Borrar los borradores

Ha llegado ese día. Ese día de mierda cuando hay que borrar cada borrador que nunca publiqué y no seguir esperando a publicarlo algún día. Llegó ese día cuando tengo que dejar de estar amarrado por lo que se quedó escrito pero nunca se dijo. Porque ya no importa. Llegó el día de olvidar y no tener remordimientos. Hacer borrón y cuenta nueva. Porque ya no importa. Porque no se puede seguir viviendo las mismas líneas. Porque no hay que estar tan aferrado a cosas que no existen, o que nunca existieron. Darles un valor más allá de lo personal (y es que es muy personal). Confieso que es como despedirse de alguien; dejarle ir y que duela. Quizá existe una rabia oculta, profunda, desconocida. No es fácil, pero llega el día que es necesario. Y cerca del final, sigo con las mismas dudas: cómo hacerlo, con qué me voy y qué dejo; de qué me deshago, con qué me quedo. Todavía hay muchas emociones de pertenencia, de apego. Pero ha llegado ese día en el que… ya no me sirve de nada decir hoy lo que pude decir ayer. Y que lo dejé pasar. Pero hay que seguir. Seguir viviendo, seguir soñando; seguir escribiendo.

Querido diario,

Después de aquel invierno de quietud, llegó el verano de silencio. Y como el sol sobre la roca, el silencio ya bullía en mi interior. Y bulló durante mucho tiempo. Más de un año fue, para ser exactos. 

Y entonces pasó aquel verano y vino este invierno, tan sucesivamente que no me dio tiempo a inventarme una historia para ello. Y el silencio continuó bullendo. 

No puedo decir que las lluvias de este otoño borrasen el barro de mis zapatos, porque apenas hubo lluvias. Y las que hubo fueron lejanas y torrenciales, pero ni una gota tocó este sendero. Y ni una borró la memoria ni se llevó el silencio en algún arroyo de olvido. 

Así que ahora colecciono de este año de silencio, como un fotograma, los momentos que, por suerte, ya pasaron, pero no sin que me dejasen un sabor amargo en la boca. Y al escribir esto, me viene a la mente aquello que me dijeron una vez: “uno no debe deleitarse más de lo debido con estos pequeños detalles escabrosos”. Pero, para ironía de vidas tortuosas, estamos construidos para recordar mejor el dolor y el miedo. 

Y el año pasó, las oportunidad que pude atrapar, salieron volando. Y el año se aceleró y creo que de ahí este silencio que ha ido creciendo como una avalancha. Me pilló de camino, quizá en el fondo del valle, y me arrolló. Como una tormenta, me sobrevino y me vi atrapado en él. Y no tuve más que esperar a que pasase la tempestad y se hiciera el claro. 

Y me vi en barbecho durante el otoño. Dejar que la tierra se recuperase y dedicarme, quizá, a otras empresas. Recuperar, quizá, algo de viento bajo mis alas y volar. O dejarme volar. Retomar el control de mis pasos atropellados y perdidos, y recuperar el camino, cualquiera de sea. Y cuando sea el momento, y creo que poco a poco vuelve dicho momento, contaron alguna historia. La que sea. 

De momento, esto es lo único que os puedo decir. Desead ánimos; no os olvido, querido diario. No os puedo olvidar. Pero ahora mismo soy el personaje en la historia de un cruel escritor y no sé qué me espera. No me deja esperar. Y mientras él cuente, yo callo. No me siento del todo mal; no hay miedo, sólo esperanza. Al final, como dice aquel dicho y aquel poema: todo pasa

La última noche

Uy, el tiempo apremia. Por un momento me laten los nervios, como si estuviéramos todos pendientes de un gran reloj de arena que está a punto de terminarse. Y cuando el último grano toque el fondo… ¿Quién sabe? 

La última noche del año | Ian Blázquez

De pequeño vivía el cambio de años así, como si el mundo cambiase de la noche a la mañana. Había, en pocas palabras, un sentido de ilusión. Pura ilusión. Y expectación. Mucha expectación. 

Ésa es la magia del lenguaje, supongo. Que mañana cuando amanezca el primer día de enero, primer día del año, todo lo que pase esta noche es cosa del año pasado. Literalmente. 

Como si se levantara de repente una barrera, una frontera en el tiempo, el ayer —31 de diciembre del 2015— no tiene nada que ver con el hoy —1 de enero del 2016—, y por fin, ¡por fin!, habremos dejado atrás todos los problemas, habremos empezado desde cero, habremos hecho borrón y cuenta nueva y estaremos reiniciando la vida con los ajustes de fábrica. 

Por un momento… el lenguaje —y la percepción— nos engañan. Y nos dejamos engañar. 

Y bromeamos con los amigos: ¡eh, que llevo sin verte desde el año pasado!; tiramos los calendarios en los que hay tantos días tachados y estrenamos nuevos calendarios que nos durarán, con suerte, otros 365 días. Los problemas del ayer se hacen lejanos, y los del mañana… 

Necesitamos referencias en el tiempo. Necesitamos que los años acaben y terminen; que pasen, en fin. Porque si el tiempo no tuviese medidas, sería una locura… ?

No sé. Tal vez sea que he salido de esa etapa de añosviejosañosnuevos, y empiezo a contar los días de uno en uno, de semana en semana, hasta que cumplo los sencillos —pero sinceros— objetivos que me he propuesto. No para este año nuevo, no. Para mi vida. 

Hoy 31 de diciembre he salido por mi campo de la sierra madrileña —me ha parecido la mejor manera de celebrar el fin de año, sinceramente—, casi a última hora de la tarde, mientras el cielo encapotaba y las nubes no se decidían si llover o no. Colgando sobre el horizonte me podía imaginar el sol. No siempre tienes que verlo para saber dónde está. Este diciembre ha sido raro, muy raro: los árboles no terminaban de desnudarse —estaban medio amarillos, medio verdes—, el granito no helaba, las montañas estaban desnudas de nieve y el pino flaqueaba bajo el sol, tanto sol. Más que invierno, ha sido el perpetuo otoño. Que está muy bien, pero aunque yo tolere mal el frío, esta tierra es de frío: sus bosques son de frío, sus ríos son de frío, su época también es de frío. 

El invierno en España es muy bonito, si me lo permitís. Es… distinto. 

El caso es que la tierra olía a la última lluvia y el viento agitaba tímidamente el frío bajo la copa de las encinas. El silencio era invernal: no había pájaros ni conejos. Sólo se oían los coches que pasaban por la carretera, pero que se apagaban poco a poco a medida que me alejaba más. Ni siquiera sonaba la arena bajo mis pies. A lo lejos veía cómo el viento riza los nubarrones en los picos de las montañas. Por un momento se abría un claro y se escapaba un rayo de sol. La última tarde del año, pensé. Hay algo muy poético en todas las cosas que acaban, o que llegan a su fin. Este momento que no es igual que los otros. El hecho de conocer que algo acaba le da sentido, y significado. Tanto significado… 

La encina oscurecida, el quejigo desnudo, el enebro azulado, el musgo tierno y verde, las hierbas rociadas por la neblina, la cornicabra roja y mustia… En fin, ahí afuera el tiempo pasa de otra forma —aunque parezca que no pasa—. Para el campo mañana será otro día de invierno y esta noche será otra noche de frío esperando a que el sol rompa el conjuro de hielo. No hay relojes, no hay días, no hay calendarios, ni fines de año. 

He parado varias veces y he cerrado los ojos. Tenía los dedos, la nariz y las orejas entumecidas por el frío, pero me ha dado igual. El silencio me engullía y me abrazaba, y el mundo andaba mudo; parecía también que el tiempo había dejado de existir. Sólo existía el ahora y el aquí. Nada más. Sonreía. Seguí mi camino, tranquilo, feliz. 

Al volver, entiendo que el año es lo que hagas de ello: lo que quieres que sea, que llegue a ser, que te gustaría que fuese, o incluso, lo que ha sido y será. El año lo haces tuyo y de nadie más. Es un tiempo más en tu vida: vívelo al máximo todo lo posible. 

Y déjate de calendarios, de fechas, de horas, contando, contando, siempre contando. 

Que siempre sea, cuanto menos, un feliz año. Ni nuevo ni viejo. 

Borradores

¿Os ha pasado que tenéis mucho que decir, pero no sabéis cómo: lo único que se os ocurre es escribir un texto tras otro, sin final, guardándolos pensando que “hmm, ya se me ocurrirá algo, sí; ya lo terminaré”, pero el tiempo pasa y el borrador sigue ahí, esperando?

O por el contrario, ¿no os ha pasado que no tenéis mucho (nada) que decir, pero queréis escribir de todas formas y, en un intento de encontrar las palabras, lo único que obtenéis son 1001 borradores incompletos, sin cabeza y sin fin, troceados y descuartizados, caóticos y un poco esparcidos por todos los rincones de la mente?

Una de dos, o dos de dos: estos días estoy como acumulando borradores y no sé qué hacer con mi vida. ¿Y la verdad? Me siento un poco atrapado.

Tal vez sólo sea… que tenga mi vida en borradores.

Decir

De todo lo que puedo decir, también puedo no decir. Y eso, curiosamente, también dice algo; digo algo, aunque no sé exactamente el qué. Que la cuestión no sea: ¿decir, o no decir?; todos sabemos que, incluso callando, se otorga, ¿sabéis lo que quiero decir?

Apuntes de soledad

Todo se explica allí; empiezo un nuevo proyecto y no sé a dónde me lleva. No sé qué significa o qué dice de mí. No sé nada de este pulso que me mueve, sólo sé que me mueve y me quiero dejar mover sin resistencia: sin preguntas, sin miedos, sin preocupaciones. Es un capricho, tal vez; o una promesa, ¿quién sabe? Pero está ahí ahora, un hijo de la soledad, algo que es materialmente distinguible de esta realidad en la que he estado tanto tiempo atrapado —lo confieso ya—. Ahora tiene vida propia, tiene inercia y se mueve. No sé a dónde, pero sé que se mueve. Y quiero que me lleve. 

Por si me buscáis, estaré explorando esta nueva tierra, a ver qué sorpresas me descubre. Quizá allí, por fin, después de tanto tiempo, me encontréis tal y como soy. Quizá allí, por fin, después de tanto tiempo, me encuentre tal y como soy. 

Apuntes de soledad

Siete de palabras

Mi tiempo libre ahora es una colección de borradores, de palabras que quieren decirse, pero que no saben cómo.

Soy todo líneas quebradas, sentimientos dispersos y ¿cómo no?, palabras calladas.

Mi destiempo me aprisiona en la ausencia, en ese silencio que escribe una historia no contada cada vez más grande; no sé cómo superarlo.

Ahora son todas estas faltas las que dicen más que todo lo dicho.

Nadie contesta.

No me abandones, tú, dama palabra, que me das voz cuando todo es ruido; tú, que me das historia cuando todo es vacío; tú, que me das línea con la que sujetar este mundo imposible; tú, amor de mi vida.

Esta esperanza escrita me sabe tan frágil, sobre todo ahora que se acercan las horas cortas y el frío de invierno. El año se acaba y yo sigo aquí, sin decir todo eso que quiero decir.

Así son los borradores del tiempo: fragmentos de una historia que encuentran sus líneas entre el silencio, el destiempo, la vida. Son fragmentos de sentimientos en frases sin terminar; fragmentos hechos palabras sin oración ni cuento; fragmentos, polvo literario.

Un día —lo sé— volverá el tiempo y estos fragmentos, la colección de borradores, las frases rotas, las palabras desparejadas… harán su historia, me darán voz y la libertad; recobraré la vida.

Hasta entonces, soy un siete de palabras.