La rutina

Me tomo otro vaso de güisqui. Esta vez sin hielo. ¿Ya qué más da? El calor es sofocante y todo el mundo sabe que el alcohol caliente sube más rápido. Quizá así pase desapercibido, con entumecido.

La luna está cuarto creciente. Su brillo se cuello a través de la ventana abierta y se mezcla con el destello de una farola vieja. La brisa, ausente. Los vecinos vuelven a gritar tras las paredes de papel. Un bebé llora en la lejanía. Una moto pasa rápida en la calle oscura y súbitamente desaparece. 

Vuelvo a pensar en todo lo que ha pasado, lo que no, lo que podría haber pasado en su lugar, lo que debería haber pasado; lo que quise que pasara. Nada tiene sentido. La oscuridad quema; la cama ya no se puede desnudar más. Yo no me puedo desnudar más: quizá, quedarme en los huesos, despojarme de ese peso que me ocupa en verano. 

Pienso que quiero que vuelva el invierno. Otro invierno más. Volver a esa falsa rutina. Al tedio de la rutina. Al gris de la rutina. A la pesadumbre. ¿Y por qué me reconforta ese pensamiento? 

No me reconforta el paso del tiempo; quedan ya solo cuatro meses para que acabe otro año. Otro año más en la vida. ¿Cómo hemos llegado a este estado? Qué raro todo. Cuánto ha pasado, cuánto ha cambiado. Parece todo ficción en vez de la realidad que nos prometieron, ¿o no fue así? 

Pero de vuelta en esta habitación, al martilleo de la hora, el rotor del ventilador, un avión que atraviesa el cielo de noche. ¿Brillarán hoy las estrellas igual que lo hicieron el año pasado?, me pregunto. Me levanto con pereza y me asomo a través de la cortina, oteo el cielo; demasiada contaminación lumínica para ver estrellas. ¿Habrá quien las vea? Qué afortunada esa persona. Ahora mismo la envidio. Vuelvo a la cama. Escucho a alguien ronca desde otra ventana. 

Sin darme cuenta, ya empezó agosto y pronto terminará. Y el verano se habrá ido de aquella manera. Y Viejo Septiembre nos volverá a dar la bienvenida, sus hojas amarillas asomando en los parques. Quiere ser caluroso, pero a todos nos volverá la rutina y su deber. Y nos costará un poco. Tal vez mucho. Quién sabe ahora. 

Ahora sé que toca dormir, vencer el insomnio y soñar algo. Aunque no sueñe nada. Hace demasiado calor para eso. No obstante, descansar los huesos y los músculos cansados de tanta pereza. 

Y seguir con esta rutina. La rutina de siempre, pero distinta. La rutina cotidiana. La rutina de verano; y luego la de invierno. Esta rutina del calor; luego la rutina del frío. Pero la rutina, al fin y al cabo. La que le da algún sentido a la vida, aunque algunos dicen que no. Que les den. Ellos también tienen sus rutinas. 

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