirando a La Montaña esperando tu regreso. Temo que a poco dejen de florecer, que su flor sea tan efímera como un sueño. Sabemos que las cosas buenas suelen ser cosas breves; y que las de verdad buenas suelen ser maravillas. ¿Qué maravilla ha durado más de dos latidos del corazón y un suspiro? Nos congelan. 

No sé si las encontraré, pero que sea como este amor imposible que nos ocultamos: al menos las he visto; que sea eso y no que haya mirado en la dirección opuesta.

Encontramos

Y si nos encontráramos en la calle, ¿nos reconoceríamos? Algo me dice que, ahí donde siempre nos hemos encontrado en estas palabras, en la vida real nos hemos pasado de largo. ¿Y si me has regalado tu sonrisa?, cuando ya me has regalado tanto con tus historias.

Seguramente ya haya pasado. Más de una vez incluso. Y ni tú ni yo nos hemos enterado. Hemos sido como fantasmas, llevados por el viento de nuestros pasos, el peso de nuestras vidas que nos empujaba hacia adelante, adonde sea.

Aunque esta ciudad parece agotarse, sigue siendo un pequeño mundo en el que el azar ha jugado un poco al ajedrez con nosotros, y seguramente en alguna vuelta de esquina, en la salida de algún metro, en los caminos de ida y venida de algún parque… tú y yo nos hemos cruzado. Nuestras historias se encontraban, pero no dejaron líneas. Fuimos como esas palabras que se las lleva el viento, otros silencios en esta vida.

A lo mejor seguimos cruzándonos por el camino, el mismo que tú y yo tomamos pero en sentido contrario, topándonos en la distancia siempre en las idas y los regresos: siempre que yo vuelvo a casa, tú sales a buscar tu vida; siempre que yo voy a buscar la mía, tú regresas al hogar, anhelando tu vida.

¿Y si… hacemos estos viajes secretamente buscándonos? Secretamente, porque nadie conoce las razones del destino, y en tanto que jugamos este papel en la vida, no seguimos un guión de palabras, sino uno de actos. Secretamente, como quien va buscando el amor, las respuestas, la suerte, el coraje, un sueño. 

¿Y si… tu vida soy yo?

¿Sabes? No dejo de buscarte. Cierto que, por las mañanas temprano, tengo otras prisas; que cuando me bajo a tomar un café al centro, voy mirando las altas arquitecturas que sostienen esta ciudad; que cuando me paro en un parque, tú estarás mirando el cielo azul. ¿Y por las noches? Sólo por las noches estaremos los dos mirando al mismo sitio: las estrellas, pidiendo un deseo —el mismo— aunque no caigan las estrellas fugaces; seguimos soñándonos como los dos enamorados que somos, porque sé que lo eres.

Quiero creer que también te imaginas estas cosas cuando vas andando por la calle, te tropiezas con alguien: “disculpe” y sonrisa. Como yo, en el fondo, en esos desconocidos te vas preguntando: ¿eres tú?

¿Y si ya nos hemos tropezado antes y los dos hemos pensado lo mismo en el mismo momento, mientras nuestras miradas colisionaban con mensajes secretos? Me hubiera gustado invitarte a toda una vida, ¿me hubieras dejado?

No quiero creer que hemos perdido esta oportunidad… Por si acaso, sigo pensando lo mismo cuando me tropiezo con alguien; sigo buscándote secretamente; sigo pidiendo el mismo deseo a las estrellas; sigo queriendo invitarte a toda una vida conmigo y sigo preguntándome: ¿me dejarás?

Que mientras nos buscamos, también nos encontramos. 

 

Mi vida de escribir

Mi madre siempre me dice que ya de pequeño escribía. Claro que, eran frases tontas y cuentos de parvulario, pero siempre remarca que era uno de mis pasatiempos.

Pero no empecé a escribir “de verdad” hasta que la familia se rompió, desgarrada por los enfrentamientos y rencores del pasado. Como no tenía con quien hablar —en mi adolescencia estaba muy solo—, me refugié en las palabras. Con los meses acumulé hojas, primero escritas a lápiz, luego a bolígrafo, al estilo diario. En aquellas hojas encontré un confidente, encontré una respuesta y encontré cierto alivio.

Con el tiempo, la terapia dio paso a la rutina, y finalmente, la rutina engendró el descubrimiento de un talento escondido, un don. Era un poder que tenía: podía escribir. Pronto aprendí que las palabras me colmaban, fluían de mis dedos a la hoja como si fueran arte y me hacían feliz. Al mismo tiempo comencé a devorar libros, alimentándome de su estilo y de las metáforas. Me aseguraba de aprender nuevas palabras cada día, palabras que tal vez nunca usaría, pero al menos conocería. Me volví bastante pedante, y me entró miedo. Pero aprendí palabras.

Pasaron años hasta que la rutina de escribir se hizo la necesidad de escribir, como descansar, comer o respirar. Escribir se había convertido en una necesidad que el cuerpo —y el alma— me pedían todos los días. No había música, comida o actividad que pudiera colmarme la necesidad de escribir, así que desde entonces mi vida se vertebra alrededor de esa necesidad. Y cuando no escribo, lo noto como una enfermedad febril: se vuelve un dolor en la mente, un grito reprimido que resquebraja mis interiores de maneras que no os podría explicar. Escribiré sólo una palabra, o una frase; llegaré a escribir hojas y hojas, pero siempre habrá un momento cuando escribo.

Sin embargo, estos largos días brego contra el silencio, contra el blanco y el vacío. Me siento débil y cansado, casi enfermizo, consumido y enjuto. Lo único que tengo es un abismo al que no puedo dejar de mirar, hacia algo que no tiene fondo, siempre hacia abajo… Y de repente escribir no me alivia ese agujero, esa nada. Ahora digo para no decir, y me frustra. Paradójicamente, no me siento vacío o hueco: me siento caótico, a punto de estallar; fuera de mi piel, a rebasar. Estoy colmado por algo que no se puede escribir… Y eso me preocupa. 

Ya me dicen: “tiempo al tiempo, y todo volverá a su lugar”. Quizá sea tiempo lo que necesite; a lo mejor es paciencia o un ataque de inspiración. Quizá tenga que dejar de escribir para alejarme y tenga que empezar a escribir para acercarme… No lo sé. A lo mejor tenga que volver a la terapia y dejar la necesidad… 

Lo único que sé seguro… es que mi vida es de escribir.