Incluso ella 

Me senté en esos bancos muertos de metal que tan usados están en la memoria, y en la estación. Por todas partes venían y se iban los pasajeros. Un autobús dejaba la estación, otro entraba. Eran las diez de la noche y todo el mundo quería regresar a casa, sospecho. A mi lado había una mujer ausente, perdida en su móvil. Detrás de mí un hombre escuchaba música alta a través de los auriculares y ponía los ojos en blanco. Últimamente, con tanta tecnología, todo el mundo parece que está muerto. Y es en momentos así que me pregunto qué dirá la Historia de nosotros en un lejano futuro, que si fuimos unos pioneros o unos simples idiotas. Parece más bien lo último. 

En el banco de enfrente había una pareja fundida en un incómodo-de-ver beso. No era un beso tierno, como los dos amantes que se despiden al subir al autobús o el beso apasionado de los pasajeros que se reencuentran tras un largo viaje. Era algo distinto, algo lujurioso y lascivo. Algo que te aparta la vista por respeto. 

La primera mirada se aparta, sí, pero la segunda se observa. 

Y la vi. 

Nunca nos conocimos. Dudo que nunca nos conoceremos, pero la he visto innumerables veces en las calles del pueblo y en las colas de espera en la estación. Esta chica de pelo lacio y oscuro, corvada de espalda, de ojos hundidos y oscuros, y un poco tristones. Quizá la recuerde de aquel instituto de pasillos verdes como la chiquilla callada y reservada, de paso acelerado y cabeza gacha, aparentemente tímida e ignorada. Cómo engañan las apariencias. Ahora estaba ahí, enzarzada en un beso con lengua. 

Era la hermana pequeña de una compañera mía de clase. De familia tradicional, acostumbraban a vestidos largos y zapatos negros, y a permanecer calladas a menos que fuesen habladas. Sólo recuerdo lo rápido que abandonaban las clases, la hermana mayor agarrando de la mano a la hermana menor, apresuradas por tomar el bus de vuelta a aquel lejano pueblo perdido más allá del monte. 

Ahora ahí estaba, morreándose con un hombre aparentemente entrado casi en sus treinta —aunque bien podría tener sólo mi edad—, de calva incipiente pero con una barba marcada y recortada. Le sacaría a esta chica unos 15 cm de altura. Su pecho ancho y brazos fuertes daba para abrazarla por completo y protegerla como un escudo. Efectivamente, en sus brazos, ella parecía frágil. Quizá en realidad lo fuera, quizá no. No lo sé, me guío por una breve observación. 

Él podía con todo; ella se sentaba en sus piernas, se abrazaba a su cuello dando la espalda al mundo. Supe que era ella por el reflejo en la ventana. Luego se giró un momento y pude ver era mirada taciturna y oscura, tal vez un poco triste, y confirmé que era ella. Admito que esa mirada se grabó en mi memoria desde la primera vez que la vi. 

Entonces le vi mirarme fijamente y aparte mi mirada rápidamente para perderme en el pasillo por el que venían más pasajeros. 

En mi mente esa escena me cayó como una jarra de agua helada. Ver que incluso ella tenía a alguien y yo no. Que incluso ella había encontrado el amor, pero yo seguía solo. Nuestras situaciones no se pueden comparar, lo sé, pero aun así… Es posible que ella sea mucho mejor persona de lo que yo soy. Quizá sea una gran persona y su apariencia la engañe por completo. Víctima de otra imagen. ¿Y por qué no iba a encontrar a alguien que la quisiera? Seguramente esa mirada esconda una gran historia, y yo estoy aquí contando las superficialidades. 

Pero me dejó pensando… que incluso ella

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s