Cambio de perspectiva

Érase un 24 de julio del 2016, a las 18 de la tarde... 

Tomaron la radial y cortaron a través del aluminio. El sonido era atronador, tanto así que parecía que me iba a quedar sordo. El rugido del aparato viajaba por el aire, haciendo temblar las finas paredes, el suelo de losa conglomerada, aun las ventanas viejas vibraban milimétricamente. Al entrar en contacto el filo de hierro serrado con el margen de aluminio, saltaron las chispas. Pensé que así también era el amor: el contacto brusco de dos cuerpos que crea ficción y calor espontáneo.

Después vino el polvo. Porque cuando se acabó el metal, llegó el yeso; y por debajo yacía el hormigón y el ladrillo rojo. Pero daba lo mismo porque todo eso se convirtió en fino polvo: una nube ingrávida como de harina que levitaba y saturaba el aire, lo ahogaba y viciaba; y parecía nunca depositarse, lentamente cubriéndolo todo, hasta los rincones que nunca existieron hasta que ese polvo los cubrió.

El olor era como de pelo quemado, carbonizado. De sulfuro o algo parecido. A medida que la radial penetraba la pared y abría el agujero, olía más y más. Era pleno verano, así que no corría el viento y la habitación no se despejaba. No tardé en salir rápido para no morir asfixiado con esa nube de polvo y ese desagradable olor. Pero me daría lo mismo: esa atmósfera reducida duraría varios días más después de terminada la obra. 

Tardaron tres días en instalar las nuevas ventanas. Justo al día siguiente llovió y se estrenaron los cristales con las manchas de aquella primera lluvia de verano tan cargado de polvo. Y la vista cambió.

| Rain & Coffee

No cambió porque el paisaje ahora estaba mojado en vez de seco. No cambió porque la luz se ocultaba tras la tormenta. No cambió porque ahora se acercaba el otoño y dejábamos el verano atrás. Nada de eso. Cambió porque cambiaron los cristales por los que contemplaba mi pequeño rincón del mundo. Como cambiar de gafas, cambia la textura de la imagen en la memoria; cambia la circunstancia y el medio, y quizá también cambiaba un poco su historia. 

Esos cristales ahora abrían una nueva ventana al mundo. La luz que se colaba por ellos sería más clara, más potente. Además, nadie más antes que yo miró a través de ellos. Nadie más los usó para contemplar y recordar. Esos cristales abrían una nueva vista y yo era el primero que miraba a través de ellos. Sería su primer testigo.

La brisa que se colaría por ellos este fin de verano, será nueva y distinta. Toda tormenta, todo relámpago, toda escena de noche estrellada y canto de grillo, sería distinta. Incluso las promesas por venir, todo eso sería distinto: las vistas de niebla y frío, de lluvia y nieve, esos cristales nunca antes los habían visto. 

Na, son sólo ventanas nuevas. Con la sola promesa de un invierno más aislados me vale. El mundo afuera cambiará con las estaciones, como siempre han cambiado, pero estas ventanas han cambiado mis inviernos: ya no acechará ese frío feroz que hizo muchas noches muy largas e hizo levantarse por la mañana muy difícil. Eso sólo ya cambia todas las perspectivas. 


 

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