En el fondo del vaso.

El otro día abrí una botella de vino tinto, manchego, de la cosecha del 2000, envejecido en barril de roble francés y americano. El color era del citrino, pero con tonos rojizos, un burdeos dorado; precioso, único. El olor, afrutado con toques ácidos, que me recordaba a la tierra agotada de La Mancha, pero fuerte y profunda.
No soy un experto en vinos, pero me encantan —cosa rara a los 21 años—, y si hay algo que me gusta de ellos es descubrirme sentidos. Un vino no sólo se bebe, se disfruta.
Pero al descorcharlo y volver a recordar que estaba solo en esa casa que se estaba cociendo de solitud, el patetismo del momento se hizo evidente y no pude evitar ver el vaso de vino como algo perverso; con el mismo grado de perversidad que tiene toda soledad y que, a favor de nuestro propio orgullo, evitamos siquiera mencionar.
Pero me bebí dos vasos. Y pensé lo bien que acompañarían a un poco de carne. Pero yo no como carne, a excepción del pescado y el pollo, que, por un paradigma personal, no considero carne, aunque la verdad sea que sí y yo me estoy mintiendo.
Al final del segundo empecé a sentir el toque del vino —soy bastante débil para estas cosas— y a medida que aumentaba su ligero efecto, disminuía la influencia del insomnio.
Y fue en una ligera conversación que tuve conmigo mismo que asimilé que aquel niño arrogante y egoísta de hace más de diez años aún era yo. Que a pesar de toda la tragedia de la vida y el peso del tiempo, aún era aquel niño pequeño que no dejaba a los demás jugar con sus propios juguetes. Y tal vez todos seamos un poco así, pero yo llevo toda mi vida en una cruzada personal contra la arrogancia que tanto detesto, y darse cuenta de esto a una edad adversa como la mía, tras tantos esfuerzos por eliminar aquel pasado, hizo que otro fragmento de mi minado orgullo descendiera al Tártaro.
Me fui a la cama. Aquellos vasos de vinos estaban dispuestos a ayudarme a recorrer un sendero peligroso hacia las entrañas de mi propia existencia enrevesada, y la verdad, no quería. Sabía que era un viaje con un retorno tétrico y el verano estaba yendo a duras penas como para tener más dramas personales.
Aunque sí debo decir: el vino no ayuda a dormir. Creo que estuve al menos media hora dando vueltas y, cómo no, pensando en mil otras cosas que no fueran dormir y ya. Después de eso tuve una noche tranquila. Y a pesar de mis propias convicciones, a la mañana siguiente (hoy) amanecí con buen humor.
Tal vez fue el alivio de la revelación, de darse cuenta y aceptar —el proceso de aceptación trae mucha tranquilidad, porque ayuda a mejorar— aquello que durante tantos años he estado autonegando y, en su medida, ocultando.
La confesión es que: me da mucha vergüenza ser arrogante. Me parece realmente repelente en la personalidad de cualquiera. Pero nadie es perfecto, y darme cuenta de que no era la buena persona que creía ser me ha quitado cierto peso y cierta responsabilidad que siempre ha conllevado la bondad.

Advertisements

Búsqueda

He decidido desaparecer durante una temporada. ¿Por qué? Tengo varias razones que, no por no querer, no voy a confesar. En su propia medida, ni sé qué razones son exactamente ni me veo con suficientes fuerzas —o valor, de hecho— para darlas voz y hacerlas aún más reales de lo que son en mi pequeña y abarrotada cabeza. El mundo se me venía encima; tenía que escapar.

Así que he decidido desaparecer. No es, ni lo recomiendo, la mejor manera de enfrentarse a los problemas. ¿Qué digo “enfrentarse”?; resignarse, abandonarse si se permite. En cierta medida, aguantar los problemas sin tenerlos encima, o en la cara. Verlos de lejos, desde una distancia prudente y segura, aunque no haya nada de seguridad cuando se trata de problemas.

Pero mientras tanto, mientras se desenvuelve el año y llegue el tiempo tranquilo que acompaña, si lo quiere así la atmósfera, el verano, me veo con pocas fuerzas para enfrentarme a solas a los silenciosos golpes que propicia el recordatorio de todo aquello que aún no tengo.

Quizá me voy porque mi propio orgullo ha sido herido por mi propia arrogancia y mi propia envidia ante las nuevas de la vida, y lo confieso, no quiero enfrentarme al dolor que viene de ser consciente de ello. Me duele verme en ese espejo, y prefiero tapar todos los espejos como prescribe la tradición judía ante la muerte; desaparecer y no ver.

De momento esta propia receta contra los vicios de la dignidad da sus frutos: me siento mejor, relajado, aunque no tranquilo. No dejo de sentir que estoy haciendo algo mal, pero no me arrepiento de estar haciendo lo que estoy haciendo. Es egoísta, lo sé: pero yo también tengo derecho a ser egoísta de vez en cuando, como todo el mundo.

Me estoy desintoxicando de lo que supone vivir hoy: las redes, la información, el mundo a un clic, los contactos y amigos, la constante comunicación; de los amigos sobre todo. Y a pesar de parecer imposible, no lo es. Para nada. Sigo viviendo en el mismo sitio, pero la única diferencia es que ahora es un lugar aislado de verdad de este mundo que, ahora, parece mucho más grande y lejano. Lo confieso: la primera vez tuve miedo, ansia, algo así como arrepentimiento y mil preguntas me asaltaron, preguntas como “¿y ahora qué voy a hacer?”, “¿cómo voy a pasar el tiempo?”…

Ahora toca… Escribir. Leer. Conocer mundo de otra forma. Es cierto, no estoy del todo incomunicado porque aún tengo acceso a este dios que es Internet, puedo leer el periódico digital, pero sobre todo, escribir en este blog mío. Pero por todo lo demás, y a efectos prácticos, estoy totalmente incomunicado: no sé nada del mundo de la misma manera que el mundo no sabe nada de mí. Así de incomunicado estoy.

Ahora toca hacer las cosas de verdad y dejarse de tonterías. La vida pasa demasiado deprisa y no hay tiempo para ¿pequeñeces? Para menudencias.

Es un mundo conectado, sí, pero al mismo tiempo es un mundo desconectado: de lo que el mundo es y siempre ha sido, de la gente de verdad, del camino de la rutina, de las cosas que aún no se pueden replicar digitalmente. El mundo está desconectado de esas cosas, y yo las he querido recuperar. Tal vez sea la crisis de mi edad, tal vez mis problemas, tal vez todo ha convergido y pum. Sea lo que fuere, quiero desconectar para re-conectar: salir de las sombras de la caverna de Platón en el que a gusto me metí para volver a ver el mundo del que una vez vine.

Creo que esta es la mejor lección de mi modesto retiro, que al mismo tiempo, creo yo, es un gran consejo, no sólo para algunos, para todo el mundo. Así que ahí lo dejo, en el ciberaire. A la deriva, a la espera.

Estar bien

Echaba de menos estar aquí, de alguna forma. Por un lado ya sabía que iba a terminar aquí, otra vez. Por otro lado, esta vez he tardado aún más en llegar. Cada vez va mejorando, hasta que eventualmente un día dejaré de volver. Pero mientras tanto, aquí estoy.

Los años no lo han cambiado, porque sigue siendo el mismo sentimiento de derrota, pero al mismo tiempo es un sentimiento de derrota distinto cada vez. Y cada vez que salgo de todo ello me juro no volver a caer en el mismo juego de espejos que atrapan mi alma, pero mi problema es que los espejos cambian. Y no hay forma posible de anticipar cómo van a cambiar. Así que no hay más remedio que seguir con el juego, que seguir la corriente, que seguir la vida. Hasta que lleguen las sorpresas, porque siempre llegan. El único anticipo está en saber que llegarán, aunque el miedo sea no poder saber cuándo.

Luego la estrategia es saber cuán decepcionado vas a estar y controlarlo. Controlarlo antes de que se te vaya de las manos y te pierdas, y que el abismo se haga aún más abismal. Porque se te irá de las manos a la más mínima, y entonces se convertirá en un huracán que te arrastrará con él. Lo que quieres es salir a salvo y lo más intacto posible, aunque siempre te llevarás algo de ese agujero en el que la vida te mete cada vez.

Tu objetivo es hacia arriba, hacia el claro, cualquier claro; estar bien.

… Y yo digo:

La verdad es que ahora necesito determinar quién soy, qué quiero y cómo lo quiero. Las demás preguntas, a partir de ahí, se responderán solas.
También tendré que determinar dónde estoy y a dónde quiero ir. ¿Qué importa dónde he estado?
Estoy aquí, donde quiera que esté eso, como quiera que esté eso.

El tiempo se me echa encima y no puedo jugar a los dados.

Elogio al malestar

Cierto, el título coincide con un artículo que he leído hoy (y que ya he leído varias veces).
Tengo que decir que el artículo en sí es bueno, y hoy, al leerlo por enésima vez, me ha surgido una idea, un fugaz pensamiento, una duda casi existencial.
En su encabezado: en la vida hay que vivir altibajos; la vida no es vida sin fracasos.
Y he pensado: cierto.
En la vida hay altibajos, cuestas, colinas, montañas, abismos; en la vida hay fracasos, hay errores y dolores.
En la vida hay que aprender, porque si no fuese así, la vida no sería vida. ¿Qué sería una vida sin aprendizaje? ¿Automatismos?
Porque, si algo que he aprendido personalmente es que de los errores se aprende; ensayos de error.
Porque, sí, la vida es difícil, pero es difícil en el sentido bueno de la palabra: es por nuestro bien, por muy doloroso y rompe-corazones que sea.
Nos ayuda a cultivarnos como personas, como humanos, pero lo más importante (y enlazándolo con una pasada entrada), y es que la vida nos enseña y nos encamina a conocernos a nosotros mismo más y mejor.
Opino que una persona que no conoce el dolor del vivir, no es persona en su pleno sentido; no conoce lo que es la vida, y en ese sentido, dicha persona crece desgraciada. ¿Desgraciada por qué? Preguntarán unos…
Será cierto que la ignorancia es felicidad; cuanto menos conoces del mundo, menos dolor sufren, más feliz eres.
Pero no hay mayor mal que el de ser ignorante, el de desconocer, el de pasar ajeno ante lo que en el mundo sucede.
¿Paradoja? En efecto lo es… Pero…

¿No es la vida misma una paradoja?